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July 23, 2008
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Akano 00.5 - Nubes negras e...

by ~Centoloman

Nubes negras en día Soleado

Xabier Suddley llevaba ya varias semanas encamado. Afortunadamente, una vez estabilizada su herida había sido trasladado desde el Hospital de la Cuarta División hasta la enfermería de la Novena División. Aunque aquellos servicios del Cuartel eran bastante rudimentarios, el Tercer Oficial del Escuadrón del Capitán Minami, Gabriel Lundgren, acudía hasta allí cada día para realizar las curas pertinentes. Por lo demás, no necesitaba mayores cuidados, por lo que terminó por trasladarse a su propia habitación.

Allí acudía continuamente con la excusa de requerir la ayuda de su superior para llevar la Capitanía en funciones de la División, que recaía en él ante la excepcional situación en la que se encontraba Suddley. En aquel momento, acababa de regresar de su primera reunión del Consejo de Capitanes, en el que también había estado Sadoq, que había debido acudir como máximo representante de la Sexta División debido a la muerte de su padre. Él ocuparía el cargo que había quedado vacante en su Escuadrón, eso exigía la tradición, pero todavía no se había hecho oficial el nombramiento.

En aquella reunión no se había tratado más que temas que Kumaru interpretó como rutinarios o, al menos, totalmente normales en la situación post-bélica en la que se encontraban: evaluación de daños, recuento de bajas… Sin embargo, había pasado casi un mes desde la batalla, ¿por qué no lo habrían hecho antes? El todavía Capitán le dio la respuesta: la administración del Sereitei solía ser lenta y la situación exigía suma cautela. No eran tampoco momentos fáciles.

A la Guerra, que aún coleaba, se le había unido inmediatamente el caso de los dos Ashartîm desaparecidos y todo el revuelo y la rumorología que habían nacido a partir de ello. La vuelta en solitario de Sadoq no había hecho más que agravar aquellos rumores de traiciones, intrigas y grandes conspiraciones en la sombra. En ese ambiente enrarecido habían tenido lugar los funerales del excelso Capitán Farés Asharet, cuyo cuerpo permanecería para siempre en las yermas estepas de Hueco Mundo y un rapidísimo y secretísimo juicio que había concluido con la declaración de inocencia de Sadoq.

Una vez proclamado oficialmente su veredicto, se le había propuesto liderar una expedición a aquella otra dimensión para recuperar el cuerpo sin vida de su padre. Pero él había alegado que, a esas alturas, ya habría sido devorado por alguna bestia de aquellas. Una expresión de profunda náusea se reflejó entonces en el rostro de los presentes al recordar la escena que todos los Tenientes y Capitanes habían contemplado semanas antes en el campo de batalla.

Aquella orgía caníbal a la que se habían entregado los VastLords había sido decisiva para asegurar la victoria shinigami, pero había dejado una profunda conmoción en los testigos que habían tenido el desagradable honor de presenciarla.

Además, la Cámara de los 46 había hecho un anuncio sorprendente, hecho público en aquella reunión a la que había acudido Kumaru. A las vacantes dejadas por Farés Asharet y Xabier Suddley, habría que sumar también la del Capitán Georgos, de la Décima División, que había sido galardonado con el mayor de los premios posibles para un miembro del Gotei 13: sería promovido a la División Cero, la División encargada de la custodia de la Dimensión real, un honor más que inusual con el que se premiaba a los Capitanes que más habían destacado al servicio del Gotei 13.

Lo que no conocían los allí presentes es que no sólo el viejo maestro de combate de la Academia, uno de los pocos supervivientes, junto con Kraug y McCarthy del Gotei 13 que había comenzado la Guerra de las Almas, no sería, ni mucho menos, el último de los presentes que ameritaría tal condecoración.

Kumaru le relataba todo aquello a su Capitán mientras, como habituaban a hacer ambos, tomaban el té. Curiosamente, la expresión de Suddley, aunque no mostraba una descarada indiferencia, parecía indicar que aquello ya no le preocupaba especialmente. Mientras escuchaba a su mano derecha, él miraba tranquilamente por la ventana, como si nada de aquello fuera con él, como si toda su atención se centrara en los bosques y los campos de más allá de los blancos muros del Sereitei.

Había en sus ojos un no-sé-qué de paz que irradiaba cierta luz y que acabó por poner nervioso a Kumaru, que se sentía ignorado por una de las personas a las que más respetaba. Entonces se dio cuenta de que su Capitán parecía haber envejecido varios años de repente, y aún en la ancianidad que mostraba ahora su rostro seguía reflejando aquella misma tranquilidad y picardía de la que solía hacer gala.

– ¿Me estás escuchando, jefe?

– Perfectamente, Kumaru – asintió despacio. – Perfectamente…

– Pues la verdad… No lo parece.

– ¿Sabes? – le preguntó tras una larga pausa que sólo logró incomodar a su interlocutor mientras le daba otro sorbo a la taza de té y la envolvía entre sus manos. – Poco antes de que llegaras envié mi última mariposa infernal como Capitán de esta División.

– No digas esas cosas, jefe…

– Sólo digo la verdad – sonreía tranquilo. – Y las verdades hay que asumirlas. Sin esto… – se señaló a su pierna – ya no puedo seguir ejerciendo como Líder de Escuadrón y sólo es cuestión de tiempo que nombren a…

– Ya, pero…

– Ya, pero nada – le paró. – Fíjate, yo era oficial en la Décima División cuando el Capitán Asharet se fijó en mí durante unas maniobras rutinarias que hicimos en conjunto – suspiró. –  No es que me cayera muy bien. Ya sabes, todo ese rollo religioso y su carácter…

– ¿Prepotente? ¿Soberbio? ¿Egocéntrico?

– Algo así… Pero mira, era un tío honesto consigo mismo y con los demás – rió. – Aunque luego anduviera que si su familia no sé qué y los Ashartîm no-sé-cuánto. Y uno se termina acostumbrando a eso.

– Hombre, tanto como hones…

– Y ahora fíjate, Farés ha muerto… – continuó sin prestar atención a su Teniente. – Y resulta que a Georgos también le quedan pocas horas como Capitán de la Décima División… Es curioso… mis dos Capitanes… ya no están… ¿A que es curioso?

– Pues la verdad es que sí…

– Y para colmo a mí me arrancan la pierna – volvió a reírse mientras seguía mirando nostálgico por la ventana y se frotaba el mulón. – Menuda coincidencia.

– Ya…

Que su Capitán hiciera aquel tipo de bromas ponía a Kumaru en una situación violenta. Conocía perfectamente a aquel hombre con el que estaba hablando. Sabía reconocer sus bromas y su humor sarcástico y cargado de acidez y había aprendido a responder y seguirle el juego, pero ¿qué clase de respuesta podría adoptar ante aquella actitud, en aquel momento, en aquel lugar?

– ¿Quieres saber qué decía el mensaje que mandé a los de arriba?

– ¿Debería saberlo?

– No sé… Yo creo que sí, pero a lo mejor…

– Pues si no está seguro, Jefe, será mejor que no lo ha…

– Te he propuesto como futuro candidato para sustituirme en la Capitanía de la División.

– ¡¿A mí?!

– No te hagas el sorprendido ni me vengas con modestias – sonrió. – Estoy seguro de que ni siquiera haría falta que te recomendara. De hecho…

– ¿Qué?

– La Cámara ya había considerado tu ascenso hasta en tres ocasiones, cuando ascendieron a Estévez, a Klapp y a Gama… si no recuerdo mal… – dijo meditativo, tratando de recordar con exactitud. – Pero los avatares de la guerra hicieron que te quedaras aquí… Bueno, yo también pedí conservarte como Teniente…

– O sea… que ahora ya no hay nada que pueda hacer para evitarlo…

– No creo. Y supongo que lo mismo pasará con tu amigo, el Teniente Wolf… Por lo que he oído su situación es muy similar…

– Oye muchas cosas, Jefe.

– Y siempre oigo las correctas – replicó sagaz.

– Pues espero que esté equivocado en esta…

No es que Kumaru no quisiera el cargo que parecía rondar en aquel momento sobre su cabeza, como un insecto, que zumba y se hace notar revoloteando frente a la cara de uno. No. Deseaba llegar a ser Capitán, pero odiaba que las circunstancias en que se tuvieran que producir fueran aquellas. No había rescatado a Suddley para condenarlo al ostracismo, y esa era la sensación que tenía.

– No le des tantas vueltas – le dijo su superior. – El tiempo pasa, la gente pasa… Es lo normal. Ley de vida.

– Pero es demasiado pronto – respondió él. – Me queda mucho por aprender…

– ¿Qué te crees? ¿Que yo nací con todo aprendido? A andar se aprende andando. A nadar, nadando. Y a ser Capitán…

– Capto la idea.

Un grito de rabia llegó entonces a los oídos de aquellos dos hombres. Sabían bien de quién se trataba, su timbre de voz era inconfundible, y creían saber los motivos de tal bramido, capaz de atravesar las callejuelas que separaban los Cuarteles de la Novena y la Décima División. Kaiser debía haberse enterado del nuevo destino de su venerado superior y maestro y el que sería el suyo propio y estaría soltando por su boca todas las maldiciones que conocía, que no eran pocas, por tener que separarse de su mentor.

– Creo que…

– Creo que voy a rescatar al Capitán Georgos de esa tortura – se levantó Kumaru, completando la frase de su Capitán y dando por terminada la conversación.

Días después, los dos Tenientes fueron convocados al Cuartel General del Gotei 13 y Cuartel de la Primera División para comenzar los trámites de selección de candidatos a ocupar las dos vacantes que se habían producido en el Gotei 13, pues la baja de Farés Asharet no se consideraba como tal pues su sucesor estaba claro. Conocían perfectamente el motivo de su llamada, aunque no había sido anunciado oficialmente aún el destino que ambos correrían.

Para ninguno de los dos la visita al Cuartel de la Primera División fue algo novedoso. Allí debían acudir con sus superiores al menos una vez al mes para las reuniones del Consejo de Capitanes. Aún así, aquel día les pareció que algo distinto flotaba en el aire.

– Tenientes… – llamó a sus espaldas una voz femenina.

Cuando se dieron la vuelta, se encontraron con la Tercer Oficial de la primera División, Mara Tempmer, una joven con una melena rubia como el oro y ojos del color de las esmeraldas. Había sido la mejor amiga de Rin durante su segundo paso por la Academia y mantenía estrechas relaciones con la familia.

Kaiser la saludó con su característica sonrisa de galán mientras besaba su mano. Era algo que hacía con todas las mujeres que se encontraba y que a veces le daba resultado. Kumaru, mucho más sobrio en aquel tipo de situaciones, levantó la mano informalmente y la saludó con una titubeante y ruborizada sonrisa, gesto que tuvo su correspondencia casi idéntica en el rostro de Mara, aunque de forma casi imperceptible.

– El General Kraug les espera – indicó mientras los guiaba por los pasillos del Cuartel hacia el lugar en que aguardaba la máxima autoridad del Gotei 13. – Enhorabuena – añadió mirándoles.

Entraron en la sala y se encontraron, de frente, a los que iban a ser sus examinadores y padrinos en aquel paso decisivo. Kumaru aún no había acabado de asumir que llegara ya el momento, pero no había nada que pudiera retenerlo. No podía devolverle la pierna a Xabier, o abortar el ascenso de Georgos, o resucitar a Farés Asharet. Le parecía demasiado pronto, pero su destino les había alcanzado al fin.

Junto al General se encontraban los Capitanes Klapp y Marlatti, pues debían ser tres los que supervisaran las pruebas de acceso a la mayor dignidad que podía alcanzar un Shinigami dentro de la Sociedad de Almas. El gigante de larga melena rubia que ostentaba el liderazgo del Octavo Escuadrón mantenía una expresión neutra ante la entrada de los dos candidatos, mientras que su homóloga de la Duodécima División, gran amiga de Suddley desde que ambos se conocieran en el Rukongai aún niños, les sonreía abiertamente.

Ella era morena. Su pelo, negro como el azabache, contrastaba con su tez blanquísima. Sus ojos, grises, parecían mediar entre su melena y el color de su piel. Todo el conjunto daba la impresión de un cuadro muy apagado. Sin embargo, aunque el mal humor de la Capitana era casi tan legendario como su inteligencia, era difícil no verla riéndose como una niña ante cualquier situación que se le plantease, suavizando así su imagen melancólica.

En ese aspecto era todo lo contrario a Klapp. Él apenas cambiaba de expresión y, cuando lo hacía, era difícil darse cuenta. Permanecía siempre impasible, inalterable, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectase, como si estuviera por encima de todo.

– Vaya dúo – le susurró Kaiser a Mara, que aún seguía allí.

– Gracias, Oficial Tempmer – dijo Kraug, indicándole a su subordinada que abandonase la sala.

Al pasar junto a Kumaru, ambos se rozaron las manos en un gesto imperceptible pero cargado de sentimiento al tiempo en que ella le deseaba suerte. Luego abandonó la sala, cerrando tras de sí la puerta y dejando a los dos Tenientes ante la prueba más importante de su carrera hasta entonces.

– Como sabrán, caballeros, señorita, – comenzó solemnemente el General al ver que se encontraban en privado – las Capitanías de la Sexta, Novena y Décima División han quedado vacantes por diversos motivos. Siendo que no hay dudas acerca de la sucesión del primero de ellos, el Teniente Sadoq Asharet ha sido ascendido, en virtud de su patriarcado sobre el Clan Ashartîm, a tal cargo. Hoy se presentan los Tenientes Akano y Wolf, de la Novena y Décima División, para completar las pruebas de cualif…

– General… – interrumpió la Capitana Marlatti. – ¿Realmente es necesaria la prueba? Todos sabemos que son aptos…

– Sin embargo, el protocolo exige que… – objetó Kraug.

– Sé bien lo que exige el protocolo – replicó ella sin dejar terminar. – Simplemente… lo veo inútil… y una pérdida de tiempo. Los conocemos bien desde la Academia. Yo misma he coordinado  el equipo de…  

En este punto, ante una mirada censuradora del General, Gugliermina se detuvo, comprendiendo que se trataba de información que no debía revelar de una forma tan imprudente.

– Y los hemos visto combatir al nivel de Capitanes. El Teniente Akano incluso le salvó la vida a Xabier y lo sacó del campo de batalla… Están preparados – sentenció.

– Llevan décadas preparados – apostilló Klapp, que había permanecido en silencio hasta entonces.

Al final, el Capitán General Alexander Kraug tuvo que ceder ante la insistencia de sus dos compañeros. Con un veredicto a priori tan claro, era realmente una pérdida de tiempo cumplir con todo el protocolo. Simplemente se contestó con proclamar solemnemente, como a él le gustaba, que la ceremonia de institución como Capitanes tendría lugar dos días después y que en el mismo acto Sadoq Asharet sería elevado a la Capitanía de la Sexta División.

Aquel día quedaría grabado en los anales de la Historia de la Sociedad de Almas como el día en el que se constituyó el Gotei 13 más poderoso de todos los tiempos. Su leyenda fue tan grande que parece imposible volver a vivir una era como aquella, una época de gloria paz y estabilidad como nunca se había conocido antes y nunca se conoció después en el mundo de los Shinigamis.

Dos meses después de su ascenso a la Capitanía de la Novena División, Akano Kumaru y Mara Tempmer hicieron público su compromiso, un secreto a voces que ambos habían intentado, inútilmente, llevar con la mayor discreción posible. Se habían gustado el uno al otro desde el primer día, pero no fue hasta que la guerra se aproximaba a su fin que ambos se habían declarado su mutuo amor y lo que antes era una inocente amistad se había convertido en el germen de un matrimonio.

En cualquier caso, la boda se retrasó aún otro año después del anuncio oficial, aún cuando la “pareja de moda”, como ya los conocían por el Sereitei, vivía ya junta en la Mansión Akano. Fue una ceremonia que aunaba, misteriosamente, todo el protocolo y toda la pompa que suponía el enlace de un Capitán con la sencillez de la pareja, que siempre buscaba huir del boato y los excesos de las clases altas de su mundo.

Pero no todo eran luces. Dos guerras más con Hueco Mundo resucitaron los viejos fantasmas creados por aquel sangriento enfrentamiento siglos atrás. Sin embargo, ante la tragedia que comenzó a fraguarse en aquellos años, nada puede compararse. Aquella fue la época en la que nació el mayor enemigo que ha conocido el Sereitei: un grupo terrorista que se hacía llamar Nadie.

Sadoq había comenzado ya a poner en marcha su plan. Pasaba el día estudiando las escrituras y cada vez lo veía más claro: él había sido elegido por el Señor para instaurar su nuevo orden en la Sociedad de almas. Pero sabía que sería visto con recelo por parte de las acomodadas estructuras tradicionales y conservadoras que lo rodeaban y que acabaría “retirado” en esa prisión secreta, el Nido de Gusanos, sólo conocida por los Capitanes, donde se encerraban individuos cuyas ideas o capacidades suponían un peligro potencial para el mundo.

Debía fingir, pero al cabo del tiempo la esquizofrenia social en la que vivía lo precipitó aún más al borde de la locura. Aún así, él era el mayor experto en apariencias que podía existir y nadie, ni siquiera su propia esposa, se dio cuenta del cambio que se había fraguado en su interior. Ciertamente, Sadoq Asharet, el flamante nuevo cabeza de la Casa Ashartîm y Capitán de la Sexta División, era cada vez más popular, más conocido, más influyente, el hombre que se ponía como modelo a seguir por una sociedad ignorante de la oscuridad que inundaba su interior.

Pronto se dio cuenta de que él solo no conseguiría culminar su plan y, así, comenzó a rodearse de ciertos discípulos que seguían fielmente sus enseñanzas acerca de la necesidad de sacrificar este mundo para instaurar el verdadero reino de la felicidad. La mayor de sus máximas, en orden a proteger a los miembros de no ser confinados como vulgares conspiradores, era el secreto y así, los miembros del nuevo grupo debían sacrificar todas sus ambiciones  por aquel bien superior. Pero el objetivo, construir un nuevo mundo en el que reinara la verdadera paz, aquella que, según enseñaba Sadoq, sólo podía estar garantizada por la fuerza, lo valía y justificaba los dudosos medios que adoptaban.

Sus oscuros tentáculos acabaron por convertir la Sexta División en un juguete, un medio más para tan noble causa, disimulada como tal por el enorme y creciente carisma del noble y por los magníficos poderes de su espada. Sus discípulos se congregaban allí para estudiar las antiguas escrituras y se iniciaban en el conocimiento de unos poderes muy lejos de lo imaginable por los anacrónicos sabios de la Sociedad de Almas.

Sin embargo, Sadoq había cometido un gran error: había abandonado a sus amigos, los únicos que podrían haber sido capaces de rescatarle de su locura y los únicos que, por conocerlo, fueron capaces de vislumbrar a través de la máscara que él mismo se había creado. Como si el nombre de su espada fuera un presagio de lo que iba a ocurrir, el rebelde y soñador noble que un día había renunciado a sus privilegios por un mundo mejor, era ahora un ángel caído, ciego de soberbia y ambición. Su destino, desde entonces, estaba ya escrito.
:iconcentoloman:
Un capítulo que podría considerarse a medio camino entre los capítulos de transición y aquellos en los que avanza la trama. Las consecuencias de la guerra y el comienzo de una nueva era dan forma al capítulo 5 de la saga del pasado.
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