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September 19, 2008
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Akano 00.8 - The Falling II

by ~Centoloman

The Falling II (Soukyoku)

– ¿Por qué? – preguntó Yuki, dando un puñetazo en la mesa. – ¡¿Por qué?!

– ¡Te digo que no lo sé! – respondió su hermano casi entre sollozos. – ¡Joder! ¡Llevas tres meses con la misma pregunta!

– Y tú con la misma mentira.

En su voz había una carga de un profundo desprecio que había renunciado a disimular. La Teniente de la Décima División le dio la espalda al condenado y abandonó la celda en la que Shinkyo llevaba confinado desde el mismo día en que se había demostrado su culpabilidad. Aquella había sido su última oportunidad de confesar sus motivos. Aquella tarde sería trasladado a la Torre del Arrepentimiento y, en dos días, sería llevado al patíbulo.

– Yo le creo… – murmuró Tilly, que esperaba justo al otro lado de la puerta, apoyada contra el marco. – No sabe bien lo que hizo… no puede recordarle.

– Yo sí que no puedo creerlo – la miró su mejor amiga con cierta sorpresa. – ¡¿Cómo que le crees?!

– ¿Crees que no sé lo que hizo? – replicó la Tercera Oficial de la Novena División indicándole a su compañera que bajara la voz y tratando de evitar que se le saltaran las lágrimas.

Le costaba admitirlo, pero tenía que creer a Shinkyo cuando decía que no sabía por qué lo había hecho. Había buceado en su mente y había visto la gran laguna negra que se cernía sobre los recuerdos de aquellos días fatales y había comprendido la confusión en la que vivía el hermano de su mejor amiga. Aún así, no era capaz de mirar al asesino de su hija a la cara.

– Parece que se acerca el gran día – sonrió Baruch Asharet.

Los cuatro hijos mayores, todos varones, del Capitán de la Sexta División, se encontraban reunidos en su Cuartel, en una de las salas más nobles del edificio. Esperaban los informes de los hombres que habían enviado para evaluar la situación en distintos puntos de interés. Todo iba según lo habían previsto y no había razón para estar preocupados, aunque la alerta era casi obligatoria para poder completar sus planes con éxito.

– Borra esa sonrisa de la cara – le advirtió Ajaz, el primogénito. – Recuerda las instrucciones de padre. Debemos permanecer impasibles.

– Ya… ya… – protestó el segundo de los Ashartîm. – “Impasibles”. ¡Aquí no nos verá nadie!

Los otros tres miraron con desprecio a Baruch. Era, sin duda, el menos poderoso de ellos cuatro, los herederos de Sadoq, y, aún así, su poder era envidiable por muchos. Sin embargo, su debilidad frente a sus hermanos amenazaba con desposeerle del lugar de privilegio que, por nacimiento, tenía con respecto a Caleb y a David.

Era uno de los Cuatro Pilares, como les llamaban, eso nadie podría arrebatárselo, pero odiaba que le trataran como inferior, casi como a esa rata insignificante de Eleazar, el quinto hermano y el niño mimado de madre, o, aún peor, como a su hermana pequeña. Aquella… mujer, débil y caprichosa, como todas las de su sexo.

– Tardan – murmuró Ajaz, cambiando de tema.

– No habría por qué preocuparse – terció Caleb. – El primer movimiento salió tal y como planeó padre.

– Y aún así no podemos confiarnos – observó el menor de los cuatro, David.

– No sé qué le inquieta a Padre respecto a ese malnacido del tío Kumaru – comentó Baruch. – ¿Acaso le tiene miedo?

Una nueva sesión de miradas asesinas fue suficiente para hacerle entender que había vuelto a meter la pata.

– ¿Otra vez cuestionas a Padre? – le regañó Ajaz. – Con razón tú… – comenzó a decir, pero sustituyó el final de su frase por un suspiro desaprobador que acompañaba un elocuente movimiento de su cabeza.

En el Panteón de Oficiales de la Primera División, acuclillado, con la mirada perdida, el Capitán Akano Kumaru permanecía en silencio con la mirada perdida sobre la lápida que indicaban que allí reposaban los restos de su esposa tratando de buscar una explicación inexistente a todo su sufrimiento. ¿Por qué? ¿Por qué ellas? ¿Por qué había sucedido todo aquello? Estaba convencido de que, de alguna forma, él era el responsable de todo aquello, pero aún así no lograba encontrarle el sentido.

– Va a comenzar el traslado…

Se giró hacia la puerta y reconoció la silueta de Kaiser dibujada entre luces y sombras. Había esperado allí fuera, junto a su gran amigo, mientras este visitaba la tumba de su difunta esposa. Se levantó y se secó las lágrimas antes de reunirse con él bajo el umbral y, en silencio, se dirigieron hacia el Cuartel de la Décima División en el preciso instante en el que una mariposa infernal se posaba sobre el hombro de su hijo.

El único vástago del gran Capitán Akano estaba sentado en el suelo de una especie de gruta, con la espalda apoyada en la pared, los brazos descansando sobre sus rodillas plegadas y la mirada fija en el sepulcro excavado en la roca que albergaba los restos de la pequeña Neemin. Tenía los ojos hinchados del llanto y la mente envuelta en la neblina del dolor. Como su padre, él también se culpaba por lo que había pasado.

Debía haber sido él el que estuviera allí. Al menos podría haber hecho algo en lugar de asistir impotente a aquella escena y, si hubiera muerto él en lugar de su madre, al menos no tendría que soportar aquel dolor que le escocía por dentro. Pero no, al parecer, el destino le tenía jugadas más pasadas. Pero él aún se guardaba un as en la manga. Aunque realmente no fuera la solución, al menos le serviría para apartarse de todo aquel sufrimiento.

Se reunió con su mujer a la entrada del Cuartel de la Décima División una media hora después. Allí estaba también su padre, flanqueado por su inseparable Teniente, y Kaiser Wolf junto a Yuki. El hombre de rangos árabes que estaba al mando del Segundo Escuadrón, Ahmed Bin-Jaffet, y su segundo, Kaimitsu Hoshitarou, que ostentaba por derecho de nacimiento el rango de comandante de las Fuerzas Especiales. Como mandaba el protocolo, sería uno de los pelotones de este cuerpo el que se encargaría de llevar a cabo el traslado.

Ya llevaban unos minutos allí cuando asomó la cabeza de la comitiva. Natsuyatsumi Shinkyo llevaba una gran argolla de hierro alrededor de su cuello. La peculiar gargantilla estaba unida a dos grandes cañas, sostenidas, cada una, por dos miembros del grupo de shinigamis destinados a la misión de conducir al condenado a la que sería su última morada en la Sociedad de Almas.

Los oficiales iban ataviados con unos grandes trajes blancos y llevaban sus rostros tapados por capuchas del mismo color con el objetivo de proteger su identidad. Los cuatro encargados de conducir al antiguo shinigami de la Sexta División estaban flanqueados por otros ocho, según ordenaba el protocolo. Frente a ellos, otro hombre, que sobre el albo uniforme portaba una banda violeta que indicaba su posición preeminente en el grupo, abría la comitiva.

La mirada del hermano de la Teniente de la Décima División iba fija en el suelo, pero no podía evitar sentir cómo se clavaban en él la de los asistente s a su conducción. Podía notar la tensión, la decepción, el odio, la desesperación que crecía a su alrededor. A cada paso que daba se hacía más insoportable el peso que recaía sobre sus hombros. Y él aún no lograba entender cómo había ocurrido todo aquello.

– ¡Hombre muerto en traslado a la torre!

Los gritos del líder del pequeño destacamento de Ejecutores, así se llamaban sus miembros, resonaron pocos metros más allá, sobre los tejados del Sereitei, donde las figuras de dos shinigamis se recortaban por el sol. Uno de ellos, el más bajo de los dos, era de rasgos orientales y profundos ojos negros, el mismo color que su pelo, que llevaba recogido en una coleta. Su piel cetrina y su corta estatura contrastaban enormemente con la esbelta y pálida imagen de su compañero, que llevaba cubierta la mitad inferior de su cara con una especie de máscara de color celeste, el mismo que el de sus ojos.

– Ahí están todos nuestros objetivos – reía mezquinamente el más bajo de los dos. – Juntitos, juntitos, juntitos...

– Cállate, Li.

– Discreción – se dijo a sí mismo el aludido. – Eso es o que nos pidieron los jefes. Discreción.

Su compañero lo miró con un gesto que iba entre la compasión y la extrañeza. No era la primera  ocasión en que eran asignados juntos a una misma misión pero por muchas veces que trabajara con él aún no había logrado acostumbrarse a la forma de ser de Li. Era demasiado inquieto, demasiado compulsivo. Y lo peor de todo es que hablaba demasiado.

– Nuestro deber sólo es observar – advirtió el más alto. – Simplemente observar.

– Podríamos acabar ahora con todos esos sucios traidores, Ikkyuu – replicó Li. – Tan fácil como chasquear un dedo.

– Cállate... Li.

En el mismo momento en el que comenzaba el desfile fúnebre a través del Sereitei hacia la blanca Torre del Arrepentimiento, las dos sombras desaparecieron en un suspiro del tejado en el que se encontraban. Kaiser se giró hacia allí. Creía haber visto algo, pero se dijo que serían simples curiosos que trataban de ver un acontecimiento tan inusual en su mundo.

– Con permiso, Señora

El ama de llaves cerró la puerta del dormitorio de Rin después de entrar, pero ella ni siquiera se dio cuenta de la irrupción en su territorio. Estaba enfrascada en la escritura de una carta, una más del enorme montón de misivas dirigidas a su hermano que nunca llegaban a abandonar su cuarto. Sabía que, si algún día lo hacían, Kumaru acabaría volviéndose loco. No podría soportar todo el dolor y todo el sufrimiento en el que vivía su pequeña hermana.

Encerrada, sin que su enfermedad le permitiera enfrentarse a unos captores que no eran otros que los miembros de su propia familia, había encontrado en aquellas palabras que nunca verían la luz, el único medio de escapar a aquella vida que vivía con miedo a demasiadas cosas. Miedo a morir sola. Miedo a que Sadoq la descubriese. Miedo a lo que podría hacerle si eso ocurriera.

¿Cuánto había cambiado? Recordaba a su marido como un joven tan soñador como apuesto y no como el demonio disfrazado de ángel que ahora era. ¿Cuándo había comenzado a ver debajo del disfraz? No lo sabía. Poco a poco, muy poco a poco, había comenzado a darse cuenta que el popular Capitán Sadoq Asharet no era el mismo que el excéntrico joven que había renunciado a sus derechos de nacimiento y había optado por entrar en la Academia.

Pero lo peor de todo era que aún le seguía queriendo y no se atrevía a traicionarlo. No se atrevía a perderlo. Aquella era la raíz de todo su sufrimiento: su incapacidad para seguir soportando aquello pero su miedo a dejarlo atrás. No veía una vida más allá de Sadoq y eso le hacía hundirse aún más en la miseria.

– ¿Se encuentra bien, Señora? – le preguntó preocupada la ama de llaves ante el enésimo ataque de tos.

– Sí, Jade, tranquila – sonrió Rin al reponerse. – ¿Podrías llamar a Eleazar?

Su hijo pequeño era su única satisfacción. Al menos él había quedado fuera de las garras de su padre y no se había imbuido de aquella atmósfera de maldad, perversión y ambición sin límites que se respiraba en su casa. Quizás Sadoq podría engañarle, como había hecho durante muchísimo tiempo, pero sus hijos mayores eran incapaces de hacerlo.

El amanecer del día de la ejecución llegó sin avisar. Tal y como estaba previsto, apenas los primeros rayos alcanzaron el Sereitei comenzó la conducción del condenado hacia su parada final: el temible Soukyoku, del que se decía que tenía el poder de diez mil Zampakutous. El patíbulo se alzaba amenazante sobre el centro de la ciudadela, dominándola con su abrumadora presencia.

En la cima de la colina que acogía el lugar de las ejecuciones, ya se daban cita los trece Capitanes junto a sus Tenientes. De forma excepcional, se había permitido la estancia allí a toda la familia Akano, pero sólo Tilly había decidido acudir. La culpabilidad seguía atenazando el alma de Youichi, que había preferido mantenerse al margen de todo aquello y se había vuelto a recluir en la gruta en la que se encontraba la tumba de su hija, como había hecho todos los días desde el fatal descubrimiento.

Yuki apenas pudo reconocer a su hermano cuando lo vio ascender por la ladera de la colina. En apenas dos días se había convertido en un cadáver viviente. Su pelo se había aclarado a una velocidad abrumadora y, donde antes había una espléndida cabellera color azabache, ahora aparecían mechones grisáceos, como salpicados sobre el lienzo oscuro de su melena. Blanco también era el color de su piel, sólo mancillado por las dos enormes ojeras que se dibujaban debajo de sus ojos, terminando de decorar un rostro desfigurado por la tensión y el pánico que había vivido su propietario en los últimos meses.

La tensión llegó a su punto culmen cuando los brazos y los pies de Shinkyo fueron aprisionados en tres grandes bloques de piedra y lo elevaron en el aire dándole la imagen de un crucificado. Intentó gritar, pero la desesperación le había cerrado la garganta. No tendría ni siquiera la oportunidad de suplicar clemencia en el momento de su muerte. Estaba condenado a morir en el olvido y el desprecio más profundo, incluso por parte de su propia hermana pequeña.

Sólo unos pocos guerreros curtidos en mi batallas fueron capaces de no apartar la mirada de la escena cuando se desató toda la rabia de la enorme arma encargada de acabar la vida del antiguo oficial de la Sexta División. Era una situación totalmente excepcional. El Soukyoku estaba reservado para los acusados de alta traición y no para los asesinos, pero el hecho de que la víctima fuera una oficial de alto rango y, además, la esposa de un Capitán había conseguido que la Cámara de los 46 se decantara por aplicar la pena máxima. El alma de Natsuyatsumi Shinkyo quedaría destruida para siempre y no se reintegraría al ciclo de las almas.

– Tilly...

Nakajima Kyo se había girado hacia su Tercer Oficial al verla palidecer como nunca había hecho. Estaba absorta, con la mirada perdida. Las  gotas de sudor se apelotonaban sobre toda su frente y tenía la piel erizada. El miedo parecía consumirla. La cogió del brazo y la sacó de aquel extraño estado.

– Tilly – volvió a llamarla. – ¿Te encuentras bien?

– Cr.. Creo que...

– ¿Qué ha pasado?

– Acabo de ver... Acabo de ver la cosa más oscura de mi vida – acertó a decir entre balbuceos

– ¿El pelo de la Capitana Marlatti? – bromeó el Teniente, tratando de que su amiga se tranquilizara. – No es la primera vez que lo ves.

– No... me refiero a que he visto a la personificación del mal...

– La verdad es que no es una visión agradable la de ese chisme – replicó él.

– No... No me refiero al Soukyoku...

– ¿Entonces?

– El Capitán Asharet – confesó Tilly. – Acabo de ver en su interior y... todo lo que vi es... negro.
:iconcentoloman:
Antes que nada, pido perdón por el retraso, pero es que entre que estos días he tenido visita en casa y que mi musa parece que va por otros derroteros, he tenido Akano muy despistado.

Vamos avanzando, aunque sea muy poco a poco, por los caminos de los sucesos de 3656. Parece que las fichas empiezan a colocarse y comenzamos a ver a algunos de los que serán personajes importantísimos en lo que está a punto de ocurrir.

Va con joyita incluida para los lectores veteranos (no de tiempo, sino los que se lo han leído todo, que sois la mayoría). Ya era hora de que aparecieran este tipo de bichacos.

Espero que os guste.
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