Akano 00.9 - The Falling III
by ~CentolomanThe Falling III (Suspicious Minds)
Pocas semanas después de la ejecución de Natsuyatsumi Shinkyo, el otoño de 3655 llegó como un huracán devastador: uno de los más lluviosos que se recuerdan en toda la historia de la Sociedad de Almas. Llovía torrencial mente durante días y, cuando paraba, apenas había tiempo para que escampara antes de que comenzara de nuevo. La situación era más grave aún en los distritos más cercanos al Sereitei, que se habían comenzado a superpoblar de gente que buscaba asistencia en la ciudadela.
Ríos desbordados, inundaciones, enfermedades y ahora la hambruna y la miseria. Un gran cataclismo amenazaba con sitiar la Ciudadela de las Almas Puras, cuyos suburbios eran ya un auténtico drama, un hervidero de gente que el malestar y el sufrimiento convertían en terreno abonado para el nacimiento de distintos movimientos que se autoproclamaban revolucionarios y para el fortalecimiento de otros mucho más veteranos.
El Gotei 13 en pleno se había movilizado para poder acoger a todos los refugiados en improvisados campamentos que rodeaban totalmente las murallas, pero las condiciones de trabajo eran tales que el operativo dirigido por la Cuarta División se veía fácilmente desbordado en las situaciones de mayor adversidad.
Por fortuna, a medida que avanzaba el otoño y se aproximaba el invierno, la amenaza iba remitiendo poco a poco. Sin embargo, las consecuencias ya eran de por sí nefastas y el camino que restaba por andar hacia la normalidad era mucho mayor y mucho más duro que el que quedaba a la espalda.
Parecía que lo peor hubiera pasado, y a esa esperanza se aferraban muchos para tratar de salir adelante, pero el Sereitei y el status quo en el que vivía toda la sociedad de los shinigamis desde hacía varios siglos estaba, según otros, herido de muerte o, al menos, era un enfermo terminal.
Las esperanzas, sin embargo, no son realidades tan tangibles como lo era el caos que reinaba por todos los rincones de nuestro mundo y aquellos que optaron por aferrarse ciegamente a ellas fueron despreciados como meros soñadores e idealistas por los sectores de marcado carácter catastrofista que acabaron por convertir su opinión en mayoritaria.
La agitación social estaba servida y eso no podía beneficiar en absoluto los planes del Gotei 13 para la recuperación de una normalidad que parecía cada vez más lejana. Los meses pasaban sin que se apreciara más mejoría que la remisión del castigo climatológico y las enfermedades. El convulso ambiente social era cada vez más importante y eso hacía mella en la moral de los shinigamis y era causa de especial preocupación por parte de los Capitanes, a quienes se les acusaba de ser meros burócratas cuando no marionetas movidos por los 46 miembros de la Cámara Central.
Cada vez son más los desertores comentaba con un notable nerviosismo el Capitán General. Esta misma mañana han presentado su renuncia tres oficiales de grado medio de la Quinta División.
Las quejas del General calaban profundamente en el ánimo de sus Capitanes. No corrían buenos tiempos para los suyos, incapaces de permanecer impasibles ante el profundo trastorno social que amenazaba con remover las bases de la Sociedad de Almas desde lo más profundo de sus raíces. Los estamentos más altos del organigrama administrativos vivían una situación excepcional, alarmados por el cada vez mayor grado de actividad de aquellas pequeñas células terroristas autodenominadas revolucionarias y que, en el fondo, estaban integradas o, al menos, lideradas e inspiradas por muchos de los shinigamis que habían desertado.
Las palabras de Kraug no hacían más que repetir una y otra y otra vez lo que todos ya sabían aunque nunca antes, en el año que había transcurrido desde el fin de la gran tormenta, se habían planteado en voz alta y con tanta gravedad como lo hacía en aquel momento el máximo mandatario del órgano ejecutivo y militar del Sereitei.
Eso suponía, según un grupo de Capitanes, tratar el problema con la importancia merecida; para otros, era exagerar el asunto hasta el borde de la psicosis y la paranoia. Por primera vez en los más de dos milenios en que habían permanecido juntos, el Consejo de Capitanes estaba dividido, aunque sólo fuera en ese sentido. Y ese, para Kumaru, era el verdadero problema que tenían, aunque su mente estaba más ocupada con otros de carácter más personal. O al menos eso esperaba.
Ten le abordó Kaiser, mientras se retiraban. El informe que me pediste aunque sigo sin entender para qué lo quieres
Gracias asintió, serio, el Capitán de la Novena División. Ya te contaré.
Jefe, tengo que habár con usted.
Pasa
Nakajima Kyo ingresó en el despacho de su superior portando un gesto extraño. Sorpresa, preocupación, miedo Kumaru no sabría decir exactamente qué había visto en él, pero inmediatamente intuyó que algo no iba bien. Y no era un buen día para recibir malas noticias. Acababa de regresar al trabajo sólo dos días después de ver morir en el Soukyoky al asesino de su mujer y de su nieta. Tres meses de retraso en el papeleo y toda la carga emocional que arrastraba constituían ya de por sí un fardo demasiado pesado. ¿De qué se trataría ahora?
¿Qué ocurre? preguntó casi con temor.
Anteayer, en el Soukyoku comenzó el Teniente, aunque luego se detuvo. Usted conoce bien al Capitán Asharet, ¿no?
El Akano escudriñó con su mirada el rostro de su subordinado. Sadoq Sí, en algún momento de su vida podría haber contestado afirmativamente y sin ninguna duda a la pregunta de Kyo, pero ahora no estaba tan seguro. Había cambiado demasiado y ellos, Kaiser y él, apenas acababan de darse cuenta.
La nueva conducta del Capitán de la Sexta División había sido tema habitual en sus conversaciones con su amigo del norte. Su principal preocupación era el no haberse percatado en tanto tiempo del cambio tan significativo que había experimentado el noble. Sin embargo, Kumaru apenas había meditado sobre aquello, los sucesos recientes tenían cierta prioridad.
No sabría decir si estaba en condición de afrontar aquella cuestión en aquel preciso instante, pero ¿qué otra opción tenía? La mezquindad de la actitud de Sadoq en los momentos de mayor dolor para la familia Akano, tal y como la había retratado Kaiser, era atroz y no era algo que debiera dejar pasar.
Te escucho murmuró con preocupación, recostándose en su silla.
No sabría cómo empezar
Por el principio le animó Kumaru.
El otro día . El otro día, al bajar del Soukyoku, Tilly me dijo que había visto el mal en el interior del Capitán Asharet explicó Kyo. Eso sumado a que ella siempre creyo que había alguien por encima de Shinkyo
Vamos, que ella cree que Sadoq podría estar detrás de esto le cortó el Capitán. ¿Y tú que opinas?
Suena descabellado pero
Ya en su despacho, con la puerta convenientemente cerrada, el Capitán de la Novena División se entregó por completo al estudio del informe que le acababa de entregar su amigo y en el que se daba fe de las visitas que había recibido Shinkyo durante su encarcelación en el Cuartel del Décimo Escuadrón.
Desde que Kyo le hubiera transmitido las sospechas de Tilly, había tardado demasiado en decidirse a investigar el asunto por su cuenta y todo el conflicto que se había desatado con la Gran Tormenta, especialmente todos los incidentes de carácter bélico en los que participaban pequeñas guerrillas terroristas, le habían retrasado en su propósito. Pero en la últimas semanas había retomado aquel asunto y la nómina de visitantes se sumaba otros varios expedientes referentes a la Sexta División que había recopilado en las últimas semanas con la excusa de investigar las motivaciones del asesinato de su esposa y de su nieta.
Vamos a ver se dijo.
Casi sin darse cuenta comenzó a canturrear mientas examinaba uno por uno los papeles que había reunido, pero pronto se dio cuenta, si es que no lo sabía ya de antemano, de que allí no encontraría nada. Si Sadoq o sus sobrinos, los llamados Cuatro Pilares, estuvieran detrás de una gran conspiración contra la Sociedad de Almas eran lo suficientemente inteligentes como para borrar cualquier rastro de forma que nadie lo hubiera descubierto.
En cualquier caso, se obligó a seguir adelante ante la tentación de dejarlo. Si no encontraba nada, al menos podría tranquilizar su conciencia acerca de su antiguo amigo; si lo hacía No sabía aún como debería reaccionar en el caso de encontrar algo.
Pero nada. Reporte tras reporte, informe tras informe, lo único que conseguía era embotarse aún más la cabeza sin avanzar. Ni un solo resquicio de duda. El cambio de actitud de su amigo era, sin lugar a dudas, innegable, pero eso no lo convertía en un peligroso criminal, como tampoco lo hacía ninguno de los informes que había examinado aquella tarde.
El Capitán se recostó en su silla, casi aliviado, y comenzó a mirar al frente. Poco a poco, fue abstrayéndose de lo que le rodeaba y abandonándose a sus pensamientos y recuerdos que penetraban con la bochornosa brisa que se colaba por la ventana entreabierta de su despacho, preludiando una noche más de tormenta. Un mal presagio en aquellos tiempos.
Tonterías susurró, dejando volar las palabras. Sadoq sólo está raro
Realmente, llevaba siglos raro. ¿Desde cuándo? Hacía ya tanto tiempo que ni siquiera sabría si podría llevar bien la cuenta. Mentalmente, trató de hacer memoria de todas sus correrías de juventud en la Academia, cuando los cuatro, Sadoq, Kaiser, Rin y él, eran aún jóvenes, cuando los sueños parecían más cercanos de lo que parecían ahora.
¡Akano!
¿Sí? se giró el joven académico, en respuesta.
A lo lejos se le acercó un muchacho muy alto, de larga melena morena. Era Sadoq Asharet, el hijo del Capitán de la Sexta División, el mismo que había renunciado a su derecho de nacimiento para ingresar en la Academia y el mismo que había protagonizado aquella extraña y curiosa escena en las pruebas de ingreso.
Asharet, ¿no? se cercioró cuando el otro llegó junto aél.
Te he visto en clase de Kidoh comentó el noble, asintiendo a la respuesta anterior. Fue impresionante
Seguro que no fue para tanto contestó. Por cierto, este es
Kaiser Wolf completó el norteño, tendiendo la mano.
¿Wolf? ¿Kaiser Wolf? repitió Sadoq incapaz de ocultar su entusiasmo mientras le daba enérgicamente la mano. ¿De los del Clan del Norte? ¡¡Guau!!
El peso del mundo, del nombre, de la responsabilidad era ajeno a su hombros en aquellos días. Rebelde con causa, se había empeñado en cambiar las cosas pacíficamente y desde abajo mientras se dejaba sorprender y seducir por todas las novedades con que el mundo más allá de los algodones de la nobleza pretendía deleitarle.
Ese loco soñador, inconformista y siempre sonriente era el Sadoq Asharet al que él había conocido hacía ya tantos años y no se parecía en nada a la verdadera cara del mal, como lo había descrito Tilly. Más bien, hubiera apostado a que Rin y él eran todo lo contrario a un monstruo capaz de tales crueldades. Aún pondría la mano en el fuego por su hermana pero sospechaba que se había equivocado en cuanto a su esposo.
Además, los excepcionales poderes psíquicos de su nuera le permitían, entre otras muchas cosas, conocer el interior de las personas más allá de las apariencias. Y Tilly era alguien lo suficientemente inteligente como para no levantar calumnias contra uno de los hombres más poderosos e influyentes del Sereitei.
Si lo había dicho, sus motivos tendría y no era algo que pudiera dejar pasar. Lo cierto era que aquel Sadoq despreocupado, soñador, casi revolucionario era un completo desconocido para cualquiera que lo conociera en la actualidad. Era demasiado distinto y, a la vez, demasiado parecido. Como si nada fuera igual y, a la vez, nada hubiera cambiado.
En ese momento me recordó a su padre comentó Kaiser Mira tú qué alegría me llevé al ver otra vez al puto viejo añadió irónico.
En serio ¿Qué le habrá pasado?
Fue tan poco a poco que ni siquiera nos dimos cuenta.
Aquella había sido la lamentación propia de aquellos últimos meses cuando entre los dos Capitanes salía a relucir el nombre de su viejo compañero de fatigas. Si al menos hubiéramos estado más pendientes o ¿Qué hicimos mal? solían ser acompañantes habituales de aquel lamento pues, como no podía ser de otro modo, o al menos eso creían, se sentían profundamente culpables de la transformación de su amigo.
Pero ese sentimiento de culpa era mayor en Kumaru. Al fin y al cabo, Sadoq era su cuñado, parte de su familia. Su hermana pequeña estaba casada con él. Él la cuidaba en su enfermedad. Sin embargo, Kumaru ahora apenas la veía más que cada pocos meses y muy rápidamente con la excusa de alguna recepción en casa de los Ashartîm. Había sido ingenuo e irresponsable, se decía. Había permanecido ciego a la evidencia.
¿Estaría aún a tiempo de remediarlo? Al menos debía intentarlo, eso era lo que le decía su conciencia. Al menos debía intentarlo. Y para poder hacer algo, primero debía lograr entenderlo. Y para entenderlo, era fundamental encontrar su origen. Y ése era el problema. ¿Cuándo había comenzado todo? Esa era la gran pregunta que, una y otra vez, pasaba por la mente del Capitán de la Novena División. Esa era la gran pregunta que, una y otra vez, se veía incapaz de responder.
No había sido en la Academia, eso seguro. Tampoco había sido en sus primeros años al servicio del Gotei, cuando servía bajo las órdenes de su padre, el temible y fanático Farés Asharet. En aquellos tiempos, la sonrisa seguía siendo su lema. En aquellos días, aún vivía el Sadoq soñador que había desafiado a toda su tradición, el mismo galán que había conquistado a Rin y la había tomado por esposa. ¿Cuándo había comenzado todo?
¿Qué os parece si ? propuso Kaiser, aunque se detuvo. Na Dejadlo
Ahora lo dices le instaron, curiosos, Sadoq y Kumaru.
Es Está bien se encogió de hombros, mostrando una timidez inusitada en él. En mi clan, antes de comenzar una batalla solemos cantar una canción un himno pero realmente aquí
Podemos hacerlo sonrió Rin, divertida y benévola.
A pesar de que su relación no había llegado a buen puerto, Rin y Kaiser eran los mejores amigos. La relación entre ambos dos era tan buena o casi incluso mejor que la que podían tener los dos hermanos Akano entre sí. Aunque sabían que su destino no era estar juntos como esposos, se compenetraban a la perfección, de tal manera que los que no los conocían hubieran pensado que eran familia, o, incluso, marido y mujer.
Dejadlo, sería bastante ridículo
Aunque en cierto modo tenía razón, y comenzar el canto de un himno que ninguno de sus compañeros conocía y que, además, era totalmente extraño a las prácticas de los shinigamis podría resultar ridículo, sus amigos entendieron perfectamente la intención. Todos compartían la sensación de que debían hacer algo que les concienciara de que aquella era una ocasión especial de la que tendrían que hablar a sus nietos, que no podían quedar por el camino.
Lo que podemos hacer es una promesa rompió el hielo Kumaru. Pase lo que pase nos veremos en la mansión Akano en cuanto termine la batalla. ¿De acuerdo?
Por supuesto asintió Sadoq.
De acuerdo sonrió su hermana.
¿Acaso lo dudabas?
El joven Wolf, estiró su brazo hacia delante, invitando a los demás a hacer lo mismo. Sellarían aquella promesa al estilo tradicional. A Kumaru le pareció un tanto ridículo aquel gesto, pero nuevamente entendió lo importante que era aquello para su amigo. Las cuatro manos se unieron en el centro del círculo, sellando la alianza.
Prometido dijeron los cuatro casi al unísono.
Aquella guerra Aquella guerra había supuesto la pérdida de miles de vidas inocentes, decenas de miles o quizás centenares incluso. Era un antes y un después, un punto de inflexión que nadie que hubiera tenido el dudoso y horrible honor de vivir podría olvidar jamás. La crudeza de las batallas, el miedo, el dolor, el llanto Todos los que habían estado allí y habían sobrevivido, incluso los más feroces guerreros, tenían aún fresco en su memoria el olor metálico de la sangre derramada.
¡¿Cómo que no sabéis dónde está?!
Yo lo perdí de vista cuando traje al Capitán
El campo de batalla era un caos añadió Kaiser.
Pero prometió que volvería aseguró Kumaru. Es cuestión de que
¡¡¿Prometió que volvería?!! bramó de nuevo Rin, interrumpiendo a su hermano. ¡A la muerte le importan una mierda las promesas! ¡Eso no me llega! ¡¡¿Dónde está mi marido?!!
Tranquila terció el Teniente de la Décima División, atrayéndola hacia sí en un abrazo. Tranquila, Rin.
No No No puedo estar tranquila rompió a llorar.
Lo sé Lo sé susurró él, mientras le frotaba la espalda con la mano.
Desde luego, para Sadoq la Primera Guerra de las Almas había sido algo peor que para muchos de sus iguales. No sólo había perdido a su padre, con quien, a pesar de sus continuos enfrentamientos y famosos desacuerdos, estaba estrechamente unido; sino que también aún seguía siendo uno de los pocos shinigamis que tenía el dudoso honor de haber visitado Hueco Mundo.
Sadoq había descendido a los infiernos y había permanecido allí durante tres días para, prácticamente, resucitar para su mundo. Parecía casi una broma pesada, pero era una historia totalmente cierta.
¿Qué ha pasado, Sad? preguntó, impaciente, Kumaru.
Era la enésima vez aquella noche que repetían la pregunta y la respuesta era siempre la misma: el silencio. Puro y duro silencio. Lo críptico de la actitud de su esposo ponía de los nervios a Rin, que, harta, había decidido irse a dormir hacía ya bastante rato. Sin embargo, los Tenientes de la Novena y la Décima División habían preferido seguir insistiendo para tratar de conocer el culpable de la desaparición y del estado físico de Sadoq.
¿Quién te ha hecho esto, Sad? insistió Kaiser.
Ya os lo he dicho contestó, tranquilo, su amigo. Fue
¡Nadie! exclamó el Capitán del Noveno Escuadrón, completando en alto la frase que se estaba formando en su cabeza.
El nombre del culpable del cambio del noble resonaba en su memoria con fuerza. Hacía tiempo que se había olvidado de todo aquello. Tanto Kaiser como él habían considerado que todo había sido producto del trauma, como por otra parte había diagnosticado el Capitán Minami. Por eso habían decidido dejarlo correr, pero pero ahora todo parecía cobrar sentido pleno.
Se levantó con ímpetu de su silla y salió deprisa, movido por la fugacidad y la intensidad de la idea, con dirección a los archivos de la División. Nadie era un nombre casi omnipresente en los expedientes del último año y, muy especialmente, en los de los últimos meses, en los que las deserciones masivas habían aumentado el malestar social y, con ello, la actividad de las guerrillas antisistema.
¿Cómo no se había dado cuenta antes?
¿Capitán? llamó una voz desde la entrada.
Ah, Saitou saludó Kumaru, casi sumergido bajo una montaña de cajas y ficheros, tras identificar la silueta que le hablaba desde la puerta de la sala de archivos.
¿Qué hace? preguntó el Quinto Oficial. ¿Necesita ayuda?
Estoy comprobando unos datos explicó, sin entrar en mayores aclaraciones. ¿Me puedes alcanzar ese fichero de allí?
Sí, claro obedeció.
Gracias sonrió el Capitán. Si ves a Kyo dile que estoy trabajando en lo de Nadie, ¿de acuerdo?
Sí, Señor contestó Ray, retirándose.
El shinigami volvió a salir de la Sala de Archivos, dejando a su superior en la soledad que él tanto gustaba de disfrutar cuando trabajaba. Sin embargo, unos diez minutos más tarde, el Teniente apareció allí en respuesta al aviso de su líder.
¿Nadie?
Sí respondió Kumaru. Creo que he encontrado algo pero No estoy seguro Me gustaría comprobar unos datos y para ello necesito una serie de documentos
¿Quiere que vaya a buscarlos?
No, respondió. ¿Saitou sigue por ahí?
Acaba de llegar un aviso de una revuelta en el Distrito 23 Sur que podría estar relacionada con con Nadie. Lo envié a él informó el Teniente. Pero puedo modificar sus órdenes e ir yo si fuera
No No rechazó la idea. Envía esa oficial Kuroda se llama, ¿no?
¿A la misión de Ray?
No contestó el Capitán. No Verás. Necesito el expediente de todo lo referente a la batalla de las Llanuras Verdes incluido todo lo que haya sobre la desaparición de los Ashartîm
De acuerdo.
Especialmente todo lo relacionado con los Ashartîm apuntó.
Sí, Jefe asintió el más joven.
Y una cosa importantísima
¿Sí?
Discreción total sentenció. Si puede hablar con una sola persona que no sean dos.
¿No prefiere que vaya yo, entonces?
Prefiero que estés aquí, alerta indicó. Por si acaso tenemos que actuar antes de tiempo
Está bien
Tilly no puede enterarse de esto añadió. Ni mi hijo, ni Yuki, ni Kaiser Sólo tú y yo y la Oficial Kuroda solo debe saber que tiene que recoger unos documentos, ¿de acuerdo?
De acuerdo, Jefe asintió el Teniente.
Cuando llegue el momento ya les explicaré lo que pasa
Kuroda va a necesitar una autorización.
Ya la tengo murmuró mientras revolvía entre los papeles. Ya la tengo preparada. Ten.
Tan rápido como había venido, Kyo salió del archivo para cumplir las órdenes de su Capitán. No entendía bien qué estaba pasando y por qué tanta discreción pero, por lo menos, su jefe parecía mucho más activo y mucho más centrado y concentrado en su trabajo que la especie de zombie que había ocupado su cargo desde la muerte de su esposa.
La joven oficial a la que buscaba, Kuroda Eiri, estaba descansando tranquilamente sobre uno de los tejados del Cuartel con una botella de sake junto a ella, ajena al presagio de tormenta que traían las negras nubes que los sobrevolaban. Kyo siempre la había considerado como alguien muy valioso, el futuro de la División, con una gran proyección, alguien destinado a cosas grandes
¡Eiri! le llamó, a la par que, de un salto, se ponía junto a ella. El Jefe quieres que recojas unos documentos en la Biblioteca Central.
¿Unos documentos? protestó ella. Es mi rato de descanso. Que lo haga otro.
Ese era su problema: la indisciplina, aunque al menos ella había seguido siendo fiel al Gotei 13, no como muchos otros que antes pasaban por ser leales servidores de sus Divisiones y ahora se dedicaban a atacar ferozmente todo en lo que antes creían con una voracidad que no parecía tener medida.
El Capitán te eligió a ti específicamente insistió Kyo, tratando de apelar sutilmente a su orgullo.
Ya bufó la joven. Bueno
Es algo muy importante para él continuó, mientras le ponía la autorización. Y requiere la mayor discreción
Entiendo
Nada de preguntas, ¿de acuerdo?
¡Que sí, pesado! exclamó con hastío mientras arrancaba la autorización de la mano de su Teniente.
¡Y date prisa! le gritó él mientras se alejaba.
No entendía el porqué de la preocupación que le había sobrevenido a su Capitán por aquel momento de la historia del mismo modo que tampoco entendía el porqué de tanto secretismo y de tanta prisa. Pero si algo había encontrado respecto a Nadie que le movía a actuar así, sería mejor acatarlo. Al menos hasta saber de qué se trataba.
Entre tanto, Kumaru había regresado a su despacho cargado con varios ficheros que contenían todos los expedientes que consideraba importantes para su investigación: aquellos en los que, de una forma u otra, directa o indirectamente, se mencionaba el nombre de Nadie. Lograría desentrañar el misterio detrás de aquello costase lo que costras y así, quizás, podría conseguir que su amigo volviera a ser el de siempre.
Sacó de su cajón su diario y puso por escrito, tal y como era su costumbre, todas las impresiones de las últimas horas mientras daba tiempo a que llegara la shinigami mensajera con los documentos. Así, de paso, ponía orden a todo el batiburrillo de recuerdos, sospechas, ideas e hipótesis que se amontonaba en su cabeza para poder pensar con más claridad.
Aquí está todo anunció la Oficial, que había entrado sin llamar.
La mujer dejó bruscamente sobre la mesa todo un montón de legajos, algunos más ajados que otros, atados entre sí por unas rudimentarias cuerdas. Probablemente, ni siquiera le valdría el 90% de lo que allí se contenía pero había pedido todo para poder cubrirse las espaldas. Además, así podría llamar menos la atención que reclamando sólo los informes referentes a los Ashartîm.
Gracias, Oficial Kuroda sonrió el Capitán, sin ganas de reprochar su actitud. Tómese el resto del día libre.
¡Pero si ya es casi la hora de la cena!
¿Ya? se hizo el loco. Bueno se encogió de hombros. El resto del día incluye también las guardias nocturnas
¡Qué generoso es usted! contestó sarcástica.
Pues eso rió él. Gracias
Esperó a quedarse solo para devorar sin piedad los informes recién traídos. Se centró únicamente en los correspondientes a Farés y Sadoq, su desaparición y la investigación de la muerte del entonces Capitán de la Sexta División. Estaba seguro que a su amigo le habría sido más fácil cometer un error en su historia tras el cual pudiera al menos vislumbrarse el verdadero significado detrás de aquella palabra.
Herederos del Señor, cantaban a coro cinco figuras encapuchadas depositarios de la Gran Promesa. Tú nos has bendecido, Padre, con tu infinita
Una nueva sombra, que también cubría su cabeza con una tela, apareció en el umbral de la puerta, interrumpiendo el ritual. David, el menor de los Cuatro Pilares, abandonó el círculo para acercarse, inquieto, al hombre que había reconocido como uno de sus subordinados directos. ¿Cómo osaba perturbar de aquel modo la oración de los Sumos Sacerdotes?
El recién llegado susurró algo al oído de su superior y esperó su reacción con miedo. Una mueca de preocupación se dibujó en el rostro del joven noble al escuchar la notica y, con ese mismo gesto aún dibujado sobre su cara, volvió al grupo principal junto a su padre y sus hermanos mayores para informar de las novedades.
Están haciendo demasiadas preguntas bufó, tras transmitirles lo que había oído de labios de su informador.
Ya no importa, ya llega tarde sentenció su padre, antes de que su rostro se torciera en una mueca mezquina. Incluso será mejor rió. Ese traidor de Kumaru ¡Se vendió a los poderes del mundo y abandonó el camino de la verdadera luz! sentenció, a voz en grito, con solemnidad. ¡Él, que había sido llamado a ser uno de los elegidos! Pero será esta noche bajó el tono hasta convertirlo casi en un susurro. Las órdenes ya están dadas Las piezas ya están en movimiento ¡Esta noche conocerá la luz y la gloria del Señor! volvió a exclamar. ¡Esta noche sabrá cual es el castigo que les espera a los que se apartan de sus caminos!
El sol caía tras los muros occidentales del Sereitei mientras Kumaru seguía entregado a la lectura de las transcripciones de los interrogatorios realizados a Sadoq tras su vuelta del otro lado de la garganta. Repasaba varias veces cada una de las respuestas, convencido de que el quid de la cuestión se encontraba allí dentro, escondido en alguna parte. Conocía a aquel Sadoq o, al menos, lo reconocía.
Precisamente por eso, debía ser capaz de descifrarlo.
Nadie me ha convertido en lo que soy respondió.
Sigo sin entenderle, Teniente
Eso es porque tus oídos son viejos contestó sin inmutarse. Tus ojos y tu corazón ya se han cerrado. Ya es demasiado tarde para ti.
¿Qué quiere decir?
Quiero decir que ahora comienza un tiempo nuevo
Intercambios de frases proféticas como aquella se repetían por doquier a lo largo de las transcripciones ante la sorpresa de los encargados del interrogatorio. Aquella insistencia en el tiempo nuevo, en el desprecio de todo aquello que fuera viejo Todo aquello parecía propio del espíritu de la época, de un momento como aquel en el que todo lo conocido amenazaba con caerse y propio especialmente de alguien que, como Sadoq, rechazaba todo el legado recibido, todas las tradiciones familiares.
A simple vista, sus antológicas desavenencias con su padre podrían justificar todo aquello. Muerto Farés Asharet, se inauguraba un tiempo nuevo en el clan de los Ashartîm, en el que toda la antigua tradición quedaría relegada al olvido. Así lo había interpretado en su momento el encargado de redactar el informe que acompañaba a la transcripción, quien, a juzgar por el lenguaje utilizado, mantenía cierto escepticismo ante las afirmaciones de Sadoq.
Sin embargo, Kaiser, Rin, Kumaru, los tres sabían bien que no toda la tradición ashártica era mal vista por su amigo y, mucho menos, había sido demonizada. No. Había algo que siempre había estado en el terreno de lo interesante y agradable dentro de la mente del Capitán de la Sexta División: la profecía que anunciaba a la Casa Ashartîm su condición de últimos custodios del Poder, sea lo que fuere que aquello significase.
Igual que Kaiser y el propio Kumaru habían hecho con los pronunciados por aquellos dioses sobre sus respectivos clanes, Sadoq había estudiado el significado de aquel anuncio; pero él había alcanzado un grado de obsesión casi enfermizo que incluso había asustado a sus amigos quienes, insistentemente, habían tratado de hacerle desistir en su empeño.
¿Os imagináis? preguntó con entusisasmo Sadoq. ¡Es cosa del destino!
El resto de alumnos miraron al muchacho moreno que había osado interrumpir con su charla el discurso del profesor Magti, uno de los hombres de peor carácter de toda la Academia, según afirmaban los más veteranos. Toda la clase, en silencio, contemplaba al Asharet con extrañeza e, incluso, desprecio, como si entendieran que él se creía por encima de ellos y de las normas que todos debían respetar.
Lo siento acertó a decir.
Usted no debería estar aquí le dijo el profesor. Ha sido usted quien ha elegido este camino. ¿Lo ha hecho para perjudicar a aquellos que usted considera inferiores?
No No, Señor.
¿Se cree usted por encima de mis normas?
Para nada
Mejor sentenció. La próxima vez que me interrumpa, no vestirá nunca más el uniforme de la Academia Aunque sea usted de una de las grandes casas
Sí, Señor
La cagamos susurró Kaiser, por lo bajo.
Cuando terminó la clase, en los pasillos, los tres novatos, que apenas comenzaban a conocerse, retomaron el tema de conversación que estaban manteniendo furtivamente en clases como si el lapso de tiempo en que habían permanecido en silencio por temor a las represalias del maestro no hubiera existido en absoluto.
Cuando se cumplan esas tres profecías ¡Será un tiempo nuevo! exclamaba Sadoq, sin perder una gota de entusiasmo. ¿No lo veis? ¡Haremos de este mundo un paraíso!
Tiempo nuevo en el subconsciente de Sadoq significaba otra cosa. El tiempo nuevo era la época del cumplimiento de las profecías, y sabía que su viejo amigo nunca había olvidado aquello, no al menos antes de la Guerra y posiblemente no después o, al menos, no tan rápido.
Definitivamente, algo había ocurrido en Hueco Mundo que había convencido a Sadoq de que aquel tiempo había llegado o estaba ya por llegar. Algo había en aquel mundo de tinieblas quehabía dado a luz a un hombre nuevo. ¿Y si su obsesión por aquello hubiera trastornado la mente del noble hasta el punto de convertirlo en un traidor? ¿O acaso era él la víctima?
La respuesta tenía que estar allí, en alguno de aquellos papeles. Estaba dispuesto a encontrarlo. Quizás, partiendo de lo que ahora sabía, de esa supuesta relación entre el Capitán de la Sexta División con Nadie, fuera lo que fuera, podría sacar algo más en limpio.
¡Kyo! llamó unas horas después, tras revisar los informes por enésima vez.
Somnoliento, restregándose los ojos por el sueño y bostezando, el Teniente de la Novena División acudió a la llamada de su Capitán con un movimiento pesado y lento propio de alguien que no estuviera precisamente en estado de vigilia.
¿Sí? preguntó mientras se estiraba.
¿Estabas durmiendo?
Casi admitió, volviendo a bostezar. Revisaba unos papeles.
Ya contestó Kumaru pasándole unas carpetillas. Mira esto.
¿Qué son?
Interrogatorios realizados a los miembros de Nadie que logramos capturar explicó. ¿Ves algo raro?
A ver murmuró varias veces mientras pasaba las páginas, leyendo en diagonal. Todos están relacionados directa o indirectamente con la Sexta División
Exacto confirmó Kumaru. Tres fueron miembros en la última década, otros están relacionados con integrantes antiguos o incluso actuales
¿Y qué prueba eso?
Sé paciente dijo el Capitán, alcanzándole otra capeta.
¿Más interrogatorios?
Sadoq Asharet, Teniente de la Sexta División respondió el Akano. Eso fue justo después de la Primera Guerra
Nadie masculló Kyo.
Nadie.
¿Víctima o verdugo?
Merece la pena investigarlo, ¿no crees? sonrió mientras cogía su capa.
¿Ahora?
Quizás mañana sea demasiado tarde.
¿Vamos a la mansión Ashartîm?
No contestó, abandonando el despacho. Dudo que él o mis sobrinos nos dijera nada de esto
¿Entonces? le siguió Kyo.
Te diré con quién vamos a hablar: dijo sin detenerse Jeconías Asharet.











