Akano 07 - Eternal Flame VI
by ~CentolomanEternal Flame VI (Welcome to the Jungle)
Me disponía a trepar por la pared más cercana en dirección al sur cuando un grito escalofriante inundó todos mis sentidos. Una voz que conocía desde siempre pero que nunca antes había escuchado más que en sueños.
¡Shinigami-san!
Afortunadamente aún no había empezado mi escalada. Me detuve y miré en todas direcciones. Sabía que ese grito, de algún modo, realmente nunca se había producido fuera de mi mente, pero quería intentar comprobar que no me estaba volviendo loco. No había nadie allá donde me alcanzaba la vista. Y no era capaz de captar ningún reiatsu en varios kilómetros a la redonda.
Meneé la cabeza tratando de expulsar pensamientos extraños de mi cabeza y comencé a escalar la pared de roca viva. Cuando estuve en lo alto, una osadía que me llevó casi una hora, descubrí el sol naciendo más allá de las junglas salvajes del este. A modo de comprobación, para asegurarme, volví a revisar con la mirada todo lo que me rodeaba.
En el pueblo se comenzaban a ver los primeros ajetreos. La gente se levantaba con el alba para comenzar a labrar los campos, pues aún en aquella zona que parecía más desértica que el fértil oeste donde se encontraba el Distrito 57 Oeste, mi hogar, la tierra se dignaba en bendecir con sus frutos a los que la trabajaban.
Pero no había rastro de nadie que pudiera haber proferido aquel grito. En mi corazón, en algún lugar muy dentro de mí, sabía quién me había llamado, pero quizás no podía identificarlo claramente. Volví a menear mi cabeza y me detuve.
Debía seguir un poco al sur y girar al este. Como si mi intuición quisiera adelantarse, volví a mirar fugazmente a las junglas que comenzaban a extenderse más allá del gran río, el Yalum, que atravesaba de norte a sur el horizonte oriental, que suponía una barrera natural entre dos regiones que parecían radicalmente enfrentadas.
Sin embargo, no quería arriesgarme, había descubierto el rastro de Nalya que me guiaba más hacia el sur, y era mejor no perderse. Eché un vistazo al mapa. A partir de allí, al sur, se extendía un gran desierto, la Tierra de las Arenas Ardientes, salpicado de pequeños oasis donde se asentaban los pueblos, principalmente nómadas.
Entonces comprendí que no era sólo que hubiéramos avanzado poco, sino que los distritos de la zona austral eran inmensamente más grandes en aquella zona central de lo que sería el Sector Sur de la Sociedad. Los distritos se dividían en función de su población y, por eso, todo el gran desierto, que ocuparía casi cinco distritos en el Norte, era uno sólo allí.
Llegar a las Montañas del Aullido, el extremo septentrional de los territorios de la Sociedad de Almas, llevaba unos dos días avanzando con presteza y sin detenerse, a una velocidad que no era fácil de alcanzar para los meros habitantes del Rukongai y mucho menos de mantener. ¿Cuánto se tardaría en alcanzar el extremo sur, el legendario Mar de las Tormentas?
Decidí dejar las disquisiciones geográficas para más tarde y continuar avanzando. Comencé a avanzar por la montaña, pero pronto me di cuenta que eso retrasaría sobremanera mi marcha. Descendí hacia el valle, hacia la aldea que un día casi había quedado asolada por culpa de unas bestias (y en parte por culpa mía que había decidido que la mejor forma de vencer a aquellos demonios era formar una avalancha de piedras, aprovechando que lamentablemente quedaban pocos ciudadanos con vida y que los supervivientes habían sido ya evacuados) y continué por allí hacia el sur.
A media tarde me encontré con un nuevo escollo. El extensísimo valle terminaba en la unión de las dos cordilleras que, realmente, no eran dos que corrían paralelas, sino que era una misma que describía un dibujo entre una V y una media luna. Al final el único camino me obligaba a cruzar cadena montañosa, algo que había descartado a primera hora de aquella misma mañana, cuando el valle se había presentado como la mejor forma de dirigirme a mi camino. Aún así, probablemente había ganado bastante tiempo.
En cualquier caso, llevaba en marcha desde varias horas antes del amanecer, así que decidí descansar aquella noche antes de atravesar el último escollo que me separaba de las Tierras de las Arenas Ardientes.
Me acerqué hasta la base de la cadena montañosa y busqué una roca que me sirviera de refugio para pasar la noche. Aunque no hacía falta refugiarse del frío, sino más bien todo lo contrario, al menos estaría más seguro en una zona desconocida que durmiendo al aire libre. Aunque fuera shinigami, no podía estar seguro de que respetaran mi autoridad ni quería imponerme por fuerza a nadie.
La noche transcurrió sin mayor dificultad y me desperté, según era mi costumbre, antes del alba para reanudar mi camino. Cuando subí a la cima pude ver con mayor nitidez aún que el día anterior la gran extensión de arenas blancas que aparecían ante mis ojos y que se extendían, al menos, decenas de kilómetros en cualquier dirección.
Miré hacia mi izquierda, hacia el sol naciente, y el brillo de astro rey me obligó a utilizar mis manos a modo de visera. El Yalum parecía un torrente de fuego debido al reflejo rojizo de los rayos del sol. Cerré los ojos y venteé, como un perro de caza, la brisa matutina buscando cual sería mi destino.
Sureste. Tal y como había predicho mi intuición, debía dirigirme a la jungla que se extendía más allá del gran río. Con fuerzas renovadas, di un potente salto hacia delante que, gracias al desnivel, me permitió avanzar varios cientos de metros antes de comenzar una endiablada carrera ladera abajo.
Antes de lo previsto pisé las arenas ardientes del desierto y comprendí el nombre de aquellas tierras. El sol daba de lleno y no había ninguna sombra bajo la que refugiarse. Aún así, las montañas, que ahora quedaban al norte, resultaban como un pequeño parapeto así que lo aproveché cuanto me fue posible para no sucumbir al calor infernal.
Pero se acercaba el sol de mediodía, una gran amenaza. Había recorrido más camino del que había imaginado en un primer momento, pero aún así quizás no llegara a la orilla del río a tiempo suficiente para guarecerme del sol en cuanto este alcanzase su clímax. Apreté los dientes y corrí más rápido aún a fuerza de agotar mis fuerzas bajo el acuciante calor.
Conseguí mi objetivo y, al mediodía, me encontraba ante el Yalum, el gran río al que, según había oído, numerosos pueblos de aquella zona adoraban como a un Dios. Durante algún tiempo me había preguntado cómo era que aquellas personas, la mayor parte de las cuales habían ya pasado por el tránsito de la vida eterna, creían en los dioses pero el reencuentro con Uxío me había recordado que yo tampoco, que pretendía ser un escéptico, había perdido la fe que mi padre adoptivo me había inculcado. Aunque yo había tratado de extinguirla, la semilla había brotado en mi interior y de vez en cuando me descubría con algún tipo de comportamiento religioso que nunca habría llegado a imaginar que adoptaría.
Crucé hacia a la otra orilla, apoyándome sobre los espiritrones para caminar sobre las aguas tal y como nos habían enseñado en la Academia. A la sombra de un árbol, uno que nunca había visto, recuperé el aliento y dejé que se pasaran los primeros síntomas del agotamiento. Al final no pude hacer otra cosa que sucumbir a la tentación de bañarme en las tranquilas aguas del río.
El contraste de temperaturas fue fascinante. A pesar del abrasante bochorno del exterior, las aguas en perpetuo movimiento del Yalum estaban tan frías que casi eran capaces de cortar la piel. Costaba meterse en el agua, pero el resultado se agradecía después de la fatiga. Estuve un buen rato sumergido, hasta que comencé a notar el hambre.
Salí del agua y me acerqué a la mochila donde guardaba las provisiones. Había aún suficientes para un par de días pero tenía que ir reponiéndolos. Ése era uno de los grandes problemas de las almas con algún tipo de poder: el hambre. Tendría que encontrar provisiones de alguna forma porque iba a enfrentarme a la jungla en los próximos días.
Mi primera decisión fue reservar para momentos de escasez los víveres no perecederos que formaban parte de las raciones de viaje que proporcionaba el Sereitei a sus shinigamis cuando se enfrentaban a alguna misión larga. Afortunadamente eran la mayoría y sólo un par de frutas, algo maduras de más ya por el calor, suponían un problema en cuanto a su caducidad.
Miré hacia el río y vi algunos peces nadando en pequeñas pozas, amén de los otros muchos que corrían felices entre las aguas del cauce principal. Hacía tiempo que no pescaba, desde que había abandonado el Distrito 57 Oeste, donde solía ir de pesca con Yonas o con el maestro. Recordarlo me hizo sentir un tanto nostálgico y una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.
Estiré la mano y, tras varias intentonas, capturé uno entre mis manos, lo suficientemente grande como para saciar mi apetito aquel medio día. Encendí un pequeño fuego y lo limpié utilizando el filo de una pequeña daga que me había llevado por si acaso. Luego lo asé y fue mi comida de aquella tarde, acompañado de las dos piezas de fruta que apunto estaban de comenzar a pudrirse.
Fue entonces cuando comenzó mi aventura en la jungla. Marché con precaución, por los libros y lo que había aprendido por la televisión durante mi vida mortal había aprendido que no era tan fácil moverse por ellas como por un bosque, pero casi. Pronto me acostumbré, al fin y al cabo, siempre me había sentido más cómodo moviéndome por lugares complicados y al anochecer había avanzado bastante más de lo que había hecho por la mañana atravesando el desierto.
Aprovechando la luna llena que dominaba la noche, aún pude proseguir un par de horas hasta encontrar un pequeño refugio. Parecía que había sido la madriguera de algún tipo de animal, pero llevaba tiempo abandonada y no correría peligro.
Realicé mis ejercicios de meditación diarios, pues con las prisas por avanzar no los había hecho en todo el día ni el día anterior y me dispuse a dormir. Sin embargo, el sueño aún tardó en capturarme y pude reflexionar sobre todas las cosas nuevas que estaba descubriendo.
La jungla era un concierto de sonidos y colores que cobraban una especial vida bajo la luz plateada del gran lucero de la noche. El canto de los pájaros nocturnos, el viento batiendo contra los árboles Era algo totalmente novedoso para mí. Sí, había pasado noches enteras contemplando las estrellas tumbado entre los árboles del bosque que rodeaba la casa del maestro pero aquello era totalmente nuevo.
Me encontraba lejos de todo lo que conocía. Lejos de la seguridad del Sereitei y de la Academia. Lejos de la comodidad de la mansión de mi familia. Lejos, incluso, de la vieja cabaña del maestro, junto al lago, el bosque, la gente del Distrito. Todo aquello era completamente extraño. Me sentía desprotegido como el día que llegué por primera vez a la Sociedad de Almas, pero a la vez me sentía totalmente embobado por el gran espectáculo de la naturaleza que se abría ante mis sentidos.
Casi sin quererlo, me imaginé a Nalya atravesando la misma parte de la selva, quizás acurrucada en aquella madriguera. Seguramente se estaría quejando del ruido o de la gran cantidad de mosquitos que, ciertamente, eran realmente molestos y para los que había colocado una pequeña rejilla de ramitas verticales, como esas puertas de cuerdas con pequeñas bolitas de madera. Aunque no era suficiente
Su imagen en aquel escenario, no sé por qué, me causó gracia y no pude contener una risa. Pero al mismo tiempo me recordó lo muchísimo que la echaba de menos, una sensación que, a medida que sentía acercarme a ella, aumentaba.
¿Por qué habría elegido el sur? Podía entender que hubiera buscado el desierto. En muchas culturas se entendía como el lugar privilegiado de encuentro con los dioses y, además, Vilnya era una criatura del fuego. La asociación era fácil
¿Pero por qué aquella jungla? Quizás persiguiera algo Quizás Me di cuenta que podría haber obtenido información en alguno de los pueblos por los que había pasado para ayudarme en mi búsqueda. Ahora, que estaba en medio de una florida nada, poco podía hacer al respecto, pero esa observación, estaba seguro, me sería útil en el futuro y era algo a tener muy en cuenta.
Poco a poco, contemplando aquel maravilloso escenario y sumido en mis pensamientos, fui sucumbiendo a las redes de Morfeo. El lugar era incómodo pero conseguí descansar lo suficiente como para reanudar sin problemas la marcha.
Con las luces del alba, la selva era un lugar distinto. Los colores que durante la noche me habían embelesado resultaban aún más brillantes, más vivos, más atractivos Conmigo parecían despertarse todas las criaturas que habían pasado la noche ocultas en sus madrigueras y la selva parecía aún más llena de vida.
Los mosquitos seguían acosándome y casi desbaratan por completo mis ejercicios de meditación. Me sentí privilegiado por poder haberlos llevado a cabo en semejante marco, acompañado de los silbidos de atrevidos pajarillos. Era todo tan hermoso que casi esperaba que surgiera algo que acabara con la idílica estampa, pero no fue así.
Conseguí dejar atrás a los insaciables insectos vampíricos cuando reanudé la marcha. Al parecer no podían igualar mi velocidad, lo que resultó un alivio. Así pasé varios días, persiguiendo el rastro de Nalya, pescando en los riachuelos o cazando pequeños roedores para sobrevivir y avanzando, normalmente siempre hacia el este.
Al cabo de esos días, cuatro o cinco, no lo recuerdo ahora, comencé a ver como el paisaje cambiaba y comenzaba a parecerse más a un bosque de los que abundaban en tierras más septentrionales. Sin quererlo, pues aún a pesar de que la novedad se había esfumado, seguía disfrutando sobremanera de la selva, comencé a sentirme un tanto como en casa. Era un paisaje demasiado formal.
Atravesaba entonces por un grupo de robles que casi parecían dispuestos de forma deliberada formando una figura geométrica. Sin embargo, pensé que sería un simple capricho de la naturaleza. No le di importancia hasta más tarde, cuando encontré una formación parecida, casi idéntica. Ahí fue donde comencé a sospechar.
Luego, a pesar de mis deficientes conocimientos de botánica, algo que siempre sumía a Gaijin y a Kuniko cuando salíamos a entrenar por ahí en interminables conversaciones acerca de las propiedades de tal o cual planta que nos habíamos encontrado y a las que yo no terminaba de encontrarle la misma gracia que ellos le encontraban, me di cuenta que el resto de árboles no eran robles. Aunque su forma era más o menos parecida, sus hojas presentaban bastantes diferencias. Seguramente más aún para un ojo experimentado que para uno como el mío.
Me paré en seco y cerré los ojos para activar al máximo todos mis sentidos de detección de reiatsu. Nada. Nada en muchos kilómetros a la redonda a menos de que fueran expertos capaces de ocultar su energía espiritual incluso a los sentidos de alguien tan experimentado en el espionaje como era yo.
Decidí entonces que la soledad comenzaba a jugarme malas pasadas, aún a pesar de gozar de la inestimable compañía de Balmung, con quien sostenía interminables conversaciones en las horas muertas que invertía en comer o en el rato que tardaba en quedarme dormido. Aquello me preocupó y casi deseé no haber dejado atrás a Gaby y a Kyo hacía ya una semana.
En cualquier caso, dejando de lado aquello, cada vez era más consciente de que había sido la mejor decisión. Di las gracias en varias ocasiones a poder estar solo. Avanzaba más rápido y era capaz de encontrar mejores refugios, pues era mucho más fácil encontrar cobijo para uno que para tres.
No podía dejar de avanzar y no quería alimentar una posible paranoia. Seguí avanzando y vi que, de forma periódica, aquellas formaciones se repetían. Hice una marca, un rayo, con la daga en la corteza de uno de aquellos robles para comprobar que no daba vueltas. Y así era, nunca volvía encontrar ese rayo a pesar de la repetición de los robles.
Dejé entonces de avanzar y repasé mi trayectoria para asegurarme. Había avanzado siempre al este, por aquella robleda tan extraña. Estaba seguro de no haberme desviado de aquella dirección porque no había encontrado ningún escollo que me hubiera obligado a ello, aunque la tarde caía y el sol a mi espalda ponía cada vez más difícil el orientarse.
Fue entonces cuando convine que la mejor solución sería subir a lo alto de uno de los árboles y observar el territorio. Cuando llegué a la copa del grupo observé que, efectivamente, una decena o quizás una docena de robles en aquellas formaciones geométricas se repetían en varios intervalos regulares de tiempo. Formando un arco. No, más bien un círculo. Un círculo en cuyo centro había algo que hizo que estallara en una descontrolada risa.
¡Un poblado! grité como si hubiera visto al mismo Dios caminar por la tierra.












Poco que decir, es bueno un capitulo con pocas angustias, mas cuestion de percibir y disfrutar del entorno y recordar detalles.
Ahora metes la intriga con los robles y el pueblo, algo me dice que tendremos accion en el capitulo que viene~
UN bechu!
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A good artist is a bad artist that never gave up
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Algún día tendré que hacer un atlas del rukongao según mí, que yo hasta me lío xD
Antes de nada te digo que me has dejado con las ganas de saber más sobre Kara, ¡ya te vale! Se que no tocaba ahora y que seguramente habría sido mucho lío pero mira que soltar eso al final del último capítulo y dejarlo todo a la intriga...
De todos modos me ha gustado mucho el que vayas mostrando con detalle más regiones del Rukongai aparte de las ya conocidas Montañas del Aullido; yo también había pensado en un mar dandole vueltas a una de las muchas ideas que se me ocurren aunque no había pensado en un desierto, que ciertamente tiene su sentido.
Por lo demás, a ver si para el próximo por fin encuentras algo importante sobre el paradero de Nalya y por supuesto veamos cuál es el misterio sobre esas extrañas formaciones de robles.
Un saludo!
Y no esperes novedades importantes acerca de Nalya. Te puedo asegurar que mejor esperar sentado por cosas como esta xD
No obstante... no recuerdo haber escrito nada de que Nalya fuera hacia el sur. Y mucho menos una "razón" lógica por la que dirigirse allá, a tomar por saco XD solo em interesaba mandarle bien lejos para no perjudicar a nadie por lo qeu pudiera pasar (*cofcof-ríosdelava-cofcof*)
Por otra parte....
Marché con precaución, por los libros y lo que había aprendido por la televisión durante mi vida mortal había aprendido que no era tan fácil moverse por ellas como por un bosque, pero casi.
QUÉ ES ESO?!?!? ¬¬ Ya llevas un recorrido como "escribidor" como para meter semejante gamba, no crees? ¬¬
Aparte de eso, lo de Kara lo confundí porque mezclé esto con lo de Bone (que en el suyo ya la considera shini
Y.... creo que ya... Con lo cual, seguimos casi igual que en el anterior
Dew :3
Y la idea es que aporte poco el capi. Es más descriptivo que narrativo. Y sí, ya sé que no pusiste nada acerca del destino de Nalya... pero ¿qué más da? (La razón principal es que perdí tu fic con el cambio de ordenador y aún no me lo has vuelto a pasar) En cualquier caso no hace falta que sigamos todo al pie de la letra (ya no, vamos) ni importa mucho qué dirección tomes con tal de que no haya nadie ¿no?. Si aún fueras a seguir publicando el tuyo...
Y lo de Kara fue una idea suya y... ya se explicará todo en su momento, vamos. Pero está puesta por una razón en especial que, supongo, descubriréis o bien cuando yo la explique o bien cuando la explique ella... lo que quiera que suceda antes.