Akano 17 - Marcando el territo
by ~CentolomanMarcando el territorio
‒ ¿Ves? ‒ comenté sonriente. ‒ Pase el tiempo que pase esta sigue siendo la mejor cerveza del mundo
‒ Tampoco es para tanto
‒ ¿Que no es para tanto? ‒ le espeté. ‒¿Es que aparte de la vista tienes mal el sentido del gusto, melón?
Bone decidió no discutir mi rotunda afirmación y le dio otro trago a la cerveza, apoyado a la barra con los codos y la espalda y observando el local. En un rincón, una banda de aficionados, aunque bastante buenos en general, versionaba canciones de toda la vida, casi obligándome a menear la cabeza al ritmo y, de vez en cuando, a cantar.
‒ ¿Ya vuelves a las andadas? ‒ me preguntó el Director del Departamento de Estudios humanos, señalando al cigarrillo que acababa de encender.
‒ Sabes que sólo fumo cuando me pongo el Gigai ‒ repliqué. ‒ Debe ser que estos tienen mono. Se vive bien de vacaciones, ¿verdad? ‒ sonreí, cambiando de tema.
‒ Sí, la verdad es que sí ‒ resopló. ‒ Una pena que ya pasado mañana tengamos clase.
‒ Tú, que no te gusta dar clase
‒ Claro, como tú ahora tienes menos
‒ ¡Eh, que yo te cambiaba el trabajo encantado de la vida! ‒ me defendí. ‒ Prefería mil veces el trabajo en la División que el de Director.
‒ Hablando de eso
‒ No ha sido cosa mía, sino de la Cámara ‒ le paré. ‒ Así que dejemos el temita, ¿vale? ‒ propuse. ‒ ¡Disfruta! ¡Aún nos quedan 5 horas aquí abajo y no es cuestión de joder la marrana hablando de esas cosas!
Refresqué la garganta con otro largo trago de cerveza, dando por terminada la discusión. Db volvía en ese momento del servicio, tratando de abrirse paso entre la multitud que atestaba el local. Eché una mirada de soslayo a Bone y lo vi aún cabizbajo y pensativo, algo que no se correspondía para nada a lo que habíamos venido a hacer al mundo mortal.
‒ Además, estamos de celebración ‒ le recordé, señalándole con la botella. ‒ Así que ni que si Henkara se ha marchado, que si a mí me han trasladado o lo que sea Tema zanjado ‒ sentencié. ‒ ¡Por el Teniente Pollo! ‒ brindé, cuando el recién nombrado segundo al mando de la Novena División llegó por fin hasta donde estábamos.
‒ ¡Eso! ‒ secundó Gaby, que había estado abstraída mirando al camarero y parecía haber sido llamada de nuevo a la realidad al haber invocado aquel apodo. ‒ ¡Por el Pollito!
‒ Cabrones ‒ rió entre dientes Db.
‒ Es que es mucho más fácil que Teniente Debeeseesedebé ‒ medio me excusé.
‒ También es verdad... ‒ sonrió.
Cerramos el local y caminamos aún un rato por la ciudad, sintiendo el aire fresco sobre los Gigais. Gaby se desenvolvía mejor que cualquiera de nosotros, fruto de sus años en aquel mundo viviendo como una mercenaria, y nos hacía un poco de cicerone. De todas formas, realmente viajábamos sin rumbo alguno, así que su labor era muy poco necesaria, aunque ella se empeñase en lo contrario. Al final tocó volver, Db abrió la Senkaimon y unos instantes después estábamos después de vuelta en el Sereitei, en uno de los jardines del que hasta hace no mucho había sido mi Cuartel.
‒ Bueno, en fin ‒ dije, estirándome. ‒ Hora de acostarse.
‒ ¡Oh, vamos! ‒ protestó Gaby. ‒ ¡Tengo un contacto en la !
‒ Y yo acceso al whisky de Irah, pero ya es tarde ‒ la detuve, sonriente. ‒ Además, tú ni siquiera deberías estar aquí ‒ apunté. ‒ Exilio, ¿recuerdas?
‒ ¡Pues la seguimos en casa!
‒ Déjalo, loba ‒ la tranquilizó Db. ‒ Vosotros no, pero yo mañana sí que curro Bueno, hoy ‒ puntualizó, señalando hacia los primeros rayos del sol que comenzaban a apuntar por el este.
‒ Y yo debería seguir completando cosas de la mudanza ‒ añadí. ‒Aún me queda un par de viajes de libros en el Cuartel
‒ Cierto, no sea que Arte los use para algún experimento raro ‒ se rió el Teniente.
‒ O que Eliaz los haga explotar con un aparatito de los suyos ‒ se sumó la pequeña de los Wolf. ‒ En fin Supongo que hoy tampoco duermes en casa, ¿no? ‒ suspiró ante mi asentimiento. ‒ En fin ¡Saluda a mis sobrinitos!
‒ Teniendo en cuenta que los dos están en casa de mis padres ‒ respondí. ‒ Mejor salúdalos tú de mi parte.
‒ Sí, bueno Eso ‒ rió.
La que un día, hacía ya algún tiempo, había sido la Tercera Oficial de la Décima División desapareció del Sereitei con una serie de rápidos movimientos mientras los tres la mirábamos en silencio y meneando la cabeza por lo despistada que era y lo loca que estaba. Headbone fue el siguiente en retirarse y en dirigirse al interior del Cuartel, saludando a los dos shinigami que hacían el turno de guardia por el camino.
‒ Tampoco vas a dormir en la Academia, ¿verdad? ‒ preguntó Db.
‒ ¿Eh?
‒ Vamos, Rido, reconócelo ‒ insistió. ‒ Okita y yo te hemos visto más de una vez pasando la noche en el árbol que hay junto al estanque.
‒ Si es que sois unos cotillas ‒ bromeé, como quitándole hierro al asunto.
‒ Tienes que superarlo algún día ‒ siguió él, con solemnidad. ‒ Ya ha pasado casi medio año.
‒ No te creas que no lo sé, pero vamos ‒ protesté. ‒ ¡Es Nalya! Tú también tienes que
‒ Yo y todos ‒ me cortó. ‒ Pero hay que seguir adelante, sobre todo ahora que tienes un puesto de tanta responsabilidad.
‒ En fin
‒ Vete a la Academia, Rido.
‒ ¡Que sí, pesado, que sí!
Se habían frustrado mis deprimentes planes para aquella noche, así que decidí obedecer al más antiguo de mis amigos en el Sereitei y retirarme a mi nueva residencia en la Academia. A esas horas, sobre todo teniendo en cuenta que eran vacaciones para los estudiantes, el recinto educativo era uno de los sitios más tranquilos de toda la ciudadela. Sólo un grupo de estudiantes, casi todos de primer curso, se había quedado a pasar allí el periodo vacacional, curiosamente ninguno de cuarto curso, en cuyo barracón tenía yo establecida mi residencia.
‒ Vete a cama, Rido ‒ me aconsejó Balmung, materializándose a mi derecha cuando se dio cuenta de que no era mi intención dirigirme a mi habitación.
‒ ¿Ahora también das órdenes?
‒ Bueno, una orden, una orden ‒ se paró. ‒ Más bien es que está empezando a llover a cántaros y he descubierto alguna que otra gotera Bastante importante, diría yo ‒ añadió, encogiéndose de hombros. ‒ ¿Quieres verlas?
‒ Vale, vale ‒ repliqué, captando la indirecta. ‒ Pero, ¿qué quieres que le haga?
‒ ¿Qué pasa? ‒ me recriminó. ‒ ¿No te llegó con una vez que quieres una segunda? Creía que habíamos pasado esta fase, chaval.
‒ Estamos hablando de Nalya, ¿recuerdas? ‒ traté de recordarle. ‒Y esta vez es de verdad. No se trata de un mundo inventado salido de tu imaginación. Es de verdad ‒ repetí, sombrío.
‒ ¿Y?
‒ ¿Cómo que y?
‒ Y. Sí. Y ‒ contestó desafiante. ‒ En primer lugar, todo lo que te ocurrió en aquel lugar era tan real para ti como si fuera real, valga la redundancia; y en segundo lugar, creía que te había servido de algo. Cuando estás con los demás sí ‒ siguió, con el mismo tono de reproche. ‒ Eres el mismo Rido de siempre y tal y cual pero no hay dios que te soporte cuando te quedas solo.
‒ Bueno, solo, solo ‒ le miré, con media sonrisa, tratando de quitarle hierro al asunto y comprendiendo al mismo tiempo lo que quería decir.
‒ Ti xa me entendes ‒ respondió.
Una luz se encendió de repente en uno de los pabellones cercanos, el de primero, si no me equivocaba, y vi como unas siluetas se acercaban a la ventana para ver qué estaba pasando en el patio. Lo que me faltaba. De un salto trepé al tejado del edificio principal y me senté allí. La verdad, este año no estaba teniendo mucha suerte con los recién llegados, sobre todo después de aquella pequeña rebelión el primer día de clase.
‒ No creo que te hayan reconocido ‒ observó Balmung.
‒ Esto me pasa por estar hablando contigo ‒ le reproché. ‒Van a creer que soy una especie de loco
‒ ¿Más aún?
‒ Desaparece ‒ le ordené.
Con una expresión de cierto fastidio, el espíritu obedeció y regresó a su morada. Yo aún me quedé allí arriba un buen rato, pensando en lo mucho que había de cierto en las palabras de Db y de Balmung. Tenía que seguir adelante. Ya lo había hecho en más de una ocasión. ¿Quién sabe? Quizás la muerte de Nalya, el abandonar la División, el nuevo trabajo, la vuelta de aquella cría, Kara, y el hecho de no haber podido hablar con ella aún A lo mejor eran demasiadas cosas juntas con las que lidiar, pero tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo y sería capaz de hacerlo. Ya había podido sobreponerme a grandes varapalos en el pasado y lo haría en el futuro.
Sin darme cuenta, había llegado el amanecer. Ya no tenía sentido ir a descansar cuando tenía tanto trabajo por hacer. No sólo tenía aún que trasladar libros de mi habitación del Cuartel al despacho que ahora ocupaba, a lo que se habían ofrecido a ayudar Eylinn y Kyo, sino que también tenía mucho papeleo que solucionar.
‒ Otra noche más sin dormir ‒ murmuré, mientras entraba por la ventana.
‒ Pues eso va a ser malo para tu salud ‒ comentó una muy conocida voz desde el interior de la estancia.
‒ ¡Joder, qué susto! ‒ protesté. ‒ ¿Qué coño haces aquí?
Allí estaba, con una taza de té en la mano y cómodamente recostado sobre la butaca, todo lo largo que era. Hacía tiempo que no le veía, pero estaba igual que siempre, con su larga y oscura melena recogida en una coleta y sus pequeñas gafas dominando su cara. En la mesa había dejado una carpeta que no dudé en abrir sin pedirle siquiera permiso. Confirmé que era lo que se suponía que era y la cerré.
‒ Gracias ‒ le sonreí.
‒ No es nada ‒ se encogió de hombros. ‒ Mucho de lo que hay ahí ya lo conoces así que
‒ Bueno, siempre es bueno tener todas las cosas juntas ‒ repliqué.
‒ La verdad es que aún no he podido encontrar nada que sea realmente importante para esto ‒ confesó.
‒ ¿Aún no has encontrado la clave? ‒ pregunté, con cierto interés, mientras me servía una taza de té y me sentaba en la butaca que estaba delante de la suya.
‒ No ‒ admitió. ‒ Por eso he tardado tanto en traerte eso
‒ Vaya ‒ suspiré. ‒ Bueno, tampoco corre demasiada prisa ‒sonreí de nuevo, tratando de animarle.
Realmente, estaba asombrado de la actitud que mantenía Eliaz en aquel momento. Su pose, su mirada, su tono no eran los acostumbrados. Normalmente, cuando hablábamos de alguna investigación, especialmente si hacía alusión a Nadie y, por tanto, a su familia, siempre mantenía una actitud casi de prepotencia, de autoridad reconocida y orgullosa de serlo, un cierto aire de superioridad, aunque nunca lo adoptaba con intención de ofender a los demás. Sin embargo, aquel día, sus ojos, su expresión en general mostraban cierto cansancio y frustración, casi aburrimiento y resignación, aunque, de una forma u otra, dejaban entrever un brillo de decisión y de diversión. Era como si le fastidiara no haber dado aún con la solución a pesar del esfuerzo y, a la vez, estuviera encantado de haber encontrado un reto que él pudiera considerar a su altura.
‒ Oye, por cierto ‒ cambié de tema, para ayudarle a que no se obsesionara.
‒ ¿Sí?
‒ Hace dos o tres meses mantuve una conversación con Kaiser
‒ Creía que hablabais más a menudo ‒ bromeó. ‒ Al fin y al cabo vive en tu casa.
‒ Es la casa de mis padres ‒ le corregí. ‒ Y sí, hablamos a menudo, aunque últimamente está cada dos por tres de viaje En fin, a lo que iba
‒ Sorpréndeme ‒ sonrió, con la misma expresión de costumbre.
‒ ¿Cómo se llamaba tu madre?
‒ ¿Mi madre?
Incluso a mí me sorprendió la pregunta que acababa de hacerle a Eliaz. Si por un momento había detectado la misma sonrisa autosuficiente de siempre, ahora mismo había en su cara duda, nostalgia casi diría que temor y pánico. No era aquella mi intención. Quería comentarle aquello que me había dicho Kaiser acerca de las profecías y de su padre. Pero aquel tema del posible parentesco entre Eliaz y yo también venía rondándome en la cabeza durante los últimos meses y, al fin, había salido inconscientemente.
En cualquier caso, no sabía si era la situación más adecuada. Yo era una de las personas que mejor le conocía y sabía bien que aquel era un tema más que peliagudo, pero mi subconsciente me había traicionado y allí estaba yo, mirándole, sin saber qué decir, mientras él me devolvía la mirada, examinándome por si me había vuelto loco o algo por el estilo y preguntándose a qué venía tan extraña pregunta en ese momento. Por aquella reacción, intuí que él tampoco sabía nada acerca del asunto.
‒ Sí Tu madre ‒ insistí, tratando de ser delicado y rebajar poco a poco la tensión. ‒ ¿Sabes cuál era su nombre de soltera?
‒ ¿Nombre de soltera? ‒ preguntó, aún más inquieto. ‒ No No ‒ balbuceó mientras adquiría una expresión meditativa, tratando de recordar.
Temblaba casi como un niño pequeño, una reacción que nunca había observado en él. Había tocado una fibra sensible y ahora me arrepentía de haberlo hecho, porque lo había puesto en una situación complicada y no sabía cómo iba a responder. En serio que no lo había hecho consciente y voluntariamente, pero ahora no había marcha atrás y aquel era un tema que algún día tendríamos que tratar.
‒ No lo s sé ‒ confesó, al fin, con un largo suspiro. ‒ Pero, ¿a qué viene esto?
‒ Verás
Ser Director de la Academia tenía algunas ventajas. Desde que Kaiser me había contado todo aquello acerca de las profecías, mi abuelo, su hermana, cómo se habían conocido y demás, me había entrado la curiosidad y me había puesto a rebuscar en los archivos. Afortunadamente, la Academia guardaba todos los expedientes desde su fundación, así que no me fue difícil dar con los de mis abuelos y sus amigos. Ahora conservaba copias de todos ellos en un archivador, bajo llave, en mi despacho.
‒ ¿Era esta tu madre? ‒ le pregunté, sacando la foto del expediente correspondiente y mostrándosela.
‒ S ¡Sí! ‒ exclamó, abriendo los ojos de par en par.
‒ El nombre de soltera de tu madre era Rin ‒ le dije, señalando la portada de la carpeta. ‒ Akano Rin.
‒ ¿Ak ano?
‒ Tu madre era la hermana pequeña de mi abuelo ‒ le sonreí. ‒ Así que eso nos deja como primos segundos, ¿no?
‒ Su supongo que sí ‒ forzó una sonrisa.
‒ Bueno, he de confesarte que Akano Rin no era su verdadero nombre ‒ añadí.
Ya habiéndole desvelado la verdad sobre nuestro parentesco, supuse que lo mejor sería contarle todo. Le dejé leer el expediente de su madre, donde descubrió que había estado afectada por una enfermedad respiratoria bastante grave que la había obligado a abandonar la Academia en un primer momento, aunque luego la había retomado y se había convertido en Teniente de la Cuarta División hasta que aquella misma enfermedad la había obligado a retirarse. Mientras tanto, yo le expliqué lo que sabía sobre los hermanos Åska, Kumhard y Lilliandra.
‒ Guau
‒ Y este es sobre tu padre ‒ añadí, tendiéndole el expediente de Sadoq.
‒ Pero si mi padre no estuvo en ‒ rebatió, aunque se detuvo al ver el expediente.
‒ Sí que estuvo ‒ confirmó una tercera voz, muy ufana. ‒ Yo estaba allí.
‒ ¡¿Pero qué pasa aquí?! ‒ protesté. ‒ ¡¿Es que esto es la plaza del pueblo?!
‒ Venga, que no es para tanto ‒ saludó Gaby. ‒ Antes de que digas nada: estoy de acompañante de mi padre ‒ apostilló sonriente, en referencia a mi recomendación de que no se dejase ver mucho por el Sereitei, por si acaso. ‒ Así que no te preocupes.
‒ Pasad, anda, pasad ‒ resoplé. ‒ Coged un té y sentaos.
Kaiser pasó directamente a la segunda parte de la invitación mientras su hija servía dos trazas de la humeante infusión. Durante más o menos una hora, o una hora y media, quizás, Eliaz acribilló al ex-Capitán a preguntas, sorprendido de que su padre no siempre hubiera sido tan malvado y mezquino como cuando él lo había conocido. Gaby escuchaba entusiasmada aquellas, batallitas y yo he de confesar que no pude resistir la tentación de tomar alguna que otra nota que me pudiera ayudar a la investigación.
‒ Hay una cosa más ‒ apunté al final.
‒ ¿Una cosa más? ‒ se sorprendió el oficial de la Novena División, que ya se había tranquilizado en buena medida. ‒ ¿Aún?
‒ Sí ‒ asentí. ‒ Está lo de la profecía
‒ Cierto ‒ admitió Kaiser y comenzó a explicarle.
‒ Sé que es un montón de información que asimilar así de repente ‒ comenté, consciente del trago por el que debía estar pasando mi amigo. ‒ Espero que te ayude a dar con la clave.
‒ ¿Clave? ¿La clave de qué? ‒ se interesó Kaiser.
‒ ¡Director! ‒ nos interrumpió de sopetón un alumno que entró aceleradísimo en el despacho. ‒ ¡Director Akano!
Al pobre chaval la sangre le subió inmediatamente a la cabeza, que se puso como un tomate y parecía querer que se lo tragase la tierra. Normal, no preveía que pudiera estar reunido, y menos con personas de tanto prestigio como un ex-Capitán y el cabeza de familia de una de las casas nobles más influyentes en todo el Sereitei.
‒ Pasa, hombre, pasa ‒ le invité con una sonrisa. ‒ ¿Qué es lo que ocurre?
‒ Hay Hay un problema en el patio ‒ explicó, tomando resuello. ‒ Están atacando a Akio y Ayame.
‒ ¿Akio y Ayame? ‒ le pregunté.
‒ Sí, de primero ‒ aclaró.
‒ ¿Pero otros compañeros?
‒ No ‒ contestó Eliaz que se había acercado a la ventana. ‒ Los Mishima.
‒ ¿Mishima? ‒ preguntó Kaiser. ‒ ¿Por qué me suena tanto ese nombre?
‒ Es una casa de la nobleza rural ‒ nos aclaró el aristócrata, aunque pronunció la palabra nobleza con cierto desprecio. ‒ Mala gente. Las malas lenguas dicen que son esclavistas, pero por lo que parece son sólo rumores.
‒ ¿Y qué hacen atacando a dos alumnos? ‒ se interesó Gaby.
‒ Me importa una mierda sus motivos ‒ aseveré, levantándome y cogiendo a Balmung.
‒ Espera ‒ me paró la loba, maliciosa. ‒ Tú te llevas quejando todo el curso de que los de primero no te toman en serio por no sé qué historias que pasó en tu clase, ¿verdad? ‒ afirmó, a lo que yo tuve que asentir, muy a mi pesar. ‒ Pues dales un escarmiento.
‒ No voy a jugar con la vida de dos chavales sólo por alimentar mi ego ‒ le repliqué.
‒ No me refería a eso ‒ sonrió maliciosa, echándome el haori anaranjado que me distinguía como director por encima de los hombros. ‒ Simplemente, vamos a dar un poco de espectáculo.
‒ Ya te pillo ‒ contestó Kaiser, con la misma expresión que su hija. ‒ A lo que te refieres es a
‒ Estos tíos son unos mierdecillas ‒ apuntó Eliaz. ‒ No tendríamos ni que despeinarnos.
‒ Vamos a asustarlos un poquito ‒ me reí, captando sus intenciones al instante.
Bajamos caminando rápido hasta el patio anterior y nos paramos en la puerta. Inmediatamente, el área, que hasta entonces había estado bullendo de una creciente actividad, se silenció y todo se detuvo. Llevábamos gesto serio, cara de pocas bromas, y con esa misma expresión le hice señas a dos alumnos para que llevaran a las dos víctimas del ataque y a un pequeño grupo de sus compañeros que parecían haber salido a defenderse a un rincón seguro del patio.
‒ Vaya, vaya ‒ se rió bravuconamente uno de los asaltantes. ‒ Parece que ha llegado la autoridad.
‒ Mishima Kosho ‒ me aclaró al oído Eliaz. ‒ El líder del clan.
‒ ¡¿Qué deseaba?! ‒ grité, desde mi sitio, sin perder la compostura.
‒ Estos dos nos pertenecen ‒ contestó, señalando a Akio y a Ayame.
‒ Traedlos aquí ‒ me dirigí amablemente a los alumnos que custodiaban a los dos estudiantes. ‒ No veo ninguna marca. ¿Está seguro, lord Mishima, de que son estos y no otros?
‒ ¡No juegues conmigo, Shinigami!
‒ No es eso, hombre, no es eso ‒ le repliqué, despreocupado. ‒ ¿Sabes lo que pasa? Sí, soy un shinigami, pero mire usted por dónde que también soy el Director de esta Academia. Sabe lo que eso significa, ¿verdad?
‒ ¡Me importa una mierda!
‒ Significa que está usted en mi casa ‒ continué, fingiendo ser amable. ‒ Así que le pediría, primero que se comportara con un poco de respeto.
Hice una seña con la cabeza y con un rápido movimiento de shumpa, tal y como todos habíamos acordado mientras bajábamos hasta allí, nos colocamos los cuatro frente a frente con los que parecían los líderes de aquel pequeño ejército de unos cincuenta hombres.
‒ Significa también que todos esos que ve usted con kimono blanco ‒ proseguí, señalando con Balmung, desenvainada, a todo el corro de alumnos que se había acercado más para escuchar la conversación ‒ están bajo mi protección. Porque ¿ve esta marca? ‒ le indiqué la marca que adornaba mi haori. ‒ Es la marca de la Academia.
‒ ¡Me importa una mierda, shinigami!
‒ Así que le importa una mierda ‒ me reí. ‒ Viejo, le importa una mierda.
‒ Pues démosle una lección ‒ contestó él.
Inmediatamente, los cuatro comenzamos a desprender violenta y deliberadamente grandes cantidades de reiatsu, que amenazaban con resquebrajar el suelo bajo nuestros pies. Eliaz, Gaby y Kaiser desenvainaron sus armas y se colocaron en posición de combate. Muchos de los soldados de a pie que acompañaban a los Mishima huyeron despavoridos ante lo que creían que se les avecinaba. Sin embargo, aún nos quedaba nuestro puntazo final.
‒ Resuena en los cielos, estremece la tierra, ‒ conjuré ‒ ¡Balmung!
Al igual que yo, mis tres compañeros de farsa también invocaron la primera liberación de sus espadas. Eso provocó el pánico generalizado entre los asaltantes, que se dispersaron sin remedio a excepción de Kosho, el líder, una mujer morena de piel y de cabellos y un hombre joven que medio se escondía detrás de ellos.
‒ Vaya ‒ fingí decepción, mientras sellaba de nuevo a Balmung, al igual que lo hacían Eliaz y los demás. ‒ Parece que su ventaja numérica se ha esfumado, lord Mishima. Es una pena, hubiera sido divertido, ¿verdad?
Mi comentario produjo que algunos de los alumnos estallaran en unas tímidas carcajadas que poco a poco iban ganando intensidad a medida que se iban contagiando de unos a otros. Eso ocasionó un estallido de rabia en aquel señor feudal, que parecía que iba a explotar de un momento a otro.
‒ Oh, no se ponga así ‒ bromeé un poco más. ‒ Le va a dar un ataque.
‒ ¡Mikane! ‒ gritó al fin, viendo que las risas continuaban aumentando.
‒ Sí, señor ‒ respondió sibilante la mujer, desenfundando.
‒ Bakudou 66 ‒ murmuré sin pensar, casi. ‒ Rokujyou Hojou.
Inmediatamente el hechizo hizo efecto sobre la morena y esta cayó al suelo atrapada en la barrera sin poder moverse. El siguiente en intentarlo fue el hombre que guardaba la espalda de Kosho. Utilizó una carga muy rudimentaria que Gaby paró con las manos desnudas antes de reducirlo y dejarlo inconsciente con una tan efectiva como rápida llave que hizo que la rabia en la cara de su líder se tornara en desesperación.
‒ Creo que es menor que coja a sus sicarios y se retire ‒ sugerí. ‒ Haré como que no ha pasado nada Pero mejor que no vuelva, ¿vale?
Los cuatro nos dimos la vuelta dejando deliberadamente nuestra espalda desprotegida. Como si sintiera un impulso irrefrenable, Kosho se lanzó al ataque con el espadón que llevaba a su espalda. Realmente no supuso ningún problema situarme a su espalda usando shumpa y ponerle a Balmung en el cuello.
‒ Creí haberle invitado a abandonar mi territorio ‒ le susurré amenazante al oído. ‒ ¿Debería acompañarlo a usted y a sus amigos hasta la entrada?
‒ No No hace falta ‒ contestó, tragando saliva.
‒ Por si acaso Gaby, ¿te importa vigilar para que no se pierda?
‒ Encantada, hermanito.
‒ Y ahora sí ‒ suspiré para mis adentros. ‒ Llevad a los chicos a la enfermería a que les echen un vistazo ‒ ordené a unos alumnos de quinto que rondaban por allí.
‒ Sí, Director Akano.
‒ Ha estado bien, ¿verdad? ‒ rió Kaiser.
‒ Esto sí que es una buena manera de desahogarse ‒ correspondió Eliaz.
‒ Sí, la verdad ‒ me reí. ‒ La verdad es que hacer locuras de vez en cuando no viene mal.












Por partes:
La parte del bar: Necesaria para dar a conocer los nuevos tumbos de Rido y los demas personajes, como tu bien dices habia pasado casi un año sin la saga original. El Pollito de teniente, la marcha de Henkara, etc...
Conversacion con Balmung: Me extraña que habiendo metido escena en el mundo mortal no se haya hecho ninguna mencion dentro del mundo mortal a Nalya, pero bueno, se podia prever que sacarias el tema antes o despues.
Conversacion con Eliaz: Ala, por fin se da a conocer un secreto a voces: El barbas y el inventor chiflado son primos segundos, y para postre parentesco total. No si... De tal palo tales astillas. Menos mal que Eliaz parece no haber sacado nada de la rama patriarcal que si no...
Pelea: Jo, una pelea en la academia y no hay un puñetero profesor, con lo que me hubiera gustado romper un par de dientes!!!
En lineas generales, para ser el primero tras mucho tiempo esta muy bien. A ver si ahora Eliaz resuelve parte del entuerto, que esta muy enredado.