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November 1, 2009
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Akano 19 - Falsas cicatrice...

by ~Centoloman

Falsas cicatrices y heridas abiertas

– ¿Por qué no me lo dijisteis nunca?

Mi madre no sabía qué contestar a mi pregunta. Era algo que se había pospuesto durante meses, desde que Kaiser me había contado en mayor detalle que nunca todo lo que había ocurrido en las fechas en que todo había comenzado. Nunca en mis largos de estudio había averiguado algunas de aquellas cosas que me contó y, mucho menos, que había tenido una hermana, Neemin, asesinada por Nadie el mismo día que mi abuela y de la que mis padres nunca me habían hablado.

– Yo… – balbuceó, conmocionada, al borde del llanto, levantando tímidamente la mirada hacia su esposo. – Nosotros…

Mientras tanto, mi padre no decía palabra. Sólo permanecía allí, callado, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del infinito más allá del jardín de la casa. La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo. Nadie decía una sola palabra y todos, empezando por mí, comenzábamos a sentirnos realmente incómodos en aquella situación en la que incluso respirar parecía difícil.

– Rido, ven conmigo.

La voz de Yuki, mi madrina, sonaba calmada desde la puerta. Por su expresión podía adivinarse que ya sabía de qué iba todo el asunto y con un leve movimiento de su cabeza, como afirmando, le indicó a mis padres que ella se hacía cargo de la situación. Viendo que ella decidía cargar con el peso de todo aquello, me levanté y le seguí hasta el exterior de la mansión.

– ¿Qué estás haciendo? – me recriminó, mientras comenzábamos a pasear bajo los árboles.

– Yo… Sólo busco… – traté de justificarme.

– ¿Una disculpa? – me cortó. – ¿Una explicación?

– Sí… no… – respondí dubitativo. –No sé… Sólo…

– Ya… – suspiró. – Tienes que entenderlo, Rido. No es fácil perder a un hijo… mucho menos a dos.

– Lo sé – admití. – Yo mismo no sé qué haría si perdiera a Kyo… pero…

– ¿Por qué crees que tus padres tardaron tanto en tener otro hijo? – continuó. – ¿En tenerte a ti? La muerte de tu hermana fue un golpe muy duro para ellos. Para todos… – se corrigió. – Especialmente para tu padre. Si no te dijeron nada antes seguro que fue para no volver a vivirlo… porque fue una auténtica pesadilla… – se paró. – Youichi ni siquiera me ha perdonado aún…

Aquel último comentario llamó poderosamente mi atención. Me giré súbitamente, dejando de caminar, y la miré con sorpresa. ¿Perdonar? ¿Qué quería decir? ¿Qué era lo que mi padre tenía que perdonarle y que le resultaba imposible?

– No… No te confundas – aclaró, descifrando mi expresión y volviendo a andar de nuevo. – El que mató a tu abuela y a tu hermana fue… mi hermano Shinkyo. Y tu padre lo vio todo.

– Pero entonces tú no tuviste nada que ver…

– No, pero el ser humano es así…

– Ya… Entiendo…

– Ven conmigo – me dijo con renovada determinación.

– ¿A dónde?

No respondió. Simplemente comenzó a caminar en dirección al Sereitei. Continuó andando, hablando del tema, aunque sin abundar mucho en detalles. En cualquier caso, no quiso desvelar nuestro destino en ningún momento. Al final, atravesamos las puertas de la blanca ciudadela y llegamos hasta la entrada del Cuartel de la Primera División.

– ¿Qué hacemos aquí?

– Ahora lo verás – respondió críptica. – ¿Sabes? Este sitio tiene mucho que ver contigo.

– Hombre… – resoplé, buscándole una explicación. – Sí… Bueno… El juicio del abuelo… el nombramiento de…

– No, no… – sonrió enigmáticamente. – Mucho más que eso.

– Director Akano – saludó, cuadrándose, el shinigami que hacía guardia frente a la puerta. – ¿Informo al General de su llegada?

– No hace falta – respondió Yuki, adelantándose. – No venimos a verle a él.

– ¿Entonces?

– Una visita de cortesía.

– Cuestiones personales – especifiqué, ahogando un "creo" que no sonaría nada apropiado en una supuesta figura de autoridad como lo era yo.

– Es… Está bien – titubeó el centinela. – En… cualquier caso debería informar al menos al teniente.

– Tranquilo – respondí, con la sonrisa menos forzada y más convincente que podía. – Yo mismo iré a saludar al General más tarde… Simplemente hay algo que debemos hacer antes.

– De acuerdo, Director – contestó él, visiblemente incómodo por la situación.

– Informa a tus superiores – le animé, consciente de que llevaba el cumplimiento estricto de su deber y del protocolo establecido en los genes, como la mayor parte de los miembros de aquel Escuadrón.

– Venga, Rido – dijo Yuki, cansada de esperar y entrando ya en el edificio. – Conozco el camino, no hay problema – le espetó al guardia antes siquiera de que pudiera decir nada.

Atravesamos el pabellón principal y llegamos a un gran patio dominado por una imponente cascada artificial que vertía su agua en un pequeño riachuelo que la transportaba de nuevo al punto de origen para volver a comenzar el ciclo. Parecía que aquel imprevisto paisaje ejercía de eje alrededor del cual se organizaba toda la vida de la División, pues muchos edificios más pequeños que el que habíamos cruzado se ubicaban a su alrededor.

Yuki, sin embargo, no entró en ningún edificio, sino que tomó un pequeño sendero que se extendía a lo largo del riachuelo y conducía a la base de la cascada. La antigua Teniente se movía como si se hubiera criado allí y lo conociera de memoria, y no se dejaba intimidar por las inquisidoras miradas de los shinigamis con los que nos cruzábamos. Cuando llegamos hasta el final del camino, pude ver que uno un poco más estrecho se introducía en una especie de gruta cuya entrada estaba oculta por la cortina de agua.

Lejos de ser un lugar lúgubre, el interior de la caverna se abría a los pocos metros, conformando una gran sala profusamente iluminada con antorchas muy poco separadas que derramaban su luz rojiza sobre el blanco y marmóreo suelo, lo que contribuía a aumentar la luminosidad de la estancia. La impoluta imagen del piso sólo estaba manchada de vez en cuando por unas losas negras, separadas entre sí a espacios regulares. Aquello era, sin lugar a dudas, el Panteón de la Primera División.

Mi madrina fue pasando de unas a otras. Hacia la entrada, por lo que se podía adivinar a partir de las inscripciones, las sepulturas eran más recientes. A medida que avanzábamos, sin embargo, era más difícil distinguir lo que había escrito sobre ellas. Al final, se detuvo junto a un extraño grupo de dos lápidas, una de tamaño normal y una mucho más pequeña. Sin embargo, los nombres de las inscripciones sepulcrales se habían borrado completamente.

– Esta es tu hermana, Akano Neemin – informó, señalando la más pequeña de las dos tumbas.

– ¿Por qué está aquí? – fue lo único que supe preguntar, mientras me agachaba junto a ella.

– Por tu abuela – aclaró, señalando a la otra. – Mara Tempmer, Teniente de la Primera División, asesinada a manos de…

– De Nadie – me adelanté, intuyendo por su mirada que las siguientes palabras eran "mi hermano".

– Eres igual que tu madre – bufó, con una media sonrisa irónica. – Ella también le quitó las culpas a ese bastardo de Shinkyo.

– No es eso… Pero he aprendido que esos tipos pueden comerte el cerebro – me expliqué. – Así que esta es mi abuela…

Cuando regresé a la Academia, apenas unas horas después, ya había anochecido. Aún así, me dirigí directamente a mi despacho y comencé a poner por escrito con la mayor exactitud de la que era capaz todo lo que había conocido aquella tarde de manos de mi madrina. Lo que Yuki me había contado acerca de su hermano, mi hermana y mi abuela en aquel tiempo que habíamos estado a solas en el panteón de la Primera División completaba de forma extraordinario todo lo que ya sabía anteriormente y lo que Kaiser me había explicado pocos meses atrás.

Realmente, era consciente de que no era el mejor momento para estar haciendo aquello. Muchas de las cosas que había descubierto horas antes estaban marcadas por una fortísima carga emocional. No hacía mucho que había discutido con mis padres y aquello me había abierto las puertas a ese conocimiento. La verdad es que estaba afectado por todo lo que había acontecido y que mi cabeza estaba hecha un hilo, pero había aprendido con los años que el simple acto de escribir me ayudaba a relajarme y a organizar mis ideas. Y eso era lo que necesitaba por encima de cualquier otra cosa en aquel preciso instante.

– Por Dios… ¿No crees que hay lugares mejores en los que deberías estar? – me recriminó Balmung, haciéndose visible en una silla libre frente al escritorio. – ¿Tu casa, por ejemplo?

– Ahora iré, ahora iré…

– Te das cuenta que es bastante tarde, ¿verdad?

– Er… Sí – respondí, levantando por primera vez la vista hacia sus ojos azules. – Lo sé, pero tengo que hacer…

– Y eres consciente de que si no sales ahora será demasiado tarde – me interrumpió.

– Sí, lo soy – contesté, volviendo a escribir. – Pero, en serio. Necesito hacer esto.

– Prioridades, Rido, prioridades…

– Que sí, tío coñazo – bufé.

– ¿Con quién hablas?

Alcé la mirada hacia la voz recién llegada. Era Eylinn, que se había quedado en la puerta, apoyada sobre el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa divertida en el rostro. Llevaba una pequeña bolsa a la espalda por cuya forma se podía adivinar que contenía unos libros. Probablemente volviera de la Biblioteca, donde últimamente pasaba mucho tiempo.

– Con Balmung – expliqué.

– Eso lo explica todo – sonrió. – Realmente te saca de quicio, ¿eh?

– Cada uno tiene la espada que se merece – bromeé. – ¿Qué haces aquí?

– Habíamos quedado esta tarde, ¿recuerdas? – me reprochó. – Pasé por aquí. Como no estabas me fui a la Biblioteca – aclaró. – Ahora vi la luz y…

– Ya… – suspiré. – Lo siento, no ha sido un buen día.

– ¿Quieres que demos un paseo?

– ¿Y las runas?

– Otro día – propuso. – Total, ya es tarde y yo estoy cansada de mirar libros.

– ¿En serio?

– Sí, venga – insistió. – Ya mañana le echaremos un vistazo a las runas. Además, – añadió – ahora que por fin ha dejado de llover hay que aprovechar.

– Tienes razón – asentí.

La verdad es que echaba un poco de menos aquellas caminatas bajo la luz de la luna junto a Eylinn. Tenía la impresión de que a ella podía contarle cualquier cosa, así que, junto a la escritura, era la otra vía que tenía para descargar toda la tensión que me provocaba un trabajo al que todavía no acababa de acostumbrarme, procurando, eso sí, no proporcionarle información vetada para los alumnos, o el cuidado de Kyo, hacia el que ella encarnaba de alguna manera el papel de hermana mayor.

Ella acogía todo lo que le decía con una gran comprensión y, a medida que iba avanzando la conversación, conseguía que me relajara casi del todo, circunstancia que ella aprovechaba para ir derivando el tema de la charla hacia terrenos menos comprometidos y por los que ella estaba más interesada, algo que agradecía.

En cierto modo, seguía siendo la misma joven despreocupada con la que me había encontrado en la patria de mi abuelo, pero cada vez era más notorio que se sentía constreñida en una Academia que sólo comprendía como un paso necesario para poder defenderse sola en sus soñados viajes por todo el Rukongai y más allá. Aunque ninguno de los dos lo expresaba en alto, ambos teníamos claro en el fondo que su vocación no era exactamente la de shinigami, al menos no dentro de los cánones habituales del Gotei 13.

Otra cosa que se iba haciendo progresivamente más diáfana era el hecho de que comenzaba a echar de menos Midgaard, a su familia, incluso a su abuelo, el Consejero Merth a quien tanto odiaba el verano anterior, cuando se había fugado conmigo. Aunque ella nunca llegara admitirlo, sí que cada vez aludía a su tierra natal con mayor frecuencia, aunque sólo fuera de pasada. Cuando lo hacía, en su tono de voz se podía percibir un creciente tinte de nostalgia, a pesar de que procurase disimularlo y cambiar de tema en cuanto se daba cuenta.

Aquella noche, sin embargo, el protagonista era yo. Mientras caminábamos por los jardines de la Academia, le expliqué todo lo ocurrido aquella tarde. Como todo el mundo últimamente, y no sin razón, ella también insistió en que debía aclarar de una vez por todas la situación con mis padres.

– Pero hoy ya es tarde para eso – concluyó. – Aprovecha que mañana es domingo y ve a casa.

– Ya pensaba hacerlo…

– Pero no te pelees con ellos –me recomendó, con voz seria pero una sonrisa en la boca.

– Tranquila, que no pensaba…

– Por cierto, ¿sabes qué?

La miré con cierta suspicacia. Aquella era la expresión con la que habitualmente solía derivarme hacia sus ensoñaciones y sus planes de futuro. No es que me molestase, todo lo contrario, pero tenía cada día más la sensación de que me estaba implicando demasiado con esos proyectos, mucho más allá de la relación profesor-alumno. Más allá incluso de la relación maestro-discípulo.

– Sorpréndeme.

A medida que ella hablaba de lo que haría una vez terminara sus estudios en la Academia, e incluso antes de que eso sucediera, comenzamos a emprender la marcha inconscientemente hacia el pabellón donde residían las estudiantes de primero. Allí nos despedimos, no sin antes quedar para seguir con las clases de lectura de runas el día siguiente por la tarde.

Caminé relajadamente un pequeño rato, tomándome mi tiempo para recorrer el camino hacia el barracón donde seguía alojado mientras, poco a poco, las luces iban apagándose en la mayor parte de las habitaciones. Pero el destino se había puesto en contra de que aquel día yo pudiese descansar tranquilamente. No podía ser aquella una noche normal, un día más que se escapaba en la nunca cambiante Sociedad de Almas, no. En medio de aquella regularidad tenía que haber algo que no encajase.

– ¿Qué hace la luz de mi despacho encendida? – me pregunté en alto.

La había dejado apagada. Seguro. Tan seguro como que me había cerciorado al salir de que quedara así y que hacía un par de minutos me había fijado fugazmente y estaba apagada. Con un rápido movimiento, me encaramé al alféizar y me asomé a la ventana abierta. Tendría que pensar en poner algún tipo de cerradura o algún tipo de sistema de seguridad.

Una figura muy conocida estaba revisando nerviosa y torpemente unos papeles en el archivador. Empujé la hoja de la ventana para poder entrar en la habitación y, haciendo gala de todo el sigilo que había desarrollado a lo largo de mis años de servicio en la División como oficial de inteligencia, me situé a la espalda de mi inesperado invitado.

– Creo que me importa más bien poco lo que estás buscando… – reí, haciéndome notar después de un rato. – Pero llama la próxima vez.
:iconcentoloman:
Bien, vamos allá. Capítulo 19 de Akano, rompiendo un poco el ritmo de lo anterior para resolver una situación que se había planteado en los últimos capis (de Akano y de Akano 00). Me gusta el resultado, aunque sí es cierto que le está faltando acción.
:icon:
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:iconakatsuki-wolf:
no me digas que rido se enrolla con esta xD aunque no me sorprenderia mucho. Puto suspenso.

--
Stray Dogs Howling in the Dark
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:iconcentoloman:
Si todo el suspense de Akano es con quién se va a liar Rido (sobre todo teniendo en cuenta el final del capítulo) entonces la cagamos tía paca.

¿Quién es esta? ¿Yuki? ¿Eylinn? ¿La persona misteriosa que ha aparecido en su despacho?
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:iconakatsuki-wolf:
Eylinn of course, deja la pareja de mi padre en paz que el satisface muy bien xDD ademas de donde saldrian los gemelos si no fueran de yuki eh?

A ver cuando subes el que viene que hay impaciencia.

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Stray Dogs Howling in the Dark
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:iconcentoloman:
subiré el que viene cuando tú subas el 3 de The Red Demon God

Dios, me había olvidado de lo de los gemelos.
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