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November 27, 2009
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Akano 22 - Gnoseocracia III

by ~Centoloman

Gnoseocracia III (El Sabio de los Días)

La mañana llegó subrepticiamente y los rayos del sol que se congregaban para la primera aurora me sacaron del sueño en el que con mucha dificultad había caído después de haber estado dándole vueltas a mi situación con la Cámara y al conflicto que había tenido con Kazu la noche anterior. Me vestí con la túnica carmesí que revelaba mi condición de no iniciado dentro de la comunidad y acudí a un pozo cercano a lavarme. El agua manaba ardiente y no era una sensación especialmente agradable, pero era algo.

Las tripas me rugían. No había cenado y la comida del día anterior había sido muy frugal, la propia de una comida de viaje. La cuestión era encontrar allí un comedor. Era posible, incluso, que no hubiera uno. Al fin y al cabo, comer no era una necesidad básica común en aquel plano de la realidad, a pesar de que fuera lo más cotidiano dentro de la Ciudadela de las Almas Puras.

Quizá, incluso, el hecho de que Kazu hubiera abandonado aquel paraíso del conocimiento podría estar ligado a ello. No era extraño, lo había aprendido con los años, que muchas almas poderosas hubieran comenzado su camino hacia el Sereitei simplemente por la imposibilidad material de saciar su hambre en muchos de los distritos del Rukongai, especialmente los más humildes. Muchos habían ido purificando esos motivos a lo largo de su viaje, otros dentro de la Academia o ya durante el servicio, pero había muchos shinigamis que aún mantenían esa misma razón en lo más profundo de sus motivaciones, especialmente entre los más veteranos.

Vagué sin rumbo por los distintos edificios tratando de encontrar el refectorio. Como ya había intuido la tarde anterior, se trataba en general de talleres o despachos como el de Servais, aunque no todos eran tan austeros como el del maestro de Kazu. Con la sola observación superficial a través de la ventana, que era lo máximo que podía acceder, uno podía hacerse una idea más o menos aproximada de a qué disciplina se dedicaba el monje en cuestión, desde la mera observación de la naturaleza hasta la más avanzada tecnología. Esto último me sorprendió, pues no parecía encajar de todo en el marco, y lo anoté mentalmente para comentárselo a mi acompañante en un momento de tranquilidad.

Pero entre ninguna de aquellas estancias se encontraba el comedor. Había otros edificios más pequeños, sin ventanas, pero con las puertas cerradas. Podría ser uno de aquellos, pero no tenía posibilidades de acceder por el momento. ¿Dónde podría encontrar entonces algo para saciar mi hambre? Tampoco pedía mucho, un poco de fruta y, quizá, un té… Pero lo peor de todo era que no encontraba a nadie que me pudiera ayudar en mi búsqueda. Posiblemente estuvieran entregados a algún tipo de práctica ritual matutina o algo así.

Las tripas me rugieron de nuevo, pero no había forma de ponerle remedio por el momento. No hasta que llegara Kazu o algún otro monje, si es que seguían aceptándome como su huésped. Entendía que el joven shinigami se sintiese traicionado. Había depositado en mí una confianza y unas expectativas de privacidad que yo no había podido o no había sabido corresponder. Había violado ese tácito acuerdo de mantener el secreto, aunque fuera de forma involuntaria, y era lógico su malestar.

Visto el éxito de mi expedición y con esta sensación en mi cabeza, me resigné a volver a mi cabaña en espera de algún tipo de noticia. Sobre la mesa, descansando inocentemente, estaba el libro que el anciano Servais me había prestado la noche anterior. Estuve tentado a tomarlo y abrirlo, pero reprimí mis impulsos iniciales al recordar las palabras del sabio y la solemnidad con que las había pronunciado.

Con aquel gesto, de algún modo, tenía la sensación de haber entrado en un cierto proceso iniciático, catequético, y sabía que debía respetar los tiempos y los límites de mi condición como iniciando. No es que hubiera accedido voluntariamente a aquel itinerario. De hecho, casi me acababa de dar cuenta de aquello. Tampoco me lo habían propuesto. Simplemente lo habían asumido así, como si fuera algo natural. Los monjes me consideraban un novicio y así me trataban: la marginación respecto al resto de la asamblea, el diferente ropaje, incluso la entrega del libro y la mención de que no estaba preparado… Todo apuntaba en esa misma dirección.

Eso tenía una vertiente muy positiva. Era el camino menos traumático para acceder a los conocimientos que pretendía alcanzar durante aquel viaje o para acceder a la biblioteca en cualquier otra situación. A través de aquel proceso catequético podría conocer mejor el funcionamiento de aquella secta. Era, en fin, el mejor medio para imbuirme de toda su doctrina y comprender las profecías y su significado más profundo.

Pero, por otro lado, tenía también unas claras implicaciones negativas. En primer lugar, todo el proceso iniciático supondría un grave retraso en mis planes que ciertamente no me podía permitir. En segundo lugar, no era aquel precisamente el mejor momento "político". La Cámara y el Gotei 13 no tolerarían una excentricidad más del siempre desafiante Director de la Academia. No hacía ni cuarenta y ocho horas que había recibido serias amenazas de la más alta instancia y no estaba el horno para bollos.

Tampoco era que pudiera satisfacer fielmente las exigencias que supondría la membresía de pleno derecho en una comunidad como aquella. No tenía el tiempo necesario y, definitivamente, mi vocación no era aquella. Había cuestiones, como todo el misterio que la envolvía, con las que no estaba de acuerdo, a pesar de lo atrayente y lo romántico de la idea. El conocimiento, al menos en su mayor parte, debería ser público, accesible… no estar guardado como un absoluto secreto.

Unos pasos en el exterior llamaron mi atención y me devolvieron a mi urgencia alimenticia. Volví a depositar el libro cerrado sobre la mesa y salí de la habitación en dirección a quien fuera que viniera hacia mí. Era Kazu, con cara de llevar despierto unas cuantas horas, aunque todavía algo somnoliento.

– Siento lo de ayer – me adelanté, antes que dijera nada. – Sé que tenía que habértelo dicho antes de venir…

– No… Perdona mi reacción – replicó. – No tenía que…

– Es un asunto complicado – justifiqué. – Me cogió desprevenido y no tuve margen de maniobra – lamenté. – En cual…

– En serio, déjalo – insistió. – No hace falta.

– Vale – acepté. – No habrá algo de comer, ¿verdad?

– ¡Ah! ¡Sí! – exclamó aliviado por el cambio de tema. – Sí, sí, sí… – murmuró rápidamente. – Ven. Por aquí – se dio la vuelta y me llevó a una de las pequeñas cabañas cerradas con las que me había encontrado en mi expedición mañanera. – No es que haya mucho. Ya sabes, no todos aquí… – explicó mientras me presentaba unas piezas de fruta. – ¿Café o té?

– Té, por favor…

Encendió un pequeño fuego sobre el que puso a calentar agua en una vieja tetera a la vez que me indicaba dónde había un poco de pan, mermelada y otros alimentos propios de un desayuno. Mientras esperábamos a que hirviera el agua, seguimos comentando el pequeño malentendido que habíamos tenido la noche anterior. Le expliqué mi discusión con la Cámara de los Cuarenta y Seis la tarde previa a nuestra partida y volví a disculparme por no haberle informado antes. El silbido del vapor al escaparse del recipiente interrumpió, de hecho, el intercambio de asunciones de culpa en que había derivado la conversación.

– ¿Cuáles son tus planes ahora? – me preguntó, mientras se levantaba en busca de las tazas para el té y lo servía.

– ¿Sinceramente? – respondí. – No tengo ni la más remota. Gracias – añadí al recibir mi infusión. – La verdad es que estaba pensando en ello precisamente antes de que llegaras – comenté. – A ver, por lo que habíamos hablado y lo que he visto desde que llegamos… Corrígeme si me equivoco, pero esto se trata de una comunidad iniciática masculina y célibe dedicada al estudio – establecí. – Ahora mismo está pasando por horas bajas. Ya sabes, – apunté – lo del Gran Maestro y…

– No te preocupes por eso – me interrumpió.

– No es que me preocupe – aclaré. – La cuestión es la siguiente. En este tipo de comunidades no suelen hacerse muchos cambios y menos en momentos en los que están… descabezados – dije. – Lo cierto es que no tengo mucho tiempo ni mucho margen de maniobra y… Bueno, tengo la sensación de que tus hermanos de comunidad me consideran algo así como un novicio y que me consideran dentro de ese proceso de iniciación –confesé. – Y… estas cosas llevan tiempo, más tiempo en las circunstancias actuales, supongo. Sinceramente, – apostillé a modo de conclusión – ni tengo tiempo ni creo reunir las… llamémosle… "condiciones" necesarias para pertenecer a la comunidad. Así que… – suspiré – si me preguntas qué es lo que voy a hacer, lo único que te puedo decir es que no tengo la más remota idea.

– Ya veo, ya – asintió. – Pero… ¿puedo hacerte una sugerencia?

– Sí, claro – sonreí, antes de darle un trago al té. – Adelante.

– Permanece aquí la semana que habíamos previsto – propuso. – En un par de días, tres o cuatro como mucho, se elegirá al nuevo Gran Maestro y todo volverá más o menos a la normalidad. Siempre podrías seguir el camino y aprender la doctrina – me dijo con una pasión hasta entonces desconocida en él. – Así…

– Espera, espera, espera – le detuve hablando rápidamente para evitar que continuara. – Para el carro. ¿Me estás intentando captar o algo? ¿No acabo de decirte que no…? A ver, – me paré, viendo que comenzaba a irritarme incomprensiblemente – no vine aquí a hacerme miembro de nada, Kazu. Dejemos las cosas claras – establecí. –Vine porque hay unos datos que me ayudarían en mi investigación y tú me dijiste que…

– Sí, pero para ello tienes que ser uno de los nuestros – reclamó con vehemencia. – Nadie puede conocer la doctrina y las Escrituras si no…

– Lo sé, lo sé – contesté intentando calmar la situación. – Por eso no me dijiste nada. Tenía la esperanza de que estando aquí fuera más fácil, no sé… pero si no puede ser, no puede ser…

– Ya… O sea… que no… – murmuró.

– Oh, sois vosotros…

Con una fingidamente inocente e ingenua sonrisa, la misma con la que me había despedido la noche anterior, el anciano Servais entró en el refectorio en el momento más oportuno de la conversación. Caminaba lentamente, con las manos cogidas en la espalda, y en su rostro no borraba esa expresión que le daba a uno la sensación de que estaba siempre varios pasos por delante de uno.

– ¿Me permitís? –preguntó, sentándose. – Kazu, hijo…

– Sí, maestro – contestó él, apurándose a servir una taza de té para el hombre. – Tenga.

– Gracias – aceptó el sabio. – Así que, maese Rido, ¿habéis leído el libro que os entregué anoche?

– Le he obedecido – respondí con cautela. – El libro permanece cerrado.

– Bien, bien… – comentó, llevándose la taza a los labios. – ¿Sabéis? No he podido evitar escuchar la… –se paró, como buscando las palabras, aunque aquello tenía más de teatralidad que de verdad – conversación que manteníais con el joven Kazu. Ya mi amado discípulo me había escrito acerca de vos y de vuestro interés en conocer nuestras costumbres y nuestra doctrina – observó. – Disculpad su actitud de unos instantes, fui yo quien le motivó a adoptarla –admitió. – Pero..

– No siga, no hace falta – le interrumpí en tono amable. – Capto la idea y la comprendo, créame. Me siento halagado pero…

– Habéis sido engañado, maese Rido – se anticipó. – Habéis sido puesto a prueba…

– Cuando Mitsuko me contó que estabas interesado en hablar conmigo por esto, escribí al maestro Servais y al Gran Maestro pidiéndoles permiso para que conocieras algunas cosas sobre la comunidad – explicó el Oficial de la Duodécima División.

– Y por eso retrasaste nuestra cita tanto tiempo – até cabos.

– Exacto – confirmó.

– La labor de Kazu era despertar vuestra curiosidad – terció el anciano, recuperando la palabra. –Por lo que he podido ver, lo ha conseguido – sonrió.

– ¿Pero por qué?

– El joven Kazu cree que podéis ser vos…

El anciano se paró antes de terminar su frase y adoptó un gesto de autorreproche, como echándose en cara el haberse ido de la lengua. Pero lo había pensado mejor y se había callado. O quizás todo era parte de esa estrategia que subyacía a cada expresión que adoptaba y cada palabra que decía. Quizás también era un engaño para "despertar mi curiosidad". Y funcionaba. Lo estaba consiguiendo.

– ¿Ser yo quién?

– Oh, nada, disculpad mi indiscreción.

No pude evitar esbozar una media sonrisa irónica ante la actitud del sabio, que había utilizado una postura y una táctica que, pese a lo simple que era o quizás precisamente gracias a eso, era especialmente efectiva para despertar el interés del otro. Yo mismo la utilizaba a menudo en mis clases, especialmente con alumnos que creía que podían tener un potencial especial. Ahora le había dado la vuelta "en mi contra".

– Ha dicho antes que pretendían ponerme a prueba…

– No tenga prisa, maese Akano – me paró. – El primer paso hacia el conocimiento es la curiosidad – afirmó. – Pero no todo el mundo tiene la misma capacidad para transformar ese interés en un movimiento hacia el verdadero saber. He visto vuestras notas – comentó. – Esta noche, mientras descansabais, uno de nuestros hermanos las copió…

Tuve que reprimir la airada reacción que me estaba pidiendo el cuerpo. Primero la Cámara y ahora esto. Me sentí como violado. Mis notas, mis apuntes, eran parte de mi intimidad más profunda. No sólo eran un reflejo de lo que iba aprendiendo… Eran como una confesión, algo totalmente privado, donde no sólo había datos objetivos, sino también impresiones fruto muchas veces de mis sensaciones y sentimientos. Podía compartirlas con otros, sí, pero nunca antes de madurarlas y meditarlas. Y las notas sobre la comunidad no habían llegado aún a ese estadio "visible".

– Sé que ha sido atrevido por nuestra parte – dijo, adivinando mis emociones antes de que yo pudiera siquiera expresar mi indignación. – Comprendo vuestro malestar, creedme. Pero vos pretendíais que os reveláramos nuestros secretos más íntimos – añadió. – Entended que necesitábamos conoceros a vos…

– Es justo – acepté. – Pero hay otros…

– ¿Otros medios? Sí, los había –reconoció. – Vos sabéis, empero, que la propia observación influye en el experimento – enunció de forma dogmática. – Si esto es así para las cosas muertas e insignificantes, ¿no va a serlo más para un ser vivo e inteligente como vos, que siente que piensa¿ De ahí que quisiera usar algo más… "objetivo" – razonó, enfatizando la última palabra simulando entrecomillarla con sus dedos.

– Entiendo… – respondí aún no muy convencido, pero viendo que no llegaría a nada si siguiera por el camino del enfado. – ¿Y bien?

– ¿Y bien qué?

– ¿Qué ha descubierto en mis notas?

–Nada que no intuyera ya – respondió. – Son datos incompletos, pero no vais por el mal camino. Hay algo que… – rebuscó en el interior de su túnica unos papeles – me llamó la atención – explicó, mientras hojeaba lo que era claramente una copia facsímil de mis apuntes. – Aquí – murmuró al llegar a donde pretendía. – Aquí decís "grupo de carácter iniciático"… Muy bien… y en letra más pequeña añadís una serie de observaciones muy…

– La separación de la comunidad durante la celebración, los distintos ropajes, el secretismo acerca de la doctrina… – recité de memoria. – Son cuestiones que he ido viendo y que…

– Sí, sí – me detuvo. – No hace falta que os expliquéis. Como digo, toda esta… precisión y dedicación por anotar lo que veis y lo que pensáis de las cosas habla excelentemente de vos. No, no me refería a esos datos de todas formas – aclaró. – Me refería… A ver… – recorrió la hoja con un dedo y se paró al llegar a un punto determinado. – Ah sí – anunció, mostrándomelo. – Después de una lista más o menos extensa os preguntáis: "¿Acceso a la profecía?" – leyó en alto. – He de confesar que en este punto no he sido capaz de seguiros – añadió. – ¿Profecía? ¿A qué os referís?

Aquella pregunta me cogió algo desprevenido y le miré extrañado. Traté de buscar en su rostro aquel gesto medio irónico con el que había permanecido durante toda la conversación y que daba a entender que sabía más de lo que dejaba ver, pero no había nada de ello en su expresión. No pude evitar, entonces, que me invadiera una ligera desazón por lo que todo aquello podía significar, pero intenté no darle más importancia.

Aún así no podía hacer otra cosa que cuestionarme por si aquella misión había sido o no un fracaso. Era cierto que yo mismo me había dado por satisfecho la noche anterior con lo que había visto y que había dicho que eso ya de por sí solo haría que el viaje mereciera la pena, pero también era cierto que esperaba encontrar allí una nueva pista que me condujera a un conocimiento más profundo de las profecías, de Nadie y de lo que fuera que estaba detrás de todo aquello y que cada vez parecía más grande.

Pero ¿y si aquella secta no poseía realmente ninguna profecía? ¿Y si no era uno de esos grupos como los Wolf, la pequeña civilización que vivía en Midgaard o los clanes nobles como los Ashartîm? ¿Y si esto no había sido más que un error en mis investigaciones, un paso en falso? O quizás era otra cosa. El carácter científico y cientificista de aquel grupúsculo podría haber levado a que se perdieran o se difuminaran unas enseñanzas tan poco acordes con su filosofía como era una profecía. Sí, quizás esto podía llegar a convertirse en un interesantísimo ejercicio de exégesis, en sentido inverso al habitual, pero exégesis al fin y al cabo.

– Es una cuestión un tanto larga y compleja de explicar – respondí tras meditar lo que iba a decir –pero intentaré hacerlo de la forma más sencilla y sintética que pueda. Sí sería bueno en cualquier caso que pudiera hablar con algún tipo de cronista de la comunidad o algo por el estilo – advertí.

– El Gran Maestro y el hermano Servais son los únicos que se dedican al estu… – comenzó a señalar Kazu, que se había anticipado a su mentor como si quisiera reivindicar su presencia en una conversación en la que había intervenido más como mero espectador que como participante. – Bueno… ahora sólo él – se corrigió.

– Las mentes jóvenes piensan más en el futuro que en el pasado – sonrió el viejo. – ¿No creéis, maese Akano?

– Al menos esa es mi experiencia, – corroboré – aunque no en todos los casos.

Mi preocupación iba en aumento. Si Servais De Maistre, así se llamaba, era el único historiador que quedaba en la comunidad y había reaccionado de tal forma ante la mención de una profecía, mal íbamos. ¿O sería un paso más que había dado a lo largo de su estrategia? La verdad es que si algo había aprendido de aquel hombre era a no hacer suposiciones sobre lo que podía saber o no saber. Aún así, siempre me quedaba aquella esperanza de que, si realmente eran desconocidas para él, las enseñanzas que buscara estuvieran ocultas por los fríos datos de la ciencia.

– Os escucho, pues – me invitó el anciano.

– Bien, ¿por dónde empezar…? – resoplé. – Como seguro que conoce bien, las fuentes nos dicen de que tras el Gran Estallido el Rey envió a este mundo a los llamados Fundadores, que organizaron en gran parte la Sociedad de Almas tal y como la conocemos – expliqué. – Pero también nos hablan de que la misión de los Fundadores pudo ir más allá de las murallas del Sereitei.

– Leyendas – comentó el anciano con un cierto desdén oculto tras el exquisitamente cortés tono en el que solía hablar.

– Leyendas, sí, – reaccioné con rapidez – pero son las únicas fuentes que disponemos. Creo que coincidirá conmigo en que si prescindimos de las fuentes perdemos la objetividad – apunté. – Sí, es cierto, debemos interpretarlas, pero son nuestro único vínculo objetivo con el pasarlo. No podemos despreciarlas sólo porque ya no encajen con nuestra forma de ver la realidad… Perdón – me interrumpí cuando me di cuenta de que comenzaba a adoptar el  mismo tono que cuando daba clase. – Cuando me pongo a hablar de estas cosas a veces me lanzo y…

Mi espontánea corrección pareció gratificar a Servais, que recuperó ligeramente la sonrisa que medio se había desdibujado en un rostro que paulatinamente se había vuelto más serio. Con mi disculpa, el anciano volvía a recuperar la iniciativa y la posición de maestro en nuestro diálogo y eso le tranquilizaba y le hacía sentirse más cómodo. Se desenvolvía mejor en el papel del sabio que imparte la doctrina, con aquel estilo tan peculiar, casi socrático, que en el del oyente, como si fuera él el discípulo que debía aprender del otro, sobre todo si lo que el otro le decía no encajaba demasiado en sus esquemas. Si había de escuchar a alguien, mejor le era hacerlo desde el púlpito del maestro que desde el pupitre del discípulo

– Interesante punto de vista el vuestro – contestó al fin. – En honor a la verdad, empero, no estoy de acuerdo por completo con vos. Vos mismo afirmáis que debemos interpretarlas, ¿pero no es esa interpretación en sí misma algo subjetivo? ¿Una… invención, por usar vuestras palabras? – inquirió, como si más que dirigiéndome una pregunta estuviera reflexionando en alto. – ¿En base a qué interpretamos esas fuentes?

– Esa es, con todos mis respetos, la gran responsabilidad que tenemos los historiadores – me adelanté a contestar, aún a sabiendas de que las suyas eran únicamente preguntas retóricas – y especialmente nosotros, los profesores, de una aspirar a una formación adecuada.

– Bien, bien… Pero entonces reconocéis que debemos usar hechos objetivos y definitivamente para interpretar esas... ensoñaciones que vos llamáis fuentes – insistió Servais.

Aunque su oposición a considerar mis teorías como válidas parecía firme, había algo en su forma de hablar, en su tono, que me llevaba a pensar en que era algo que sabía con la cabeza pero que no acababa de asumir del todo. Quizá había encontrado la primera grieta en la cuidadosamente labrada fachada de intocable distancia que había ido esgrimiendo el anciano en todo el conjunto de nuestra conversación. Posiblemente había dado con un punto débil que me serviría para acabar de convencerle o, a lo mejor, lo que ocurría es que me había topado con la prueba de que seguíamos jugando al gato y al ratón y todavía estaba en aquel plan de "engañarme".

¿Pero engañarme para qué? Antes parecía haber deslizado algo de información involuntariamente. Algo que había perdido de vista hasta aquel momento. Si mi impresión de que todo aquel escepticismo acerca de  mis "leyendas", como él las había llamado, era cierta, bien podía que aquella mención a una cierta esperanza que albergaba Kazu sí supusiera la existencia de algún tipo de profecía. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Aunque decidí era mejor seguirle el juego al viejo, no pude evitar esbozar una sonrisa sarcástica y menear levemente la cabeza en señal de desaprobación hacia mí mismo.

– Pero en fin… – suspiró tras un breve y dramático silencio. – Dejemos aparte estas consideraciones metodológicas. Proseguid – me animó. – Proseguid con vuestra… "historia".

– Sí, bien… – carraspeé. – La cuestión, decía, es que la labor de esos Fundadores, o como queráis llamarlos, – concedí – no se limitó sólo al Sereitei, aunque hasta hace poco lo creíamos así. Los documentos que conservamos no afirman nada de ello, pero he podido conocer ciertos testimonios, tradiciones, que hablan precisamente de esto – expliqué. – Sí, es cierto, acabo de pasar de fuentes y documentos escritos a tradiciones orales, que es algo mucho más cambiante y menos… tangible y objetivo, – acepté, anticipándome a una más que probable objeción – pero la cuestión es que proceden de grupos muy distintos y sin contacto entre sí o con la Sociedad de Almas que, sin embargo, coinciden en señalar unos hechos muy interesantes.

» Es cierto que no están exentos de fantasía, pero estas tradiciones concuerdan en hablar de un padre fundador que formó el grupo, adiestró o transmitió sus conocimientos y luego se marchó dejando tras de sí una especie de profecía – expuse. – Ya no es sólo la coincidencia a nivel "estructural", sino que a juzgar por lo que me dijeron los que me las transmitieron, proceden de una época muy parecida, más o menos la misma que las Tablas de los Días Pasados.

– ¿Las Tablas de los Días Pasados?

– Sí – confirmé. – Unas tablillas de madera que hablaban de un tal Sabio de los Días y relataban la historia del Gran…

– ¡Espera!

El gesto del anciano monje se crispó súbitamente. Su ceño se frunció en torno a unos ojos abiertos como platos que coronaban un rostro enrojecido por la afluencia de sangre a su cabeza. Había perdido la compostura. Incluso había dejado atrás, seguro que de forma involuntaria, aquel tono exquisitamente cortés  que le hacía llamarme de vos de una forma un tanto anacrónica y había comenzado a tutearme en un arranque de inusitada vehemencia. Pero, pese a su apariencia, su agitación era más bien producto de la sorpresa que de un enfado. No había rabia en su mirada, sino estupefacción.

– ¿Le has contado algo, Kazu? – se giró frenéticamente hacia su discípulo. – No, claro que no – se contestó a sí mismo. – Esas enseñanzas todavía te están veladas… Entonces… Esperad aquí – añadió nerviosamente tras un pequeño silencio valorativo. – Kazu, haz el favor de servirle otro té a maese Akano mientras yo voy a…

No completó su frase. Salió con prisa y con una agilidad inimaginable en un hombre que hacía unos instantes había mostrado dificultades para moverse siquiera. Regresó unos minutos después con un librillo entre sus manos y lo hojeaba inquieto, buscando algo en concreto que no daba encontrado.

– ¿Ha sido una impresión mía o habéis mencionado al Sabio de los Días? – me preguntó sin levantar la vista del tomo.

– Sí – ratifiqué.

– Pero no dijisteis donde se encontraron esas… ¿eran unas tablillas? – preguntó. – ¿De madera?

– S… Sí… Unas tablillas de madera – contesté sin entender la importancia de todo aquello y el cambio que se había operado en el monje. – Las encontraron en unas montañas, al Este de…

– Interesante…

– Aún no entendemos cómo llegaron allí, de todos modos – confesé. – No parece que…

– ¿Haríais el favor de leer aquí? – me interrumpió, poniéndome el libro delante y señalándome un párrafo en concreto.

– Cómo no… – dije, limpiándome las manos con el traje y tomando el libro. – "Yo, Leonidas, Gran Maestro de la Asamblea de los Días Venideros, he decidido enviar una copia del legado que nos legó nuestro padre, el Sabio primigenio, a la comunidad del Oriente (…) Aquí concluye el…"

– Bien, hasta ahí – sonrió el anciano, recuperando de mis manos el volumen.

– ¿Debo identificar a ese Sabio Primigenio con el Sabio de los Días?

– Veo que comprendéis lo que quería decir – sonrió. – Puede que realmente Kazu tuviera razón – valoró. – ¿Aceptaríais que fuera yo el que os propusiera ahora una… "leyenda"?
:iconcentoloman:
Por unos minutos aún estamos en Viernes, que he pretendido recuperar como día de publicación de Akano y volver a una cierta regularidad.

Continuamos con un capítulo bastante denso, pero a mí me ha resultado muy interesante a la hora de escribir. Espero que os suponga más o menos la misma impresión
:icon:
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:iconakatsuki-wolf:
tio denso se queda corto xDD ha estado todo muy interesante si, pero el viejete me aburre un poco, ponle un poco de accion anda!

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Stray Dogs Howling in the Dark
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:iconcentoloman:
acción?

En esta trama?

Lo dudo, querida, lo dudo
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:iconakatsuki-wolf:
joder, entonces al menos mas chistes u algo de comedia D:

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Stray Dogs Howling in the Dark
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:iconcentoloman:
creo que tampoco eh?
Reply
:iconakatsuki-wolf:
Ya encontraras una manera! Debes complacer a tu publico after all.

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Stray Dogs Howling in the Dark
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:iconcentoloman:
Tranqui, tranqui, todo se andará... Tampoco puedo traicionara a la historia xP
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:icon:
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