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January 21, 2011
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Akano 46 - Silencio

by ~Centoloman

Silencio

– Me puedo poner serio, también. Habla – ordené.

Balmung me miró como desesperado, como si entre nuestro último encuentro y ese momento hubiera albergado cierta expectativa de que, de alguna forma, fuera yo mismo el que arreglara mis asuntos por mi propia cuenta y sin necesidad de acudir a él y "molestarle una vez más con mis problemas", como siempre hacía. Pero yo había acudido a la cita y él se sentía descolocado, por eso ahora se había quedado mirándome desencantado, abandonado su habitual gesto desafiante y de superioridad.

– ¿Te has quedado sin palabras o qué? – seguí. – Habíamos hecho un trato y yo he cumplido con mi parte. Tu turno – sentencié. – Habla.

Balbuceó en respuestas unas cuantas sílabas inconexas, sin saber qué decir o cómo reaccionar. Me entraron ganas de gritarle, de enfadarme con él por aferrarse a aquella pose de misterio, escondido en la seguridad de las sombras que poblaban el claustro del monasterio.

Me acerqué a él con la firme intención de zarandearle vehementemente para hacerle espabilar, pero me encontré de frente con un rostro pálido, escuálido, cansado y ojeroso, desfigurado por el miedo y la duda. Pequeñas gotas de sudor surcaban su cara hasta perderse en un abarba rala y blanqueada que completaban un aspecto enfermizo que también se podía adivinar en sus manos huesudas y arrugadas cuyo temblor trataba inútilmente de esconder agarrándoselas frente al pecho.

– Lo… lo siento – me disculpé. – ¿Qué está pasando?

No respondió. No porque no quisiera, sino porque no era capaz. La impotencia colmaba todos sus gestos hasta el punto de paralizarlos. Era como si se hubiera quedado completamente mudo, como si no fuera físicamente posible para él articular una palabra; pero realmente era, más bien, que él mismo no sabía qué decir porque estaba totalmente desbordado por la situación y no sabía entendía qué estaba pasando ni qué podía esperar de todo aquello.

– Déjalo. No te preocupes…

Me separé de él y caminé hasta el centro del claustro. Me paré allí, junto a la gran fuente que lo presidía y por primera vez me di realmente cuenta de la inmensidad y de la intensidad del silencio que nos rodeaba. No se oía ni el silbido del viento, ni el eco de mis pasos… ni siquiera el correr del agua justo a mi lado. Me fijé en ella, pero no manaba agua. O, mejor dicho, el agua no corría. Los chorros estaban ahí, pero inmóviles en el aire. Congelados.

Me giré varias veces sobre mí mismo observando con detenimiento todo lo que había a nuestro alrededor. Nada se movía, ni siquiera lo hacían aquellos salientes resquebrajados de algunas secciones de la fachada que pendían casi de un hilo y que la lógica dictaba que debían balancearse y desprenderse antes de estrellarse violentamente contra el suelo, ni las hojas que se habían quedado a medio de camino entre el cielo y la tierra en su moverse a merced del viento.

–Es como si…

– Como si el tiempo se hubiera detenido, ¿verdad? – habló por fin. – Bueno, excepto el mío…

Entonces lo vi. Un monje. Su hábito negro se confundía con el firmamento y se movía violentamente a merced del viento. Miraba más allá de los límites del monasterio, dándome la espalda, clavando los ojos en la oscuridad. Lo llamé pero no respondió y tampoco podía acercarme a él, pues la torre se había derrumbado entre el lugar donde estaba yo y donde estaba esa misteriosa figura. Lo volví a llamar, nada... Me di la vuelta y me dispuse a bajar. Me había rendido a la llamada que procedía del otro lado.

– Buena decisión, es un poco estúpido buscar al demonio en lo más alto en lugar de los abismos – dijo de repente aquel monje, sin ni siquiera girarse.

– ¿Quién eres? – le pregunté infructuosamente. – ¿Dragón? ¿Demonio? ¿Cómo sabes que...? – No hubo respuesta, así que bajé las escaleras de caracol y me lancé a la aventura de cruzar aquel corredor.


Balmung se movía con muchísima dificultad hacia mí. Me acerqué yo a él rápidamente y le ofrecí mi brazo para que se apoyara en mí y así caminar más cómodamente. Lo llevé hacia la fuente y nos sentamos en los escalones. Él necesitaba muchísima ayuda. Envejecía por momentos y ya no era siquiera la sombra de aquella figura misteriosa e imponente que un día me había fascinado e, incluso, aterrorizado.

– ¿Te acuerdas de las primera vez que viniste aquí? – me preguntó con el tono nostálgico y cansado de un abuelo que contempla junto a su nieto un pasado mejor. – Eras un mocoso asustado de mierda.

– Gracias, hombre…

– Y mírate ahora, – sonrió complacido – Director de la Academia.

– ¿Qué ha pasado, viejo?

– No tengo ni la más remota idea – confesó con desconsuelo. – No lo sé.

– Esto no puede ser cosa de lo de Nalya… – pensé en alto.

– Yo creía que era eso… pero no, no puede ser – meneó la cabeza. – Yo también me equivoco de vez en cuando…

– Es algo más…

– Exacto.

– La primera vez que vine, – dije, respondiendo a su pregunta inicial – todo esto estaba hecho un auténtico desastre. Pero tú estabas bien – observé. – Esto era un caos, pero era…

– "Era" – señaló. – Ahora es como si fuese un espejismo.

– ¿Qué es lo que ha pasado aquí?

– Ya te he dicho que no tengo ni idea.

– ¿Nada? – me extrañé. – ¿Simplemente se paró todo y punto?

– No lo… no lo sé –masculló con decepción y con cierta indignación. – Es todo muy confuso. Primero hubo un ruido muy grave y muy intenso – relató. – Todo tembló como si se moviera la tierra y luego… Luego esto – terminó.

– ¿Cuándo?

– No lo sé, ya te digo que está todo muy confuso – se encogió de hombros. – Estaba muy ocupado preocupándome de ti y de tus historias y perdí la noción del tiempo.

– Así no vamos a llegar a ningún sitio – me quejé mientras me levantaba.

– Más no puedo darte…

Comencé rodeando el gran patio en busca de una señal. No sabía qué podía ser esa señal o qué podría significar, pero estaba convencido de que todo aquello no había ocurrido únicamente "porque sí". Alguna cosa de había haber desencadenado aquel desastre y debía de haber dejado su marca en las paredes del monasterio.

Pero no encontré nada allí y lleno de rabia maldije en voz alta, aunque mi grito se ahogó casi al instante en la intensidad de aquel silencio. Salí hacia uno de los pasillos y busqué allí. Tampoco nada. Otro corredor, otro claustro, el piso alto… Nada. Todo en silencio, todo inmóvil… Al final me di por vencido y regresé desilusionado hasta el patio, junto a la fuente y junto al monje.

– Nada… – comenté mientras me acercaba. – Lo siento…

– Deberías sentirlo – advirtió con amargura. – Esto eres tú.

Quedamos un buen rato fundiéndonos con el mutismo que nos rodeaba. Le daba vueltas a mi cabeza en busca de una solución, una respuesta a aquel problema gravísimo que se me estaba planteando, pero no era capaz de encontrarla. Porque en realidad no tenía ni el más mínimo asomo de una idea de lo que estaba ocurriendo. Era totalmente distinto a cualquier cosa que hubiera visto antes.

El tiempo del monasterio, mi tiempo, se me escapaba delante de mis narices y no era capaz de encontrar una explicación que no implicara un factor externo. Y esa solución no terminaba de convencerme. Si había algún factor externo, tenía que haber dejado una marca por pequeña que fuera, y no había encontrado ninguna.

La única otra respuesta posible era que yo le hubiese abierto la puerta, que alguien le hubiera dejado pasar a quien quiera o a lo que quiera que fuese. ¿Pero cuándo? ¿Cómo? Debería haberme dado cuenta, haber notado algo… pero no lo había hecho. No era consciente de que algo así hubiera ocurrido. ¡Joder! Ni siquiera sabía que algo así pudiera suceder.

Un sonido agudo y ensordecedor cortó el hilo de mis pensamientos y me obligó a llevarme las manos a mis extremadamente doloridos oídos ante la asombrada mirada de Balmung. El no oía nada y no se enteraba de lo que estaba pasando. A los pocos segundos, cuando el chirrido terminó, todo volvió a la más completa normalidad.

– ¿Qué ha…?

– No lo sé…

Me estaba comenzando a poner muy nervioso. Aquellos eran mis dominios y había perdido el control sobre ellos. Ahora giraban guiados por una voluntad ajena a la mía y que no se mostraba. Necesitaba recuperar el mango de la sartén, porque sabía bien las consecuencias nefastas que aquello podría tener.

Unas gotas de agua me salpicaron en la ropa y me hicieron ver que todo se movía de nuevo. En el más completo silencio, pero al menos se había terminado el inquietante quietismo que se había conjurado sobre la escena. En los extremos del claustro cayeron algunos cascotes que, afortunadamente, no nos impactaron. Estoy seguro de que no los habríamos visto venir entre aquel silencio. Pero aquello no había terminado, habrían de venir más sorpresas. No podía ser tan fácil.

Un destello llamó mi atención desde la entrada a una de las torres. Inmediatamente llevé allí mi mirada y descubrí una figura antropomórfica que se escondía entre las sombras. Sólo dos ojos blancos, radiantes y vacíos destacaban en la oscuridad. Una risa como de un niño, pero con un matiz algo tenebroso me invitaba a seguirle… y no pude evitar hacerlo. Sin embargo, a medida que me escapaba, él se alejaba.

Di media vuelta y me dirigí hacia el primero de los patios, pero, antes de llegar, descubrí que una puerta a mi izquierda, en la que antes no había reparado, estaba abierta. La puerta me conducía a una gran escalera, en buen estado a diferencia de la anterior. Podía ir arriba o abajo. Dado que el comedor estaba en la zona inferior, supuse que bajar me conduciría al claustro que había conocido en segundo lugar y, probablemente, al refectorio, así que decidí subir.

Subí dos pisos antes de que la escalera terminara en una gran puerta, que parecía atrancada. Estaba ya cansado de dar vueltas así que decidí tirarla abajo de una vez por todas. No fue fácil pero intento tras intento conseguí derribarla, así como liberar parte de la tensión que nublaba mi juicio desde que había despertado.

Al otro lado de la puerta me esperaba un imponente cuadro de un monje pintado sobre unas tablas de madera. El hábito negro del monte, su extrema delgadez y la escasa luz, tanto del cuadro como la que había en la sala, conferían a la imagen un aspecto estremecedor. Sus ojos ojerosos sostenían impasibles la mirada de aquel que se atreviera a mirar.

Estaba en lo alto de los jardines, lo adiviné al asomarme a una de las ventanas que miraban hacia el centro. Decidí seguir a la izquierda, buscando una forma de llegar a la parte alta del claustro grande que había visto nada más llegar, se había convertido en mi punto de referencia. En efecto, poco más allá una gran puerta daba paso a los pasillos que rodeaban el primero de los claustros.

El suelo de aquellos pasillos estaba en peor estado que el resto de los corredores del monasterio. La madera apenas se sostenía bajo las vigas, pero aún así decidí atravesarlo. Una fuerza invisible, como un imán, me impulsaba a tratar de averiguar lo que había al otro lado.

Pero antes, quería intentar averiguar dónde estaba. Me daba igual aquella especie de llamada desde lo hondo, quería saber qué clase de sitio era aquel, dónde me encontraba. Por la ventana a la que me había asomado antes, había adivinado el campanario, que se debía alzar encima de mi cabeza. A mi derecha, un poco más hacia el centro del pasillo, se abría una pequeña puerta que conducía a una estrechísima escalera de caracol. Seguramente llevaba hacia el campanario así que comencé a trepar por ella.

La tormenta se hacía cada vez más furiosa. Los rayos caían sobre la tierra que rodeaba el monasterio... si es que había algo ahí fuera más que la inmensa oscuridad. Aún podía subir más, quizás si llegaba a lo alto del campanario pudiera averiguar algo más.

Entonces lo vi. Un monje. Su hábito negro se confundía con el firmamento y se movía violentamente a merced del viento. Miraba más allá de los límites del monasterio, dándome la espalda, clavando los ojos en la oscuridad. Lo llamé pero no respondió y tampoco podía acercarme a él, pues la torre se había derrumbado entre el lugar donde estaba yo y donde estaba esa misteriosa figura. Lo volví a llamar, nada... Me di la vuelta y me dispuse a bajar. Me había rendido a la llamada que procedía del otro lado.

– Buena decisión, es un poco estúpido buscar al demonio en lo más alto en lugar de los abismos – dijo de repente aquel monje, sin ni siquiera girarse.

– ¿Quién eres? – le pregunté infructuosamente. – ¿Dragón? ¿Demonio? ¿Cómo sabes que...? – No hubo respuesta, así que bajé las escaleras de caracol y me lancé a la aventura de cruzar aquel corredor.

Fui pisando con cuidado, por donde la madera parecía en mejor estado, pero parecía misión imposible. Tras de mí, las tablas se partían y caían sobre las piedras que conformaban la bóveda del gran claustro. El viento soplaba cada vez más fuerte y los restos de las ventanas chocaban contra la piedra provocando estallidos ensordecedores que retumbaban en las paredes de piedra.

Con un último esfuerzo conseguí llegar, pero todo el suelo de madera se había derrumbado tras de mí. Me encontraba ante una nueva sala, que se abría delante de mí y me conducía hacia unas escaleras. Luego otra sala, y más escaleras, hacia abajo, hacia los infiernos.

Iba en busca del dragón. Al fin lo había descubierto. No estaba en un lugar físico, estaba en la morada del dragón y mi misión era enfrentarme a él, fuera como fuera, y vencerlo. El maestro confiaba en mí. Era mi última oportunidad, no podía caer.

Llegué al fondo de las escaleras, pero el recorrido estaba lejos de llegar a su fin. Aquella parte del monasterio estaba en mejor estado que las anteriores. Las salas eran completamente de piedra, muchas de ellas resistían los efectos de la humedad, a diferencia del resto del edificio. Las atravesé, siempre siguiendo la dirección de la llamada, siguiendo lo que parecía un recorrido laberíntico.


Al final llegué a una gran sala subterránea al final de la cual había una gran puerta de madera, lisa, sin ningún tipo de decoración. Me acerqué con cautela a ella y la empujé lentamente, con delicadeza. Accedí a una enorme biblioteca, que recordaba a tiempos antiguos, toda forrada de madera y libros.

Examiné por encima los volúmenes de la pared más próxima a mí. Todos ellos se referían a materias que yo había tratado en algún aspecto. Incluso había algunos dedicados a lo que parecían ser mis memorias. De alguna forma, parecía que allí estaban reunidos todos mis conocimientos y mis recuerdos.

Había una sección especial en el fondo de la habitación contrario a la puerta en la que se encontraban mis conocimientos acerca de las dichosas profecías. Había una reproducción de las Tablas, de muchos de los rollos que había examinado para Eliaz, del Diario de Sadoq Asharet… Había también pequeños cuadernos caligrafiados en cuyos lomos se podían leer títulos tales como "Wolf", "Asamblea" o "Midgaard".

Un volumen en particular llamaba la atención. No se trataba de un sencillo cuaderno ni de un documento en particular que yo pudiera reconocer. Era un gran tomo encuadernado en pergamino que lucía insondablemente antiguo, como un códice altomedieval, y que al mismo tiempo parecía recién salido del horno.

Relucía con un particular esplendor. No sabría cómo describir la sensación, pero tenía que cogerlo. Y lo hice. No había nada escrito en su portada ni en su lomo, pero aún así la impresión que tenía era la de que sabía muy bien lo que contenían sus páginas. Sólo que no podía decir de qué se trataba. Quise abrirlo, para comprobarlo, pero no fui capaz. El tomo estaba sellado y el sello era irrompible. Estaba protegido como por una misteriosa fuerza.

En cuanto dejé en su sitio el volumen, la habitación se movió y surgió de su centro un aullido grave y demoledor como el que debía haber escuchado Balmung al comienzo de su calvario. Al cabo de unos tormentosos segundos, la biblioteca se quedó nuevamente quieta, aunque no en el completo silencio en el que había llegado. No, pues parecía como si ya se hubiera levantado el velo que se cernía sobre el monasterio y lo había mantenido mudo.

– El sello se levantará – sonó una voz joven y anciana a la vez, ambigua, andrógina, inidentificable. – Los secretos serán revelados.

Cuando volví al claustro ya había regresado la luz. Parecía como si nada hubiera ocurrido. Lo desgajado seguía desgajado; lo roto, roto. Pero sólo eso. Ni silencio, ni inmovilidad, ni oscuridad… Era de día, el mundo volvía a moverse y no había quedado huella alguna de que hubiera sucedido algo tan extraño como lo que acabábamos de vivir. "Sólo" eran las huellas del desequilibrio provocado por mi reencuentro con Nalya.

Busqué a Balmung con la mirada y lo encontré sentado en la esquina opuesta del claustro, pero su posición no era la de un anciano torpe y desvalido. Se reía entre dientes, incapaz de ocultar sus emociones por haber recuperado su aspecto habitual: el de un hombre en la plenitud de sus fuerzas y con muchos años de vida por delante.

– Veo que aún voy a tener que aguantarte durante algunos años…

– Más bien yo a ti – respondió él contento.

Ninguno de los dos mencionó nada más sobre el particular. Sabíamos ambos que quedaban muchas cosas en el aire, que aquello no podía haber acabado y que no encontrar una respuesta a todas las preguntas que nos pasaban por la cabeza era una situación algo más que precaria. Pero ambos decidimos que no debíamos amargarnos ni preocuparnos por eso en aquel momento, sino disfrutar de aquella tregua.

Además, él la necesitaba. Aunque se negaría a admitirlo incluso bajo tortura, estaba cansado y muy débil. Había recuperado su apariencia juvenil, pero las energías le fallaban todavía. Se le notaba en la mirada, en la voz…

– Va a ser que ya no estás para muchos trotes…

– O quizás  es que estoy fuera de práctica – replicó.

– Puede ser… – me encogí de hombros. – Hace tiempo que no te llevo a pasear, como a los perros.

Regresé al mundo real, dejé el vaso sobre la mesa y me hice algo de cenar. No tenía hambre, pero había sido un día muy largo, yo también necesitaba descansar y sabía que no lo lograría con el estómago vacío. Estaba bastante tranquilo, a pesar de los pesares, y cuando me eché a dormir pude disfrutar, por primera vez en varios días, de un sueño reparador. No lo desaproveché.

Sólo una cosa perturbaba aquella frágil paz: unas nuevas palabras que resonaban en mi cabeza como lo había hecho la tarde anterior mi promesa de reunirme con Balmung. "El sello se levantará". Una nueva profecía que se alzaba ante mí… pero estaba demasiado cansado como para pensar o plantearme de qué se trataba. Y algo me decía que era mejor no tener demasiada prisa en averiguarlo.
:iconcentoloman:
Continua la historia de Rido, esta vez dentro del monasterio. ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido allí dentro? ¿Se contentará Rido con las explicaciones que le pueda dar el monje? Os traigo un capítulo que me ha costado plantearme a la hora de enfocarlo pero en el que creo que he conseguido plasmar ciertos detalles que me interesaba mucho apuntar para el futuro. Puede que no sea todo lo que mis queridos lectores quisierais que os contara hoy pero... esto es Akano, no la Wikipedia :-P

En fin, como siempre, espero que disfrutéis con este nuevo fascículo de las aventuras de Akano Rido.
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