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February 4, 2011
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Akano 48 - Dona ei requiem

by ~Centoloman

Dona ei requiem

Para cuando recuperé la conciencia no estaba ya en el dojo de la Novena División, sino en el claustro del monasterio, medio sentado contra la pequeña pared que cubría la parte inferior de los arcos. La cabeza me daba vueltas, igual que el estómago, y no me sentía capaz de mantenerme en pie porque las piernas no me aguantaban. Al final, mientras intentaba levantarme, terminé vomitando en una esquina y necesité varios segundos para ser capaz de tratar siquiera de recuperar la verticalidad. Tras varios intentos que desembocaron en espantosas arcadas, me rendí y me dejé caer, sentado a una distancia prudente de aquella pasta viscosa y maloliente.

Ni aún en mis peores borracheras y sus subsiguientes resacas, que no habían sido pocas, recordaba haberme sentido tan mal, como tampoco recordaba cómo había terminado allí. Me costó hacer memoria de lo que me había llevado de vuelta a mi mundo interior, pero finalmente vinieron a mi memoria imágenes confusas de lo que me había ocurrido.

Poco a poco los recuerdos se fueron haciendo más claros y coherentes y descifré al final la historia que subyacía detrás de aquellos fogonazos. Había intentado liberar mi espada por primera vez en mucho tiempo, y nada más pronunciar las palabras que hacían que el poder de Balmung se desatara me había dado cuenta de que algo había salido mal.

Exteriormente no había pasado nada fuera de lo común en un primer momento: La hoja había comenzado a brillar, primero el rayo que la atravesaba y después el resto. Pero la transformación física no comenzó inmediatamente, como era lo acostumbrado. El fulgor que emanaba de la espada era cada vez más intensa y, al final, había comenzado a temblar mientras emitía una extraña serie de armónicas. Al final, todo terminó con un gran estallido de luz.

– El sello se levantará – había escuchado en ese instante en que me devanaba entre la consciencia y la inconsciencia. – Pero exige un sacrificio.

El recuerdo de aquella versión extendida de la profecía que venía machacando mis oídos en los últimos días se apareció violenta y estrepitosamente en mi cabeza. ¡¿Un sacrificio?! La alarma por el recuerdo de aquellas palabras me impulsó a levantarme, pero el propio movimiento me condujo de nuevo a las náuseas y al mareo. Necesité un gran acto de voluntad para no sucumbir a ellas esta vez, mantenerme en pie y no vomitar y unos segundos más para tranquilizarme y poder comenzar a pensar en algo.

La angustia me llevó a intentar salir de allí. Huir. Despertarme de lo que no podía ser otra cosa más que una pesadilla. Cerré los ojos e intenté regresar de nuevo al mundo real y allí recomponerme un poco de la situación después de haber tomado un poco de distancia. Pero fui incapaz. Noté, sí, como mi conciencia se apartaba temporalmente de todo aquello, pero sólo para chocar con una especie de muro invisible. Lo intenté con más fuerza una vez más, pero el resultado fue exactamente el mismo, aunque el golpe con aquella "realidad" fue mayor.

Mis piernas flaqueaban, todo me daba vueltas y sólo el estar de pie y parado, me suponía un enorme esfuerzo. No me imaginaba lo que podía ser caminar en aquel estado. Me apoyé en una de las columnas para tratar de moverme usándola de bastón pero ni así. Tomé aire profundamente varias veces. Entre el malestar y el nerviosismo que me atenazaba, hasta respirar se había convertido en una tarea dificultosa.

–No intentes detenerme. Esto tiene que ocurrir.

Levanté al instante la vista hacia el punto de donde había salido la voz de Balmung. Allí estaba la figura del monje, pero era translúcida, irreal, etérea, como si se tratase de un fantasma, o de uno de aquellos hologramas que utilizábamos en la sala de estrategia. Permaneció inmóvil unos segundos, mirándome fijamente, y tras repetir una vez más su advertencia se desvaneció en el aire como si allí no hubiera pasado nada.

– ¡Balmung! – llamé desesperado, entre gritos. – ¡Balmung! ¡Vuelve!

Mi voz resonó en la piedra del monasterio, pero no hubo una respuesta. Todo lo demás era silencio, excepto el correr de la fuente. Volví a gritar el nombre del monje en varias ocasiones, pero tampoco hubo respuesta a mis llamadas. Y la ansiedad y la angustia comenzaron a hacerme presa de ellas. No era ni dominador ni consciente de lo que fuera que estuviera sucediendo allí. Y se trataba de mi mundo.

Me dejé caer en el suelo, derrotado por los nervios, y descansar allí hasta que se me pasase el mareo, lo cual no fue poco tiempo al final. Mientras tanto, podría aprovechar para organizar mis ideas y mis pensamientos acerca de lo que ocurría, pero mi mente decidió volar por otros derroteros. Y no fue cosa fácil, más bien una hazaña, porque no estaba yo en las mejores condiciones.

Me llevó hacia Nalya, pero traté de rechazar esa idea. Era algo que ya había asentado en mi cabeza después de varias semanas de tiras y aflojas y me había ido asentando en la nueva situación. No había sido sencillo, más bien todo lo contrario, pero había comenzado a entender y a aceptar el cambio de status que se había producido después de la visita de Pandora. Había terminado por convencerme de que aquel bebé era Nalya, pero que no era ella, no era mi Nalya y que no había nada que yo pudiera hacer, al menos por ahora. Debía dejarlo ir y confiar en que quizás, con el tiempo, el destino nos volvería a reunir y podríamos aprovechar para recuperar el tiempo perdido. Ya habíamos vencido una vez a la muerte.

De Nalya, mi mente me llevó hacia Kyo, quien centraba mi gran preocupación en aquellos días. Entre el ajetreo de la nueva misión y la insistencia de los demás de darle un poco de espacio y tiempo, no había vuelto a hablar con él. Mi madre me había dicho que no me preocupase, que era sólo una rabieta y que en realidad no significaba nada, que ya se le pasaría; pero yo no podía dejar de mortificarme pensando en lo que había de verdad en sus acusaciones.

Según mi madre, el verdadero motivo del enfado de mi hijo adoptivo había sido otro. Estaba dolido de que me hubiera distanciado de él a lo largo de todo aquel año y se había montado la película de que, sin Nalya, ya no me importaba. La reaparición en escena de la cornuda no había hecho más que aportar la última gota de agua a un vaso que estaba ya colmado con los problemas propios de la adolescencia, la pérdida de su madre y el acostumbrarse a una nueva vida.

¿Me había distanciado de Kyo realmente? No lograba darme a mí mismo una respuesta verdaderamente satisfactoria, la camuflaba con excusas y racionalizaciones. Pero, no podía negarlo, en el fondo sabía que era cierto. Consciente o inconscientemente, había creado una pequeña barrera entre él y yo, porque no sólo era mi hijo adoptivo. No es que el hecho de que fuera el hijo de Nalya supusiera un problema, el problema era que era también mi alumno. Necesitaba marcar las distancias para evitar cualquier conflicto o suspicacia. Sobre todo dese que mi rol en la Academia era otro.

Y era cierto que me había alejado de él. No quería que lo vieran como el favorito del Director y no me había dado cuenta de que eso iba a pasar hiciera lo que hiciera, por mucho que procurara mantenerme al margen. Y empeñado en aquello apenas le había dedicado tiempo. Mi tiempo libre era para lo poco que podía llamar estudio y mi familia se había resentido por ello. Y no habían sido pocos los problemas que había tenido con ello.

¿Había hecho bien en secundar la maniobra de Nakatoni, aunque lo hubiera hecho a regañadientes, y aceptar la Dirección de la Academia? Había supuesto una ruptura radical con lo que había sido mi vida hasta entonces. Aunque hubiera coordinado el Departamento de Historia durante mucho tiempo, el nuevo cargo era muy distinto. Y había supuesto la renuncia a la División, a mi tiempo libre… y en cierto modo también a mi vocación de profesor. Había tenido que reducir mis clases, mi dedicación a la investigación, incluso a mi familia.

Tampoco es que me arrepintiera. Siempre había sabido que la Academia, como todo lo institucional en el Sereitei, necesitaba un cambio. Sangre nueva, formas nuevas, ideas nuevas. Y eso era lo que había tratado de aportar desde mi nueva posición y lo que quería seguir aportando en el futuro.

Eso tampoco era una fuente de tranquilidad. Por si no me llegaran con mis continuos enfrentamientos con Nakatoni ya como profesores, él los había trasladado a instancias superiores, porque estaba convencido de que se trataba de él. El nuevo rumbo de la Academia, mi "poca dedicación a la docencia" porque estaba demasiado centrado en perseguir fantasmas – así consideraba él a Nadie –, mis competencias y mi relación con el Gotei… Todos y cada uno de aquellos temas habían supuesto un quebradero de cabeza durante aquel año.

Pero había más, porque siempre tenía que haber más. Porque mis propuestas reformistas no sólo habían llegado a oídos del Gotei y de la Cámara, sino que habían llegado a oídos de unos locos radicales que habían hecho uso de ellas para justificar su causa. Y habían "avalado" con sus acciones mi decisión de acabar con el Sereitei tal y como lo conocíamos.

La verdad es que hacía mucho tiempo que mi vida no estaba tan ajetreada. Es más, no recordaba que alguna vez lo estuviera. Y eso que había pasado una infancia marcada por el estigma de ser un Akano en una sociedad que consideraba eso una maldición, había muerto, dos veces, y "resucitado", había estado en la cárcel, había desmontado una mentira centenaria, había perdido y recuperado mi memoria y a mi familia y había luchado contra la mayor amenaza que alguna vez se había cernido sobre el Sereitei desde el tiempo de las grandes guerras. En dos ocasiones. Y había visto morir a mi abuelo, a mi hermano, a la mujer que amaba, dos veces también, y a mi padrino.

Un sonido estridente, como el que había devuelto el movimiento a las cosas en mi última visita, atenazó mis oídos durante unos segundos e interrumpió el curso de mis pensamientos. Cuando cesó, noté como el vigor de mis piernas regresaba y que el mareo también pasaba. Era el momento de volver a recorrer el monasterio en busca de respuestas. De alguna forma, me daba la impresión de que era lo que había venido haciendo toda mi vida.

Me acerqué a la fuente, necesitaba refrescarme y despejarme un poco después del mal rato que acababa de pasar. Fue entonces cuando vi con tremendo horror que no era agua lo que salía a través de los surtidores. Era sangre. El fuerte olor, entre metálico y podre, que manaba de ella conjuró de nuevo la náusea, pero esta vez logré contener las ansias de vomitar y escapé de allí en busca de aire fresco, aunque el hedor ya se había instalado en mi pituitaria.

Tampoco es que hubiera mucho sitio a donde ir. Todas las puertas que permitían el acceso desde el claustro a las distintas zonas del edificio estaban cerradas. Lo intenté varias veces con cada una de ellas, pero definitivamente no podía abandonar el claustro. Y tampoco podía volver al mundo real. Estaba encerrado allí, como en una prisión.

Mirando a mi alrededor en busca de una alternativa, me fijé en las ventanas del piso que se alzaba justo encima del claustro. Quizás pudiera atravesarlas. ¿Pero cómo podría subir hasta allí? Aunque estuviera bastante recuperado, mis piernas no eran capaces todavía de trepar hasta allí o para saltar tan alto. Tenía que inventarme una solución, y la encontré en las pilas de escombros que había a mi alrededor. No iba a ser fácil, ni cómodo, pero era una alternativa.
No sabría decir cuánto tardé en amontonar todas las piedras de forma que pudiera trepar con 7ellas hasta una altura desde la que fuera capaz de encaramarme a la pequeña balconada que colgaba de cada una de las ventanas. Podrían haber sido horas, incluso días, con lo lento que pasaba el tiempo, pero al final cumplí con el trabajo que me había propuesto y ya podía alcanzar mi objetivo. Aún así, tuve que improvisar una pequeña cuerda para ayudarme a subir.

– Vamos allá – me animé.

Cuando conseguí trepar hasta la ventana necesité unos instantes aún para recuperar el resuello. Definitivamente, mis condiciones físicas no eran las mejores. Mientras descansaba, aproveché para examinar la escena desde la nueva perspectiva. Fue ahí cuando me di cuenta de que los cristales brillaban con un tenue resplandor blanco-azulado que activó todas mis alarmas. Miré las demás y también ocurría lo mismo con ellas, al menos con las más próximas, que eran las únicas que alcanzaba a distinguir bien.

Pero no tenía nada más que me sirviera para probar. No tenía piedras a mi alcance ni ningún otro objeto que lanzar hacia la ventana y no tenía tampoco mucho margen espacial para maniobrar, así que decidí que si quería entrar en el edificio tendría que arriesgarme. Y lo hice, y una vez más, para sumarlo a mi última racha de éxitos, no fue bien.

Para cuando recuperé de nuevo la consciencia volvía a estar en la base del claustro, sentado junto a la fuente y aspirando sus vapores nada agradables. Los escombros habían vuelto a su sitio. Me levanté automáticamente y me alejé de allí mientras hacía repaso de la situación. No recordaba haberme caído, ni tampoco tenía dolor ni molestia alguna, así que supuse que alguien me había bajado de la balconada y me había puesto allí. Tocaba empezar de nuevo, como si nada de lo anterior hubiese ocurrido. Como el día de la marmota.

Afortunadamente, esta vez la Fortuna había decidido olvidarse de las náuseas y la debilidad. Me levanté y volví a recorrer con la mirada. Sentí el impulso de escapar hacia el mundo real y dejar atrás ese misterio. Pero no estaba seguro de poder salir. Y la curiosidad había vencido ya a mis miedos y a mis ansias de "libertad".

– ¡Balmung! – volví a llamar a voz en grito. – ¡Balmung!

El resultado fue exactamente el mismo de las ocasiones anteriores. No hubo respuesta, silencio total. Estaba completamente solo en un entorno que, aunque conocido, me resultaba ignoto y hostil. Y la soledad y la inactividad reavivaron en mi mente la llama de la inseguridad y los fantasmas que había tratado de rehuir durante mi "secuestro" allí dentro.

Esta vez mi mente no quiso volar a los problemas que me esperaban fuera. Esta vez estaba centrado allí, en aquel claustro, en aquella fuente que manaba sangre en señal del sacrificio que estaba a punto de producirse, en Balmung y su figura espectral apareciéndoseme en mi momento de mayor debilidad para instarme a que no le detuviera en lo que estaba a punto de hacer.

¡Pues claro! ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo podía haber sido tan tonto? Tan preocupado había estado en mi problema concreto e inmediato, en la sangre, en las puertas cerradas, que no me había fijado en la imagen de conjunto. Como se suele decir, los árboles me habían impedido ver el bosque. Mi cabeza se había ido hacia el mundo que había más allá de aquellas paredes, y se había olvidado de lo que había dentro de ellas.

Balmung iba a ofrecer algún tipo de sacrificio. No sabía qué sacrificio, a quién iba dirigido o por qué iba a hacerlo. Estaba relacionado, sin duda, con el misterioso libro que había encontrado en mi biblioteca días atrás. Pero no sabía nada más. Y mis temores iban más allá, porque mucho me temía que sería a él mismo al que se iba a ofrecer en sacrificio. Las preguntas se amontonaban en mi cabeza, pero las piezas comenzaban a disponerse sobre el tablero.

Al otro lado del claustro se escuchó como un ruido mecánico. Era la primera novedad importante, el primer cambio que se producía en mi entorno, desde que había llegado allí después del accidente. Evidentemente, no podía dejar de seguir aquella señal. Tenía que significar algo.

Mientras caminaba hacia la torre desde donde había surgido el sonido, pensé que en cierto modo era natural. Si ese mundo se regía por mis pensamientos y mis emociones, si las piezas de aquel gran puzzle comenzaban a encajar, era normal que algunas piezas "mecánicas" encajaran "físicamente" allí. No era la primera vez que había descubierto o desbloqueado nuevas puertas, nuevas salas… sólo a través de mi evolución personal o mi redescubrimiento de partes de mi historia que había olvidado. Puede que fuera una de aquellas ocasiones.

Empujé la puerta pero no se abría del todo. Se quedó encajada en la piedra y no se podía mover libremente, pero la rendija que conseguí crear fue suficiente para asomar la cabeza y observar el interior. De allí manaba una luminosidad anaranjada, de fuego, que se movía nerviosamente desde su foco en las antorchas que alumbraban la sala vacía. Hice un poco más de fuerza y conseguí abrir del todo la puerta de un empellón.

Las teas formaban un pasillo que conducía hacia una escalinata bastante amplia. Subí por ella con cuidado, temiendo cualquier cosa, y acabé en el claustro superior, a donde había intentado entrar por la ventana. Lo rodeé, siempre siguiendo aquellas ardientes señales, y acabé en el estrechísimo corredor que ascendía con irregulares escalones hasta el campanario.

Allí había conocido a Balmung, aunque en aquel momento nunca hubiera podido imaginar lo que vendría después. Allí iba a suceder un acontecimiento que yo sabía que sería fundamental para el resto de mi vida, como lo había sido entonces derrotar al fantasma, corrompido por la angustia y la nostalgia, de los recuerdos de Yonas.

Pero el enrejado que separaba la escalerilla del exterior estaba cerrado y sólo pude observar el otro lado a través de los barrotes. Allí estaba Balmung, de rodillas, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo. Se escuchaba un cántico, pero los labios del monje no se movían. No era él quien cantaba.

Le llamé. No hubo respuesta. Golpeé nerviosamente la puerta. Tampoco. No me oía o no quería hacerlo. Esto se prolongó durante varios minutos y a cada momento la ansiedad iba tomando mayor control de mis gestos, mis pensamientos e incluso de mi tono de voz y de mis palabras. Estaba totalmente desesperado, angustiado, porque cada vez era más consciente de lo que estaba a punto de producirse allí.

– Debes morir para conocer la verdad – se escuchó como desde el cielo, a medida que el cántico aumentaba de intensidad.

Aquellas palabras retumbaron con fuerza en las paredes del monasterio. Volví a sacudir la puerta, agarrándola de los barrotes, pero seguía sin encontrar la respuesta que buscaba. Nadie reaccionaba. Desesperanzado ya y decidido a rendirme, bajé los hombros y solté la reja. Fue entonces cuando, a contraluz de la luz de la luna descubrí la fuente de la salmodia. Era la sombra, la misma que había perseguido días antes hasta la Biblioteca.

– ¡Tú! – grité con rabia. – ¡Tú!

La nueva revelación me llenó de ira y me devolvió las ganas de protestar. Ahora tenía un nuevo "enemigo", alguien a quien culpar de toda mi desdicha. Era ella la que había provocado todo y ahora estaba allí, disimulándose contra la oscuridad de una noche que había caído de repente. Era ella la que estaba cantando mientras Balmung permanecía allí postrado a sus pies. Y los nervios y la angustia seguían apoderándose de mí.

La sangre se me heló cuando, con lo que podía entenderse como una sonrisa mezquina y hasta lasciva, desenvainó delante de los ojos del viejo mi espada, la que él encarnaba. Y con dudas, pero con una mirada de decidida resignación, él la tomó lentamente entre sus manos. A la luz de la luna, una lágrima brillaba en el recorrido desde los ojos hasta la barba del monje.

Mi respiración se aceleraba y se entrecortaba, al igual que mi ritmo cardíaco. Tomar aire se volvía cada vez más complicado. Jadeaba, sudaba, como si acabara de hacer varias horas de intenso ejercicio físico. La ansiedad y el estrés me estaban venciendo y mi cuerpo estaba comenzando a darse por vencido.

Nadie hacía caso a mis gritos de auxilio ni a mis provocaciones. Balmung me había dicho que no lo detuviese, que tenía que ocurrir. Pero no es que tuviera mucha más alternativa, a juzgar por la situación. Lo único que podía hacer en aquel momento era protestar y rebelarme. Y bien sabe Dios que no había una sola parte de mi ser que no lo estuviera haciendo. Me abalancé contra la reja, la sacudí todo lo violentamente que era capaz, me quedé sin aliento en mis pulmones y casi me destrocé la garganta. Todo inútilmente, pero estaba dispuesto a todo menos a rendirme y resignarme a dejar que aquello pasara sin más.

Sin embargo, no parecía servir de nada. No parecían ser conscientes de mi presencia, aunque a lo mejor lo estaban fingiendo simplemente. Me vino a la mente aquellas películas que había visto durante mi vida mortal en la que los fantasmas trataban de impedir que algo les sucediera a los vivos, pero que al final no eran capaces de hacer nada porque no conseguían interactuar con ellos. O como el Señor Scrooge visitando las navidades futuras, condenado a observar su propia desgracia sin permitírsele intervenir para corregirla.

Y justo en ese momento, cuando el cántico de la sombra estaba llegando también a su cénit y Balmung ya sujetaba la espada en sus manos con la hoja apuntando a la boca de su estómago, el monje me miró. No fue más que un instante, un pequeño momento fugaz, pero la impresión que me causó aquello aún me dura hoy, como si aquel punto del tiempo, aquella imagen, se hubiese quedado grabada en lo más profundo de mi alma.

Había miedo en sus ojos. Peor que eso, había terror. Un terror indescriptible que sólo podía proceder de alguien que había visto la oscuridad más absoluta. Pero al mismo tiempo, había también una carga de decisión, provocada por la resignación, sí, pero decisión. Balmung estaba dispuesto a cometer el mayor de los sacrificios y había abrazado ya un futuro que no era el ideal, pero que era el que tenía que suceder. Porque alguien, mi caprichosa amiga Fortuna, así lo había decidido.

Balmung me miró. Fue un efímero segundo, lo que dura en caer un relámpago, pero a partir de ahí todo transcurrió a cámara lenta. Así lo captaron mis ojos, aunque sabía que en realidad había sido un momento violentísimo. Bajó la cabeza y en un abrir y cerrar de ojos la punta de mi espada, la punta del propio Balmung, estaba atravesando su pecho.

Comencé a desfallecer, absorto en el movimiento de la hoja hundiéndose más y más aún en las entrañas del monje, como si no tuviera fin, mientras mis fuerzas se me escapaban. Mis piernas flojearon, pronto mis rodillas tocaban el suelo y mis manos no tardaron en seguirlas. Vomité una vez más, la enésima desde mi llegada, y en el último suspiro de mis energías conseguí evitar desplomarme sobre mi propio contenido estomacal. Aunque no logré evitar estrellarme contra el frío suelo.

Notaba como literalmente se me escapaba la vida a través de la herida de mi pecho. El dolor que estaba sufriendo el monje, tendido delante de mis ojos, era el mismo. Mis pulmones comenzaban a encharcarse, mi pecho pesaba cada vez más. Me quedaba poco tiempo. Y entonces, como una inspiración divina, algo en mi mente se iluminó. Unas palabras que tenía que decir, que no podía callar.

– Este no es el paraíso que nos prometieron – susurré con lo poco que me quedaba de aliento.

Y al mismo tiempo que yo pronunciaba aquella frase, escuché la voz de Balmung recitarla conmigo, al unísono, en los últimos envites de su agonía. Él ya había cerrado los ojos… Ahora me tocaba a mí hacerlo. Dormir, descansar. Despertarme de aquella pesadilla. Porque aquello no podía ser real. Aquello no era el mundo real. Porque si lo era, estaba sellando mi fracaso.

– Este no es el paraíso que nos prometieron – escuché.

Aquella voz, lo sabía, estaba muy cercana, pero en mi mente sonó como si hubiera hablado desde kilómetros y kilómetros de distancia, suave, tenue, casi imperceptible, aunque por encima de todo, como si se hubiese pronunciado dentro incluso de mi cabeza. Quizás es que allí mismo lo había hecho.

Abrí los ojos con mucha dificultad. Los párpados me pesaban como si me hubieran colgado pesas en ellos, los oídos me pitaban, mi cabeza estaba a punto de estallar y las venas del cuello y de la cara me palpitaban como si fueran el mismo corazón y tuvieran que bombear sangre a todo mi cuerpo. Todo me dolía, todas y cada una de las células de mi cuerpo, como si todas ellas estuvieran siendo perforadas por millones de pequeñas agujas.

No era capaz de percibir nada a mi alrededor. La sensación era la de un completo vacío, casi como si flotara, a no ser por el duro tacto del suelo bajo mi cuerpo. Pero no había más realidad que esa. Abrir los ojos tampoco servía de mucho. El humo, el polvo, el sudor y las lágrimas, unidas a mi deficiente estado, habían formado una espesa niebla que nos envolvía y nos impedía ver más allá de dos pasos.

Sentía muchísimo calor. Aunque ya no se escuchaba el estruendo y el fragor del enorme incendio que había provocado aquel loco, al menos no por encima del tapón que enmudecía mis oídos, el lugar seguía ardiendo como si fuera el mismo infierno. El aire quemaba con su solo contacto, pero era peor la sensación que me abrasaba por dentro y que era incapaz de aliviar.

Traté de levantarme. Todas mis extremidades estaban entumecidas, paralizadas. Mis manos y mis piernas temblaban de miedo, de agotamiento y de simple impotencia, aún estando tirado en el suelo como un despojo. Mi propio cuerpo no me respondía. En aquella situación era un completo inútil. Pero tenía que hacer algo, tenía que rebelarme. Aquello no podía terminar allí.

Al fin junté fuerzas de flaqueza y comencé a incorporarme. Logré extender mi mano hasta la empuñadura de Balmung y usé mi espada como bastón. Fue entonces cuando mi costado derecho comenzó a dolerme como si me hubieran atravesado con una espada o como si me hubieran golpeado con mi propia maza. Probablemente tendría varias costillas rotas. O incluso peor.

Apreté los dientes para conjurar el dolor y me llevé la mano izquierda hacia allí. Y en el movimiento lo descubrí. A mi izquierda, a varios metros, estaba ella, en peor estado incluso que yo. Inconsciente, debatiéndose entre la vida y la muerte. No había niebla que me impidiera ver aquello. Porque todos mis sentidos estaban puestos en ella. Siempre puestos en ella. Mis manos temblaron y volví a caer en el suelo, para no volver a levantarme.

"Nalya", quise decir. Pero mi garganta no respondió. No salía suficiente aire de mis pulmones como para que pudiera sonar mi voz. "Nalya", volví a intentarlo. Pero no había remedio. Era inútil. Quise arrastrarme hacia ella como podía, apoyado en Balmung. Ya le pediría perdón al monje en otro momento. Pero era totalmente incapaz

– ¡Nalya! – grité.

Pero una vez más, mi alarido se quedó en el más completo silencio. El sudor y las lágrimas comenzaron a recorrer mi rostro sucio del polvo y el hollín. Pero yo no torcí el gesto ni aparté la mirada. Quería estar con ella hasta el final, aunque sólo fuera de aquella manera. Todo lo demás era oscuro a mi alrededor. Excepto Nalya y su agonía. Excepto que la mujer a la que amaba, a la que estaba dispuesto a entregar mi vida entera, estaba perdiendo la suya. Y yo no podía hacer nada.

El dolor era cada vez más intenso. Respirar era más costoso a cada bocanada. Pero eso no importaba, porque mi vida se estaba debatiendo no en mi interior, sino unos metros más allá, tirada en el suelo, inmóvil e inconsciente, sin poder luchar ya como tantas y tantas veces lo había hecho. Mi pecho comenzó a subir y bajar descontroladamente, como si el corazón quisiera escapar de él.

– ¡¡Nalya!! – chillé, con todas mis fuerzas.

Y esta vez sí se escuchó. Esta vez mi furia, mi rabia, el último intento de un hombre completamente desahuciado, sí había conseguido vencerme a mí mismo y sacar de mi garganta aquella llamada desesperada. Aunque llegara tarde, aunque casi fuera un adiós. Un adiós a Nalya y, probablemente, un adiós también a mi vida, aunque eso no importara ya.

– Este no es el paraíso que nos prometieron – volví a escuchar.

Y ahí fue la última vez que lo vi. Vestido de shinigami, mirándome fijamente, casi pude imaginarle con su sonrisa casi lasciva dibujada en su rostro pelado. Ahí estaba él, mirándome. Traté de decirle "ayúdame a levantarme, tenemos que salvarla", pero ya no daba para más. Ni siquiera para estirar mi mano hacia él y pedir auxilio.

El viento comenzó a arremolinarse a su alrededor y pronto el humo le envolvió. Mi vista comenzó a emborronarse y las formas fueron yendo cada vez más difusas. Había llegado por fin el momento de cerrar los ojos. No había más.


– ¡Está despertando! – escuché en la lejanía.

Unos pasos acelerados se acercaron hasta mí. Tardé unos segundos en abrir los ojos pero sabía bien donde estaba. El olor a demasiado limpio, a estéril, lo delataba. Había estado allí muchas veces, no sabría decir si por suerte o por desgracia. Era el Hospital General y Cuartel de la Cuarta División.

– ¿Xelloss? – balbuceé.

– El Teniente no está en este momento – me respondió una voz femenina. – ¿Quiere que vaya a buscarle?

A medida que mis ojos se acostumbraron a la luz, las siluetas comenzaron a enfocarse y descubrí a la mujer que estaba inclinada sobre mí. Era un rostro algo familiar, sabía que lo conocía, aunque no lograba ubicarlo. No era raro que me pasara, al fin y al cabo había sido profesor de muchos shinigamis. Pero este era algo más familiar que ellos y no sabía decir por qué.

– Satsuki, ¿verdad? – logré identificarla al fin. – Samara…
:iconcentoloman:
Esta semana llega tarde, casi por los pelos, al compromiso del viernes. Pero llega más largo y cargado de detalles que creo que lo hacen un capítulo interesante. He procurado seguir manteniendo el tono enigmático de los capítulos anteriores, aunque me he atrevido a dar un buen paso adelante en esta entrega. Que además cumple con una de las cosas que más me gustan, retomar cosas de otros fics del universo.

¿Qué le esperaba a Rido al otro lado de su accidente?

Disfrutad, espero que mucho, con este capítulo.

PD: Por si a alguien le interesa, el título significa "Dale el descanso", una de las fórmulas exequiales por excelencia.
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:iconnalyauchiha:
Jode... o yo estoy muy oxidada o son relatos que no he leído porque no me he enterado, de la misa, la mitad X_______DDDD

De todas formas, te faltan un capazo de comas, hay frases demasiado recargadas y una errata por ahí desperdigada ;P

Dew ^^

P.d: que, de todas formas, me ha gustado. Aunque, eso, que no me he pispau xDDDDD Seeep, mea culpa u.u
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:iconcentoloman:
no me extraña, lees capítulos sueltos de pascuas a ramos xD
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:icon:
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