HUD - 02
by ~CentolomanFrente a las puertas...
Las puertas del Gran Monasterio se alzaban enormes, majestuosas, sobre el paraje urbano que las rodeaba. Una cúpula energética anti-polución, similar a la que protegía los barrios ricos de las inclemencias de un medio ambiente más que desquiciado, constituía a aquella construcción, la más antigua de la ciudad, en un gran oasis de pureza en el corazón de la capital; una pureza, se sonrió Gasso, que más bien debería hallarse en el interior de aquella magna fortaleza y no en su exterior.
El simple hecho de contemplar aquellos broncíneos portones tan bellamente labrados, en los que aparecían talladas escenas de las Escrituras, aparentemente inofensivas, dedicadas a exaltar las figuras de los grandes personajes de la Orden, causó ya en Marco una enorme turbación. Sólo aquella visión era ya suficiente para traer de nuevo a la superficie los demonios y los fantasmas que siempre le atormentaban y que tanto trabajo había invertido para tratar de hacerlos hundirse en lo más profundo y remoto de su alma.
Había sido una mañana de verano, como la que ahora lucía sobre su cabeza, aquella en la que, obnubilado por promesas de poder que ahora le parecían vanas e infantiles, había atravesado aquellas puertas con la intención de ingresar en la Orden, que aún, tras siglos de olvido y abandono, comenzaba a recobrar fuerzas al presentarse como la puerta a la esperanza dentro para una sociedad cada vez más desorientada, cada más sedienta de un cambio a todos los niveles, cada vez más propensa a la violencia.
Aquella mañana, hacía ya tantos años, todo le parecía brillar. El sol radiante de mediados de julio sonreía a toda la Creación sin que su visión pudiese ser estorbada o distorsionada por la espesa nube tóxica de polución que ahora cubría Promise City, que en aquel tiempo aún era llamada con un nombre ya olvidado. No existían las cúpulas y caminar sobre la superficie, respirar aire puro, aún no era un privilegio que pocos se podían permitir.
Pero desde entonces habían pasado veinte años y la situación era radicalmente distinta.
Pocos meses después de su admisión estalló la tan temida y, a la vez, tan esperada guerra, un gran conflicto global que terminó de destruir los ya frágiles y tambaleantes cimientos de una sociedad confusa y desorientada. Dolor, sufrimiento, desesperación, sangre, muerte y, en medio de todo eso, surgió el Mesías o, mejor dicho, un Nuevo Mesías y su Orden reformada para salvarlo todo y devolver al hombre al lugar del que era propietario.
Pronto se ganaron a la mayor parte del pueblo y la congregación fue creciendo. Llevaban a todo el mundo el gran mensaje y ayudaban a todo aquel que lo necesitaba. Al menos así era en la teoría. Estaba erróneamente orgulloso, al igual que todos sus compañeros, de poder formar parte de aquel grupo de renovados apóstoles, enviados del Dios-en-la-tierra que había venido a salvarnos.
Y en medio de aquel éxtasis misionero, cuasi-salvífico, de celo ardiente como el fuego, guiados por aquella fe ciega, los medios para llevar a cabo aquella nueva evangelización dejaron de tener importancia. Lo importante era llevar las almas a la verdad que ellos habían establecido. Y así nació la Nueva Inquisición, de la que pronto Gasso se convirtió en un miembro destacado.
Desde entonces, todo perdió el sentido. Ni el mensaje ni los actos de caridad que se esforzaban en resaltar fueron capaces de sobreponerse a todo lo que vino después que, en una circunstancia normal, hubiera dado al traste con todo lo que suponía la Orden.
Pero por aquel entonces ya no importaba que obras y palabras no fueran en la misma dirección. Defendida por la Nueva Inquisición y por un ejército de fieles obedientes cuya capacidad de juicio crítico había sido anulada por la salva de consignas que se habían grabado a fuego en su mente y amparada por aquella primera apariencia de bondad y santidad, la Orden se hizo no sólo con el poder religioso y moral, sino también con el poder político. Así comenzó la Nueva Era. Así comenzó el mundo que ahora parecía desmoronarse.
Nerviosamente, Gasso encendió un cigarrillo y le dio una profunda calada, intentando calmarse, tratando de que aquellos demonios que tanto le atormentaban se esfumaran con el humo que emanaba de su tabaco, pero no lo conseguía. Pero aquellos recuerdos seguían insistiendo en perseguirle incansablemente.
Las imágenes de torturas, ejecuciones, operaciones secretas y no tan secretas de todas las tropelías que se había visto obligado a cometer desfilaron una tras otra por su mente. Caras rotas por el dolor y el pánico, dispuestas a afirmar lo que fuese para acabar con aquel suplicio Sí, había sido un agente más que eficiente para la Orden... y aquellos méritos le habían servido para alcanzar honores que ahora le parecían basura.
Trató nuevamente de calmarse y distraer su mente en las promesas que poco antes había contraído para con él Alexander Kraug, otro de esos hombres misteriosos que de cuando en cuando se cruzaban en su camino vital. Quería confiar en él, pero no quería ilusionarse. Había perdido la fe demasiadas veces ya. Había sido traicionado aún más.
Apuró el cigarrillo y lo tiró al suelo, apagándolo con el pie mientras volvía a colocarse la mascarilla que le protegería de la polución los metros que debía caminar al aire libre. Cruzó la puerta de seguridad que separaba la boca que comunicaba la gran avenida subterránea con el exterior y entonces pudo contemplar ya la fachada del gran edificio mientras avanzaba, enmascarado, hacia la zona limpia que hacía de portería. Allí se detuvo de nuevo, observando la gran escena que se alzaba frente a él.
Las puertas estaban flanqueadas por dos grandes columnas que separaban la gran calle central de dos más estrechas calles laterales. Decorándolas, las figuras de numerosos hombres, trepando por ellas hasta alcanzar la cima del conjunto: un gran rosetón que representaba la luz que mana de la magnificencia de Dios y que ocupaba toda la parte superior de la calle central por encima de las los portones.
En las calles laterales, las imágenes de los cuatro padres fundadores, exaltados cuales héroes de los tiempos remotos o casi como dioses menores, compartían protagonismo con representaciones de la historia de la congregación, desde su fundación hasta el momento del Nuevo Comienzo, es decir, de la toma del control total de la sociedad.
Gasso recordaba bien aquel momento. Lo había vivido casi en primera persona y, si las escenas estuvieran más detalladas, era más que probable que su rostro estuviera representado en más de uno de los grabados. Dio gracias porque no fuera así y levantó los ojos hacia lo más alto de todo el edificio.
Allí, coronando todo el conjunto, se encontraba el símbolo de la Orden. Una cruz en cuyo centro destacaba una plateada estrella de seis puntas. Inscrita en su interior, media luna azabache. En el extremo de cada una de las aspas de la cruz, las cuatro máximas, escritas en un idioma de los tiempos antiguos: Fides, Spes, Pax, Lex. Fe y Esperanza, Paz y Ley, los cuatros principios básicos que regían toda la vida de la Orden.
Una fe que suponía una obediencia ciega a todo cuanto procediera de las esferas más altas de la Orden, del Consejo de Ancianos que gobernaba a su antojo los destinos de buena parte de la humanidad. Una esperanza que servía de anestésico y que hacía supeditar todo a un supuesto bien mayor, máximo, que llegaría en la plenitud de los tiempos, un momento que cada vez parecía más lejano, pero cuya espera hacía que cualquier mal, cualquier sufrimiento se ordenara a su venida.
En cuanto a la Ley y a la Paz Gasso podría decir muchas cosas referentes a aquello. Ambas eran el objeto de la Nueva Inquisición, vehículo y meta. Su cometido era alcanzar y mantener la Paz, que en su lenguaje se identificaba con un rígido e inalterable orden, mediante el ejercicio de la Ley, sin reparar en los medios necesarios para imponer aquella férrea estructura.
Curiosamente, una sociedad asustada como aquella no había dudado en ponerse al servicio de la Orden si aquello suponía olvidar los horrores del pasado, de la guerra que había acabado con gran parte de los habitantes del país, que había exterminado razas enteras, asolado ciudades, convertido paradisíacos vergeles en auténticos desiertos. Cualquier cosa valía si se trataba de no volver a eso.
En cualquier caso, la sociedad ajena a la Orden, e incluso los escalafones inferiores de la pirámide jerárquica, es decir, sacerdotes y catequistas, encargados de la propagación de la fe entre el común de los mortales, desconocían por completo los horrores presentes que se cometían al servicio de un bien mayor: torturas, asesinatos, exterminios Toda atrocidad imaginable seguro que era o había sido puesta en práctica por la Orden.
Identificación solicitó una voz limpia y delicada.
Un novicio, con su hábito blanco reluciente y una ingenua sonrisa, cortó el hilo de pensamiento de Marco. Él levantó la vista y pudo comprobar como la mirada de aquel joven aún no se había corrompido por nada. Todavía podía salvarse.
Buenos días insistió en un tono más amable aún el muchacho, que apenas debía llegar a la mayoría de edad, ante la falta de respuesta de Gasso. ¿Podría enseñarme su identificación?
Disculpa reaccionó, llevándose la mano al bolsillo. Me están esperando.
Lo comprobaré contestó sin perder la sonrisa.
Mientras tanto, él seguía observándole sin poder dejar de verse a sí mismo en aquel hábito blanco hacía unos cuantos años, cuando todo parecía brillar, una reluciente mañana de verano como aquella. Por un momento barajó la idea de advertirle lo que le podría acaecer, de abrirle los ojos pero conocía perfectamente el sistema de adoctrinamiento hacía cualquier intento inútil.
Marco Gasso murmuró meditabundo el novicio mientras recorría una lista de nombres que parecía casi interminable.
El joven dejó la lista sobre la mesa y tomó otra, repitiendo la operación. Poco después, con visible nerviosismo y consternación, cogió el teléfono y marcó nerviosamente un número. Intranquilo, Marco estiró el cuello y pudo alcanzar a ver qué era la última nómina que había consultado el guardián: la lista de los hombres en busca y captura.
Inmediatamente se dio la vuelta y volvió con prisa hasta la boca de la avenida subterránea tapándose la cara con la mano, sin tiempo apenas para colocarse la mascarilla. Una vez estuviese a salvo de la polución que invadía todo el exterior de la gran ciudad, su carrera iba a ser imparable
Pero una mano y un pañuelo empapado de algún tipo de droga anestésica se interpusieron en su camino.













