Memorias 03 - Noche estrellada
by ~CentolomanNoche estrellada en el bosque
Se acercaba el momento final: los exámenes de promoción a Shinigami. El largo periodo de formación se acababa y consideré que era el momento de echar una fugaz mirada al pasado. Sin duda nada era como al principio, como cuando me enfundé por primera vez el uniforme de la Academia.
Muchas cosas, nunca demasiadas, habían cambiado en mí. Y precisamente gracias a esa transformación ahora estaba ahí. Es cierto, si lo pensaba fríamente, en mi vida anterior no hubiera sido capaz de dar aquel gran paso que se produjo cuando allí, en el mismo sitio en que aquel Hollow había caído, encontré el cuerpo moribundo de Yonas, aquel a quien todavía sigo llamando hermano.
Todo era diferente ahora. Los que antes se olvidaban de mí en una respetuosa indiferencia eran ahora amigos, compañeros de inquietudes, experiencias y fatigas. Y eran un verdadero apoyo, porque a pesar de que la sonrisa dominaba mi vida, no puedo negar que no hubo momentos difíciles en los que amenazaba con volver al pasado, a aquel pasado que se había vuelto un recuerdo triste y doloroso. Pero afortunadamente quedó en eso, en un recuerdo cada vez más lejano.
La barrera había caído para siempre desde el momento en el que había decidido sonreír al mundo. Iba a burlarme de la mano invisible que me impedía disfrutar de mi nueva oportunidad. Aunque todo se volviera en mi contra, yo estaba decidido a seguir adelante, costase lo que costase.
Al fin llegó el día que todos estábamos esperando. Los exámenes fueron duros y muchos compañeros no lograron pasarlos. Con bastante fortuna, no sólo conseguí pasar, sino también estar entre los mejores de mi promoción. Era la recompensa a todo el trabajo realizado durante años. Por fin el traje negro, aquel traje negro que representaba todas mis esperanzas, cubría mi cuerpo.
Cuando nos confirmaron el paso al grado de shinigami, pedí inmediatamente permiso para ir a visitar a mi maestro. Tuve bastante suerte, pues me fue concedido, y rápidamente me dirigí a aquel bosque en el que por primera vez me había entrenado para cumplir el objetivo que acababa de conseguir. Lo encontré, como siempre, meditando bajo el mismo árbol donde me había despedido de él cuando me dirigí a la Academia.
No lo veía desde entonces. Yo no había querido asistir al entierro de Yonas y, según había oído, él tampoco lo había hecho. Para mí era demasiado doloroso despedirme de mi hermano, aunque en el fondo sabía que no se iría para siempre mientras yo lo llevara en mi recuerdo.
El maestro, por su parte, nunca había mostrado interés en ese tipo de actos sociales. Era una persona muy reservada. Basta decir que durante toda mi vida en el Rukongai pocas palabras había cruzado con él antes de que se ofreciera a dirigir mi entrenamiento. Yo era de las pocas personas que habían entrado en un contacto profundo con él y aún así no conocía más que unos pocos datos superficiales de aquel anciano.
¡Maestro Kunishi! le saludé.
Levantó la vista y, al verme con mi nuevo traje negro, en sus labios se dibujó una discretísima sonrisa. Cualquiera que no conociera al maestro, ni siquiera se hubiera extrañado, pero yo sabía que no mostraba sus emociones fácilmente No, el maestro Kunishi era un hombre tranquilo, hierático, cercano pero a la vez distante. Aquella simple sonrisa tímida, sobria, era la muestra de una alegría inmensa.
Oh, Rido, ya estás de vuelta.
¡Sí! Y ya soy un shinigami anuncié emocionado.
Pensé que te derrumbarías antes de terminar.
Lo hice, maestro. Durante un momento tuve la intención de abandonar todo y desaparecer. Pero pude resistir. Sí, al final lo comprendí. Comprendí que cuando salí de aquí no me movía una intención justa...
Me interrumpió alzando la mano, con un gesto paternal dibujado en la cara, y me dijo:
No te equivoques, amigo mío. Tu intención era justa. Es justo que te guíes por una causa como la de encontrar y salvar a la persona que más quieres. Tu causa no era injusta, era egoísta. Pretendiste asumir la responsabilidad de un shinigami sin pensar en lo que conllevaba.
Cierto, maestro. Eso es lo que quería decir, pero supongo que mis palabras no se ajustaron a mis pensamientos. Cuando murió Yonas creí que todo estaba perdido. No tenía ni idea de qué iba a hacer. Pero entonces recordé lo último que me dijo usted cuando salí de aquí.
Si sólo fuera por esa frase no estarías aquí hoy vestido de negro y con esa sonrisa en la cara, querido hijo.
Tiene razón una vez más. Mucho tiempo pasé sin saber qué hacer. Me daba cuenta de que mi causa era egoísta y me encontraba en el filo de la navaja. Fue entonces cuando recordé el funeral de mi alma, recordé aquella sensación y me di cuenta que realmente aquello y no Yonas era lo que me había dado mi nueva oportunidad. Me aferré a esa sensación y me prometí poder brindar a mucha más gente lo mismo...
Éso es una gran ambición. ¿Serás capaz de lograrlo?
Estoy dispuesto a ello. Me haré más y más fuerte. Seré un gran shinigami capaz de tender una mano abierta a almas que han perdido la esperanza de una nueva oportunidad. Devolveré al mundo el gran favor que me ha hecho.
¿Más fuerte? Rido, me interrumpió ya eres un shinigami brillante. Has sido uno de los mejores de tu promoción. Pero tu gran virtud no es ni tu fuerza, ni tu velocidad, ni tu dominio de las artes demoníacas, ni siquiera tu gran determinación o tus dotes intelectuales tu gran.
¿Cuál es entonces, maestro, mi gran virtud?
Aunque no lo creas, tu alma atormentada es la mayor de tus virtudes. Aunque no logres ser el mayor de los guerreros, siempre te quedará éso.
No entiendo, maestro
No te preocupes. Algún día lo entenderás. La experiencia propia es mejor que cualquier maestro. Porque yo puedo explicarte una gran cantidad de conceptos, moldear tu personalidad. Pero todo eso no será realmente tuyo hasta que no lo vivas.
La conversación se prolongó hasta el anochecer. En ese momento, el maestro decidió retirarse a descansar y volvió a su cabaña en el bosque junto al Rukongai Oeste, distrito 57. Mi casa. Sí, aquella era mi casa para siempre. No eran unos extraños, pertenecientes a un pasado difuso en el que era feliz. Aquello no era un recuerdo. Era feliz ahora y no me hacía falta echar la vista atrás para saberlo. Lo sabía en ese mismo instante.
Decidí dar un paseo por el bosque mientras la noche se cerraba cada vez más. Era una noche, clara, limpia, bañada por la luz plateada de las estrellas y la luna. Me mesaba la barba con la diestra mientras mi mano izquierda se posaba repetidas veces sobre la Zampakutou, como queriendo comprobar que aún se encontraba ahí.
Era consciente que aquella iba a ser mi fiel compañera durante toda mi carrera y que debía progresar aún mucho para poder llevar a cabo mi propósito. Pero nada se interpondría en mi camino. Ya había superado la primera prueba, y estaba decidido a superar todas las barreras que hicieran falta para lograrlo. Entrenaría y entrenaría hasta conseguir llevar calma, paz, calor... a todas las almas atormentadas como aquel viejo yo.
Mi alma atormentada era la mayor de mis virtudes. Eso había dicho el maestro, pero ¿por qué? No sabía como entender aquella enseñanza del maestro pero de algún modo intuí que, algún día, sería capaz de darle sentido. Tenía ya vasta experiencia en descubrir múltiples sentidos en sus frases, aunque no las hubiera entendido en su momento.
Me detuve y mire al bosque, lo observé fijamente. Inspiré profundamente y seguí paseando entre sus árboles. Nada había cambiado, todo seguía igual desde el día que me fui, como si el tiempo se quisiese haber detenido desde entonces. Aquel bosque era como mi casa. Allí había instalado mi fortaleza cuando quise huir del mundo, allí conocí a Yonas y al maestro Kunishi, fue allí donde conseguí la fuerza necesaria para llegar a entrar en la academia.
Sí, aquel bosque era mi casa y tuve la certeza de que pasara lo que pasara, aunque fueran la mayor de las calamidades, sólo tenía que volver allí para poder encontrarme a mí mismo y seguir hacia delante por el camino que ya había elegido.
Llegué hasta el lago que se encontraba al extremo del bosque y me senté en la orilla. Miré al agua, y vi mi reflejo en la superficie, oscuro debido a la falta de iluminación. Lentamente, fui levantando la vista hacia el infinito del cielo estrellado de aquella noche veraniega. Un cielo sin nubes, sin barreras que impidiera hundir la mirada hasta lo más profundo del universo.
Me volvieron a la mente momentos felices en aquel lugar con Yonas, pero los desterré rápidamente. Era el momento de mirar al futuro y no de rememorar viejas historias del pasado. Tenía todo por delante y la ilusión por llevar aquella felicidad primigenia a muchas otras personas no podía verse enturbiada con recuerdos del pasado que terminarían por anclarme en él. No digo con eso que debiera olvidar a mi hermano, sino que no podía atarme a su recuerdo. Yonas sería un recuerdo siempre vivo, siempre actual, siempre renovado, no podía ser algo que me retuviera en una perjudicial nostalgia del pasado.
Estaba cavilando sobre mi futuro cuando, como muchas otras veces a lo largo de aquellos años, me vino a la mente la imagen del funeral de mi alma, aquel recuerdo siempre regenerador que me ayudaba a salir de los malos momentos. Recordé por primera vez la cara del shinigami que había enterrado mi alma: una mujer de pelo rojo como un atardecer en el Rukongai y con dos pequeños cuernos a los lados de su cabeza.
Nunca antes la había visto con claridad y fue entonces cuando me di cuenta de por qué me sonaba la cara de aquella profesora que había defendido a Yonas frente a aquel hollow. Aunque al final el resultado fuera la tragedia de la pérdida de mi hermano, en el fondo estaba convencido de que había hecho todo lo que estaba en su mano.
Poco más sabía sobre ella. Sabía que pertenecía a la Novena División, pues varias veces, al pasear por el Sereitei, la había visto entrar o salir de su cuartel. Sabía también su nombre, Uchiha Nalya, asistente del departamento de Kidou, pero, aparte de eso, no sabía nada de ella más que aquello que me decían mis recuerdos.
Sea como fuere, le estaría eternamente agradecido, porque, aún probablemente sin saberlo, me llevó por primera vez a la vida; porque, aún desde la distancia, se había empeñado en proteger hasta la muerte aquello que yo más quería.
Una vez más, una sonrisa agradecida a aquella shinigami anónima se dibujó en mi cara. Bajé la vista nuevamente hacia el lago y contemplé aquella sonrisa. Sonrisa de un hombre satisfecho, de un hombre agradecido a la vida y a aquella mujer de pelo rojizo. Se me ocurrió entonces que la mejor forma de mostrar mi agradecimiento era ingresar en la novena división y aunar mis esfuerzos con los suyos como muestra de mi respeto y de mi agradecimiento. Ese sería el próximo paso que daría. En cuanto volviera al Sereitei solicitaría que se me destinase al noveno escuadrón.
No sabía entonces cuánto intervino entonces la mano del destino en aquella decisión. Supongo que de no ser de esa forma, no hubiera sabido todo lo que sé ahora. Probablemente estaba predestinado a la Novena División de entre los trece escuadrones que conformaban la fuerza militar.
Me fijé una vez más en aquel traje negro, en la espada... No podía expresar cuánto significaba para mí en ese momento aquel uniforme. Era la confirmación de un sueño hecho realidad, el premio por un objetivo alcanzado, satisfacción por haberme superado a mí mismo. También nerviosismo por lo que me esperaba a partir de entonces.
Aún hoy, bastante tiempo después, me doy cuenta que cada día aprendo más sobre lo que significa ser un shinigami. Nunca está todo dicho en esta vida y todos los días se aprende algo más sobre el sentido y la misión de unos hombres, nosotros, que estamos llamados a ser un puente entre dos mundos, una mano abierta a un futuro que nunca nadie ha imaginado.
Sí, un nuevo futuro se abría delante de mí, nuevos horizontes y nuevas metas que alcanzar. Una infinidad de posibilidades se alzaban ante mí en un camino que, sabía, sería duro, muy duro. Pero si el maestro confiaba en mí, si él decía que yo lo podría recorrer, entonces, sería capaz de hacerlo.
Poco a poco me fui recostando en la hierba, mirando al cielo, a un cielo infinito, como mi futuro. Los ojos se me fueron cerrando, el sueño terminó por vencerme y yo me rendí a una noche de descanso, allí, bajo un firmamento inmenso sembrado de estrellas.











