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September 8, 2009
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Memorias 04 - Llegada

by ~Centoloman

Llegada

Llovía en la ciudad. Era una de esas grises tardes de Octubre en las que el tiempo hace que el estado anímico decaiga, aunque el mío no podía estar más bajo. Acababa de volver a escapar, por enésima vez y nada indicaba que aquella nueva aventura fuera a acabar bien. Todo lo contrario: los mismos presagios de siempre.

“Tonto, tonto, tonto. Seré gilipollas. Otra vez aquí, tirado en la calle, sin nada que hacer y sin nada que esperar. Si al menos tuviera algo para protegerme de la lluvia...” – pensé mientras caminaba en busca de un lugar donde guarecerme.

Entonces mis ojos descubrieron que la puerta de un viejo garaje estaba abierta. Aquel enorme edificio de hormigón parecía abandonado y no creí que fuera a tener mayor problema para entrar. Era el sitio perfecto. Por los carteles de la puerta, anteriormente debía haber sido un taller mecánico que quebró. El edificio habría sido, seguramente, un dormitorio para gente sin hogar que, como yo, no aceptaban la caridad de las casas de acogida.

Atravesé el umbral de aquella puerta y esquivando las innumerables goteras alcancé la oficina, o al menos lo que se suponía que un día había sido la oficina, de aquel lugar. Había allí un sofá, devorado por las ratas, con los muelles fuera y la tela desgarrada, pero, a fin de cuentas, un sofá. Me tumbé en el sofá y traté de dormir... pero no lo conseguí. Otra vez los innumerables fantasmas, otra vez el miedo al qué pasará, otra vez esa sed inapagable de... No, no podía pensar en ello. No debía pensar en ello.

Había recorrido un largo camino para olvidarme de aquello. No podía volver. “Tranquilo, tío, tranquilo. Estarás bien. Estarás bien”, me repetía una y otra vez. ¿Estar bien? ¿Qué era eso? Cualquier cosa diferente de como estaba ahora. Total, ya nada podía ir a peor.

¿Pero como cambiar? No tenía las fuerzas para seguir adelante. Lo había intentado de todas las maneras. Nunca agradeceré lo suficiente a aquella gente lo mucho que luchó por mí a pesar de lo mal que los traté. ¿Qué salida me quedaba? Ninguna. ¿O acaso...?

No, aquello era de cobardes. ¿Pero no era yo un cobarde que no sabía luchar siquiera por intentar ser feliz? ¿Merecía yo seguir viviendo entonces? Ya había renunciado a la vida en más de una ocasión pero... No, no sería capaz. ¿O sí?

– Es cierto, sólo me queda esa salida – dije en alto.

¿Tendría el valor de hacerlo? Un momento, ¿valor? No, el valor se demuestra luchando. Yo me había rendido. Pero... ¿osaría hacer algo así? Caer tan bajo como huir... ¡Qué preguntas! ¡Llevaba toda mi vida huyendo!

Uno de los cristales de la ventana de la oficina estaba roto. Mis ojos lo descubrieron y, mecánicamente, como un autómata, cogí un trozo, el más grande. Había huido toda mi vida, ¿por qué no huía de una vez para siempre? Así no sufriría más, todo se acabaría...

– Hazlo, joder. ¡Hazlo! ¿Por qué no te atreves? – me abronqué en alto. – Quítate de en medio. Deja en paz a los que te rodean y muérete de una vez. ¿No tienes huevos? Demuestra agallas por una miserable vez en tu vida.

Poco a poco, el cristal fue abriendo un surco en mi muñeca y la sangre comenzó a brotar. Fue doloroso, pero estaba acostumbrado al dolor. Fue lento, pero no tenía prisa. Fue cobarde, pero siempre había sido un cobarde.

Nada de lo que había supuesto que existía después de la muerte era comparable a lo que vi cuando desperté. Vi claramente mi cuerpo, el cuerpo de un cobarde que había sido despreciado por todos, tendido en el sofá, delante de mí. Y, atado a él mediante una cadena, me encontraba yo. ¿Qué era? ¿Era un fantasma? La herida de la muñeca aún manaba sangre, pero en mucha menor cantidad. Unos minutos más tarde, la cadena se rompió coincidiendo con la última gota que mi corazón fue capaz de bombear.

Estaba muerto. Pero aquella muerte no era como la que salía en las películas. No había una escalera luminosa al otro lado ni un oscuro pasadizo a la perdición. No había una gran verja dorada con un San Pedro custodiándola. Las llamas del infierno tampoco se veían por ninguna parte. Simplemente estaba allí, donde mi cuerpo reposaba. Viéndolo dormir el sueño eterno.

Así que en eso consistía la muerte. En liberarte de tu cuerpo, pero no de tu dolor. Aquel maldito dolor que había vivido durante toda mi vida seguía ahí. Se había intensificado. ¿Era justo? Quizás sí. ¿Merecía yo algo mejor que seguir sufriendo? Al final, la salida me había conducido a un callejón sin salida. Ahora sí que ya no había marcha atrás.

Ni siquiera la muerte calmó mi sufrimiento. Es curioso, pero esa tan repetida frase de descanse en paz, me vino a la mente un par de veces, y siempre acababa llorando. Mis sufrimientos se agravaron  sin explicación. Ahora me sentía más débil que antes, más necesitado... peor.

– ¡Oye, tú!

Una mujer de pelo rojo con... ¿cuernos? estaba  detrás de mí. ¿Podía verme? ¿Era alguna clase de médium o algo? Además iba vestida de forma rara, como los orientales, con un traje negro sobre algo blanco y portaba una espada, una katana.

– Tú… ¿qué haces aquí? – me gritó, como si estuviera fuera de sus casillas. – ¡¡¡¡Te vi morir!!!!

Como aterrorizada por algo, salió rápidamente de la habitación. No entendía nada de lo que pasaba. ¿Quién era aquella mujer? ¿Por qué podía verme? ¿Acaso no había muerto? Y si no había muerto... ¿por qué me veía como si estuviera fuera de mi cuerpo?

No, si de algo estaba seguro en aquel momento es que yo había muerto. Me había atrevido a renunciar a la vida y no podía haber salido mal. Sin embargo, yo no tenía heridas ¿había sido un sueño entonces? ¿Era eso? ¿Estaba soñando?

No, sentía el dolor recorriendo todos y cada uno de las células de mi cuerpo. Aquello era totalmente real. Pero, ¿qué era ella? ¿Qué era yo? ¿Un fantasma? ¿Acaso los fantasmas existen de verdad entonces? ¿Era aquello la otra vida? ¿Qué estaba pasando?

La extraña mujer volvió entrar. Parecía más calmada, una calma tensa. Sus ojos irritados y las manchas en su traje hacían ver que acababa de llorar. ¿Qué había provocado en ella aquella reacción? ¿Había sido yo? ¿No era irónico que alguien llorara por mi muerte? ¿Seguiría causando dolor?

– ¿Yo?

– ¿Ves a alguien más? ¡Claro que tú! Ven aquí.

Mientras me dirigía a ella desenvainó su espada. El terror se reflejó en mi rostro. No podía ser nada bueno aquello. ¿Iría al infierno? ¿Qué pasaría conmigo? Miedo, miedo, miedo. Eso era lo que decía cada uno de mis gestos, de mis miradas, de mis pensamientos. Miedo.

– ¿Qu... Quien... e... eres?

– Soy un shinigami – respondió y, ante el pánico que mostraron mis ojos me dedicó una leve sonrisa y me dijo – Tranquilo, irás a un lugar mejor. No te va a doler.

Dicho esto acercó su espada a mi cabeza y me tocó con la base de la empuñadura. Calor y paz inundaban mi alma como no lo había sentido desde que aquella maldita cadena se había cortado, una cadena que me ataba a un cuerpo que no quería y a una vida que odiaba. Por eso la corté de raíz. Un hombre solo es un hombre desahuciado y para mí ya no podía existir una enésima oportunidad. Cerré los ojos y me dejé llevar.


– Cuando te dije que rellenaras la ficha y nos contaras un poco de tu vida no dije que nos la contaras toda, Rido – me dijo Arturo, el teniente de la Novena División, sonriendo mientras me arrebataba las hojas en las que estaba escribiendo.

– ohm... Lo siento – contesté.

– Bah, no te preocupes, total no tenía nada que leer para esta noche – sonrió mientras seguía revisando la ficha de inscripción en la División. – Vaya... sacaste unas buenas calificaciones en la Academia.

– Sí, bueno...

– Por cierto – me interrumpió – ¿no tienes apellido?

– No... – respondí. – Me dieron mi nombre en el Rukongai y...

– Tranquilo, no digas más – me sonrió. – Está bien. Todo listo. Bienvenido a la Novena División, Rido “sin apellido”

Al fin había conseguido ingresar en aquella división. Ahora tenía que encontrar a aquella shinigami y agradecerle todo lo que había hecho por mí, aunque ella no lo supiera.

– Teniente...

– ¿Sí? ¿Puedo ayudarte en algo? – preguntó. – Por cierto, no te preocupes por la capitana. Al principio impone, ya sabes, entre esa imagen albina y sus habilidades de mentalista...

– ¿Mentalista? – me interesé.

– Lee las mentes. Es algo espectacular y... – explicó. – Bueno, a veces resulta un poco... como decirlo... intimidatorio.

– ¿Por qué?

– Es obvio, con ella no puedes andarte con secretos. Al final lo descubre todo. Nunca sabes cuando está... ya sabes... utilizando su “don”. Aunque yo no le llamaría don, más bien es una maldición aunque... si yo lo tuviera no habría mujer que se me escapase.

Mi cara de incomprensión debió ser entonces descarada porque el teniente, que parecía haberse emocionado al comenzar a hablar de sus escarceos amorosos, a pesar de ser tan sólo una breve referencia, tosió discretamente para retomar la compostura.

– Pero bueno, no te preocupes, no va leyendo las mentes por ahí. No suele hacerlo a no ser que sepa que con ello te pueda ayudar. Y créeme, te ayudará y mucho. Tenemos una gran suerte de tenerla como capitana. Podría ser yo, – añadió y sus ojos le brillaban debido a sus ansias de poder – pero Henkara es también una gran capitana. Y en cuanto a ti... Te acabarás acostumbrando. Incluso aprenderás a dejar la mente en blanco. Por cierto, tenías una pregunta, ¿no?

– Hay una shinigami en esta división con la que me gustaría hablar. Verá, fue ella la que enterró mi alma...

– Nalya. Estará por... ahí.– me indicó con el dedo hacia su izquierda.– Seguro que la encuentras, es inconfundible.

– ¿Como ha sabido que era ella?

– Leí tu ficha, ahí lo dices.

Fui en la dirección en que me había indicado el teniente y allí me la encontré. Estaba escuchando música y parecía relajada. Sentada de espadas a mí, contemplaba el gran estanque que había en el centro de los jardines de la división. Me acerqué a ella y la saludé. Sin embargo, ella parecía no hacerme caso, concentrada en lo que estaba escuchando.

Me acerqué un poco más y traté de llamar su atención hablando un poco más al así que supuse que lo mejor sería darle una pequeña palmada en el hombro, o sacarle uno de los auriculares. No, aquella segunda idea no era una buena forma de comenzar.

Posé mi mano sobre su hombro y ella se dio la vuelta rápidamente, como un soldado el perfecto estado de alerta. Me miró fijamente y volví a ver en su rostro aquella expresión de nostálgico terror que había visto en ella en nuestro anterior encuentro y cuyo motivo por aquel entonces estaba aún muy lejos de entender.

– ¡¿Qué mierda quieres?! – me gritó al cabo de unos segundos de tenso silencio y tras haber adoptado un gesto insolente.

– Hola, me llamo Rido y acabo de llegar a la división.

– Esto es un cuartel de una división del Gotei 13, no una reunión de Alcohólicos Anónimos – me reprochó. – ¿Eres un novato? Me alegro. Como si fueras un veterano. Has de saber una cosa, a mí, ni me molestes. ¿De acuerdo? Hala, que tengas un buen día, o un mal día. O lo que quieras tener.

No comprendía aquella respuesta. Al final era verdad aquello que decían en la Academia sobre su carácter difícil. ¿Sería siempre así? En realidad, en ese momento me daba igual. Me había dirigido a ella con una intención bastante clara y no iba a irme de allí sin cumplir el objetivo que me había propuesto.

– Verás, no necesito una buena acogida ni pretendo hacerme amigo de todo el mundo hoy. Pero...

– Ah, ¿aún sigues ahí? – se quejó. – Estos novatos... ¿Cuándo aprenderán a no molestar a los superiores con preguntas estúpidas? ¿Qué quieres saber? ¿Dónde está el baño? ¿Dónde la cocina? ¡Búscate alguien que te haga de guía!

– Sólo... – traté de explicarme, aguantando estoicamente el chaparrón.

– ¡Vete de una puñetera vez!

– Simplemente... gracias.

Ya era un shinigami. Ya era miembro de la división 9. Ya le había dado las gracias a aquella mujer de pelo rojizo, como las llamas de un fuego ardiente. Ya había zanjado la deuda conmigo mismo. Era una persona libre de miedos y libre de recuerdos... Eché la mano a la muñeca, cubierta por el guante. Aquella cicatriz, aquel símbolo de mi cobardía, era ya sólo recuerdo del pasado.

– ¡Rido! – llamó el teniente.

– ¿Qué?

– Se me había olvidado, la capitana quiere veros a los nuevos en su despacho. Pasa por favor a la entrada.
:iconcentoloman:
Y no se puede servir como shinigami si no es en una División. Rido ha optado por solicitar su ingreso en la Novena, todos sabemos por qué (aparte de porque es la mejor del mundo mundial)... pero pronto averiguaremos que es el destino el que se esconde detrás de esta elección.
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