Memorias 07 - Demonios III
by ~CentolomanDemonios III (Mazes and Monks)
El lugar donde desperté no era la cabaña del maestro. Era un edificio, todo de piedra, antiguo, oscuro y en ruinas. Por las numerosas grietas y agujeros en el techo se podía adivinar el agua que caía torrencialmente de un cielo plagado de nubes de tormenta. El suelo de la sala estaba inundado y mi traje empapado del agua sucia, mezclada con el polvo y el barro.
Me levanté desorientado y comencé a caminar hacia la puerta que más cerca tenía. ¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel sitio? Sentía curiosidad, aquel sitio, estaba seguro, no lo había visto, al menos en ese estado, pero curiosamente me resultaba muy familiar. Era algo así como si hubiera pasado toda mi vida en aquellos pasillos, oscuros y escalofriantes.
Crucé a la puerta hacia un gran claustro falto de decoración, austero, en cuyo centro se alzaba una imponente fuente, seguramente majestuosa en otro tiempo, pero ahora plagada de malas hierbas. El viento que se arremolinaba en el centro y la lluvia hacían que la temperatura allí fuera notoriamente menor que en la sala anterior. Las espinosas enredaderas que trepaban por las columnas se balanceaban con el fuerte viento y los escasos rayos de la luna que atravesaban las nubes proyectaban una sombra aterradora sobre un suelo cada vez más embarrado.
Como pude me lancé a intentar rodear el patio. El vendaval me obligaba a pegarme lo más posible a la pared interior para evitar el agua que entraba por las arcadas. El vaho de mi respiración se hacía cada vez más denso y caminar me era cada vez más costoso por lo cargado del ambiente. Las piedras del suelo se habían levantado dejando entrever en algún momento restos humanos y entorpecían mi paso, pero conseguí llegar hasta una puerta abierta al otro lado y que daba paso a un largo pasillo.
Comencé a caminar, parecía que aquel pasillo se adentraba en el corazón del edificio. Poco a poco deduje que aquel enorme recinto, aquella inmensa mole de piedra, era algo así como un monasterio. La imagen de los monjes caminando, encapuchados, por aquellos pasillos mientras entonaban misteriosos himnos en latín me hizo sentir todavía más miedo. El sonido del viento soplando huracanado lo envolvía todo de tal forma que ni siquiera oía el sonido de la madera del suelo resquebrajándose a mi paso, algo paradójico cuando pensaba en que aquel lugar debía haberse concebido para la paz y el silencio.
Parecía que me encontraba rodeando un nuevo claustro, pero esta vez más bajo, pues a pesar de que no había cambiado de altura, me encontraba como un piso por encima de los asilvestrados jardines a los que acogía, en cuyo centro se alzaba otra fuente. Las ramas secas de los árboles se lanzaban hacia el interior del edificio a través de los huecos de las ventanas reduciendo la anchura del pasillo hasta la mitad. El corredor dobló a la izquierda y me condujo hacia una gran escalera, pero que era impracticable. Me acerqué lo que pude al hueco y pude adivinar un gran comedor, con las mesas y las sillas podridas por la humedad y el paso del tiempo.
Di media vuelta y me dirigí hacia el primero de los patios, pero, antes de llegar, descubrí que una puerta a mi izquierda, en la que antes no había reparado, estaba abierta. La puerta me conducía a una gran escalera, en buen estado a diferencia de la anterior. Podía ir arriba o abajo. Dado que el comedor estaba en la zona inferior, supuse que bajar me conduciría al claustro que había conocido en segundo lugar y, probablemente, al refectorio, así que decidí subir.
Subí dos pisos antes de que la escalera terminara en una gran puerta, que parecía atrancada. Estaba ya cansado de dar vueltas así que decidí tirarla abajo de una vez por todas. No fue fácil pero intento tras intento conseguí derribarla, así como liberar parte de la tensión que nublaba mi juicio desde que había despertado.
Al otro lado de la puerta me esperaba un imponente cuadro de un monje pintado sobre unas tablas de madera. El hábito negro del monte, su extrema delgadez y la escasa luz, tanto del cuadro como la que había en la sala, conferían a la imagen un aspecto estremecedor. Sus ojos ojerosos sostenían impasibles la mirada de aquel que se atreviera a mirar.
Estaba en lo alto de los jardines, lo adiviné al asomarme a una de las ventanas que miraban hacia el centro. Decidí seguir a la izquierda, buscando una forma de llegar a la parte alta del claustro grande que había visto nada más llegar, se había convertido en mi punto de referencia. En efecto, poco más allá una gran puerta daba paso a los pasillos que rodeaban el primero de los claustros.
El suelo de aquellos pasillos estaba en peor estado que el resto de los corredores del monasterio. La madera apenas se sostenía bajo las vigas, pero aún así decidí atravesarlo. Una fuerza invisible, como un imán, me impulsaba a tratar de averiguar lo que había al otro lado.
Pero antes, quería intentar averiguar dónde estaba. Me daba igual aquella especie de llamada desde lo hondo, quería saber qué clase de sitio era aquel, dónde me encontraba. Por la ventana a la que me había asomado antes, había adivinado el campanario, que se debía alzar encima de mi cabeza. A mi derecha, un poco más hacia el centro del pasillo, se abría una pequeña puerta que conducía a una estrechísima escalera de caracol. Seguramente llevaba hacia el campanario así que comencé a trepar por ella.
La tormenta se hacía cada vez más furiosa. Los rayos caían sobre la tierra que rodeaba el monasterio... si es que había algo ahí fuera más que la inmensa oscuridad. Aún podía subir más, quizás si llegaba a lo alto del campanario pudiera averiguar algo más.
Entonces lo vi. Un monje. Su hábito negro se confundía con el firmamento y se movía violentamente a merced del viento. Miraba más allá de los límites del monasterio, dándome la espalda, clavando los ojos en la oscuridad. Lo llamé pero no respondió y tampoco podía acercarme a él, pues la torre se había derrumbado entre el lugar donde estaba yo y donde estaba esa misteriosa figura. Lo volví a llamar, nada... Me di la vuelta y me dispuse a bajar. Me había rendido a la llamada que procedía del otro lado.
Buena decisión, es un poco estúpido buscar al demonio en lo más alto en lugar de los abismos dijo de repente aquel monje, sin ni siquiera girarse.
¿Quién eres? le pregunté infructuosamente. ¿Dragón? ¿Demonio? ¿Cómo sabes que...? No hubo respuesta, así que bajé las escaleras de caracol y me lancé a la aventura de cruzar aquel corredor.
Fui pisando con cuidado, por donde la madera parecía en mejor estado, pero parecía misión imposible. Tras de mí, las tablas se partían y caían sobre las piedras que conformaban la bóveda del gran claustro. El viento soplaba cada vez más fuerte y los restos de las ventanas chocaban contra la piedra provocando estallidos ensordecedores que retumbaban en las paredes de piedra.
Con un último esfuerzo conseguí llegar, pero todo el suelo de madera se había derrumbado tras de mí. Me encontraba ante una nueva sala, que se abría delante de mí y me conducía hacia unas escaleras. Luego otra sala, y más escaleras, hacia abajo, hacia los infiernos.
Ahora te enfrentarás al dragón, a tu demonio más grande. No tienes otro remedio que ganar y tú tienes la fuerza para ello. Lo sé. Puedes hacerlo. Tienes que vencerlo, sea como sea. Confío en ti.
Iba en busca del dragón. Al fin lo había descubierto. No estaba en un lugar físico, estaba en la morada del dragón y mi misión era enfrentarme a él, fuera como fuera, y vencerlo. El maestro confiaba en mí. Era mi última oportunidad, no podía caer.
Llegué al fondo de las escaleras, pero el recorrido estaba lejos de llegar a su fin. Aquella parte del monasterio estaba en mejor estado que las anteriores. Las salas eran completamente de piedra, muchas de ellas resistían los efectos de la humedad, a diferencia del resto del edificio. Las atravesé, siempre siguiendo la dirección de la llamada, siguiendo lo que parecía un recorrido laberíntico.
Al fin llegué al final, la gran capilla del monasterio. Una iglesia impresionante, en perfecto estado de conservación. Aquella era la morada del dragón. Las altas columnas se elevaban hacia el cielo y la cúpula parecía una hendidura entre las mismas estrellas. Aquella visión era magnífica. El retablo Unas rejas separaban el crucero de la nave principal, a cuyos lados se alzaban seis capillas. Pero lo más impresionante quedaba a mi espalda, un magnífico retablo de madera que me impedía la visión del coro... el lugar de donde procedía la llamada.
Poco a poco me acerqué al altar. A ambos lados, dos puertas daban paso al coro. Las crucé y me encontré con la espectacular y reluciente sillería de madera. Sobre mi cabeza se veía la espectacular tubería del órgano y, en el centro de la sillería, la sede abacial. Sobre ella, una figura cuyo rostro no pude adivinar al estar cubierto por la sombra del retablo, que ocultaba la escasa luz de la luna que se colaba por la cúpula.
Al fin has llegado, llevo años esperando dijo la figura levantándose. Tú y yo tenemos asuntos pendientes, ¿no crees? Llegó el momento de resolverlos Se acercaba más y más a mí, pero la sombra seguía cubriéndole el rostro. Sin embargo su voz era inconfundible. Era él, el dragón, el demonio. Era...











