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September 11, 2009
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Memorias 22 - Balmung I

by ~Centoloman

Balmung I (Akano's Sword)

Me despedí de Nalya y entré en la habitación, pero no podía dormir bien. Pensaba en todo lo que había pasado en los últimos días, en como se habían precipitado los acontecimientos. Parecía como si estuviera pasando por una extraña racha de acontecimientos que había comenzado con la misión en Kyoto y parecía no cerrarse aún. Al final, afortunadamente, el cansancio comenzó a vencer a la agitación mental y conseguí comenzar a disfrutar de un descanso y un reposo que hacía tiempo que venía necesitando.

– ¡Mierda! – grité despertándome de repente al sentir que alguien había entrado en la habitación.

A pesar de que había reaccionado, aún no conseguía enfocar la vista debido al sueño y no reconocía a quien era. Tras unos segundos de desconcierto, conseguí identificar al invasor. Invasora, en este caso, pues era Nalya que me tendía una espada… Por un momento tuve un dejà vu.

– Joder – me quejé asustado. – ¿Qué he hecho ahora?

– Nada – contestó, esbozando una inusual y desconcertante sonrisa. – Sólo quería devolverte algo que es tuyo.

– ¿Mía? – pregunté cada vez más confuso.

– Sí, – afirmó – esta espada es tuya. Bueno, tú ya me entiendes… de tu antiguo tú… o como quieras llamarlo. De Akano Rido.

¿Akano? ¿De qué me sonaba ese nombre? Sabía que lo había escuchado en algún sitio así que me detuve un par de segundos intentando encontrar esa referencia en algún lugar oculto de mi memoria. Entonces lo recordé: en clase de Historia de la Sociedad de Almas.

– ¿Akano? ¿Como el Gran Traidor Akano Kumaru?

De repente, Nalya se echó a reír abiertamente. No sé si fue lo que dije o mi cara de completo desconcierto lo que había causado aquella reacción en ella, pero era de las pocas veces, por no decir la primera, que la veía reírse de esa manera. De alguna forma intuí que a partir de ese momento iba a conocer a una persona totalmente diferente.

– ¿Qué pasa? – pregunté mientras me incorporaba y me apoyaba en la cabecera, quedando sentado sobre la cama.

– Si tu antiguo tú te hubiera escuchado no te volvería a hablar en tu vida – explicó. – ¿Sabes? Es muy difícil decir ese tipo de expresiones. ¡Me lías!

– ¿Por qué?

– Siempre sostuvo, y nos convenció a todos de ello, de que Akano Kumaru no fue un traidor, sólo un chivo expiatorio. Pero ya te lo explicaré otro día que me venga mejor. Ahora tengo que irme, algún tipo extraño de misión me espera – se excusó.

– Búscate otra excusa mejor – respondí rápidamente. – No tienes ninguna misión.

– ¿Cómo lo sabes?

– Muy fácil, ayer Arturo me pidió que le ayudara a ordenar todo el papeleo de las misiones mientras estaba desocupado y no te habían asignado ninguna – comencé a explicar – y es demasiado pronto para que él esté despierto… aún acaba de amanecer.

– Vale, me has pillado – admitió. – Nunca conseguí meterte una bola. Está bien. Toma.

Cogí la espada entre mis manos y la miré fijamente. La desenfundé y la examiné cuidadosamente. Estaba perfectamente cuidada. Parecía que Nalya se había esforzado en mantenerla en estado óptimo para el combate: afilada y limpia. Preparada para la acción.

Era una espada bellamente manufacturada. Sobre el habitual negro de la hoja se dibujaba un rayo  plateado. La guarda estaba cuidadosamente recubierta de cuero negro de la mejor calidad. La vaina, también negra, tenía grabada en letras doradas el nombre de Akano, el apellido de mi antiguo yo.

– “Un Akano necesita una espada digna de un Akano” – recitó Nalya como si fuera algún tipo de refrán.

– ¿Qué?

– Nada. Sólo recordaba cuando conseguiste esa espada.

– Oye, Nalya.

– ¿Qué?

– ¿Cómo es que la has guardado durante... 50 años?

– Esa es una larga historia y ya me pensaré si contártela. No abuses de la confianza que esto sólo lo hago por sacármela de encima.

– Oh, vamos, cuéntamela.

– Ni de coña, chaval, ¿tú que te crees?

– ¿Vas a volver a tu caparazón con lo que me costó hacerte salir de él?

– No juegues, Rido, no juegues.

– Está bien –me resigné. – ¿Te parece si vamos a entrenar y la pruebo?

– ¿Por qué no vas con Eliaz? – preguntó. – Estoy un poco cansada hoy.

– Creo que es evidente por qué no voy con Eliaz.

– Ah, claro, coño, que aún no puede. Oye, ¿cómo está?

– ¡Un momento! Esto hay que enmarcarlo. ¿Nalya interesándose por alguien? Insóli... ¡Eh! No te vayas.

– No estoy para aguantar tus estupideces.

– Vale, mujer, vale. Sólo… déjame prepararme y vamos a entrenar. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

Nalya salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Me levanté y me vestí con el uniforme, eché mano a mi nueva espada y salí de la habitación. Allí estaba Nalya, esperándome, mientras hablaba con Blod de algún tema sin importancia.

– Listo – avisé. – Cuando quieras vamos.

– ¿A dónde?

– Había pensado que podíamos ir al Rukongai, a la casa de mi maestro. Así, de paso le enseño la espada.

– Espera, espera, espera… – me interrumpió hablando a toda prisa – ¿Tu maestro vive en el Distrito 57 Oeste?

– Sí. ¿Por qué?

– Madre mía, acabo de tener un dejà vu.

– ¿Qué?

– Nada…

– ¿Entonces?

– Vamos primero a la 10. Si esto tiene que repetirse… que se repita bien.

Como días atrás, Nalya me arrastró literalmente por las callejuelas blancas del Sereitei hacia el cuartel de la división. No comprendí lo que estaba pasando pero me resigné a aceptarlo, no tenía ganas de ponerme a discutir con ella. Quería probar la espada y, de paso, despejarme un poco.

– ¡Db! – gritó Nalya, como la noche que me lo había presentado.

– ¿No sería mejor entrar a preguntar?

– ¡Db! – repitió.

– ¿Otra vez? A ti no te basta con que el capitán me eche la bronca una vez.

– Ah, hola, Db.

– ¡Rido! ¿Cómo te va?

– Aquí, siguiendo los consejos de esta.

– ¿Qué veo ahí? ¿La espada?

– Precisamente por esto estamos aquí. ¿Dónde están Gaby y Krunz?

– Vamos dentro, anda. Han de estar en alguna parte del cuartel.

– Tan observador como siempre Db – bromeó Nalya.

Seguimos a Db hacia el interior del cuartel y por los pasillos de su división buscando a Gaby y a Krunzik. El ambiente en aquel escuadrón era bastante más alborotado que en el nuestro, aunque supuse que también se debía al mayor número de miembros. Al final, las encontramos en los jardines de la división.

– ¡Chicas! – las llamó Db. – ¡Tenemos visita!

– ¡¿Rido?! – exclamaron las dos al mismo tiempo al verme.

– Rido, – nos presentó Db – esta es Krunzik y esta es Gaby. Vosotras ya lo conocéis así que no hace falta.

– Er… Hola – saludé.

– ¡Mira! – gritó Krunzik sorprendida al ver la espada – ¡Pero si tienes esa preciosidad de espada!

– Sí… Precisamente por eso estoy aquí… Creo…

– ¿La has estado guardando todo este tiempo? – le preguntó Db a Nalya. – ¿Cómo te la quedaste?

– ¿Te importa? Simplemente la guardé. Nada más. ¿Alguna pregunta inoportuna más? – respondió ella amenazante.

– No, no… – contestó asustado Db. – Tranquila.

– Ya pensaba yo eso.

– Bueno, ¿y qué os ha traído por aquí?

– Rido quiere probar su nueva espada… en el lago ese… el del 57 Oeste.

– ¿Estás de coña?

– No – intervine yo. – Propuse yo el sitio, mi maestro vive allí.

Los tres de la décima división prorrumpieron en una sonora carcajada. Yo me quedé totalmente desconcertado. No entendía qué era tan gracioso así que supuse que se reían de alguna burla del destino y no de lo que había dicho yo concretamente.

– Entonces, creo que deberíamos ir al 7 Sur, ¿no?

– ¿Por qué?

– Ironías del destino, Rido – explicó Krunzik. – Ironías del destino.

– Supongo que eso me lo explicaréis, porque no me estoy enterando de nada.

– Bueno… – intervino Db. – Digamos que esta situación ya la hemos vivido.

– Primer año de academia… casi al final de curso – puntualizó Gaby. – Aquella gloriosa mañana en el pabellón de los chicos.

– Pervertida – dijo Nalya.

– Gracias – sonrió Gaby divertida.

– ¿Entonces? – preguntó Krunzik – ¿7 Sur?

– 7 Sur.

– ¿Pero qué hay en el 7 Sur?

– Un bosque… y un lago… y es donde probaste por primera vez esa espada.

– Y donde íbamos a entrenar o a pasar el rato cuando no teníamos nada que hacer.

– Y donde no hay nadie que me moleste a parte de vosotros – sentenció mi compañera de división.

– Sigo preguntándome cómo ha llegado esta espada hasta ti – sonrió Db. – El destino es caprichoso.

– “Un Akano necesita una espada digna de un Akano” – recitó nuevamente Nalya.

– Cierto – asintió Gaby.

– Bueno, yo me pierdo un rato, pero no os preocupéis por mí. Ya me enteraré y podré seguir vuestros chistes.

– ¿Chistes? No, hombre – aclaró Db. – Es lo que ponía la nota del paquete de quien te lo regaló.

– ¿“Quien me lo regaló”?

– Sí, la espada te llegó un día por correo… Nunca supimos quién había sido.

– A ver si va a resultar que soy importante y todo – susurré.

– ¡Eh! – dijo Nalya. – No te lo creas mucho, “elegido”. Para presumidos ya me llegó el otro.

– ¡Cierto! – secundó Db riéndose nostálgicamente.

– ¡El guerrero de las sombras! – gritaron a coro los cuatro antes de echarse a reír.

Emprendimos la marcha hasta el Distrito 7 Sur. Nalya, al parecer, había pedido el día libre para mí y para ella en previsión de que quisiera probar la espada, así que no teníamos que preocuparnos por no ir a comer al cuartel. Mitsuko estaría todo el día en el Hospital ya que no tenía mucho que hacer últimamente, así que no importaba si no iba a sustituirla. De todas formas, me dije que nada más regresar al Sereitei iría a visitarle al hospital.

– Aquí es… – anunció Krunzik cuando llegamos. – No había vuelto desde…

– Desde que salimos de la Academia, cierto.

– No ha cambiado.

– Como todo en el Sereitei – intervine. – Aquí por lo que veo nada cambia.

– Totalmente curioso.

– ¿Qué?

– Rido… Siempre se quejaba de lo mismo. Decía que por eso le interesaba tanto el mundo mortal, porque el Sereitei le parecía siempre igual.

– Será que hay cosas que nunca cambian – afirmó Db.

– Será… pero para mí el mundo mortal es un mal recuerdo… Una cárcel... y esto es algo así como el cielo, algo así como la libertad.

– Resulta que son totalmente diferentes – dijo Nalya.

– Eh… Nalya…– me dirigí a ella. – Gracias.

El rostro de Nalya cambió súbitamente, como si hubiera visto un fantasma, como si hubiera recordado algo doloroso, como aquel día cuando le mencioné al tal Kurono. Pero una millonésima de segundo más tarde recuperó el habitual gesto torcido.

– ¿Gracias?

– Por la espada. Por cuidarla y guardarla tanto tiempo.

– Yo sigo preguntándome cómo es que la guardaste – terció Db. – Bueno, si lo pienso… es normal. Al fin y al cabo, Rido era tu…

– ¿Su qué? – pregunté rápidamente sorprendido.

– ¡No! – reaccionó Db. – No pienses mal, ya le llegó al pobre Aiolos con eso.

– Eras el pesado que no dejaba de darme la lata durante todo el día, eso es lo que eras – sentenció Nalya.
:iconcentoloman:
Bueno, dicen que un Akano necesita una espada digna de un Akano. Resulta que Rido I (como diría Nalya) tenía un arma muy especial, regalo de... ¿quién sabe? Tras su muerte, la cornuda la guardó. Llegó el momento de recuperarla, ¿no?
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