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September 11, 2009
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Memorias 23 - Balmung II

by ~Centoloman

Balmung II (Monk's domains)

Pasaron varios meses, casi un año, bastante plácidos en la Sociedad de Almas. Las cosas en el mundo mortal estaban tranquilas y la falta de ajetreo repercutía en el ambiente general en el Sereitei. Los shinigamis paseaban calmados por las callejuelas blancas o invertían el día entrenando. Sólo unos cuantos eran asignados a misiones rutinarias que no suponían ningún peligro.

Con el tiempo, Eliaz consiguió recuperarse totalmente de sus heridas. Su torso había quedado cruzado por una gran cicatriz oblicua que le atravesaba desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha. Aún así, sólo sus heridas físicas se habían curado. Todo en él era diferente ahora. Parecía como si estar tan cera de la muerte hubiera aplastado para siempre su habitual orgullo y fanfarronería.

Pero no sólo era él quien había cambiado. Aquella primera impresión que me había llevado el día en que Nalya me había devuelto, si es que devolver es el verbo indicado, la espada que había pertenecido a mi anterior yo se había confirmado. Su actitud hacia mí se había transformado, y así como la noche da paso al día, la fría actitud de mi compañera había dado paso a la más tierna de las amistades.

Lo que no podía sacar de mi cabeza, lo que sí no había cambiado, era el sentimiento de impotencia que me había invadido la noche en que había sostenido el cuerpo inerte de mi mejor amigo entre mis brazos. No podía dejar de culparme y, por eso, me entregaba en cuerpo y alma al entrenamiento.

De todas formas, no quería volver a cometer el mismo error que había cometido al poco de llegar a la división y del que ya me había prevenido mi maestro una vez y no era extraño verme disfrutando de agradables ratos de paseo y de diversión con Nalya, Eliaz y el resto de los miembros de la División.

Sea como fuere, casi cada día acababa la jornada agotado y caía dormido casi nada más tumbarme en la cama. Fueron días felices, a pesar de los sentimientos tormentosos que azotaban mi alma, y no recuerdo tiempos en los que durmiese mejor desde que había llegado al Sereitei.

Pero, un día, cuando me desperté, ya no estaba en mi cuarto en el cuartel de la Novena División. Me encontraba, una vez más, entre los ya conocidos muros de piedra del monasterio que era mi mundo interior.

– Bienvenido, Rido – me saludó la profunda voz del monje.

Esta vez había salido a recibirme a la entrada del monasterio, algo que no había hecho en las dos ocasiones anteriores en que me adentré entre aquellos gruesos muros de piedra labrada. Seguía envuelto en su particular hábito y su rostro seguía oculto por las sombras que proyectaba la capucha.

– ¿Qué quieres de mí hoy?

– Tranquilo… – dijo mientras se daba la vuelta. – Sígueme. Hay algo que quiero explicarte.

Le seguí hacia el gran claustro, que atravesamos con presteza. Sin embargo, esta vez, no seguimos el recorrido que yo había realizado las veces anteriores, sino que entramos por una puerta que se encontraba a mano derecha, al otro lado del claustro.

La puerta daba directamente a la capilla, y quedaba oculta normalmente por un gran retablo que, ahora, estaba desplazado. El templo, en aquel momento, estaba más majestuoso que en ocasiones anteriores. El reflejo de los rayos del sol sobre los dorados de los retablos confería al ambiente un halo de leyenda.

– Hemos llegado – sentenció.

– ¿Qué quieres de mí?

– A ti.

– ¿A mí?

– Rido, ¿sabes quién soy?

– Sí… y no – respondí. – Sé, mejor dicho, creo que eres el espíritu de mi espada. Pero no sé más.

– Estás en lo cierto, soy el espíritu de tu espada. Y esto, son mis dominios.

– Lo siento… – murmuré acordándome del estado en que mis tormentos habían dejado al edificio la primera vez que entré en él.

– No hay nada por lo qué disculparse – reaccionó. – Aquello tenía que pasar. Todo el mundo tiene pruebas a lo largo de su vida, y tarde o temprano debías superarlas. Además, no es ese el motivo por el que te he llamado.

– Entonces, – comenté impaciente – ¿para qué estoy aquí? ¿Para ver si soy digno de tu poder?

– ¿Digno?

– Es lo que se oye por el Sereitei adelante…

– Rido, soy el espíritu de tu espada – explicó. – Soy parte de ti. Nadie en el mundo hay más digno de mí que tú. No tengo duda alguna sobre ello.

– ¿Entonces?

– No necesitas demostrar tus capacidades. No necesitas demostrar que eres la persona idónea para portarme. Sólo necesito saber una cosa.

– ¿Qué cosa?

– Rido, ¿estás preparado para llevarme?

– ¿Preparado?

– Eso es lo que quiero averiguar, por eso te he traído aquí. Ten en cuenta todo por lo que has pasado, por eso…

– ¿Por eso qué?

– Rido, tú, tu alma, ha sido un alma atormentada. Ahora está en calma, aunque no sea la auténtica paz…

– Dime algo que no sepa – le interrumpí.

– Por favor, no me interrumpas. ¿Te acuerdas lo que te dije la última vez que nos vimos?

– Es cierto, me pediste que recuperara mi pasado. ¿Para qué? ¿Necesitabas la espada?

– No, Rido. Mi existencia, mi poder, es independiente a esa espada. Yo soy parte de ti, una parte de tu alma.

– ¿Entonces?

– Se aproximan días aciagos. Tu historia estará llena de ellos…

– ¿Cómo lo sabes?

– Hay personas que tienen mala suerte. Tú has sido una de ellas. Todas las personas con las que has entablado una relación profunda han sufrido, no sólo en vida, también aquí: Yonas, Eliaz, incluso el maestro Kunishi afirma estar en peligro... No puedes evitar culparte y eso te conduce irremediablemente a un círculo vicioso del que pretendes hacer que sales, pero que todavía te tiene atrapado.

– Mentira.

– Cuando murió Yonas, tomaste la gran determinación de seguir adelante, sonreírle a la vida. ¿No fue así? Luego te derrumbaste. Hace meses que Eliaz está muy cambiado, y tú no puedes dejar de culparte. Tu maestro, Kunishi, parecía estar en peligro... casi pierdes el aliento para llegar a su casa.

– Puede que sea así, pero no puedo regodearme en la desesperación y la tristeza a cada paso.

– Si no lo afrontas no conseguirás librarte de ello. Venciste al dragón en esta misma estancia, ¿te acuerdas?

– Me acuerdo.

– Pues deberías haber aprendido de ello.

– Aprender a afrontar los grandes problemas de mi interior, eso es lo que dices que debería hacer.

– Exacto, pero por puro voluntarismo no se puede hacer nada. Por eso te he pedido que recuperes tu pasado.

– ¿Pero como sabías tú lo de mi pasado?

– Hay partes de una persona que no cambian durante el proceso de la transmigración del alma. Son cosas que pueden parecer nimias, sutiles, pero marcan el carácter: los gestos, la forma de hablar... Gracias a ellas, las almas reencarnadas mantienen la apariencia y se comportan en las formas básicas de forma muy parecida. Pero lo que más importa aquí es que algunos recuerdos quedan eternamente grabados en el alma. Son imborrables.

– Como los dejà vu...

– Por ejemplo. ¿Nunca te has dado cuenta de que hay personas a las que crees conocer de toda la vida?

– Como Nalya... – susurré.

– Esa chica debió marcarte mucho.

– Parece que sí. ¿Pero cómo sabías tú lo que encontraría?

– No lo sabía.

– ¿No lo sabías?

– No. Pero ten en cuenta una cosa: tus emociones, tus sentimientos, son el motor que rige mi mundo. Sé lo que sientes, y lo que desde el primer momento te inspiraba esa chica implicaba que ya estaba muy grabada dentro de tu alma.

– ¿Pero cómo sabías que eso era así? Quiero decir, lo de los caracteres latentes...

– Mera suposición

– ¿En base a qué?

– Veo lo que tú ves, siento lo que tú sientes... vivo de ello. ¿Nunca te fijaste en sus reacciones ante tus gestos o ante lo que le decías? Eran muy sutiles y casi siempre derivaban en un ataque de furia. Sólo hice una hipótesis, tuve suerte, acerté.

– Entonces, ¿por qué tanta insistencia en que recuperara el pasado? He tenido suerte, me he encontrado con personas maravillosas, pero eso es casualidad. ¿Qué pasaría si no fuera así?

– Una hecatombe.

– ¡Has jugado conmigo!

– No lo he hecho.

– ¡Sí! ¡Lo has hecho!

– No lo he hecho, sólo me he arriesgado. En cualquier caso, no hubieras podido seguir adelante. Un coloso con pies de barro más pronto o más tarde acaba cayendo. Los edificios hay que cimentarlos, construirlos sobre roca firme.

– ¿Qué quieres decir?

– Alguien como tú no podría sobrevivir a una vida como la que te espera. Ahora has topado con gente muy buena, por eso puedes cimentar el edificio.

– Es decir, que estoy preparado para que me prestes tu poder...

– Eso aún tienes que demostrármelo.

De repente desperté del sueño. Me encontraba de nuevo en mi habitación, en el cuartel de la Novena División. Era ya de día así que me levanté y me preparé para otra jornada de entrenamientos. Sin embargo, súbitamente alguien irrumpió a toda prisa en mi cuarto.

– ¡Rido!

Un escalofrío recorrió mi espalda, mi piel se erizó y mis ojos se pusieron como platos. Aquella persona... ¡Aquella persona no debería estar ahí! Me restregué los ojos pensando que era una jugarreta de una mente falta de sueño. No. No lo era. Estaba allí, delante de mí, y era tan real como la maraña de sensaciones y sentimientos que en ese momento me invadía.
:iconcentoloman:
Aunque realmente el anterior capítulo y este, dentro de la historia, están separados por más o menos un año, los dos forman parte de la misma minisaga, relacionada, como podéis imaginaros, con la espada de Rido.

Algo raro ocurre... ¿Quién es esa persona que no debería estar allí?
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