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September 11, 2009
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Memorias 24 - Balmung III

by ~Centoloman

Balmung III (Captain)

– ¡Rido! ¿Quieres hacerme caso?

– ¡Yonas! ¿Qué…?

– Déjate de preguntas absurdas y date prisa. Te esperan en el despacho del capitán.

– ¿Qué quiere Henkara de mí?

– ¿Henkara? – preguntó sorprendido. – Deberías espabilarte un poco antes de la reunión. No es bueno que un alto cargo como tú se presente ante su superior en estas condiciones. Aunque sea finge que eres alguien inteligente – añadió burlón.

– Vete a la mi… Espera. ¿Alto cargo?

– Por todos los dioses… Fue buena la de ayer – sonrió. – No parecía que fueras tan mal.

– En serio, no tengo ni idea de lo que me estás contando.

– Está bien, démonos prisa. Te refrescaré la memoria mientras vamos hacia allá – dijo mientras se dirigía a la puerta. De repente, se paró y añadió – Deberías ponértelo, ¿no?

Su dedo índice señalaba directamente hacia el haori blanco que tantas veces había visto en el torso de Henkara. Ése era su sitio y no mi torso pero Yonas parecía convencido de que era yo el que debería ponérmela.

¿Qué pasaba? No comprendía nada en aquel momento. Yonas estaba vivo, parecía que Henkara no era ya la capitana ni Arturo su teniente. ¿Qué más sorpresas me esperaban? ¡Ah! ¡Sí! Yo era el capitán de la Novena División.

– ¿Capitán? ¿Yo?

– ¡Claro! – suspiró. – A ver, ¿vienes o no? Nalya te está esperando. ¿Piensas llegar tarde el primer día?

– ¿Nalya? ¿Y qué pinta Nalya en... mi... despacho?

– Es tu teniente...

– ¿Qué? ¿Nalya es la teniente?

– Esto es más grave de lo que pensaba – resopló. – A ver, cuéntame tu versión del mundo.

Atropelladamente le expliqué todo. Yo había vivido durante 23 años en el mundo mortal y me había suicidado. Nalya había enterrado mi alma y yo había sido enviado al distrito 57 del Rukongai Oeste. Allí había conocido a Yonas con quien había logrado forjar por primera vez una gran amistad.

Sin embargo, al poco tiempo, Yonas desapareció y yo me decidí a buscarlo. Viendo que no sería capaz con mis recursos y capacidades en ese momento, decidí entrenar para hacerme shinigami. Para ello había entrado a las órdenes del Maestro Kunishi.

Estando en el segundo año de academia había presenciado la muerte de Yonas a manos de un Hollow y me había desesperanzado. Afortunadamente, había conseguido salir adelante e ingresar en la Novena División, donde había conocido a Nalya y a Eliaz.

Había luchado con mis demonios, que no eran más que una materialización en mi mundo interno de todo aquello que me atormentaba, en especial, la muerte de aquel a quien yo consideraba mi hermano, y había conseguido vencerlos.

Y finalmente, había descubierto que yo era la reencarnación de Akano Rido, que había sido compañero de Nalya en la Academia y que había fallecido en el examen de graduación a manos de él, Yonas, en un accidente.

– Tú… – respondió sorprendido. – Aún te dura la de ayer, ¿verdad?

– ¿“La de ayer”? Ayer no hice más que entrenar con Nalya y Db en el 7 Sur. Te prometo que eso es lo que yo he vivido.

– Sí, ya – contestó escéptico. – Pues mira tú por donde, debo llevar mucho tiempo engañado. Y yo que creía que tú eras el gran Akano Rido, descendiente de Akano Kumaru y heredero del clan. Nos conocimos en la Academia y desde entonces estamos juntos. Y creía también que tú y Nalya habíais asumido la capitanía y la tenencia de la Novena División tras la masacre de hace unos meses por ser los oficiales más antiguos.

– ¿Masacre?

– Ya sabes, Tanzania, los terroristas…

– Sí, de eso me acuerdo, pero conseguimos sacar a Eliaz de allí.

– ¿Eliaz? – preguntó. – Bueno, hemos llegado.

– Luego te busco, hay cosas que necesito preguntarte.

– De acuerdo, señor – afirmó marcialmente. – Delante de los otros jefes hay que guardar las apariencias – añadió entre susurros.

Me paré frente a la puerta de mi despacho, el despacho del Capitán. “Capitán”… Pensé en cuántas veces había estado allí con Henkara y me entró un escalofrío. Se me hacía complicado pensar en que Nalya fuera la teniente de la Novena División o que yo fuera el capitán. Ya no me acababa de acostumbrar a ver a Yonas vivo, como para acostumbrarme que me llamaran capitán. Pero esa no era la única sorpresa que me deparaba el destino. Abrí la puerta y entré.

– ¡Eliaz! – dije al reconocer el rostro de mi amigo en la sala. – Un momento… ¿Por qué llevas un haori de capitán?

– ¡Capitán Akano! – exclamó Nalya llamando mi atención.

– ¿Qué? – pregunté extrañado. – Es Eliaz…

– En serio… – me regañó. – ¿Qué manera es esa de dirigirse a un capitán?

– ¿Capitán? – pregunté por lo bajo a mi amiga

– No, señora de la limpieza – susurró en un tono realmente borde. – En fin, Rido... Capitán Akano, creo que no se conocían. Este es Eleazar Asharet, capitán de la Sexta División.

– Encantado de conocerle, capitán Akano – dijo, tendiéndome la mano en un tono realmente condescendiente aunque visiblemente molesto.

– Por favor, capitán, discúlpeme. Estoy un poco nervioso – me excusé. – Aún no nos hemos acostumbrado a los cargos.

– Precisamente por esto estoy aquí, como el capitán más veterano del Gotei 13 se me ha encomendado que les ayude a realizar la transición. No en vano, no es fácil suceder a alguien como Akano Kumaru. Por cierto, – se giró hacia mí – usted es familiar suyo, ¿cierto?

– Sí… – contesté dubitativo. – Su nieto y su heredero.

– Debe ser un gran orgullo descender de alguien que entregó su vida por la Sociedad de Almas. ¿Sabe? Yo llegué a conocerlo.

– ¿Sí? Yo no…

– ¿Qué pasa, Rido, digo... Capitán? – se interesó Nalya.

– Supongo que una mala noche – contesté. – Ya sabe... Desde lo de Tanzania no dejo de pensar en otra cosa.

Pensé que era mejor seguir el juego de lo que fuese que estaba pasando, aunque realmente no me enteraba de lo que estaba pasando. Parecía como si de la noche a la mañana todo hubiera cambiado o me encontrara en medio de una inmensa broma pesada. Sin embargo, todo aquello parecía demasiado... “real”

– No fue culpa suya – contestó la ahora teniente. – Todos estamos igual de consternados, ninguno pensaba que hubiera un traidor entre nosotros.

– Cierto... – intervino el capitán de la Sexta División.

¿Un traidor? Esa era la pregunta que me rondaba al cabeza mientras trataba de encontrar una explicación para todo aquello. Todo se parecía misteriosamente a lo que yo había vivido pero era totalmente diferente. Era como si estuviera en algún tipo de realidad paralela a la que yo conocía.

Si era un sueño, aquello no parecía tener fin. Pasaron días, semanas y todo seguía “igual”. Al menos, Yonas se compadeció de mí y me explicó todo lo que había pasado en aquella realidad al detalle, gracias a lo cual pude dejar de parecer un pato desorientado y aparentar normalidad en una situación que me tenía descolocado.

Poco a poco me fui dando cuenta de que las cosas aunque en la apariencia eran totalmente distintas a lo que yo había vivido, en el fondo no eran muy diferentes. Curiosamente, tras aquellas visibles diferencias se ocultaban grandes parecidos. Por ejemplo, Db, Krunzik y Gaby seguían siendo miembros de la décima división y seguían manteniendo los mismos caracteres que siempre, Mitsuko seguía incansablemente al lado del ahora capitán Eleazar Asharet... antes conocido como simplemente Eliaz.

Los días pasaban y se convirtieron en meses e incluso años. Terminé por hacerme del todo a la nueva vida, a las reuniones, trabajos y responsabilidades de la capitanía, a la presencia incansable junto a mí de mi “hermano”... Realmente, en aquella realidad había podido encontrar, de algún modo, la felicidad que había buscado toda mi vida y que, por extraños caprichos del destino, parecía que se me negaba una y otra vez.

Ni Nalya ni Yonas llegaron nunca a creer que aquella no fuera mi verdadera vida, pero me ayudaron a “ponerme al día” de todo lo que había pasado desde que nos habíamos “conocido”, para que pudiera desempeñar con eficacia el cargo que me había tocado vivir. Creían que había perdido de alguna forma la memoria y se había suplantado por otra cosa, pero no sabían explicar ni cómo ni por qué.

Eso “otro”, mi mundo, era cada vez más algo difuso, aunque nunca pude dejarlo atrás. Mis vivencias acabaron convirtiéndose en tristes y borrosas imágenes de un mundo que incluso llegué a pensar que era mejor olvidar. Pero estaban grabadas a fuego en mi interior, desgracias y alegrías, amigos y enemigos.

En comparación, prefería vivir en aquel mundo, donde todo me iba bien. ¿Era feliz? Me atrevería a decir que sí, que había alcanzado ese estado del alma en que nada puede ir mejor, en el que todo es como desearías, en el que nada parece que pueda ir nunca mal. Las malas vivencias se habían esfumado, dejando su rastro, pero ya no estaban.

Amigos, buenos momentos, pero, sobre todo, hay una cosa que destaco. Encontré, por primera vez, en mi vida, el amor. ¿Quién? Mi teniente, mi compañera, mi amiga y, al final, mi esposa. No podría decir ni cuándo ni cómo ni dónde ni por qué. Ocurrió. Llegó un día en el que me di cuenta de que no podría vivir sin tenerla a mi lado caminando, sin escuchar su voz cada día...

Lo que recuerdo con exactitud, aún hoy después de tanto tiempo y de tantas cosas, como si lo estuviera viviendo en este mismo instante, es el momento en que le dije por primera vez lo que sentía por ella.

Era de noche. Había sido un día agotador de papeleo y reuniones y decidí salir a pasear un rato por los bosques cercanos al Sereitei. Sin darme cuenta, llegué al bosque donde tantas veces había estado ya entrenando, en el sector 7 Sur del Sereitei.

Allí, sentada a las orillas del lago, estaba ella, bañada por la luz de la luna. Los reflejos plateados del lucero sobre su piel le daban un aire de misterio que hacía que mi piel se estremeciera. Tenía las piernas sujetas con los brazos y la barbilla apoyada sobre las rodillas. Miraba fijamente al horizonte, como queriendo alcanzarlo sólo con su mirada y su pensamiento. Sin decir nada, me senté a su lado con las manos apoyadas tras la espalda, contemplando las estrellas.

– ¿Sabes? – rompí el silencio tras un buen rato. – Hacía muchísimo tiempo que no venía por aquí.

– Aquí es... – susurró sin cambiar de posición.

– Donde estrené la espada – la interrumpí con una sonrisa nostálgica.

– ¿Lo sabías? – preguntó, girándose hacia mí.

– Sí... – dije, acompañando con una leve inclinación de cabeza. – Ya me lo habías contado...

– No recuerdo haberlo hecho.

– Dejando de lado tu gran memoria, – bromeé – no fuiste exactamente tú.

– Ah... Fue en esa otra realidad, ¿no?

– No hables como si te lo creyeras.

– Pero fue así, ¿no?

– Sí, fue así – contesté antes de volver a quedar en silencio durante unos instantes.

Me detuve a contemplar las estrellas, era una noche clara, como aquella anterior a mi entrada en la Novena División. Pero esta vez eran otros los pensamientos que cruzaban por la mente. Nunca habría imaginado lo mucho que había cambiado mi vida en ese tiempo.

– Dime... – titubeó.

– ¿Sí?

– ¿Aún piensas en ello?

– ¿En la otra realidad?

– Sí...

– ¿Y?

– ¿Cómo que “y”?

– ¡Pues claro! ¡¿Y?!

– Si te refieres a si me gustaría volver a ella... Rotundamente no.

– Te veo convencido.

– Estoy mejor aquí. Además...

– ¿Sí?

– Nada...

– Tú y tus misterios.

– Sí, claro, como no eres tú le que está contando su vida.

– Venga. Anda. Dímelo.

– No quiero volver porque allí... – me detuve.

Noté como mi corazón se aceleraba y como mis orejas empezaban a calentarse más y más, señal inequívoca de que acabaría rojo de la vergüenza. Ella me miraba con cara de mucho interés, y eso me ponía aún más nervioso.

– Porque allí... – repitió expectante, como animándome a continuar.

– Porque allí no estás tú...

– ¿No estoy yo? Sabes que eso es mentira...

– Sabes perfectamente a lo que me refiero, Nalya.

– Sí...

Entonces miró al suelo y quedó callada. La brisa procedente del otro lado del lago hacía que su pelo encarnado se meciese suavemente haciendo que pareciese la protagonista de una de esas películas románticas del mundo mortal. Yo, por mi parte, no pude hacer otra cosa a parte de ponerme colorado de la vergüenza. No me gustaba contar mis sentimientos, y menos de ese tipo, así que traté de perderme mirando las estrellas.

– Rido... – dijo al rato.

Su voz sonaba entonces entrecortada y sus manos no paraban de frotarse las piernas como si no pudieran quedarse quietas. Por primera vez, noté como Nalya tenía miedo de algo y eso me inquietó. Nunca la había visto así.

– ¿Qué? – susurré.

– ¿Por qué te pones colorado? No será por...

Entonces me fijé que ella también se había puesto colorada. Sus manos habían dejado de moverse sobre sus piernas, ahora jugaban intranquilas con la hierba, arrancándola o golpeándola repetidamente.

– Sí, es por eso. No me gusta expresar mis sentimientos, ya lo sabes.

– Tranquilo, – dijo decidida – no hace falta que te pongas colorado por eso.

– Como si lo hiciera a propósito – respondí, tratando de quitarle hierro.

– ¿No lo entiendes?

– ¿El qué?

– No hace falta que te pongas colorado porque...

– ¿Por qué?

– Porque – dijo entre susurros mientras se acercaba a mí y apoyaba su cabeza sobre mi hombro – yo siento lo mismo por ti.


Tras eso, todo cambió para aún mejor y así, en completa felicidad pasaban los días en mi nueva vida. Sin mayor problema que los deberes administrativos y disfrutando al límite de todo lo que había perdido en mi vida anterior y que había vuelto a recuperar... y digo recuperar porque estoy convencido de que vivía un tiempo prestado por aquel que un día murió en un examen de graduación a manos del que hoy era mi mejor amigo, mi hermano.

Sin embargo, mi destino parecía oponerse a ello y quería evitar a toda costa que pudiera disfrutar de aquella armonía que durante tanto tiempo había ansiado. Un día, cuando me retiraba a mi cuarto, el que pertenecía originalmente a Henkara, noté algo en el pasillo superior, donde se encontraban los despachos y los cuartos de los oficiales de más alto rango. Aquello me aterrorizó sobremanera, como una fugaz visión de mi pasado, un pasado que quería olvidar. De ninguna manera, aquello podía estar allí.
:iconcentoloman:
Uno de mis capis favoritos. Si os cuento la verdad toda esta saga está inspirada en un capítulo de la ¿2ª? temporada de The 4400 (una pena que la cancelaran). Yonas está vivo y... bueno, parece que es el comienzo de un gran amor...

¿Rido capitán?
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