Memorias 26 - Balmung V
by ~CentolomanBalmung V (Sympathy for the vengeance)
¡Tú! Serás hijo de puta...
¿Tan maleducado te ha vuelto el poder que ni saludas?
A la mierda repliqué.
Perdone usted, señor Capitán dijo con una reverencia burlona.
¿Dónde cojones está Nalya?
¿Nalya? inquirió haciéndose el apenado. Y yo que creía que el mismísimo nieto de Kumaru había venido a verme.
¿A ti? No me hagas reír repliqué mientras le señalaba desafiante con mi espada.
Deberías bajar el arma amenazó.
Porque tú me lo digas...
Ah, no, no, no me interrumpió. No porque yo te lo diga. Quizás es que...
¿Es que qué?
A lo mejor quieres ver a la cornuda despedazada añadió con una sonrisa maléfica.
En ese momento se encendieron las luces de la sala y el contraste con la oscuridad anterior me hizo entrecerrar los ojos para acostumbrarlos a la nueva claridad. Cuando pude ver distinguí frente a mí algo dantesco.
No deberías dejarla ir sola... se burló. Ya sabes... es muy salvaje e instintiva. No piensa... Pero eso tú ya lo sabías, ¿verdad?
Allí, al lado de Setsuna, estaba, cual Cristo pendiente de la cruz, la mujer a la que amaba. Estaba malherida, agonizante, inconsciente. Su uniforme estaba hecho jirones por muchos sitios y la sus extremidades estaban bañadas por el rojo carmesí de la sangre que brotaba de sus múltiples heridas.
No puedo describir lo que sentí en ese momento. Una gran cantidad de emociones y sentimientos se agolpaban en ese momento en mi cabeza: náusea por la situación en la que se encontraba mi esposa, inseguridad por no saber qué hacer, decepción por ver cuánto había cambiado mi antiguo compañero, rabia...
Tenía miedo. Miedo a perderla, a quedarme sin la que consideraba mi razón de vida. Nalya se había convertido en el motivo de cada uno de mis pensamientos y de mis actos y vivir sin ella no era una opción considerable.
Pero, sobre todo, sentía odio. Odio y ganas de venganza. Recordé la impotencia que había sentido cuando había visto a Eliaz tendido en el suelo, en una situación muy parecida y me aterroricé de mí mismo. Me había jurado que eso no volvería a pasar nunca. Aquella había sido la última vez. Y así era. No sentía impotencia, sólo ganas de machacar a ese cabrón que me quería arrebatar lo que más quería.
Y, en medio de aquella turba de sentimientos, de repente, me sentí calmado. Más tranquilo que en cualquier otro combate que había vivido hasta la fecha. Me había rendido a mis instintos y, de alguna forma, sabía perfectamente lo que hacer en ese instante. Allí se acababa el Rido cobarde e impotente que no sabía reaccionar en el medio de la batalla. Era el nacimiento de un nuevo yo, decidido y seguro de sí mismo.
¿A que es bonito? Realmente me ha quedado una obra de arte.
¡Hijo de puta!
Lo dicho, por muy noble que seas... no te han enseñado educación ¿verdad?
Lo pagarás, Setsuna.
Ya creía que no te acordabas de mi nombre replicó en el mismo tono burlón. Pero no se te ocurra acercarte o acabaré con ella de una sola estoc...
Tarde, ya estoy aquí le susurré al oído mientras me situaba a su espalda utilizando el shumpa.
Mis ojos brillaban de rabia, odio e ira. Todo mi cuerpo temblaba víctima de las emociones que me conmocionaban. Alcé mi espada y con un movimiento limpio seccioné el brazo con el que portaba su arma.
Hablas demasiado, Setsuna dije en un tono frío y distante. Siempre lo has hecho.
Ahora eran sus ojos los que reflejaban miedo, terror. Su rostro estaba desencajado por el dolor de la herida que le había producido al amputarle el brazo. Setsuna, que siempre se había mostrado frío y conocedor de su papel en cada una de las situaciones, no sabía como reaccionar. También se había dado cuenta del cambio que se había producido en mí
¡Tú! ¿Cómo has podido?
Sencillo, simplemente no he perdido el tiempo diciendo estupideces respondí mientras posaba el filo de mi espada sobre su garganta. ¿Cómo quieres morir?
¿Tengo elección?
Tú no repliqué. Pero yo sí. ¿Seguiré las normas o no?
Entonces, ¿para qué...?
Hadou 4 murmuré, apuntando a su rodilla izquierda. Byakurai.
En medio de un grito de dolor, mi oponente cayó de rodillas al suelo. La sangre había empapado completamente sus ropas y fluía abiertamente de la herida abierta en el muñón. Aquella escena me complacía y me asqueaba al mismo tiempo, produciendo un extraño efecto de absorción que me hacía desentenderme de todo lo que pasaba a mi alrededor.
¿Morir ahora o enfrentarte al proceso en la Sociedad de Almas?
¿Morir como un cobarde o sufrir la vergüenza pública? ¿Eso es lo que me pides que escoja?
¡Rido! resonó entonces la voz de Yonas en el sistema de comunicaciones y me devolvió a la realidad.
Yonas, envía rápido un equipo médico de urgencia. Moviliza a toda la división 4 si es necesario. ¡Pero los necesito ya!
¡De acuerdo!
¡¿Cómo van los refuerzos?!
Los capitanes de la Décima y Undécima División se han hecho cargo de la situación personalmente. Se les espera en los próximos minutos.
Desmovilízalos.
¡¿Cómo?!
Ya no hacen falta aquí expliqué. Discúlpate de mi parte ante Db y Gaby. Diles que mañana se lo explicaré todo. Cierro la radio, necesito estar solo unos minutos concluí Restableceré la comunicación cuando sea necesario.
Desconecté el sistema de comunicaciones y me lo saqué lentamente mientras miraba fría e impasiblemente al hombre que se arrodillaba ante mí, desesperado por salvar su vida o rematar de una vez con aquel sufrimiento.
¿Estar sólo? preguntó Setsuna aterrorizado.
¿Por dónde íbamos?
¡¿Qué vas a hacer Rido?!¡Tú no eres de los que se saltan las normas! exclamó.
Sudores fríos empapaban todo su rostro. Pude adivinar incluso lágrimas de desesperación entre las gotas de sudor que surcaban sus mejillas. Setsuna era ahora un hombre destrozado por el terror y el pánico.
Bakudou 1. Sai conjuré. Tienes razón, no soy alguien que se salte las reglas. Volverás a la Sociedad de Almas y morirás en el Dúo Terminal como el traidor que eres. ¡Yonas! le grité a la radio una vez vuelta a conectar ¿dónde están los equipos médicos?
¡En camino!
Que se den prisa.
Volví la vista hacia mi teniente. El charco de sangre que había bajo el madero maldito en el que Setsuna había clavado a Nalya era inmenso, como un mar carmesí, como la lava salida de un volcán. El nauseabundo olor de la sangre derramada se alió con la tensión que vivía en aquel momento y estuvo a punto de provocarme el vómito, pero pude recuperar la compostura antes de ello.
Me dirigí a la cruz donde estaba clavada mi esposa y la descolgué. Tomé su cuerpo inerte entre mis brazos y la abracé profundamente como unas horas atrás había hecho, pero esta vez, ella no me devolvería el gesto. Apenas respiraba, su pulso era débil y ya era poca la sangre que brotaba de sus heridas.
Una fuerte exhalación seguida por un débil tosido fue el signo que indicó que había recuperado la consciencia. La deposité en el suelo y la miré fijamente con todo el cariño que pude. Pero en mi mirada se reflejaba también el miedo, el cansancio y la desesperación.
Eh, Rido... susurró débilmente.
Eh, no hables...
Gracias... por todo... continuó sin hacerme caso.
¿Gracias? No. Tú no te vas, tú te quedas conmigo. Además, soy yo el que tiene que darte las gracias a ti respondí tratando casi inútilmente de mantener la calma.
No creo que sea posible...
¡Yonas!
¡Han llegado! ¡Se dirigen hacia allí!
Ya llegan, cariño... Aguanta, sólo un poco más.
No... Ha llegado el momento...
¡No!
Te quiero, Rido...
¡Nalya! ¡No te vayas!
Pero mi súplica ya no tuvo respuesta, Nalya se había ido, de verdad. No pude aguantar el tipo y me derrumbé definitivamente. Mis ojos se inundaron rápidamente de lágrimas, mi corazón fue atravesado por la espada más dolorosa y la rabia se apoderó de mis pensamientos.
Me levanté rápidamente y tomé mi espada, aquella espada que ella misma había guardado para mí durante cincuenta años, y me dirigí lentamente hacia Setsuna, que seguía arrodillado, mientras la desenvainaba. Él sabía perfectamente lo que yo iba a hacer y la desesperación volvió a desencajar su rostro. Sabía que ya no había vuelta atrás.
Maldito cabrón. No mereces una muerte digna en el Dúo Terminal. Tu triste vida acabará aquí y ahora.
Alcé nuevamente mi espada y atravesé su cuello con ella. La cabeza salió rodando unos cuantos centímetros más allá de su cuerpo, que se desplomó casi instantáneamente cuando deshice los efectos del arte demoníaca.
Regresé hasta el cuerpo muerto de mi esposa, la mujer que me había enseñado a amar, y lo tomé entre mis brazos, como tratando de transmitirle mi vida aunque fuera sólo por un último instante. Las lágrimas nublaban mi vista y no pude contener un grito de dolor desesperado.
Así fue como me encontraron los equipos de urgencia de la División 4. Poco importaba ya su presencia allí. Mi esposa había muerto y su asesino también. Tras ellos llegó Yonas, que entendió al instante todo lo que había pasado allí y, sin mediar palabra conmigo, despejó la sala. Dejándome sólo con ella.
No recuerdo nada de la vuelta al Sereitei, ni de los días siguientes. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquel fatídico instante. Había hecho todo lo posible, pero no había podido salvar a Nalya, sin embargo, sabía que algo en mí había cambiado gracias a ella.
Por eso, no lloré en su entierro en el panteón del clan. Por eso, ante su tumba sólo fui capaz de pronunciar una única palabra. Una palabra que resumía todo lo que en ese momento sentía y todo lo que le debía.
Gracias.











