Memorias 27 - Balmung VI
by ~CentolomanBalmung VI (Pass through him)
Poco a poco, la gente que nos había acompañado a mí y a mi familia, fue abandonando el lugar donde se había celebrado el funeral. Ansiaba con toda mi alma quedarme solo, con mis pensamientos, con mis emociones. Necesitaba estar a solas con mi soledad, demostrarme que era capaz de permanecer allí estoicamente, sin huir, sin escapar, de afrontar mis miedos y mis temores en lugar de evadirme como tantas veces había hecho en el pasado. Necesitaba saber que esta vez, aunque había perdido lo que más había querido en este mundo, sería diferente, que podría salir adelante.
Sin embargo, no estaba solo. Alguien más me acompañaba, escondido, oculto entre las sombras tratando de mostrarme su apoyo pero sin querer invadir mi intimidad, respetando mis deseos de soledad.
Puedes salir le dije.
¿Cómo has sabido que estaba aquí?
Precisamente tenía que ser él, por una asquerosa burla de mi malicioso destino, quien fuera el que se escondía en las sombras observando en soledad la tumba de mi esposa. Precisamente él, a cuya tumba no me había atrevido a acercarme durante años, delante de cuya tumba no había sido capaz de plantarme, tenía que ser quien estuviera allí.
Toma le indiqué, extendiendo mi mano derecha hacia él y tratando de esconder mis sentimientos. A partir de ahora, esto es tuyo. Este brazalete te corresponde. Ya está todo arreglado. Desde este instante, tú, Yonas, mi ayudante, mi consejero, mi amigo, mi hermano, serás también mi teniente.
Yo...
¿No aceptas?
Rido... musitó. Sé lo que significa para ti la tenencia. Era su cargo. Siempre creí que era capricho del destino que los discípulos de Kumaru y Kyo permanecieran juntos más allá de la leyenda. No creo que pueda aceptarlo. No estoy a la altura.
Yonas, precisamente porque sabes que significa para mí, por favor, acéptalo le supliqué. Eres mi amigo, y eres el hombre en quien más confío. ¿Quién mejor que tú?
¿No es aún muy pronto? objetó.
¿Pronto? Puede. Pero ella no hubiera querido que perdiéramos el tiempo...
Rido...
Nunca le gustó que le pidieran disculpas, ¿recuerdas? continué entre las primeras lágrimas que derramaba en varios días, desde la noche de su muerte. Decía que le hacían parecer débil, necesitada de cuidados. Era salvaje y misteriosa, eso fue lo que siempre me cautivó de ella desde el mismo día en que la conocí. ¿Te acuerdas?
No podría olvidarlo, fue especial para todos. Te caíste de la silla de la impresión bromeó, tratando infructuosamente de que se dibujara una sonrisa entre mis barbas.
No querría que la lloráramos, para ella sería como pedirle perdón y eso no lo permitiría. ¡Pero no puedo evitarlo! ¿Por qué? ¿Por qué ella y no yo?
Eh, eh, eh, hermanito dijo suavemente tratando de consolarme. Tranquilo, desahógate.
¡Maldito destino! me quejé. ¿Es justo que ella se vaya? ¿Es justo que seas tú el que está aquí de pie, acompañándome y consolándome?
¿Dónde iba a estar si no? Mi lugar ahora mismo es aquí, contigo.
No merezco eso, Yonas.
¿Por qué? ¡Claro que lo mereces!
En mi... en el mundo en el que viví antes, cuando moriste, no fui capaz si quiera de acercarme a tu tumba en seis años expliqué y cuando lo hice no fui capaz de mantener el tipo. ¿Es justo que seas tú el que me consuele cuando no fui capaz de estar a tu altura?
¿Hablas de justicia? replicó pensativo. Justicia, injusticia... Eso es algo en lo que nos está prohibido pensar si queremos salir adelante en nuestra vida. Somos dragaminas, nuestra vida no es justa. ¿Acaso fueron justas las muertes de Gaijin, de Aiolos, de Henkara, de Arte, de Arturo, de Pandora y de tantos compañeros que nos han abandonado? ¿Es justo que nosotros seamos los que hemos sobrevivido? ¿Por qué nosotros y no ellos? ¿Qué es lo que nos diferencia? ¿El destino? El destino es cruel. ¿Fue justa la traición de ese perro de Setsuna? ¿Fue justo todo eso? ¡No! le gritó al destino. Su tono era cada vez más nostálgico, dispuesto a romper a llorar o a perder los estribos en cualquier momento. ¡Nada de eso fue justo! Pero es la vida que hemos elegido. Nosotros, los shinigamis hemos optado por una vida injusta. Estamos abocados a la muerte, la nuestra o la de nuestros seres queridos, convivimos con ella. Al fin y al cabo, suspiró somos shinigamis, los dioses de la muerte.
No supe qué contestar a tremendo discurso por parte de Yonas. Tenía toda la razón. Como el bien decía, al fin y al cabo éramos los dioses de la muerte, sus mensajeros. Habíamos sido llamados a anunciar la muerte al mundo de la muerte. Era esa nuestra esencia y no otra y renunciar a ella era renunciara a nosotros mismos. Podría parecer injusto, pero esa injusticia iba inserta en el corazón mismo del shinigami, que es la muerte; pues la muerte, que no distingue entre el bien y el mal, que siempre es causa de dolor, es injusta. Y la muerte era nuestra vida.
Permanecimos frente a la tumba fieles al silencio durante muchas horas y, cuando el sol comenzaba a caer, en el mismo silencio, abandonamos el panteón del clan y nos dirigimos al Sereitei. Fue eterno aquel corto camino, como una vía dolorosa en la que expiábamos nuestros pecados, como si fuéramos guerreros regresando derrotados de una batalla que creíamos haber vencido.
Esas callejuelas vacías, estrechas, laberínticas, solitarias, flaqueadas por grandes muros parecían un reflejo de mi propia alma en aquel momento. Vacía, confusa, solísima, inaccesible incluso para mí. Así estaba mi alma. Así me sentía.
Capitán... me llamó uno de los shinigamis que custodiaban la puerta del cuartel.
Irah, que nadie me moleste ahora le contesté sin pararme.
Necesitaba estar solo de verdad, probarme a resistir aquel tormento del que siempre había querido escapar. Ahora necesitaba enfrentarme a él. Reflexionar, meditar, pensar en lo que sería mi vida sin ella. Necesitaba una nueva razón de vivir, algo nuevo que me impulsara a seguir adelante. Daría órdenes a Yonas para que se asegurara de que nadie interrumpiría mis meditaciones, aunque él mismo fuera el primero al que le costaría aceptarlas.
Pero, Capitán, insistió. Los capitanes Wolf y Db y la teniente Kagasawa le están esperando en su despacho.
¿Qué hacen allí?
Aún no le ha explicado por qué los despertaron en medio de la noche para nada puntualizó Yonas, guardando las formas ante el resto de shinigamis de la División. Supongo que el hecho de que se lo prometiera es una buena excusa para que sus amigos se hayan pasado a ver como estaba, Capitán.
Una vez más en aquel día Yonas tenía razón. Fue entonces cuando me di cuenta. Nunca más volvería a estar solo. Nunca más volvería a estar solo. La gente que tenía a mi alrededor no lo permitía y eso me daba una extraña sensación de seguridad que nunca antes había experimentado y que incluso consideré de cierta manera inapropiada para la situación en la que me encontraba. Mi mayor miedo, la soledad, se había esfumado. De un plumazo. Ya no existía, como si nunca lo hubiera hecho antes y me sentía... tranquilo, seguro, arropado.
Buenas, chicos.
Rido...
¿Qué tal estás? preguntó Krunzik.
Mal... pero con vosotros aquí me siento mejor.
¿Creías que íbamos a dejarte solo?
Además, aún nos debes una explicación...
Gaby... ¿ya estás con esas otra vez? puntualizó la teniente de la Décima División.
¡¿Qué?! Yo también quería darle su merecido a ese cabrón. Se cargó a Arturo, ¿te acuerdas?
Todos le teníamos ganas a Setsuna, aunque no conociéramos a nadie en la 9 añadió Db pero no es momento para ese tipo de cosas.
Ya lo sé, pero hay que quitarle hierro a la situación.
Tranqui, Gaby intervine. Gracias, necesitaba estar con alguien les mentí.
Para eso estamos aquí apuntó Db.
La echaremos de menos, seguro añadió Krunzik.
Gaby sugirió abrir alguna botella y brindar por mi esposa, nuestra amiga. Habíamos estado juntos desde la Academia y eso conllevaba mucho tiempo vivido en compañía. Habían pasado ya casi setenta años desde el primer día en que habíamos hablado y no eran pocas las cosas que nos habían sucedido desde entonces.
No había diferencia ya entre aquel que había muerto un día por culpa de un fatídico accidente durante un examen de graduación y yo. Había asumido por completo una identidad que no era exactamente la mía y todas sus experiencias las había hecho mías. Era el heredero de una vida que no me pertenecía en absoluto, de historias conocidas sólo de oídas pero que habían pasado a formar parte de mi vida hasta el punto de conformar mi personalidad tanto como las que realmente sí había experimentado.
Así pasamos casi toda la noche, entre risas y lágrimas, nostalgias de un pasado feliz y esperanzas puestas en un nuevo horizonte en el que sabríamos que siempre estaríamos con ella, en alma, en espíritu, en verdad.
Quién sabe, a lo mejor, un día, como aquella vez que ella me encontró a mí, desangrándome sobre un sofá raído y andrajoso en aquella nave industrial, yo la encontrara a ella. La cogería conmigo, suavemente entre mis brazos, y la cuidaría, y nunca más volveríamos a estar separados.
Sí, estaba seguro, y hasta entonces no me cansaría de buscarla. Ella volvería y yo tendría la oportunidad de abrazarla de nuevo. Ésa era la razón que movería a partir de ahora mi vida, aunque tuviera que renunciar a lo que fuera. Porque sabía que no estaba solo, estaban mis amigos, ofreciéndome siempre su apoyo, estaba Yonas, mi hermano, siempre a mi lado evitando que me desplomase... y no les decepcionaría.
Había salido a pasear por el Sereitei cuando mis acompañantes se habían retirado a sus respectivos cuarteles y ahora me encontraba sentado sobre un tejado, mirando al infinito, pensando sobre todas estas cosas, cuando me sorprendió el amanecer.
La aparición del sol sobre los montes del Rukongai marcó el fin de aquel retiro. Aquel había sido un día muy largo y era el momento de descansar así que emprendí el camino de vuelta al cuartel sin pensar en otra cosa que en el momento en que dejaría todos los sentimientos tristes que había experimentado en los últimos días y me aferraría a tantos y tantos buenos momentos como había experimentado.
Sin embargo, una vez más, el destino me jugaba una mala pasada. Allí estaba, otra vez, como la noche en la que había empezado la última serie de acontecimientos tan catastróficos para mí. Allí se plantaba, desafiante, con su aterradora y, a la vez, majestuosa presencia.
Desde la primera vez que lo vi ya causaba en mí una sensación de desasosiego tal que llegaba a producir incluso hasta pavor. Sobre las planchas de madera, los pinceles del artista habían dibujado un monje alto, altísimo, enjuto, encorvado, delgado, pálido, ojeroso, seco como un árbol que sufría las arremetidas más duras de un invierno brutal, envuelto en un hábito negro que le concedía una apariencia aún más fantasmal en aquel yermo en el que el pintor lo había situado.
En sus manos, un libro, cerrado, ricamente decorado con lo que parecían gemas y que señalaba con el huesudo índice de su mano derecha. A sus pies, una mitra como aquellas que llevaban los obispos en el mundo terreno. A su derecha, también en el suelo, un cuervo negro como la más oscura de las noches que portaba en su pico un bollo de pan.
Recordé entonces la leyenda que un viejo sacerdote, de aquellos que durante mi existencia en el mundo material como humano habían tratado de sacarme de aquella espiral macabra y mortal en la que había convertido mi vida, me había contado sobre aquel cuervo. Según la historia, aquel ave había salvado a San Benito de morir envenenado llevándose entre sus fauces aquel pedazo de pan que le llevaría irremediablemente a la muerte. El libro que portaba, deduje, era entonces la famosa regla benedictina y el hecho de que la mitra estuviera situada a sus pies representaba, según averigüé más tarde, su renuncia a la dignidad episcopal.
Aquella figura tan inquietante parecía, en fin, querer significar en la imagen de su fundador la austeridad y sobriedad con la que estaban llamados a vivir aquellos que habían elegido seguir las indicaciones de aquel libro que llevaba en la mano y que insistentemente señalaba.
Aquel cuadro, imponente, inquietante, majestuoso y terrorífico, me llamaba insistentemente, quizás por la incoherencia de su presencia allí, pertenecía a otro mundo totalmente distinto, quizás porque él había dado paso en cierto modo a todas las desgracias de aquellos días.
Me acerqué a él y lo examiné más detenidamente. Era real, podía tocarlo. No era una ilusión ni un producto de mi imaginación perturbada por los acontecimientos recientes. Era auténtico, existía en verdad y estaba allí retándome con la mirada.
No le encontraba explicación a aquello. ¡Aquello no debía estar allí! Y, sin embargo, estaba. ¿Cómo? No podría decirlo en aquel momento. Día tras día había pasado por aquel pasillo y no estaba, día tras día hasta el día en que Nalya murió. Sólo ese día apareció y, ahora, con los primeros rayos del alba del día posterior a la despedida de lo que más había amado en el mundo, estaba allí de nuevo. Sin duda, aquello tenía que ver con él.
¿Por qué? grité al aire con la cabeza gacha.
Para probarte sonó su voz a mi espalda.
Levanté la vista desconcertado. El cuadro ya no estaba allí, pero yo ya no estaba tampoco en el cuartel de la División 9. Había vuelto al escenario de mis mayores pesadillas.











