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September 12, 2009
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Memorias 42 - FamilyMattersXII

by ~Centoloman

Family Matters XII (Forgotten souls)

– Así que Akano Rido – sonrió ella.

– Sí, señora.

– Interesante apellido – dijo, inclinando su cabeza y haciendo que los cascabeles que pendían de su pelo sonasen. – ¿A que adivino por qué quieres ingresar en esta División?

– No creo que haya ninguna duda – sonreí burlón. – ¡Es la División del gran Akano Kumaru! ¡No podía estar en otra!

– ¡Eso es!


Pocos días después, los recuerdos de Akano Rido seguían aflorando en mi mente de forma espontánea e impredecible. A pesar de unas primeras confusiones iniciales, conseguí habituarme a ellos logrando que pasaran desapercibidos a los ojos del resto del mundo. Me había prometido que hablaría de ello con la capitana, pues sus dotes psíquicas podían ayudarme a comprender mejor todo lo que acontecía dentro de mí. ¿Sería que todo aquello había despertado de nuevo a Akano Rido? En cualquier caso, lo mejor era esperar a la que situación se tranquilizara.

Con Kyo todavía en la prisión, los corrillos de personas ávidas de información discutiendo sobre la situación que se estaba viviendo se multiplicaban hasta el punto de haber tomado por completo todos y cada uno de los rincones del Sereitei. La sociedad estaba fuertemente dividida entre los que se aferraban a las mentiras del vencedor y los que preferían confiar en la verdad del vencido, aunque ambos papeles, el de vencedor y el de vencido, iban difuminándose más y más hasta el punto de convertirse en pequeñas manchas del pasado.

En todo aquel ambiente, si algo se puso de manifiesto, era que hay personas más predispuestas que otras a renunciar a sus certezas cuando las contrastaban con lo que parecía la verdad. Lo que era cierto, sin lugar a dudas, es que, a pesar de que personas concretas hubieran cambiado de opinión, en general, desplazar unas convicciones tan afianzadas desde hacía tanto tiempo no era tarea fácil y aquello repercutía formidablemente en la profunda tensión social que flotaba en el ambiente.

Gracias a esta tirantez, los rumores, como si de seres vivos se tratase, nacían, crecían, se reproducían y morían a un ritmo vertiginoso cada vez que un “iluminado” decía haber escuchado o visto algo “secreto”, prohibido para el resto de los mortales. A este comportamiento ayudaba el absoluto secretismo que rodeaba a las reuniones que los Capitanes mantenían incluso hasta altas horas de la madrugada y a las cuales nadie tenía acceso. Supuestas decisiones, sospechas, condenas… cualquier cosa era el objeto de tan extendidas conjeturas según las cuales, valga como ejemplo, Nakajima Kyo habría sido puesto en libertad al menos unas quince o dieciséis veces en dos o tres días.

Fue en medio de todo este ambiente, al que muy pocos, un reducido número de “elegidos”, era capaz de sustraerse, cuando se anunció finalmente y de manera oficial que Akano Kumaru y Nakajima Kyo habían sido declarados inocentes por la Cámara de los 46. Aquello conllevaría, por tanto, la liberación de éste último. No sólo eso, sino que, probablemente, fuera el causante de un último paso que era restablecer la antigua dignidad perdida de los antiguos oficiales (de mayor o menor rango) Nakajima, Wolf, Akano y Saitou, estos dos de forma póstuma, y un cambio radical en la forma de ver la historia de nuestra sociedad.

Aquella mañana, mientras ojeaba los periódicos y trataba, acompañado de un tazón de chocolate, de abstraerme de toda la rumorología que, especialmente, circundaba al cuartel de nuestra División, me imaginaba la reacción del profesor Deiss, en su viejo despacho, rehaciendo aquellos viejos apuntes acerca de la monstruosa traición de Akano Kumaru que durante tantos años había explicado a los jóvenes que aspiraban llegar algún día a ser shinigamis.

– Por lo menos son sólo un par de clases – me sonreí.

– ¡Buenos días! – gritó Eliaz, salido de la nada, mientras masticaba una tostada por encima de mi hombro.

– ¡Oye! – protesté. – ¡Me estás pringando el uniforme de mermelada! ¡Y casi me dejas sordo!

– Parece que todo ha acabado – suspiró, haciendo caso omiso a mi protesta y tomando asiento a mi lado mientras cogía uno de los periódicos que estaban sobre la mesa.

– Sólo acaba de empezar – repuse, mientras daba un sorbo al chocolate.

– ¿Tú crees?

– Es lógico. Tú en tus mundos de piruleta no te darás cuenta pero ¿has visto como está la gente por calle? – repuse. – Es demasiado pronto para afirmar que todo ha acabado. Además, Nadie está vivo todavía.

En aquel momento, mientras discutíamos sobre aquello, Irah entró tímidamente en el comedor de oficiales, lugar vedado para los shinigamis de bajo rango, y se dirigió a mí con una nota en la mano, igual que días atrás, cuando todo había comenzado.

Sin embargo, esta vez la nota era de la capitana, que me citaba en su despacho, aunque la nota no explicitaba el motivo. Agradecido por todo lo que había hecho por mí, era poco producente hacerla esperar así que me bebí de un sorbo lo que quedaba de chocolate y me limpié usando el haori de Eliaz.

– ¡Eh! – se quejó.

– Eso por pringarme el uniforme – informé, mientras frotaba mi hombro con su vestido.

Sin darle turno de réplica salí, acompañado de mi viejo compañero de cuarto, del comedor y me dirigí a través de los pasillos hacia el despacho de Henkara donde, para mi sorpresa, se encontraba también mi padre.

– ¿Qué haces aquí?

– Resulta que al Capitán y a mí nos van a restituir de forma honorífica en nuestros cargos.

– ¿Volverás a ser shinigami?

– Algo así – explicó. – La restitución es honorífica así que digamos que estaremos en la “reserva”: no ejerceremos pero tendremos privilegios como shinigamis... y si es necesario pueden llamarnos. Mejor así, estoy viejo para esto – rió.

– Ya veo... ¿Y Kyo? – pregunté. – Supongo que en su caso no será tan fácil.

– Piensas igual que nosotros – sonrió nerviosamente la Capitana. – Lo cierto es que aún no saben... no sabemos qué hacer con él – dijo con una inseguridad no habitual en ella. – En cualquier caso, la decisión se tomará después de la ceremonia.

– ¿Ceremonia?

– Claro – asintió mi padre como si fuera algo lógico y normal.

– Por eso os he convocado aquí a los dos – dijo Henkara, recuperando poco a poco la compostura. – Es tradición que el Capitán de cada División se encargue de la organización del funeral de su antecesor.

La palabra “funeral” retumbó en mis oídos como si fuera algún tipo de palabra mágica. Ni siquiera me había acordado de tales formalismos entre el ajetreo del ir y venir de acontecimientos y se había pasado por alto aquello de “enterrarás a tus muertos”.

– Había pensado que el panteón familiar de los Akano sería el lugar más idóneo...

– Si me permite, – interrumpí – sinceramente creo que ya que se ha demostrado su inocencia, deberíamos honrarlo como el Capitán que fue.

– Estoy de acuerdo – se unió mi padre. – La familia le traicionó cuando más le necesitaba – rezongó – y en esta División siempre conservó seguidores leales. Creo que su sitio está aquí, con los suyos.

– Está bien – aceptó la Capitana. – Será enterrado en el Panteón de Héroes. Sobre su espada...

– Será depositada en la Cámara de las Almas Olvidadas – completamos la frase mi padre y yo al unísono.

– Perfecto. Todo claro entonces.

Repasamos varias veces el complejo ritual que suponía la ceremonia funeraria de un alto oficial. Demasiados protocolos aparentemente inservibles rodeaban lo que a primera vista parecía lo esencial, despedir, con el honor debido, a uno de los trece hombres que durante una época legendaria habían gobernado el Sereitei.

Todo aquello se llevó el día siguiente, al caer la tarde. La figura del sol escondiéndose entre las montañas parecía querer acompañar el descenso del cuerpo inerme de mi abuelo hacia las profundidades de la tierra en medio de aquella gran comitiva.

Junto a nosotros, la familia, se encontraban los trece capitanes del Gotei 13 y sus tenientes, que ocupaban un puesto de importancia dentro del protocolo. Nakajima Kyo, Kaiser Wolf, junto a su recién reencontrada hija, y los altos oficiales de la División ocupaban igualmente puestos destacados en la disposición de los asistentes.

Logré, aunque a duras penas, convencer a Nalya para que, durante la ceremonia, se sentara a mi lado. De aquellas, mi amiga no sabía lo que sentía por ella ni yo lo que ella sentía por mí, saberla cerca suponía un gran apoyo en un momento presumible difícil como era la despedida de alguien tan importante como el hombre que me había enseñado todo. Eliaz ocupó un lugar junto a Artemisa, Blod y Pandora en el lugar reservado para los oficiales de la División. Db y Krunzik, pudieron también acceder a una zona preferencial del lugar haciéndose pasar por miembros de la familia Akano gracias a una pequeña artimaña de mi padre, que sentía debilidad por su antigua división.

No ocurrió lo mismo con Mitsuko aunque, gracias a su condición nobiliaria, pudo entrar dentro del recinto. Además, una marea ingente de personas, en su mayoría curiosos, rodeaba el lugar observando, quizás por primera vez, el entierro de un capitán.

Pero Akano Kumaru no era un capitán cualquiera, había sido el hombre del saco de generaciones y generaciones de shinigamis que habían conocido una versión tergiversada de la verdadera historia, aquella que yo había sacado a la luz.

Al ritmo de una marcha fúnebres oficiales de rango medio de la Novena División fueron los encargados del traslado del féretro que contenía los restos mortales de mi abuelo. Lentamente, condujeron el cuerpo desde el Cuartel de la Novena División, a través de aquellas callejuelas blancas, hasta el abarrotado Panteón de Héroes que se alzaba en el conjunto de construcciones centrales del Sereitei que rodeaban el complejo donde residían y desempeñaban su actividad, en el más absoluto secreto, los representantes de la Cámara de los 46.

En el interior del Mausoleo, la espada de Kumaru, Nottung, esperaba pacientemente sobre un soporte dorado y cubierta con un velo rojo, el color de los mártires, junto al nicho en el cual, para siempre, descansarían los restos mortales de su portador. Los allí presentes pudimos entonces ser testigos de uno de los acontecimientos más hermosos que, en mi opinión, puede contemplar un hombre como yo:

Cuando el cuerpo del Capitán, en el interior del negro féretro tan magistralmente labrado en ébano, entró, a hombros de mis compañeros, en el mausoleo, los allí presentes tuvimos la increíble oportunidad de presenciar uno de los espectáculos más maravillosos que un hombre puede observar: La espada comenzó a brillar con un fulgor dorado acompañado por un aumento considerable de la energía que, durante días, había estado emitiendo. Parecía como si quisiese decir el último adiós, como uno más de los presentes, al que durante años había sido su inseparable maestro, amigo y compañero. Tan fuerte era aquella emanación que incluso pudimos comenzar a oír una melodiosa nota musical cuya intensidad bailaba al ritmo que marcaban las fluctuaciones del reiatsu que surgía de aquel pedazo, aunque vivo, de metal.

Con tanta parsimonia y delicadeza con la que se había desarrollado todo el acto, el ataúd fue depositado e introducido en la que sería la última morada de Hiruma Kunishi y de Akano Kumaru, el hombre que me había enseñado todo. Una vez estuvo dentro, la tumba fue sellada con una lápida de mármol negro, sobre la cual una inscripción en letras doradas que indicaban el nombre, rango y los años de servicio de mi abuelo.

Cuando cerraron la tumba, la zampakutou emitió un último y cegador impulso de un brillo tal que nos obligó a entornar los ojos. Inmediatamente después, regresó a su estado normal, sellada, callada, como si ella también hubiera muerto.

Pude comprobar que no era así cuando, siguiendo el protocolo que había diseñado la Capitana yo, al ser el shinigami que había llevado la espada al Sereitei, me levanté y tomé a Nottung en mis manos para proceder al traslado del arma a la Cámara de las Almas Olvidadas, donde ella también recibiría “sepultura”. No emanaba ninguna fuerza pero podía notar que la energía encerrada dentro que el simple hecho de que, aún sellada, se pudiese percibir tanto reiatsu en su interior justificaba de sobra la existencia de un cementerio para las espadas.

Me giré hacia la asamblea allí congregada, que se puso inmediatamente en pie, para salir procesionalmente de del edificio seguido por un cortejo bien organizado, formado por las mismas personas que habían sido autorizadas a entrar en el mausoleo. Sólo esos pocos “elegidos” tendrían el honor de acceder al último estadio de la ceremonia: la Cámara de las Almas Olvidadas.

Situada inmediatamente junto al Panteón, dentro del conjunto de edificios que rodeaban a la Cámara de los 46, la Cámara de las Almas Olvidadas era un edificio cuya planta tenía la forma de un polígono regular de catorce caras y que estaba coronado por una cúpula blanca, color predominante también en el resto de las construcciones del Sereitei.

En su interior, completamente revestido de maderas nobles, sobre la puerta colgaba el pendón del Gotei 13, majestuoso, presidiendo el recinto sobre la única pared “vacía”. En cada uno de los demás lados, altísimos sobre el suelo, el estandarte de cada una de las divisiones anunciaba que las espadas situadas en aquella pared pertenecían a los capitanes que habían servido bajo aquel escudo.

Pude observar que, precisamente por el carácter propio de cada escuadrón, unas paredes contaban con un mayor número de armas que otras. Así, por ejemplo, la correspondiente a la Undécima División lucía una cantidad ingente de zampakutous, mientras que las de la Cuarta o la Duodécima contaban con bastante menos que el resto de los escuadrones. “Nuestra pared” entraba, por así decirlo, dentro de una especie de término medio al que se ajustaban más de la mitad de los escuadrones.

Situé la espada en el pedestal previsto para ella y me retiré al puesto que me correspondía para que pudieran dar comienzo los ritos relacionados a la introducción de una nueva espada a la Cámara, que eran llevados por una especie de sacerdotes ligados a la Cámara de los 46 y de los que nunca había oído hablar hasta el día anterior, cuando Henkara nos explicó cómo se iba a desarrollar todo.

– ¿Qué es eso? – susurró Nalya en mi oído, haciéndome levantar la vista hacia los espacios más altos, en los que las espadas relucían sobre un fondo plateado.

– Por lo que pude leer, – contesté, tratando de sobreponerme a la turbación que me producía el sentir su aliento tan cerca – son las espadas de los últimos capitanes de la anterior edad: Yamamoto, Soi, Madarame, Unohana, Abarai, Kuchiki, Komamura, Shunsui, Hisagi, Hitsugaya, Zaraki, Kurotsuchi y Ukitake – recitaba, a medida que indicaba con el dedo, una a una, las paredes. – O más bien sus réplicas – aclaré. – Todo lo demás se perdió con el Gran Estallido.

– Nunca me gustó la historia – afirmó ella en un tono quejicoso, arrancándome una sonrisa.

A continuación, la comitiva regresó a la puerta del Panteón, donde tuvo lugar una especie de acto de desagravio en el que se aclaró oficialmente ante todos los allí presentes, la mayor parte de los cuales ya conocíamos la historia de uno u otro modo, todo lo sucedido en aquellos setecientos años de condena y persecución.

Alabanzas y disculpas continuadas en boca del Capitán General Ailios que, aunque no servían de consuelo, suponían el reconocimiento oficial por parte de la jerarquía de la Sociedad de Almas de que se habían equivocado, algo que no sucedía muy a menudo. Fue en aquel momento cuando “cayó la bomba”.

– Por todo esto, tras asumir nuestros errores – concluía ya el Capitán General Ailios – el Consejo de Capitanes y la Cámara de los 46 ha decidido restituir de forma honorífica al Capitán Kaiser Wolf y al Tercer Oficial Akano Youichi en sus cargos, aunque no regresen a la vida activa. A título póstumo ocurrirá lo mismo con el Quinto Oficial Saitou Ray y el Capitán Akano Kumaru, a quien hoy honramos con los honores merecidos. En cuanto a Nakajima Kyo... – anunció, haciendo una pausa ciertamente dramática – este consejo ha decidido ofrecerle la posibilidad, en agradecimiento a todos los servicios prestados, en disculpa por nuestra actuación y en reconocimiento de su capacidad, de reintegrarse a la vida activa en calidad de Capitán de la Novena División.

En aquel momento todas nuestras miradas se dirigieron alternativamente a la Capitana Henkara y a Kyo, sentados muy cerca el uno del otro. ¿Capitán Nakajima Kyo? Aquello no era una bomba, era un misil nuclear. Estupefactos, todos comenzamos a hacernos preguntas acerca del destino de la División, todos menos la Capitana, a quien parecía no haberle sorprendido la noticia.

Posiblemente fuera por aquello que Henkara se había puesto nervioso el día anterior cuando, tras anunciar lo que se había decidido en referencia a mi padre y a Wolf, le había preguntado por el destino de Nakajima. Sí, ese sería indudablemente el motivo de su turbación.

Dudaba que, en cualquier caso, pusiera resistencia alguna a la decisión del Consejo o de la Cámara. Incluso era posible que ella misma lo hubiera sugerido en un afán altruista, pero era necesario que alguien pusiera las cosas en su sitio, pensé. Henkara no podía abandonar la Capitanía así como así,  ni aunque fuese el mismísimo Akano Kumaru quien pasara a ocuparla .

Con un pequeño tirón del traje, Nalya y mi padre me hicieron comprender que no era el momento para algo semejante y que ya tendría posibilidad de protestar todo lo que quisiera cuando regresáramos a la División. Decidido a hacerlo, asistí de una forma medio ausente al resto de discursos y demás formalismos que se sucedieron hasta el regreso al cuartel.

– Fue idea suya – dije, tras irrumpir aún sin permiso en el despacho de la Capitana.

– Fue idea mía – admitió sin ambages.

– Pero, ¿por qué? – pregunté.

– ¿Por qué? – repitió ella. – Porque es Nakajima Kyo, porque no hay persona más capacitada que él para desempeñar esta tarea...

– Por favor, Capitana – la interrumpí. – No me mienta.

– ¿Algo más? – inquirió, dando a entender que no quería seguir hablando del tema.

– No... nada – me retiré.

– Me siento culpable – le decía minutos después a Nalya mientras paseábamos por el Sereitei bajo la luz de la luna.

– ¿Por lo de la Capitana?

– No, porque Mitsuko se sentó lejos de todo el mundo – contesté insolente.

– ¡¿Porque el microbio incestuoso ese se sentó en el quinto huevo?! – se enfadó antes de caer en la cuenta en la ironía de mi frase. – ¡Ah! ¡Vale! Vete a la mierda, puñetero barbudo.

– ¿Cansada? – traté de quitarle hierro al asunto.

– Lo normal después de semejante rollo.

– Lo mismo digo – admití. – La verdad es que necesitaba despejarme. ¿Sabes?

– ¿Qué?

– Necesito urgentemente un par de días de vacaciones.

– ¡Pero si últimamente no estábamos haciendo nada!

– Cierto – sonreí. – Entonces unas vacaciones serían hacer algo, ¿no?

Nalya se rió y sus ojos brillaron reflejando la luz plateada de la luna, la misma luna que brillaba la noche en que decidí ingresar a la Novena División para poder agradecerle todo lo que había hecho por mí. Los caprichos de la Dama Fortuna habían querido que nuestros destinos hubieran quedado unidos para siempre hasta el punto de que yo me había enamorado de ella.

Aquellos pequeños momentos de intimidad con ella eran pequeñas perlas que guardaba como las más preciadas joyas dentro de mis recuerdos. Eran mi preciado tesoro, mi forma de “recargar las baterías” cuando tenía algún bache en mi estado de ánimo. Pero también eran la fuente de un gran dolor. Un dolor que se debía al hecho de que todo aquello nunca pasaría, por mi timidez, de una esperanza inútil al carecer del valor para ponerla en práctica.

La noche, el clima, la situación, el momento... todo parecía ponerse de mi parte. Surgió entonces esa duda: “¿Y si se lo digo ahora?” Lo lógico es que su temperamental carácter la llevara a atizarme un golpe, insultarme y humillarme, o algo parecido. Tal era mi pesimismo ante la situación, no en vano Nalya era llamada la mujer de hielo.

Aún así, aquel pequeño retortijón me acompañó todo el tiempo de nuestro caminar. Mientras paseábamos nos fuimos inconscientemente acercando al Panteón, donde horas antes habíamos asistido a las exequias del viejo maestro.

– Nalya... – dije deteniéndome.

Había decidido enfrentarme a mi miedo y decírselo. ¿Qué podía pasar? Estaba acostumbrado a sus gritos y a sus golpes, y me dije que conseguiría volver a atravesar su muralla tantas veces como me lo propusiera, algo que posiblemente fuera una mentira piadosa para conseguir sacar valor de donde sólo había un hombre tímido y  

– ¿Qué?

– Yo...

Pero Nalya no me miraba a mí, tenía su vista clavada, como si de un fantasma se tratase, en la puerta del Panteón, donde, de espaldas a nosotros, observando la puerta, una figura femenina contemplaba el mausoleo de los héroes del Sereitei. Tenía el pelo relativamente corto en el caso de una mujer y portaba a su espalda una gran espada bastarda que pendía de unas cuerdas que le rodeaban los hombros, sujetando la vaina del arma.

– ¡Esa es...!
:iconcentoloman:
MmMmMm Resulta que la saga no terminaba aquí...

En fin... Otro capítulo más, en el que descubrimos muchas cosas de esta Sociedad de Almas a través del funeral del gran Akano Kumaru.

Er... va con un bombazo detrás de otro.
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