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September 15, 2009
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Memorias 46 - Desenganho

by ~Centoloman

Desengaño

– ¡Buenos días! – grité desde el otro lado de la ventana.

Había decidido no ir a la habitación de mi amiga utilizando la vía que se suponía normal y lógica: la puerta. ¿Por qué? Quizás porque quería demostrarle que el loco de su viejo a migo había vuelto a renacer, o quizás porque quería alejarme del mundanal ruido, concretado en forma de cuchicheos en torno a mí, que no comprendía y que inundaban los pasillos del Cuartel.

Por su parte, ella miraba embobada a Vilnya, su espada, y parecía estar en algún lugar lejos del mundo real, obligándome a repetir el saludo, que acompañé de unos pequeños toques en el cristal de la ventana.

Saliendo de sus ensoñaciones, me miró fijamente, extrañada, durante un par de segundos, antes de abrirme paso hacia sus aposentos. Sin embargo, no dijo nada al respecto, como si fuera lo más normal del mundo que alguien asaltara el cuarto de otro a través de la ventana.

– ¡Puñetero Vilnya! – protestó al fin, sentándose de golpe en la cama.

– Déjalo, mujer – bromeé. – Ya bastante trabajo tiene con aguantarte.

– ¡Eso, encima, ponte de su parte!

– Al menos tu querida cabra no te suelta unos discursos dignos de un dictador.

– Para eso ya os tengo a ti y al incestuoso – me echó en cara. – Cada uno tiene la espada que se merece.

– ¿Vamos a comer algo? – propuse, cuando sus tripas sonaron. – ¿Eso es un sí?

– Más bien, es un “a lo mejor” – contestó con un gesto entre serio y ausente.

Obligándola a levantarse la incité a que abandonara la habitación y nos fuimos dirigiendo a través del patio, pues la lluvia ya había cesado, entre empujones y bromas hacia el comedor de oficiales, que ya comenzaba a mostrar el habitual ajetreo de los mediodías en la División.

Los cuchicheos continuaban presentes, pero conseguí abstraerme de ellos comentando con Xemi los resultados de las competiciones deportivas interdivisionales. Sin embargo, al devolver la mirada al grupo cuando llegábamos a los postres, entre esas bromas, notaba como si Nalya no estuviera pasando por un buen momento, pues no sólo parecía seria y distante, algo que era habitual, sino que había en sus ojos un “nosequé” que indicaba tristeza o desesperación.

Posiblemente el momento de su repentino cambio de humor, cuando unos minutos antes parecía la persona más feliz del mundo, eran los cuchicheos y las continuas miradas inquisitorias que le dedicaba todo el mundo. Quizás me sorprendió aquello más que el hecho de que estuviera seria o melancólica, más allá de que no se integrara. Había cambiado de repente expresión de contenta a una que no me gustaba nada.

Preocupado por su estado emocional, le hice un gesto para que me esperase mientras la acompañaba de nuevo a la habitación. Aunque trataba de disimularlo, después de haberla observado durante la comida podía asegurar que mi primera intuición era la correcta. Algo le pasaba.

– ¿Estás bien? – le pregunté, cerrando la puerta de su cuarto a mis espaldas.

El silencio, mientras hacía como si ordenara una habitación ya de por sí siempre en orden, fue su respuesta. Algo iba mal en ella o, al menos, no del todo bien. Me acerqué despacio a ella, preparado ante una posible reacción violenta por su parte, para interesarme por ella y entablar una conversación que revelara las causas de su malestar, aunque sabía que toda tentativa sería, al fina, inútil.

Probablemente, ella ya se había dado cuenta de que yo había notado esa especie de melancolía en que estaba sumisa. Probablemente, también se había dado cuenta del cambio en mí cuando me vio entrar por la ventana, así que supuse que no quería aguar la fiesta con sus problemas, la misma estrategia egoísta que había seguido yo durante mucho tiempo y que tan mal resultado daba.

Afortunadamente, podría decirse, mi experiencia anterior, la de Akano Rido, me había proporcionado “nuevas” vivencias y “nuevos” métodos para enfrentarme a aquella mujer que se cerraba en banda delante de mí y superar aquel mutismo que mantenía, dándome la espalda, la que pretendía ser mi interlocutora.

– Eh, Cornuda – le llamé en tono cariñoso tocándole suavemente el brazo.

Aquello dio resultado, de alguna forma, pues casi como un acto reflejo se dio la vuelta decidida a golpearme con lo primero que encontrase. Sin dejar de sonreírle, paré su brazo derecho con mi antebrazo izquierdo y la miré fijamente a los ojos preguntándole con la vista por qué le sucedía.

Nuevamente, quiso hacer como que no me entendía y apartó silenciosamente los ojos, retirando el brazo de la presa. Aquel silencio lo único que conseguía era ponerme más y más preocupado y, también, nervioso.

– Me preocupas – le solté sin ambages, ante sus continuas evasivas. – No me insultas, no me desprecias… sólo callas.

– Mejor así, ¿no?

– No. Esto no es normal. ¿Qué coño te pasa?

– Nada.

– Y una mierda nada.

– No me pasa nada – insistió, pronunciando lenta y amenazadoramente aquella frase.

– No me mientas – repliqué, pasando por alto su tono. – Tú, Uchiha Nalya, no estás bien. Nos conocemos desde hace medio siglo y sé perfectamente cuando estás bien y cuando no.

Ni siquiera se inmutó ante aquella aparente mentira. Todo lo contrario, siguió ignorándome como había hecho durante toda la conversación, como si aquella última frase no le aportase información nueva o como si no me hubiera escuchado. Estaba claro que algo le pasaba, pero preguntarle directamente por ello no daba ningún resultado. Habría entonces que cambiar de táctica.

– Está bien, ya que no puedo saber que le pasa a mi mejor amiga, – resoplé – ¿qué mierda le pasa a todo el mundo en este Cuartel que parecen la prensa rosa?

En ese preciso momento, escuché la frase que lo aclaró todo. Por el pasillo, canturreando a voz en grito, se paseaba la flamante nueva Teniente que, como habitualmente, no perdía la menor oportunidad para atacar física, psicológica o emocionalmente a su inferior inmediata en la escala de mando.

– ¡La Cornuda ha perdido algo y nunca más lo va a recuperar! – cantaba estridentemente, anunciando a todo el mundo aquel hecho.

– Esta mujer está cada día más loca – suspiré, tratando inútilmente de quitarle hierro al asunto.

Sí, es cierto, trataba de restarle importancia hipócritamente a lo que acababa de oír pero todo cobraba entonces una extraña lógica. La situación en la que se encontraba Nalya, el ambiente tan enrarecido en el Cuartel e incluso la primera impresión que tuve al verla por primera vez junto a Kyo se habían convertido de repente en piezas de un puzzle que encajaba a la perfección. Quisiera o no, quisiera yo admitirlo o no, Pandora tenía razón y la reacción de mi amiga al pregón de la segunda al mando corroboró mis sospechas: Nalya se había acostado con Kyo, al menos, la noche anterior.

Una punzada de dolor, de celos, de rabia, de envidia hacia el viejo teniente, de “¿por qué no yo?” azotó mi corazón haciéndome perder la sonrisa, haciéndome bajar del caballo llamado euforia en el que me había montado tras mi renacimiento.

Nunca he sentido igual una derrota
que cuando ella me dijo se acabó
nunca creí tener mi vida rota
ahora estoy solo y arrastro mi dolor

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control


Adopté entonces un gesto sombrío y serio y la miré fijamente. Pero ella no se dio cuenta pues seguía evitando mi mirada. El pregón de Pandora había calado hondo en ella que parecía, por primera vez según yo recordaba, al borde de las lágrimas.

Sabía que en ese momento mi mejor amiga, por encima de lo que yo sintiese, me necesitaba tanto o más de lo que yo la deseaba. Pero no quise hacer caso a eso y seguí aquella imperiosa obligación que surgía desde dentro de mí de marcharme de allí y salir al encuentro de una vieja conocida: la soledad. Necesitaba tomar el aire y pasear. Debía relajarme, descansar, reflexionar y reorganizar todos mis pensamientos y mis sentimientos.

Viendo que no había respuesta posible a mis mudas preguntas, me di la vuelta y lentamente me acerqué a la puerta. Con un suspiro, accioné la manilla y la abrí, no sin antes echar una última mirada hacia atrás.

– ¿Ahora te vas?

– ¿Ahora me hablas?

– ¿Prefieres que esté callada?

– Aquí no pinto nada. Me voy.

– Pues que te vaya bien.

– ¿Por qué? – susurré.

– ¿Que por qué? – contestó. – ¿Debo darte explicaciones?

– Yo…

– Yo ya soy mayorcita – me espetó. – Puedo cuidarme sola. No necesito ayuda de nadie.

– Es cierto, eres mayorcita – repliqué dolido. – No me necesitas, por eso me voy.

– ¿Pero qué cojones te pasa a ti ahora?

– Nada.

– Y una mierda nada.

– Tú sabrás entonces lo que me pasa.

– Se ve que a ti te pasa algo.

– ¿Acaso eres ahora mi psicóloga?

– Mira quien fue a hablar, Dr. Freud de pacotilla.

– ¡¿Quieres saber lo que me pasa?! – grité, confuso y alterado.

Me di la vuelta y violentamente me acerqué a ella decidido. No controlaba mis pensamientos y emociones en aquel momento y era capaz de cometer una estupidez. Afortunadamente para lo que pudiera suceder, recuperé el control antes de hacer algo de lo que luego me arrepintiera.

En ese momento nuestros ojos se cruzaron y la observé fijamente, igual que ella a mí. Estábamos frente a frente, separados a escasos centímetros. Tan cerca estábamos que notaba el ir y venir de su respiración, acelerada por la tensión del momento, como si fuera la mía propia.

Me sentía confuso y, sobre todo, tenía unas ganas formidables de besarla y, de este modo, demostrarle, de una vez por todas, todo lo que sentía por ella y que durante tanto tiempo me había guardado.

Sin embargo, era completamente consciente que aquello no sería más que un mero espejismo, una reacción contra una realidad que no quería asumir: Nalya no me amaba, no sentía lo mismo por mí que lo que yo sentía por ella. Sabía a ciencia cierta que aquello no duraría más que lo que durase el beso y que luego se marchitaría, como si fuera una de esas plantas tropicales que florecen durante escasos segundos, con una imagen bellísima, para luego marchitarse y morir, permaneciendo así, inertes, durante años e incluso siglos.

Noté como se me saltaban los colores. Me ruboricé hasta el punto de que me ardía la cara. Tenía que hacer algo, decidirme ya. Al final, tragándome los impulsos que me obligaban a aprovechar la oportunidad que se me presentaba para dejar salir algo que se estaba enquistando de mala manera dentro de mí y disfrutar de un efímero instante de felicidad, me volví rápidamente hacia la puerta para salir, a toda prisa, de aquella estancia que ahora se me antojaba como algo así como una cárcel.

– Cobarde – balbuceó, casi inaudiblemente, al verme salir.

Cuantas noches soñé que te besaba
y en mis brazos llorabas por tu error
luego un ruido del bar me despertaba
y el que lloraba entonces era yo

Y mientras en la calle está lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control


El portazo retumbó en todo el pasillo. Era la expresión de una rabia contenida que me negaba a dejar salir. Los pocos shinigamis que se encontraban entonces en el ala de las habitaciones se sobresaltaron al escuchar el estruendo.

– Problemas en el paraíso – se burlaba por lo bajo Pandora.

– Váyase a la mierda, – le contesté, sin siquiera mirarla, en tono realmente displicente, mientras pasaba a su lado camino del dojo – Teniente.

Al llegar a la estancia de entrenamientos, desahogué todo lo que llevaba dentro, acumulado en los últimos minutos, en una casi inacabable serie de golpes inconexos contra uno de los muñecos de prácticas que allí se encontraban, lo que llamó la atención de un grupo de shinigamis rasos que se encontraban realizando sus habituales ejercicios de entrenamiento.

Iba a pegarle un último puñetazo, cargado de rabia y de frustración cuando algo me detuvo. Era la mano del nuevo hombre de asalto de la División: un gigantón de dos metros de altura llamado Xemi. Hice el ademán de golpearle a él en lugar del muñeco pero afortunadamente lo poco que me quedaba de lucidez en ese momento me aconsejó que era mejor no enzarzarse en una pelea a corta distancia con él.

– La Capitana te busca, asesino de muñecos – dijo en tono afable.

– No estoy para sermones de nadie – contesté secamente, cumpliendo mi anterior intención y descargando mi puño contra el maniquí.

– Tú verás lo que haces – advirtió alejándose. – No creo que le haga mucha gracia que le desobedezcas o que hagas esperar a las visitas.

Reconsiderando lo que me acababa de decir Xemi me arreglé el traje y le seguí hacia la salida del dojo. Era cierto, no era lo mejor retar a la capitana, y menos en aquel estado en que ella era quizás la persona de la División que más me podía ayudar.

– ¿Visitas?

– Eso me ha dicho cuando me envió a buscarte.

– ¿Te dijo quién?

– Yvan Deiss.

– ¿El profesor Deiss?

– El mismo que viste y calza.

– Genial – me quejé. – ¿Qué querrá?

– A mí no me mires – se excusó. – No soy más que el mensajero.

Cuando llegamos a las escaleras que conducían al primer piso, donde se encontraba el gran vestíbulo que llevaba al despacho de Henkara y de Pandora, que aún estaba organizándolo todo, nos dividimos, pues él decidió que iría a entrenar al pabellón norte, donde nadie le interrumpiría.

La repentina aparición del anciano Catedrático de Historia de la Academia de Shinigamis había conseguido apartar de mi pensamiento, al menos durante unos minutos, el complejo amasijo de ideas y sentimientos que se empeñaban en perturbar la paz que había conseguido alcanzar tras lo acontecido la noche anterior.

Sin embargo, en cuanto me quedé solo los fantasmas volvieron a atormentarme y a evitar que pudiera disfrutar de mi “nueva vida”. Maldije al destino unas cuantas veces, en alto y en bajo, antes de llegar al despacho captando involuntariamente la atención de los pocos shinigamis que a esas horas se paseaban por los pasillos de la zona administrativa de la División.

Ya frente a la puerta de Henkara, respiré hondo para tratar de disimular mi perturbación, ya no a la Capitana, pues sabía que era imposible y que probablemente ya lo supiera desde bastante antes de que yo entrase a su despacho, pero sí al menos al que otrora fuera el hombre que me había enseñado todo lo que sabía de historia o, al menos, en vista de lo que recientemente se había revelado, la inmensa mayoría.

Estaba seguro que la visita del profesor Deiss que, según se rumoreaba, no abandonaba la Academia ni siquiera para descansar, tenía algo que ver con todo lo que había sucedido en el último mes con respecto a la muerte de mi abuelo, pero no podía imaginarme qué podría ser.

– Pasa, Rido – me dijo Henkara cuando llamé y entreabrí la puerta.

– Buenas tardes, Capitana – saludé. – Un placer volver a verle, Profesor.

– Buenas tardes, Oficial.

– Toma asiento, Rido – ordenó la Capitana.

– ¿Qué quieren de mí? – pregunté una vez sentado.

– El Profesor Deiss ha acudido a mí – comenzó a explicar – para solicitar que te incorpores a su Departamento.

– ¿Yo? – reaccioné sorprendido. – ¿Por qué yo?

– Porque su actuación frente al consejo fue formidable – intervino Deiss. – Demostró un gran conocimiento de Historia y sus cartas de presentación son excepcionales.

– Ante tales halagos yo...

– Normalmente – terció Henkara, interrumpiendo una incómoda y protocolaria contestación – no se presenta una ocasión como esta. Cierto es que prefiero que mis shinigamis estén completamente disponibles para cualquier eventualidad, pero en estos momentos creo que no importará si te dedicas a la enseñanza.

– Entiendo...

– Y bien, ¿qué dices? – preguntó la Capitana.

– Creo que debería pensármelo un poco – repliqué.

– De acuerdo, pero el curso empezará dentro de dos semanas – informó el catedrático. – Sería bueno que, de incorporarse, lo hiciera usted cuanto antes.

– Prometo responder lo antes posible.

– Está bien. Entonces, si me disculpan – se levantó – regresaré a la Academia. Tengo que rehacer parte de una asignatura – explicó luciendo una pequeña sonrisa entre dientes.

– Muchas gracias por la oferta, Profesor – correspondí con un apretón de manos. – ¿Le acompaño hasta la salida del Cuartel?

– Rido, – me detuvo la Capitana – todavía hay una cuestión que deseo tratar contigo.

– Entonces, me voy – se despidió Deiss.

– Noto algo raro en ti – dijo Henkara sin andarse con rodeos.

– ¿A qué se refiere? – traté inútilmente de disimular.

– Por una parte, veo que has recuperado una parte importante de ti – afirmó. – No es que esté de acuerdo con la decisión pero... era algo de esperar después de lo que te venía pasando últimamente. Sí, sé lo de esos recuerdos – añadió al ver mi cara de perplejidad. – Por otra parte, creo que será bueno para ti mantenerte ocupado durante una temporada. Creo que ya entiendes por qué.

– Sí – admití.

– Es decisión tuya, pero creo que deberías aceptar ese empleo.

– ¿Segura?

– Cuando te necesite sé donde buscarte, no te preocupes – aclaró, previniendo una futura disculpa basada en la disponibilidad para las misiones.

– Me lo pensaré, entonces.

– Hazlo – ordenó.

Viendo que daba la reunión por terminada, me giré dispuesto a salir del despacho y retirarme a algún lugar donde no tuviera que sonreír ni hablar con nadie. Pero parecía que la Capitana aún tenía algo más que decirme.

– Mañana deberías pasar por el Registro Central – me aconsejó. – Si quieres asumir tu nueva identidad, deberías hacerlo con todas las consecuencias.

– De acuerdo – sonreí.

Rápidamente, y casi de forma mecánica, acabé encima del viejo árbol que extendía sus ramas sobre el estanque. Aquel era el mismo árbol donde nos solíamos sentar a charlar Nalya y yo, o a beber tras una agotadora jornada de trabajo o entrenamientos. Pero ahora estaba solo con mi soledad, condenado a saber que todo lo que, de un tiempo a esta parte, había soñado era materialmente imposible.

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control


¿Qué importaba la lluvia que volvía a caer intensamente? ¿Qué más daba el frío? Peor lo estaba pasando yo en mi interior, donde un ciclón de sentimientos encontrados azotaba tan violentamente mis entrañas que aquella feroz tormenta que descargaba toda su furia sobre la Sociedad de Almas parecía el inocente rocío de una mañana primaveral.

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control


Con una botella de whisky, recogida en la despensa secreta de mi buen amigo y compañero Irah, sólo pude hacer una cosa, sentarme, mirar al infinito, beber y llorar, llorar hasta quedarme dormido y hasta que la aurora decidió despertarme. Al final, el día que había amanecido prometiendo ser el inicio de una nueva vida, se había convertido en el inicio también de un nuevo motivo de sufrimiento.

Y mientras ella está con otro tipo
mis lágrimas se mezclan con alcohol
ella se fue por qué no me lo dijo
y siento que mi vida fracasó

Y mientras en la calle está lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control
:iconcentoloman:
Tened cuidado cuando escuchéis a varias mujeres cuchichear... Algo malo traen entre manos xD

¡Eñes en los títulos ya!

Con todos ustedes: el capítulo cursi de Memorias
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