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September 15, 2009
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Memorias 49 - F.M. Revisited

by ~Centoloman

Family Matters Revisited

– ¡Mañana festivo! – celebró Soki cuando nos acercábamos al Cuartel de la Novena División. – Ya necesitábamos un pequeño descanso después de dos meses casi sin parar. ¿Tienes algún plan?

– Tratar de convencer a Nalya de que venga a cenar conmigo – confesé.

– Qué romántico – bromeó, atacando mi punto débil.

– ¿Y tú? – pregunté ingenuamente, obviando tu pregunta.

– ¿Yo? ¿Planes?

– Es cierto – murmuré. – ¿Se sabe algo más?

– ¡Qué va! Lo peor es que desde la desaparición del Capitán estamos demasiado ocupados – se quejó. – Estamos bastante liados con la reestructuración y con la búsqueda de Kaskas.

– No os envidio...

– ¡Rido! – me llamó Irah desde la puerta del Cuartel, pues estaba de guardia. – La Capitana me ordenó que te dijera que te quería en su despacho nada más llegar.

– ¿Qué has hecho ya? – se burló mi colega.

– Por lo de pronto me he quedado sin cena – me quejé. – En fin, nos vemos, Soki. Sé bueno.

– Lo intentaré.

Advertido por mi viejo compañero irlandés, me dirigí sin demora al despacho de Henkara. Estaba convencido de que aquella noche no podría descansar ni llevar a cabo mi plan: eran días muy ajetreados en la Sociedad de Almas tras la misteriosa desaparición del Capitán de la Duodécima División en extrañas condiciones.

Por otra parte, en la División y, especialmente, en mi corazón, las cosas retornaban paulatinamente a la normalidad. Había asumido que no alcanzaría nunca el corazón de Nalya, pero haberle confesado durante aquel atardecer mi amor incondicional por ella había sacado de mis hombros aquella angustiosa carga de la frustración silenciosa, del miedo a la propia confesión.

Lamentablemente, la frenética actividad en la que vivíamos, sumada al ir y venir de mis clases en la Academia, me impedía verla y hablar con ella todo lo que quisiera. Por eso, aprovechando una presumible noche libre, había decidido invitarla a cenar, no como medio para seducirla, sino como una forma de pedirle perdón por todo el daño que podía haberle causado, aunque no quisiera admitirlo, a raíz de mis vaivenes emocionales y mis meteduras de pata.

La convocatoria de Henkara me rompía los esquemas, pero la completa disponibilidad en cualquier momento y ocasión había sido conditio sine qua non para que me hubiera autorizado a ocupar el puesto de profesor, en el que día a día me encontraba más cómodo.

– Buenas tardes, Capitana – la saludé al entrar en el despacho.

– Toma – dijo, tendiéndome la autorización de la misión. – No tengo mucho tiempo, estoy llena de trabajo hasta las cejas. Te lo explicaré rápido: hoy y mañana vas a patrullar el área del oficial Raylon, de la Sexta División.

– ¿El área de Ray? – pregunté sorprendido. – ¿Le ha pasado algo? ¿Está bien?

Había conocido a Raylon durante mi segunda estancia en la academia. Entonces, era un año menor que yo, al igual que su compañera de División, Yuufuku, con quien mantenía una especial relación y que era la alumna predilecta de Nalya durante sus tiempos de profesora. A través de ella, había comenzado a tener más relación con ellos.

– Tranquilo, está bien – me calmó. – Está en una misión especial.

– Sé que no me va a contestar, pero ¿tiene que ver con la desaparición del Capitán Kaskas?

– ¿Tienes alguna pregunta sobre tu misión?

– Lo siento – me disculpé por mi intromisión en asuntos que no me concernían. – ¿Dónde es?

– Míralo tú mismo – me indicó. – Está en la autorización.

– Pontev... Pontev... ¡¿Pontevedra?! – exclamé entre desconcertado e irritado. – ¡¿Pero qué...?! ¿Es una broma?

– No, Rido. No lo es.

– ¡¿Pontevedra?! – seguía repitiendo una y otra vez, confuso y excitado.

– Exacto – corroboró. – Pontevedra.

– No puede hacerme esto. Seguro que va contra las normas – alegué.

– No hay nadie más... en una situación así las normas tienen poco valor – replicó. – Todos tus compañeros están embarcados en alguna otra misión o descansando después de un mes sin parar. Tú eres el que está más descansado. Tú irás.

– Supongo que no me queda otra opción – resoplé. – Está bien, voy para allá.

No podía protestar si no quería perder mi plaza así que no tenía elección: debía resignarme a regresar al mundo de mis pesadillas, al escenario donde los peores miedos tomaban forma. Taciturno y cabizbajo, me dirigí a la puerta, pero la voz de la Capitana interrumpió mi huida cuando ya tenía el pomo de la puerta en mi mano.

– Llévate un Gigai – ordenó.

– ¿Un Gigai? ¿Para qué?

– Ya que vas a casa aprovecha y vence de verdad a tu pasado – me aconsejó. – Además, seguro que te llevas alguna sorpresa... y tienes gente a la que pedir perdón.

– Prefiero ir sólo de forma espiritual – repuse.

– Es una orden, Rido.

– Entiendo – asumí mientras abría la puerta.

Pensativo y poco animado, me conduje por los pasillos hacia la habitación, donde me vestí con el cuerpo artificial y comencé a preparar el equipo necesario para llevar a cabo una noche de patrulla en el mundo normal: la espada, el dispositivo de comunicaciones y un rudimentario kit de primeros auxilios.

Ya que me veía obligado a caminar entre los mortales como si fuera uno de ellos, decidí al menos elegir una indumentaria con la que me sintiera cómodo: una camiseta negra de los Lizzy, unos vaqueros gastados y unas zapatillas de tela. Al mirarme en el espejo con ese atuendo pude observar, como un fantasma de tiempos ya muy lejanos, a mi antiguo yo. Sí, quizás Henkara tenía razón: aún tenía una cuenta pendiente conmigo mismo.

– Quinto Oficial Akano Rido, – me presenté al oficial encargado del Senkaimon mientras le entregaba la autorización – Novena División.

– Todo en regla – murmuró tras examinar los permisos correspondientes.

A los pocos minutos, vagaba ya por las viejas callejuelas empedradas de la zona vieja de mi ciudad natal. Las calles, las iglesias, las plazas arboladas... todo seguía igual aunque, en el fondo, todo había cambiado.

Aquel era el paraje de mis desgracias, pero, curiosamente, volver a él no provocó en mi ningún sentimiento de congoja o de desazón, como era de esperar. Al contrario, una extraña calma me dominaba hasta el punto de que comencé a pensar que algo no iba bien conmigo. ¿Tanta indiferencia me causaba ya aquel mundo?

– Creía que habías muerto hace veinte años – me sorprendió la voz de alguien perceptiblemente ebrio a mis espaldas.

– ¿Perdón? – murmuré mientras me daba la vuelta y trataba de disimular mi verdadera identidad. – ¿Muerto?

– Me recuerdas a alguien... – se excusó.

– Le recuerdo a alguien... ya – contesté escéptico.

– Un buen chaval – explicó aquel sucio vagabundo que apestaba a vómitos y a alcohol. – El muy gilipollas acabó cortándose las venas.

Traté de esconder mi sorpresa al observar aquel rostro vagamente familiar. ¿Acaso había alguien que me recordaba? No, no podía ser. Tenía que ser una coincidencia macabra, una simple confusión o una broma de mal gusto. Asustado por lo que pudiera descubrir, me di la vuelta y me marché.

Pero aquel sólo había sido el primer encuentro de la noche: mi vieja amiga, la Dama Fortuna, tenía ya preparado su próximo movimiento en aquella partida que mantenía conmigo desde hacía tanto tiempo.

Mientras vagaba sin un rumbo fijo por las calles adoquinadas, comencé a sentir la presencia de un vacío no muy lejos de allí, aunque, realmente, “lejos” no era una palabra con mucho sentido en aquella ciudad.

– Genial – dije, llevándome la mano al bolsillo para sacar el Soul Candy. – Vamos a estirar un poco las piernas.

Lancé la píldora hacia mi boca e inmediatamente el alma artificial tomó posesión de mi cuerpo, haciendo que mi forma de shinigami lo abandonara al instante. Comprobé que todo estaba en orden y di instrucciones al nuevo inquilino de mi Gigai para que tratara no meterse en problemas.

Cuando llegué al lugar fuente de aquel reiatsu, descubrí como un hollow, de constitución vagamente antropomórfica, amenazaba a un alma agazapada ras unas cajas. Parecía no haberse dado cuenta de mi presencia o, si lo había hecho la ignoraba, lo cual resultaba aún más inquietante. Siendo que estaba aún muy cerca del plus, no me quise arriesgar a atacarlo estando por medio aquel inocente.

– Tengo una propuesta para ti – le llamé en tono provocativo. – ¿Qué te parece si tú y yo tenemos un pequeño intercambio de opiniones?

– ¿Para qué? – replicó en un tono cargado de soberbia y prepotencia. – ¿Para qué elegir si podemos encargarnos fácilmente de los dos?

– ¡Vaya! – seguí burlándome, pues parecía acaparar su atención. – ¡Parece que tenemos a un fuera de serie! ¡Si hasta habla de sí mismo en plural!

– No nos conoces, ¿verdad shinigami?

– Parece que vos tampoco me conocéis a mí – contesté en el mismo tono jocoso en que me había dirigido a él durante todo nuestro encuentro. – Aunque supongo que poco importa eso teniendo en cuenta lo poco que os queda. Será un placer mataros – añadí al final.

– No deberías decir cosas como “voy a matarte” tan a la ligera – sentenció. – Ya que parece que quieres morir, seremos piadosos y te diremos nuestro nombre...

– Estoy expectante.

– Nuestro nombre es Legio, – anunció – porque somos muchos.

– ¡Conoces la Biblia! – sonreí maliciosamente. – Qué romántico.

Para mi sorpresa, como salidos de la nada, ante mis ojos ya no había un solo vacío sino una veintena de ellos, todos iguales, que me rodeaban mientras que mi interlocutor se acercaba peligrosamente al plus que temerosamente se escondía tras los montones de basura.

De un salto, superé la barrera de vacíos y me posicioné entre el vacío y el plus, evitando que pudiera aproximarse aún más y poner en peligro su vida. Mi defendido aprovechó el escudo que le ofrecía y corrió a escabullirse en lo profundo del callejón, lejos del alcance de la batalla. Ahora tenía todo el espacio para combatir sin preocupaciones.

El hollow trató de lanzarse a la persecución del escapado, pero interpuse mi cuerpo frente al de él para restarle libertad de movimientos. Con los brazos extendidos y la espada en mi mano derecha, bloqueaba la ruta más directa y mi velocidad me permitía interceptar cualquier camino alternativo que pretendiera tomar.

– Lo siento, pero no puedo permitirlo.

– Eres muy osado, shinigami – amenazó.

– ¿Tú crees? – bromeé. – ¿Rápida o lenta?

– Qué gracioso – bramó, lanzándome un zarpazo fácilmente esquivable.

– Interpretaré eso como un “rápida” – sonreí. – Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!

A mi voz, la espada adoptó su forma liberada: una forma que era novedosa y que se había comenzado a manifestar desde que había liberado de aquel claustro lo que había quedado sellado del alma de Akano Rido.

Aunque esencialmente seguía siendo igual, una maza y una espada, con los mismos poderes y capacidades, ahora esta última ya no era una katana, sino un majestuoso flamberge en el que el símbolo de los Akano brillaba con más luz que nunca.

– Ahora es cuando me toca presentarme a mí – anuncié. – Mi nombre es Akano Rido, aunque por ser tú te permito llamarme Gran Guerrero de las Sombras.

– Así que tú eres uno de ellos...

En aquel momento no reparé en lo que me había dicho aquel vacío, pues, dibujando en mis labios una amenazadora y malévola media sonrisa, me había lanzado hacia sus compañeros a toda velocidad. Bailé entre mis oponentes atacando aleatoriamente con la espada y con la maza dibujando una serie de movimientos que Eliaz había bautizado rimbombantemente como “Danza Eléctrica Mortal”.

Cuando sólo quedaba el hollow original, pues había llegado a la conclusión de que los demás eran burdas copias, volví a situarme frente a él. Bajo la máscara de hueso, el único oponente restante había abandonado su actitud soberbia y me miraba ahora con miedo y respeto.

Ya no hablaba, ya no se movía, ya no se preocupaba por pasar a través de mí para perseguir al plus escondido que había sido objeto de sus deseos pocos minutos. No, ahora estaba paralizado por el terror que le había producido la escena anterior.

– Supongo que ahora tendrás que cambiar de nombre. ¿Qué te parece “Miles”? – le espeté burlón antes de hundir la maza en el centro de su máscara. – Aunque realmente ya no lo necesitarás.

Aquella fue la primera vez que contemplé las puertas del infierno. Hasta entonces, todos los hollows con los que me había encontrado habían sido almas en pena que, por uno u otro motivo, habían acabado sucumbiendo a sus instintos, representados en aquella ósea cubierta que ocultaba su verdadero rostro, lo único que quedaba de su antiguo cuerpo. Sin embargo, aquel, aquella legión, era el estadio final de un alma que se había apartado del camino recto mucho antes de que su cadena del destino se cortara.

Me di la vuelta para completar la misión enterrando al plus. Despacio, tratando de no asustarlo más de lo que ya estaba, lo busqué entre las cajas apiladas al lado del callejón. Lo descubrí enrollado sobre sí mismo, acurrucado tembloroso contra la puerta de un garaje. Me acerqué sonriente y tranquilo y me agaché junto a él tratando transmitirle la paz que, supuestamente, debería sentir durante el rito y que yo debía y quería mostrarle. Puse suavemente mi mano sobre su hombro y le llamé cariñosamente.

– Ya ha acabado todo – le sonreí. – He venido a buscarte para llamarte a un lugar mejor.

Aparentemente calmado por mi tono, se dio la vuelta para observarme fijamente, dejándome descubrir un rostro envejecido, aunque de lo más familiar. Tan sorprendido como yo, el plus dio un pequeño salto hacia atrás y pequeñas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

– ¿Uxío?

– ¿Hijo?

– Yo no soy tu hijo – reaccioné, casi como si fuera un acto reflejo. – Pero... sí, – me corregí – soy yo.

– ¿Eres un fantasma?

– Soy un shinigami.

– ¿Shinigami?

– La parca, – traté de explicarle, usando figuras y conceptos que él entendiese – el barquero Queronte...

– Lo... Lo siento...

¿Me estaba pidiendo disculpas? ¿Él? ¿A mí? ¿A la persona que había amargado su existencia? ¿Al hombre que había hecho de su vida un infierno? Pero, ¿por qué? ¿De qué se sentía culpable? Fue precisamente en ese momento, ante aquella tímida y temerosa disculpa cuando me di cuenta de cuan equivocado había estado en el pasado.

– Eso debería decirlo yo – murmuré tras un emotivo silencio. – Fui yo el que tiró su vida a la basura. Fui yo el que...

– Calla – me ordenó, poniéndome la mano sobre la boca. – No se te ocurra decir esa clase de tonterías.

– No son tonterías. Son la pura...

– Son tonterías – sentenció. – Tu madre y yo no supimos cuidarte y mírate ahora. Por nuestra culpa estás...

– ¿Cómo estoy?

– Condenado.

En cierto modo, la respuesta de mi antiguo padre adoptivo no me cogió desprevenido. Entraba dentro de los límites de lo razonable conociendo quién era el hombre con el que hablaba. Mi padre adoptivo, Uxío, era un hombre profundamente religioso y era normal que considerara vagar eternamente ayudando a los difuntos en su tránsito a la otra vida como la condenación eterna.

– No estoy condenado – le dediqué una sonrisa cargada de comprensión. – Uxío, ser shinigami no es ninguna condena.

– Pero no...

– ¿No estoy en el cielo? – me anticipé a su objeción. – De alguna forma... lo estoy. Digamos que soy como un ángel. Pero “mi cielo”, el cielo, el de verdad, no es como lo imaginas. Es totalmente como otra vida, como otra oportunidad. Pero no es necesariamente mejor ni peor, es como tú quieras que sea. Gracias a Dios me crucé con las personas adecuadas que me sacaron del abismo.

– Algo que nosotros no pudimos hacer...

– Algo que no quise dejaros hacer – le corregí.

– Entonces, si es como otra vida... ¿Qué pasa con todo en lo que yo creía?

– Es... complicado – admití. – Pero que no sea idéntico a lo que esperabas no significa que tus creencias sean mentira. Ya verás como tiene todo el sentido, poco a poco lo irás descubriendo, como hice yo.

– ¿Estás seguro?

– Completamente – aseveré. – Tengo una familia, amigos... Soy feliz o, al menos, creo que voy por el buen camino.

– ¿Eso es ir por el buen camino? – señaló hacia la entada del callejón, haciendo referencia al vacío con el que me había enfrentado. – ¿Enfrentarse a esos monstruos?

– Esos monstruos... los hollows, son también personas – le expliqué. – Sólo que después de muertas han sucumbido a sus... han ido al purgatorio – me corregí, para utilizar símiles cercanos a él.

– Pero a este lo has matado...

– No exactamente – repliqué. – Verás, esto es una Zampakutou – aclaré mientras desenvainaba a Balmung, ya sellada. – La empuñadura sirve para enviar a la Sociedad de Almas a las personas como tú, la hoja sirve para purificar a los hollows. Para perdonarle sus pecados. Al matarlos suceden dos cosas, o van al cielo, a la Sociedad de Almas, o al infierno, como este.

Una vez le hube explicado todo aquello de forma que lo entendió suficientemente, comenzamos a hablar durante largo rato acerca de cómo se habían portado los años con nosotros. Le hablé de la División, de todas las aventuras que había vivido, del clan, de Yonas y, sobre todo, le hablé mucho de Nalya, provocándole una ligera sonrisa emocionada cuando me oía hablar de ella.

Ahora, mucho después de aquel encuentro, me doy cuenta de que aquella fue la primera vez que había entablado una conversación de aquella profundidad con aquel que había sido la primera persona que había querido ayudarme en mi vida mortal.

– Es hora de marcharse – susurré al ver asomarse el sol sobre los montes y depositar sus rayos rojizos sobre las aguas turbias del Lérez.

– ¿Cómo va a ser?

– Vas a sentir mucha paz – le tranquilicé.

– ¿Volveré a verte?

– Cuando llegues allí, búscame – dije mientras desenvainaba a Balmung. – Recuérdalo, Akano Rido, Quinto Oficial de la Novena División. ¿De acuerdo?

– Sí, lo recordaré.

– Haremos una cosa – me detuve antes de realizar el ritual. – Esto me enseñó a hacerlo mi padre.

Deposité mi mano derecha sobre su cuello y emití una pequeña cantidad de reiatsu. El resultado fue que quedó marcado con un pequeño aunque visible tatuaje en forma de rayo, similar al mío. Ahora era “protegido de los Akano”, al menos durante el tiempo suficiente.

– Franco – llamé por el sistema de comunicaciones. – ¿Estás ahí? Aquí el Oficial Akano.

– Estoy aquí – contestó.

– ¿Eliaz llegó de su misión?

– Hace una hora.

– ¿Puedes ponerme con él? – le pedí.

– Enseguida.

– ¿Qué pasa? – preguntó Uxío sin entender.

– Tranquilo. Así te será más fácil encontrarme.

– Cabrón, estaba durmiendo – protestaba a los pocos minutos Eliaz al otro lado de la radio.

– Pues despierta, necesito que hagas algo por mí.

– Caprichoso.

– Me debes una – repuse.

– ¿De qué?

– Seguro que de algo – me burlé. – Escucha, necesito que vayas al Registro Central, a la oficina de asignación de distritos y arregles unos papeles por mí.

– ¿Para quién?

– Lo sabrás cuando lo veas.

– ¿Y no puedes hacerlo tú? – protestó. – Ahora que eres un Akano.

– Todavía tengo trabajo por aquí – expliqué. – Sabes que no llegaría a tiempo.

– Está bien – resopló. – ¿A dónde lo quieres mandar?

– Al Siete Oeste.

– Veré que puedo hacer.

– Gracias. Nos vemos por la noche – dije, apagando el comunicador. – ¿Preparado?

– Un momento.

Mi padre adoptivo me dio un cariñoso abrazo al que yo, desconcertado, tardé en corresponder. Después, con la mirada y una sonrisa me indicó que estaba listo, para inmediatamente ponerse de rodillas como si estuviera rezando.

Desenvainé a Balmung de nuevo y posé la empuñadura en su frente para realizar el ritual. Una tenue luminosidad blanquecina lo envolvió y poco a poco su alma fue desvaneciéndose. Había comenzado el viaje a su nueva vida.

– Nos veremos muy pronto – le dije mientras tanto.

Al final, gracias a una actuación en apariencia poco ortodoxa de Henkara, me había reconciliado con mi pasado. Era una sensación extraña verse aliviado del peso de aquellos recuerdos y de aquellos sentimientos de culpa que siempre había llevado conmigo. Era una ligereza reconfortante y tranquilizadora: ya no había nada de lo que arrepentirse.

Recuperé mi Gigai al rato y cumplí el tiempo de la misión según había establecido la Capitana. Abrí el Senkaimon y avancé hacia la Sociedad de Almas convencido de que aquello que había pasado durante la noche era un presagio de que finalmente todo iba a cambiar a mejor.
:iconcentoloman:
Un capítulo ligerito, de "relleno argumental"
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