Memorias 50 - Yonas
by ~CentolomanYonas
Una actuación como poco comprometida reprochó la capitana tras entregarle el informe de mi última misión.
Soy consciente de ello traté de excusarme.
En fin, suspiró supongo que es uno de esos privilegios de las grandes familias.
Entonces...
Haré la vista gorda resolvió. Pero sólo esta vez, no te hagas muchas ilusiones.
No se preocupe por ello.
Confío en no tener que hacerlo.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta ansioso por salir de mi despacho y encontrarme con Nalya. Quería comentarle todo lo que había pasado la noche anterior, quería explicarle todo lo que había sucedido con mi padre adoptivo y...
No tan rápido me detuvo Henkara.
De acuerdo acepté, dándome la vuelta. ¿Misión nueva?
Tranquilo, mañana podrás volver a tus clases respondió.
¿A quién tengo que cubrir hoy?
¿Cubrir?
Una misión tan corta...
No es ninguna misión aclaró.
Entonces...
La Cámara de los 46 ha dictado una resolución que creo que te interesará.
¿La Cámara? pregunté sorprendido. ¿De qué se trata?
Se trata de Yonas.
¿De Yonas?
No hace falta que repitas cada cosa que digo respondió. Se trata de Yonas, sí. La Cámara ha decidido concederle a título póstumo el rango de shinigami. Es algo habitual ascender el rango...
A los shinigamis muertos en acción concluí sin terminar de creérmelo. Pero ni era shinigami ni murió en acción.
Lo sé tan bien como tú repuso. Se considera que todavía era un shinigami académico en el momento de su muerte así que se le aplicará el procedimiento habitual.
Sigue sin haber muerto en acción...
Oficialmente sí.
Pues oficialmente, eso es una mentira.
Según los informes de los shinigamis presentes en aquella salida, fue eso lo que ocurrió explicó. No sólo eso, tú mismo pensaste eso hasta que conociste la verdad, no lo niegues.
Eso no justifica nada.
Deja de racionalizar todo me dijo. Alégrate, tu hermano ya es un shinigami. Eso es lo que importa.
Eso es lo que importa repetí, como si tratara de autoconvencerme.
Ten, toma me tendió un pequeño estuche de metal.
¿Qué es?
Es la insignia que lo reconoce como uno de los nuestros que ha muerto en acción, como un héroe.
Como un héroe volví a repetir. Gra Gracias.
Puedes irte ya concedió al fin.
Salí del despacho de la Capitana entre nostálgico, meditativo y, sobre todo, profundamente agradecido. No me explicaba cómo había sido tan estúpido que había discutido la decisión de la Cámara que había cumplido el sueño de mi hermano.
¿Estás bien? preguntó la profunda voz de Balmung cuando me hube tirado en la cama.
Creo que sí.
¿Crees?
Supongo que aún no he acabado de reaccionar balbuceé. Primero Uxío y ahora Yonas. Demasiadas cosas todas juntas.
¿Qué piensas hacer?
No lo sé.
Me quedé en silencio unos largos minutos, mirando fijamente al techo de mi cuarto semivacío, pues los libros, prácticamente la única decoración que tenía aquella habitación, habían ido poco a poco trasladándose al despacho que tenía en el Departamento en la Academia.
No dejaba de ser paradójico que Yonas y Uxío hubieran regresado a mi vida casi simultáneamente. El final de una pesadilla llamada vida y el comienzo de esa misma ajetreada aventura llamada igualmente vida, aún después de la muerte, parecían haberse puesto de acuerdo para reaparecer a la vez haciéndome ver, por si acaso aún lo dudaba, que no podía comprender la una sin la otra. El Señor del Destino, la Dama Fortuna como quisiera llamarse, había intervenido por enésima vez para recordarme su ubicua presencia allí donde fuera.
Miraba fijamente al techo, pero mi vista se proyectaba mucho más allá, en un universo infinito, plagado de recuerdos, en el que se entremezclaban alegrías y tristezas, gozos y penas. Las imágenes de mi vida mortal se fundían con los alegres recuerdos de las experiencias compartidas con la primera persona que me había enseñado a sonreír.
Era curioso, mi antiguo yo no había contactado con Yonas prácticamente en ningún momento y, sin embargo, nuestros destinos habían quedado firmemente atados desde aquel instante en el que entregué mi vida. Paradójicamente, la misma persona cuya vida había salvado entregando la mía, había sido la misma que había salvado la mía varios años más tarde. Ahora, aquello que nos había unido había llegado a su plenitud: Yonas era shinigami.
Sí, Yonas era shinigami pero ¿de qué servía ahora? Llevaba años muerto y enterrado, sobrevivía sólo en una recóndita fantasía de mi mente que había creado el espíritu que habitaba en mi nombre en el interior de mi espada.
Balmung le llamé.
¿Qué?
Llévame allí murmuré al fin.
¿Allí?
Ya sabes donde.
¿Estás seguro?
¿Vas a discutir conmigo por esto también?
No, pero
Entonces simplemente hazlo.
Parpadeé y cuando volví a abrir los ojos ya no me encontraba tumbado sobre mi cama sino de pie en el pasillo del ala donde se encontraban la residencia del Capitán y los despachos, el pasillo donde, amenazante, aquel cuadro tenebroso ejercía una constante vigilancia.
Aquel era el sitio de mis recuerdos más preciados, los años de servicio junto a mi hermano y, sobre todo, el romance que durante casi una década había unido mi alma con la de Nalya, algo que, por desgracia, había desaparecido bruscamente en una de las noches, aunque ficticia, más traumáticas de mi vida y que no había vuelto a recuperar en el mundo real.
No te preocupes, sonreí mirando el retrato volveré pronto.
¿Volverás pronto? preguntó la voz de Yonas a mi espalda. ¿Ya empiezas a delirar?
¡Yonas! me di la vuelta y le abracé.
¿Tanta efusividad? inquirió sin poder disimular su sorpresa. ¿No hace ni dos semanas que ha muerto tu esposa y ya la has olvidado y te has cambiado de acera? Me halaga pero
Vete a la mierda le dije cariñosamente.
Te estaba buscando afirmó el sin rodeos a continuación.
¿Por qué?
He decidido aceptar tu oferta anunció.
¿Mi oferta? ¿Cuál?
La de venderte como objeto de investigación a los carniceros de la 12 espetó, provocando un gesto de sorpresa e incredulidad en mi rostro. ¡La tenencia!
¡Ah! exclamé al acordarme.
¿Ya vuelves con los problemas de memoria? se preocupó.
No es eso Tengo demasiadas cosas en la cabeza últimamente
Caminé hacia mi despacho tratando de ubicarme mentalmente en aquel ficticio pero a la vez tan real universo seguido de mi nuevo teniente. Le pedí que se sentara y saqué de un cajón el brazalete con la insignia del segundo al mando de la división.
Sentí como si, al entregarle aquello, le estuviera entregando aquella otra insignia perteneciente al mundo real, la que le había concedido la propia Cámara de los 46 por haber muerto en acción y no pude evitar una lágrima. Sí, aquello era un gesto aparentemente insignificante pero estaba ciertamente cargado de sentido, un sentido que iba más allá de lo que en aquel momento me atrevía a expresar.
Muerto en acción eran palabras que carecían de sentido allí donde me encontraba, con él tan cercano, visible, palpable, igual que siempre. No sé si fue Balmung o el propio devenir de aquel mundo el que hizo que después de la tormenta que habían supuesto los últimos acontecimientos vividos allí ahora se respiraba la más apacible calma.
Regresamos a las funciones normales de Capitán y Teniente en cuanto le hube puesto al día de sus nuevas obligaciones, recordándome a mí mismo por el camino que ya no era el Quinto Oficial de la Novena División, sino su Capitán, aunque no fuera más que una farsa inventada por Balmung años atrás y que debía mantener.
Así que yo no soy más que una mera ilusión de tu imaginación balbuceó cuando le expliqué la realidad.
Íbamos de camino a una reunión del Consejo de Capitanes del Gotei 13, la primera a la que él asistía, y no supe valorar la tensión del momento, pues quizás hubiera sido mejor buscar otro momento en el que mi interlocutor estuviera relajado y no en el estado de tensión en el que se encontraba.
Eso es acerté a contestar. Sé que no es un panorama muy halagador pero es la realidad. Aún así, para mí, este mundo es tan real como el verdadero.
Rido, murmuró tras un largo rato de silencio no entiendo qué es lo que te une todavía a este mundo. Deberías irte, volar lejos y olvidarte de mí. Al fin y al cabo, suspiró no soy más que un producto de tu imaginación.
Pero
Aún así, para lo que quieras yo siempre estaré aquí añadió con su habitual y característica sonrisa que tanta paz me provocaba. Seré la voz de tu conciencia, seré lo que quieras. Pero tú no te ates a un mundo que no es real. Sal ahí fuera y enfréntate al mundo. Tu hermano mayor está aquí para lo que necesites.
Sólo déjame quedarme un poco más supliqué.
Pasaron los días y las semanas allí y decidí regresar a la realidad. Una realidad en la que no estaba Yonas, pero que era el mundo al que yo pertenecía. Era el mundo real y no una creación de mi imaginación. Era donde se suponía que debía estar, donde estaba Nalya, aunque supiera que su amor era imposible, donde estaban mis padres, mi familia, mis amigos todos a los que yo apreciaba. Todos menos él, menos Yonas, aunque sabía que estaba vivo en alguna parte, en aquel rincón, y que cuando quisiera podría visitarlo y no habría pasado ni siquiera un segundo desde la última vez que nos vimos aunque en la realidad hubieran podido pasar décadas.
A pesar del largo tiempo que había decidido evadirme de mi verdadera vida, cuando abrí de nuevo los ojos no había pasado más de unos pocos minutos. Me encontraba de nuevo en la habitación y sostenía firmemente en mi diestra el estuche de metal que contenía la insignia que reconocía a Yonas como un héroe de la Novena División del Gotei 13. Lo miré fijamente una vez más y me levanté de un salto del lecho.
Rebusqué entre la cajonera del escritorio y hallé una caja de madera, de tamaño mediano, que había utilizado en otro momento para archivar una serie de documentos que ya había transportado a la Academia. Luego me dirigí al armario y cogí el uniforme de gala, que doblé cuidadosamente e introduje en la caja.
¿Mudanzas? me despertó de mis ensoñaciones una muy conocida voz.
No contesté mirando hacia Nalya que parecía contemplar con curiosidad aquella operación. Es un regalo
¿Para quién?
Para Yonas expliqué sin dejar de lado la tarea.
¿Para ése?
Ésa no es la forma de tratar a un compañero de Divis comencé a replicar. Espera, siendo tú sí es la forma.
¿Ahora estás ofendido por cómo te trate?
No hablaba de mí.
¿Entonces?
Hablaba de Yonas sentencié. Échale un vistazo a esto le alcancé el estuche con la insignia.
¿Muerto en acto de servicio? ¿Pero qué clase de gilipollez es ésta?
Eso mismo me pregunté yo
Es mentira.
Lo sé admití. Aunque si lo miras desde otra perspectiva
¡No hay otra perspectiva! bramó. ¡Era un cobarde que merecía la muerte!
No voy a discutir contigo por eso otra vez respondí mientras le arrebataba el estuche que sostenía aún en sus manos. Voy a llevarle esto a su tumba.
¡Qué romántico! se mofó.
¿Quieres venir? le ofrecí.
¿Para qué?
No sé, quizás puedas aprovechar y enmendar lo que hiciste.
¡Nunca! chilló. No me arrepiento de haberlo hecho y nunca lo haré.
Está bien sonreí mientas abandonaba la habitación. Cierra la puerta cuando salgas. Si cambias de opinión la tumba de Yonas está en una colina al norte del lago del bosque donde estaba la cabaña de mi abuelo.
Sin dar importancia a sus quejas y juramentos salí del Cuartel y puse rumbo al Distrito. Quedaba poco para el anochecer y no quería regresar muy tarde así que fui todo lo deprisa que el cansancio producido por la misión y el embobamiento en el que estaba sumido desde que había regresado al mundo real me permitían.
El sol comenzaba a esconderse, a hundirse tras las colinas más occidentales del Rukongai, aquellas que estaban aún más allá del Distrito 80, cuando trepé al pequeño altozano en el que años atrás la gente de la aldea había decidido enterrar a mi amigo ante mi ausencia y la de mi maestro. Aquel era el mismo repecho en el que había comenzado mi última gran pesadilla, aquella lucha contra mis demonios personales que había tenido lugar al poco de convertirme en shinigami.
Lugar de derrota, de sucumbir a los miedos, lugar de lágrimas y dolor, pero también lugar de victoria, de superación personal. Todo aquello suponía el pequeño otero en el que ponía mis pies, en el que teñida de los anaranjados últimos rayos del sol, se levantaba la lápida que indicaba que allí reposaban los restos mortales de un completo desconocido que había traspasado la amistad y se había convertido en mi verdadero hermano, hermano de sueños, de alegrías, de tristezas, de un montón de experiencias vividas. ¿Qué más da que no fuéramos hermanos de sangre cuando éramos hermanos en lo más profundo de nuestras almas?
Me arrodillé delante de la lápida y guardé un solemne momento de silencio recordando una y otra vez tantas cosas como habíamos pasado juntos. Mi silencio era mi mudo homenaje a él, que tanto había hecho por mí. Me había dado el nombre, me había dado la sonrisa me había dado una vida. En lo más profundo de mi ser estaba convencido de que nunca podría agradecerle lo suficiente todo lo que había hecho por mí.
Aparté con mis manos la tierra hasta llegar al féretro y sobre él deposité el uniforme y la insignia. Eran el símbolo de un sueño, el de mi hermano, que había tardado demasiado en cumplirse pero que, al fin, se había hecho realidad. No eran una imaginada insignia de Teniente, eran los atributos que en la realidad reconocían a Yonas como un héroe de la División, como alguien que había dado la vida en su servicio de ayuda a los demás, como alguien que había dado la vida por mí.
Me incorporé frente al agujero y realicé el protocolario saludo marcial como reconocimiento a su nueva dignidad, para luego, sin detenerme, aunque también sin prisas, comenzar a rellenarlo con la tierra que había retirado previamente.
Enhorabuena, hermano susurré al final.
Volví a guardar aquellos instantes de silencio y no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas en las que confluían el dolor de una pérdida asumida aunque no siempre del todo aceptada, la nostalgia de un tiempo feliz y la satisfacción y la alegría de una sorpresa tan emotiva como aquella.
Regresé al cuartel cuando la luz de la luna comenzaba a teñir de plata las tranquilas aguas del lago. ¿Había cerrado toda una etapa de mi vida? ¿Había hecho las paces definitivamente con el recuerdo de Yonas? No tenía respuesta para aquellas preguntas que yo mismo me había formulado; pero de una cosa estaba seguro: aquel simple e inesperado gesto de aquella tarde, unido al encuentro de la noche anterior, había supuesto una gran luz en mi camino que, últimamente, se hallaba en penumbras.
Al final de mi marcha atravesando el Rukongai me esperaba, como siempre, una habitación vacía, aséptica, en la que descansar de aquellos dos intensos días en los que me había visto obligado a reconciliarme con mi pasado y había vuelto a aflorar en mí el recuerdo, siempre presente, aunque muchas veces oculto, de la primera persona que me había hecho sonreír y recuperar fuerzas para mañana retomar el ritmo lectivo.











