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September 16, 2009
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Memorias 51 - Una de espias I

by ~Centoloman

Una de espías I (Territorio lobo)

– Y así Akano Kumaru y Nakajima Kyo fueron dados por muertos, gracias a lo cual pudieron sobrevivir en el Rukongai durante setecientos años uno y esperemos que unos cuantos más su teniente – explicaba justo cuando tocó el timbre. – Mañana terminamos con esto. No os olvidéis de vuestros trabajos. ¿A quién le toca exponer el viernes?

– A Tony y a mí – levantó la mano Raik.

– Genial, los macarras del barrio juntitos – se quejó Ryosuke.

– Preparadla bien – les advertí. – Hasta mañana entonces. Sed buenos y no les comáis mucho la cabeza a vuestros profesores.

– Veo que ha conseguido conectar con esos jóvenes – me sonrió el profesor Deiss, que había entrado en el aula mientras recogía mis cosas y los alumnos salían. – Su clase funciona realmente bien.

– No todo son flores – contrapuse. – Pero sí, por ahora estoy bastante contento con cómo van las cosas.

– Me alegro – sonrió él. – Veo que no me equivoqué con usted.

– Buenos días – saludó una voz femenina desde la puerta del aula.

– ¿Capitana? – me sorprendí. – ¿Qué hace por aquí?

– Busco al profesor de Historia de la Sociedad de Almas V que, casualmente, es el líder de mi escuadrón de inteligencia – contestó haciéndose la despistada. – ¿Saben dónde está?

– Jefe, – me dirigí a Deiss intuyendo las intenciones de Henkara – me parece que va a tener que sustituirme un tiempo.

Tras explicarle al profesor qué tenía preparado para las próximas clases, conduje a la Capitana hasta mi pequeño despacho en el Departamento de Historia, donde ahora pasaba las horas estudiando, repasando datos y conceptos lejos del estruendo que reinaba de vez en cuando en el Cuartel, que realmente pisaba bastante poco.

De hecho, era el primero en salir de los edificios de la División y el último en regresar cada día. Aprovechaba las instalaciones de la Academia para mis entrenamientos y dedicaba las tardes a atender las dudas de los alumnos o a preparar las siguientes clases. Así, me había convertido en una especie de fantasma entre los miembros de mi Escuadrón, que me veían muy pocas veces y de forma fugaz, pues los días que yo descansaba ellos estaban embarcados en distintas misiones.

– Bien, ¿de qué se trata?

– Los de la Duodécima División han interceptado una transmisión referente al Capitán Kaskas...

– ¡¿Lo han encontrado?! – pregunté.

– No... realmente no saben nada...

– ¿Entonces para que enviar a un equipo de inteligencia? – inquirí impaciente.

– Porque tiene que ver con los Nadie

– ¿Los Nadie tienen al Capitán Kaskas?

– No lo sabemos, pero es bastante probable – explicó. – En cualquier caso, no hay en el Gotei Trece nadie que los conozca mejor que tú.

– También están Eliaz y Db... – completé. – Y el Capitán Wolf, y mi padre...

– Kaiser Wolf y tu padre no cuentan – sentenció. – En cuanto a los otros dos... ya está previsto que te acompañen. Vuestra misión no es encontrar al Capitán Kaskas, sino seguir cualquier pista referente al Grupo Nadie. En caso de hallar algo relacionado con el Capitán comunicádselo a la Duodécima División.

– Perfecto – asentí. – Pero sólo tres personas en la guarida de los Nadie es un suicidio – observé.

– La Capitana Yutaru y yo no pondremos problema si lleváis a alguno de nuestros oficiales a la misión – expuso. – Pero un equipo...

– Un equipo de más de cinco personas es otro suicidio – me anticipé a su recomendación. – ¿Cuándo salimos?

– En cuanto hables con el Capitán Wolf.

– ¿Con él? ¿Para qué?

– Porque la ruta más rápida y directa para llegar al foco de la transmisión es atravesar las Montañas del Aullido...

– El territorio de su clan – apostillé. – Genial, más locos como él.

– Bien, te dejo – se despidió. – Manteneos en contacto con la División, quiero un informe de la situación cada seis horas.

– De acuerdo.

En cuanto Henkara abandonó el despacho, envié un mensaje a Db para indicarle que se reuniera conmigo en la mansión Akano. Salí hacia allí y, por el camino, llamé a Eliaz que ya había sido informado por la Capitana y me estaba esperando en su nuevo hogar, la vieja casona donde se había fraguado la conspiración que nos había llevado hasta allí.

– Es la primera vez que me traes aquí – comentó cuando llegamos junto al olivo.

– No es momento de discusiones existenciales – le corté. – Deberíamos avanzar todo lo que podemos antes de que anochezca. Así que cuando antes hablemos con Wolf, antes saldremos.

– ¿No vamos a esperar por Db?

– No

– ¿No?

– Sabe a dónde nos dirigimos – expliqué. – Y no le será difícil seguirnos.

Sin más explicaciones, entré en la casa y me dirigí al salón donde, como sospechaba, mi padre estaba concentrado en una más que disputada partida de Go contra su viejo capitán. Junto a ellos, Gaby trataba de disimular un cierto interés aunque sus esfuerzos eran inútiles.

– ¿Mi madre ya no te quiere conspirando con ella?

– ¡Hermanito! – me gritó abalanzándoseme al cuello como si fuese su salvador.

– ¿Hermanito? – repitió con sorna mi compañero.

– Es una larga historia – repliqué cortante.

– ¿Te apetece entrenar un poco?

– Tenemos prisa – repuse. – Una misión...

– ¿Ya no saludas a tu padre cuando llegas? – me echó en cara a mi padre.

– ¿Ya no saludas a tu hijo cuando entra? – contesté sonriente antes de darle un abrazo. – ¿Y mamá?

– Salió a hacer unos recados con Yuki – explicó.

– ¿Y Uxío?

Mi padre adoptivo se iba adaptando poco a poco a la vida en el Rukongai. Mis padres lo habían acogido calurosamente al ver la marca y paulatinamente se había ido convirtiendo en uno más de la familia. Ahora era como un miembro más de los Akano.

– Durmiendo

– ¿A media tarde? – pregunté sorprendido. – Qué raro...

– No tan raro – explicó Gaby. – Mi padre y el tuyo se han empeñado en despertar su poder espiritual...

– ¿A sus años?

– Nunca es tarde si la dicha... – comenzó a decir mi padre.

– Es su nuevo juguetito – murmuró la Tercera Oficial de la Décima División.

– Ya veo. Si es que sois como niños pequeños – me reí. – Pobre Uxío – murmuré luego más pensativo. – El cambio no es fácil.

– ¿Pobre? – respondió mi padre en un tono más profundo y sentimental que el que solía utilizar. – Como padre... sé lo que se siente al recuperar un hijo. No puede estar más feliz.

– ¡Listo! – gritó triunfal Kaiser. – Has vuelto a perder, Youichi.

– ¡¿Qué?! – se lamentó mi padre, regresando a toda prisa al tablero.

– Kaiser, tenemos que hablar contigo – le llamé.

– ¿En qué os puedo ayudar?

Expuse brevemente la misión que nos había encomendado Henkara tratando de ser conciso con los detalles referentes al territorio de los Wolf pues su consejo y su conocimiento del terreno eran esenciales para cruzar sin problemas aquellas montañas.

Si algo había aprendido en aquellos meses desde que lo conocía era que los de su clan eran las típicas personas que era mejor tenerlas de tu parte antes que en contra. La historia decía, además, que nunca habían mantenido buenas relaciones con el Sereitei antes de la llegada de Kaiser y que, desde su marcha, no se sabía nada, o casi nada, de su estado.

Tras meditar un rato, unos pocos minutos mirando fijamente hacia las montañas del norte, se dio la vuelta y pidió a mi padre que le entregara un mapa del Rukongai. En silencio, sin mediar palabra, dibujó rápidamente una ruta a través de las montañas.

– Es el camino más seguro – explicó. – Terreno fácil, aunque nada os podrá librar de las miradas de los lobos.

– ¿El más seguro? – pregunté.

– ¿Buscas un paso franco?

– Pensaba que...

– En eso no puedo ayudaros, Rido.

– Pero...

– Basta de preguntas – se evadió. – Digamos que el nuevo líder y yo no compartimos muchas opiniones.

– Está bien – suspiré, dirigiéndome al porche, donde se había refugiado el antiguo capitán. – Gaby... ¿puedes venir un momento?

– ¿Yo?

– Sí.

– ¿Qué quieres?

– Tú vienes en la misión – le dije.

– ¿Sí?

– Sí, así dejas al lado un poco el aburrimiento – le sonreí. – ¿Qué te parece?

– Tendré que avisar a la Capitana – afirmó contenta mientras llamaba una mariposa infernal.

– Kaiser, ¿seguro que no hay nada que puedes hacer?

– ¿Tratas de chantajearme usando a mi hija?

– Gaby es una gran oficial – dije, encubriendo mis intenciones.

– Ya... – respondió escéptico. – Puede que haya una forma – suspiró al fin.

– ¿Cuál?

– Esperad aquí – nos instó.

Como si lo llevara el demonio, salió a toda prisa hacia el segundo piso, donde se encontraban las habitaciones, buscando algo. Al cabo de unos minutos regresó, ocultando algo bajo la parte superior de sus ropajes que desveló cuando regresó al porche donde nos encontrábamos su hija y yo.

– Éste es Roter Wolf – explicó cuando entregó su espada a Gaby. – Es mi más preciado tesoro, mi amigo y mi compañero. Cuidadlo bien.

– Pero… – masculló mi compañera.

– Será vuestra carta de inmunidad. Si os capturan pueden ser bastante poco amables. Probablemente a ti – señaló a su hija – te ejecuten por traicionar al clan y a los demás simplemente por invadir su territorio. Tened en cuenta que vais a atravesar el territorio de los Lobos y que en cuanto pongáis un pie sobre su tierra os convertiréis inmediatamente en sus presas. Sin embargo...

– Espero que ese “Sin embargo” signifique algo bueno – murmuré, asustado ante el panorama tal y como nos lo pintaba el viejo capitán.

– Las leyes del clan les obligarán a respetar la espada que les condujo durante tanto tiempo. Aunque luego les abandonara.

– ¿Seguro?

– No han cambiado tanto las cosas en setecientos años – sonrió tratando de causar una sensación de alivio.

– Esperemos que tengas razón…

– Sólo una cosa más – añadió. – Nadie debe saber que lleváis a Roter Wolf hasta que lleguéis allí.

El tiempo apremiaba si pretendíamos llegar a los límites del Sector Occidental antes de que llegara la noche. Eliaz, Gaby y yo salimos inmediatamente hacia el norte, rumbo a las montañas septentrionales que formaban una frontera natural entre ambas regiones.

Durante todo el camino, Eliaz no dejaba de preguntar con su habitual insistencia acerca de aquel bulto que nuestra nueva compañera de aventuras llevaba bajo el uniforme. Pero Gaby, venciendo a la tentación de enfrentarse con él, guardaba un misterioso silencio que le ayudó a no revelar el secreto que le había encomendado su padre.

El había acabado de ocultarse cuando llegamos a la base de las montañas y allí establecimos nuestro lugar de acampada, cerca del camino, para que Db nos encontrara cuando llegase. Distribuimos los turnos de guardia, por pura precaución, y nos marchamos a descansar.

Durante su turno, el primero, pude observar como Gaby había desenfundado la espada de su padre y la miraba fijamente con una expresión de preocupación y admiración cubriendo su rostro. Me levanté de mi improvisado catre y me acerqué a ella para preguntarle por su estado anímico y tratar de apoyarla.

Por unos instantes, el silencio fue nuestra única conversación, un diálogo mudo al calor de la pequeña fogata que habíamos encendido para calentarnos. Gaby seguía absorta en aquel pedazo de metal, pero parecía más relajada desde que yo me había sentado a su lado. Mientras tanto, Eliaz estaba profundamente dormido unos metros más allá, preparándose para el siguiente turno de guardia.

– ¿Nerviosa? – dije al fin.

– ¿Por qué iba a estarlo?

– Veamos – respondí simulando despreocupación. – Podría ser porque esa espada es la de tu padre, o podría ser porque mañana atravesaremos el Sector Norte, llegaremos a esas montañas y…

– Vale, sí – admitió para que dejara de comentar aquellas cosas. – Estoy un poco nerviosa.

– No te preocupes – traté de tranquilizarla. – Todo va a salir bien.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque ya hemos salido de cosas peores – le sonreí. – Desde la Academia… Además, tu “hermanito” está aquí para cuidarte.

– ¡Qué bonito! – se burló una voz femenina a mis espaldas.

Allí estaban Db y Krunzik, recién llegados a nuestro lugar de acampada. Nos miraban divertidos, quizás malinterpretando nuestra conversación o quizás sólo con el ánimo de picarnos un poco como en los viejos tiempos.

– Llegas tarde, pollito – le espeté a Db para reconducir la conversación.

– ¡A la mierda! – contestó ofendido. – ¡Podíais haber esperado!

– Y tú podías haberte dado prisa.

– Está bien, está bien – terció Gaby en un tono extrañamente conciliador. – No desplumes al pollo.

– ¡Oye! – se quejó Db.

– Vais a despertar a Eliaz y luego no hay quien lo soporte.

Tras valorar aquella sabia afirmación de Krunzik, decidimos abandonar nuestra particular pelea para no despertar al quinto miembro del grupo y reorganizar los turnos de guardia para pasar la noche en aquel lugar esperando la llegada del alba.

Partimos de inmediato en cuanto los primeros rayos del sol alcanzaron nuestra posición. Una vez atravesamos las montañas nos encontrábamos ya en el sector septentrional, que debíamos atravesar para llegar de una vez por todas a las Montañas del Aullido, hogar del Clan Wolf y próxima etapa de nuestro camino.

A medida que avanzábamos hacia el norte y nos adentrábamos en los distritos más humildes de aquella región del Rukongai, el clima fue haciéndose más frío y árido, conllevando asimismo un notorio cambio de vegetación.

No era la primera vez que nos lanzábamos hacia los distritos norteños pero, acostumbrados como estábamos a movernos entre los Sectores Oeste y Sur, el contraste con el paisaje a través del que nos movíamos ahora era enorme.

Hacia media tarde habíamos alcanzado ya el pie de las rocosas montañas que hacían las veces de hogar para el clan Wolf. Era un terreno escarpado cuya visión era suficiente para intimidar al que pretendiera cruzarlos, cuanto más cuando sabíamos lo que nos podía esperar cuando los atravesáramos.

– ¿Preparados? – preguntó Gaby.

– Vamos allá  – contestamos a una Krunzik y yo, acompañándonos los demás con una muda inclinación de cabeza.

Nos aventuramos a la escalada sin perder tiempo. Era un camino difícil y peligrosos, pedregoso y desnudo de vegetación que hacía que ocultarse de las seguras miradas inquisitorias resultase una tarea más que imposible.

– Bonito paisaje – bromeó Eliaz tratando de rebajar la tensión.

Una mirada fría y cortante por parte de todos le indicó, sin embargo, que no era el momento de andarse con bromas. Si nuestro viaje no alertaba el clan, mejor para todos, aunque Gaby y yo supiéramos que, portando a Roter Wolf, las posibilidades de acabar de una forma desagradable aquella misión antes siquiera de llegar a nuestro destino eran, esperábamos, más bajas.

Desgraciadamente para nosotros, aún sin el comentario de Eliaz, nuestro camino no había permanecido en secreto. Pocos minutos después de comenzar la escalada, como salidos de la nada, un grupo de vigías lupinos nos cercó e interrumpió nuestra marcha.

– Alto, shinigamis – ordenó el que parecía el líder del grupo. – Estáis muy lejos de casa. El anillo exterior no es para vosotros. Y estas montañas menos.

– No venimos a enfrentarnos a vosotros – contestó ingenuamente Db.

Sin embargo, nuestros captores ya no estaban atendiendo a nuestras palabras, sólo un miembro del grupo les interesaba. Tres de ellos se habían acercado a Gaby y la olisqueaban como si fueran perros de caza siguiendo el rastro de su presa.

– ¡Uwe! – exclamó uno de ellos llamando al Jefe. – ¡Esta es de los nuestros!

– Es la hija del Kaiser – afirmé, ante la cara estupefacta del tal Uwe.

– La hija de un traidor – replicó cortante. – Matadlos a todos.

Db, Krunzik y Eliaz habían desenvainado ya las armas y adoptado una posición de combate. Pero era inútil, de entre las sombras apareció un enorme ejército de hombres y animales dispuesto a actuar en cuanto comenzara la batalla. Parecíamos perdidos.
:iconcentoloman:
Tras un día tranquilito en cuanto a las subidas... Hoy no sé lo que será. Ahí, va, por lo de pronto, la siguiente minisaga... en la que conoceremos un poco más de cómo es la Sociedad de Almas y de qué habitante pululan por ella
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