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September 16, 2009
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Memorias 53 - Una d espias III

by ~Centoloman

Una de espías III (Misión fallida)

Era la primera vez que ponía el pie en el llamado Anillo Exterior, las tierras fuera del dominio del Sereitei, que se encontraban más allá del Distrito 80, donde sólo éramos forasteros en una región poco hospitalaria cuando no hostil. Esa sensación parecía generalizada en el grupo, que miraba desconfiado todo lo que nos rodeaba.

Cuenta la historia que durante mucho tiempo aquellos territorios habían sido inhóspitos desiertos en los que pocos se atrevían a vivir y sólo algunos habían osado explorar. Poco a poco, con el asentamiento de ciertos colonos en las tierras más exteriores del Sereitei, y que en última instancia habían dado lugar a clanes como los Wolf, algunos se habían aventurado a establecer su vivienda más allá de aquellos legendarios límites tras los cuales sólo aguardaba el caos y lo desconocido.

Habían pasado ya muchos siglos desde entonces y el Anillo Exterior se había convertido en un territorio sin ley, refugio de criminales y apátridas que buscaban el amparo allí donde no llegaba la autoridad del Gotei 13.

Al mediodía, tras el descanso, levantamos el campamento improvisado y nos lanzamos a la conquista de aquel territorio totalmente desconocido para nosotros en el que, además, nos esperaban los miembros de Nadie, nuestros peores enemigos, los creadores de nuestras peores pesadillas.

– Estamos haciendo historia – murmuró Krunzik. – Hacía mucho tiempo que un miembro del Gotei 13 no pisaba estas tierras.

– Hasta los huevos de hacer historia – repliqué meditabundo, aunque casi de forma inconsciente.

Probablemente fueron las palabras con las que la noche anterior Banisher había tratado de importunar a Gaby las que habían despertado en mí aquel extraño sentimiento. Al fin y al cabo, todos los que estábamos allí habíamos hecho de alguna forma historia… y no había sido del todo para bien.

– Ni se te ocurra, Rido – sentenció Eliaz.

Todos le miramos fijamente, perplejos. Eliaz había abandonado el tono jocoso y bromista que había mantenido durante el transcurso de la misión y que tanto nos había molestado en algún momento y había adoptado un gesto serio, más adecuado a priori a su edad y experiencia. Se avecinaba una de esas frases lapidarias que muy de vez en cuando solía pronunciar y que demostraban la sabiduría adquirida durante dieciocho siglos.

– No es bueno rechazar la propia historia – afirmó. – Es negarse a uno mismo y si nos negamos a nosotros mismos, ¿qué queda? Nada. No podemos desandar la vida y si nuestros caminos han sido unos pues…

De pronto, el Asharet se detuvo, no sólo en su discurso, sino que también interrumpió su marcha a través de aquella estepa y sé quedó mirando alrededor como si buscara algo en la lontananza, algo que no parecía encontrar.

– ¿Qué pasa?

– ¿No lo notáis?

– Yo no noto nada – dijo Gaby.

– Precisamente… – musitó Eliaz.

– Eliaz tiene razón – intervine mientras desplegaba el mapa. – Según el mapa deberíamos estar muy cerca. “Nada” es información relevante.

– Exacto – corroboró mi compañero.

– ¿Estaremos equivocados? – preguntó Db.

– Los datos de la Doce eran concluyentes, – argumenté – pero puede ser. Espero que no hayamos pasado por todo lo de anoche para nada…

– Nos sirvió para conocer un sitio tan bonito…

– ¡Cállate! – le gritó Gaby a Eliaz para evitar que volviera a sus inoportunos comentarios.

– Comprobaré la comunicación con el sistema de comunicaciones – informé mientras lo activaba. – Franco, ¿me recibes?

– ¿Franco? – se interesó Db.

– El nuevo oficial de comunicaciones – explicó Eliaz. – Es un friki de mucho cuidado pero se le trata bien.

– Alto y claro, Rido – crepitó una voz con un marcado acento italiano al otro lado de la línea. – ¿Qué ocurre?

– Necesitamos confirmación de coordenadas.

– No problemo – respondió. – Sólo me llevará un segundo mientras triangulo todos los datos… Ya está. Según las lecturas… estáis a sólo un kilómetro al sudeste del objetivo.

– Mierda… – murmuré.

– ¿Pasa algo?

– No pasa nada, ese es el problema – me quejé. – En fin, gracias, Franco. Nos vemos por el Cuartel.

– Ya sabéis donde estoy – se despidió. – A mandar.

– Estamos a un kilómetro al sudeste de la guarida de esos cabrones – informé.

– ¿Tan cerca?

– Eso parece…

– Hemos tenido suerte de llegar tan rápido entonces – se sonrió Db.

– O no… – terció Eliaz. – O bien nos han engañado y esto no ha sido más que hacernos perder el tiempo y despistarnos…

– … O nos han tendido una trampa y vamos derechitos hacia ella – concluí yo.

– Casi prefiero la segunda – afirmó Gaby. – Me quedé con ganas de pelea anoche.

– Sí, claro, contra un grupo entero de Nadie – apostillé.

– ¿Ahora tienes miedo? – se preocupó Eliaz. – A esto veníamos, ¿no?

– Cierto – me dije, tratando de recuperarme.

– Pues entonces, vamos allá.

– Trampa o falso señuelo… – murmuró Krunzik – estamos a punto de averiguarlo.

Continuamos, esta vez despacio, alerta, preparados para el combate, en la dirección en la que, suponíamos, se debía encontrar la guarida de nuestros enemigos. Pero nada nos salió al encuentro. Nuestro camino fue como un paseo por el campo y eso nos ponía, si cabe, más nerviosos. ¿Qué estaría pasando?

Completamos el recorrido y no encontramos nada. Verificamos nuestra posición gracias nuevamente a la colaboración de Franco, que confirmó que nos hallábamos en la ubicación precisa que habían indicado los agentes de la Duodécima que habían dado la voz de alerta. Pero allí no había nada y, en caso de haberlo habido, había sido mucho tiempo atrás, en el tiempo de los primeros colonos.

En cualquier caso, realizamos un examen minucioso del área para asegurarnos de nuestra primera impresión. No cambió nada: el resultado de nuestra búsqueda fue tan negativo como todo lo anterior. El Sereitei había sido engañado como un niño pequeño y, con él, nosotros.

Emprendimos el camino de vuelta con la intención de alcanzar las Montañas del Aullido lo antes posible, donde ya nos esperaba una comitiva de depredadores que nos escoltaron nuevamente hasta el gran edificio en el poblado.

La frustración era la nota dominante entre nosotros. Habíamos recorrido un largo camino para nada y eso nos molestaba. Sentíamos que habían jugado con nosotros y nos habían hecho perder el tiempo adentrándonos en aquellas tierras.

Una vez en el gran palacio-templo, el equipo de guardias que nos habían capturado la tarde anterior nos recibió y nos condujo, muy amablemente en comparación a nuestro anterior encuentro, hacia un grupo de pequeñas cabañas situadas cerca del río.

Runas doradas adornaban las jambas de las puertas y, de entre todas las casas, una sobresalía más que las otras: la cabaña del Gran Druida, según nos informó uno de los que nos conducían cuando pasamos a su lado.

Finalmente nos invitaron a pasar a una de las cabañas más pequeñas que acompañaban a la gran residencia del jefe de sus sacerdotes, a una estancia que recordaba vagamente a la cabaña de mi abuelo, lo que ocasionó que durante un momento me dejara invadir por la nostalgia, una vieja compañera.

– Dormiréis aquí – indicó Uwe. – Tranquilos. Estáis bajo la protección del Caudillo Kaiser y se os tratará como nuestros invitados – explicó. – Sentíos afortunados.

– ¿Caudillo Kaiser? – se inquietó Gaby.

– Tranquila – le respondió la voz de su padre mientras entraba en la habitación. – Sólo es un título honorífico. Últimamente sólo me dan de esos.

– La misión ha sido inútil – le expliqué.

– Lo sabía

– ¿Lo sabías? – preguntó Gaby.

– Más bien lo supuse – afirmó Wolf. – Habéis vuelto demasiado rápido y demasiado ilesos.

– Tu padre no confía en nuestras dotes guerreras – simuló quejarse Eliaz.

– Más bien, conozco cómo se las gastan esos bastardos.

– ¿Y tu combate con Banisher? – inquirió nuevamente la pequeña de los Wolf.

– En cuanto a eso… Llegamos a un acuerdo “amistoso” – sonrió. – En fin, descansaréis aquí hasta mañana por la mañana y entonces regresaremos al Sereitei.

– ¿Entonces no te vas a quedar aquí?

– ¿Por qué iba a hacerlo? – contestó despreocupado.

– Creía que…

– No te preocupes – volvió a esbozar una sonrisa. – Algún día volveré, y tú vendrás conmigo. Pero aún es muy temprano para todo eso.

Los primeros rayos del alba fueron, tal y como el antiguo Capitán había dicho, la señal indicada para que una docena de miembros del clan nos levantaran y nos escoltaran hasta la frontera sur de su territorio: el Distrito 80 Norte.

Desde allí, el camino hasta el Sereitei sería fácil y sin ningún peligro. Volvíamos a estar en un territorio donde nuestro uniforme significaba seguridad, aún en aquellos distritos, y, por qué no decirlo, la presencia entre nosotros de Kaiser era sumamente tranquilizadora en un momento en el que nuestros ánimos estaban ligeramente bajos.

– Bienvenidos – nos recibió la Capitana en la puerta norte del Sereitei. – Franco ya me ha informado de las incidencias de la misión a un nivel superficial. Descansad y dentro de dos horas compareceréis en la Sala de Juntas de la Novena División para informar de la misión. Eso os atañe también a vosotros tres – se dirigió a nuestros tres compañeros. – La Capitana Nara también asistirá y sería un placer contar con usted Capitán Wolf.

– Iré encantado – correspondió elegantemente el viejo lobo.

Buscando un poco de tranquilidad, me dirigí al baño del Cuartel y cerré la puerta tras de mí. Buscaba la soledad y un poco de tiempo para descansar y reflexionar después de aquel pequeño fracaso en nuestras carreras.

El contacto con el agua tibia ayudó a aliviar la tensión muscular producida por la carrera a través del Rukongai y de las estepas exteriores; pero la tensión mental producida por haber perdido otra pista en nuestra enconada batalla contra los Nadie seguía ahí.

¿Es que acaso nunca iba a acabarse aquello? Llevábamos meses detrás de ellos, nuestra División estaba totalmente volcada en detener a aquel grupo que todo el mundo en las altas esferas definía como un grupo terrorista peligroso, pero que no parecían contar entre los grandes problemas que amenazaban a nuestra sociedad.

Pero no sólo eso, mi abuelo, Kyo, Kaiser, mis padres, Yuki, Ray… mucha gente había dedicado los últimos siglos a seguirle la pista y tratar de vencer a aquellos individuos. ¿Por qué íbamos a tener nosotros mejor resultado que ellos aún contando con todos los recursos oficiales del Gotei 13?

No, Nadie aún estaba muy lejos y lo peor de todo es que parecía que cada paso que dábamos era como si nos adentrásemos en la inmensidad de un desierto vacío donde sólo nos encontraríamos con estéril arena, corriendo el inmenso riesgo de perdernos y quedar inermes e indefensos ante el apabullante poder de la tempestad que era el enemigo. ¿Servía de algo tanto esfuerzo?

La comodidad del baño, el agua tibia y el cansancio se aliaron con mi estado anímico bajo y poco a poco fui dejándome llevar hacia los brazos de Morfeo, con la esperanza de que cuando despertara todo aquello hubiera acabado y sólo fuera el mal recuerdo de una pesadilla

– ¿Quién? – pregunté al verme arrancado de mis ensoñaciones cuando alguien llamó a la puerta.

– La Capitana nos espera – anunció la voz de Eliaz a través de la pared.

– ¿Ya?

– Hace diez minutos.

– ¡Mierda! – exclamé. – ¡Ya salgo!

A toda prisa abandoné el apacible baño y me vestí con el uniforme limpio que había cogido en el cuarto antes de dirigirme al que había terminado siendo el lugar de mi siesta. Salí del cuarto y me encontré de bruces con Eliaz que, con una sonrisa irónica, se encargó de decirme que normalmente era yo el que le increpaba por su falta de puntualidad.

– Un fallo, un día – especifiqué a modo de excusa. – Vamos.

– Sí, ya – se reía.

Rápidamente, subimos el tramo de escaleras que nos separaba del gran hall alrededor del que se organizaban la zona administrativa de la División y en el que destacaba la gran puerta que daba paso al despacho de la capitana. Giré con la intención de dirigirme a la Sala de Juntas, pero Eliaz me detuvo.

– Al final la reunión es en su despacho – señaló hacia la puerta.

– Bien – avancé con la intención de llamar.

– Pasad – nos instó la Capitana antes siquiera de que mis nudillos tocaran la puerta. – Llegáis tarde – nos regañó.

– ¿Tú también? ¿No te había enviado ella a buscarme?

– ¿Dije yo eso? – se burló abiertamente.

– Te voy a sacar esa sonrisa a puñetazos. Ya verás que bonitas van a ser las fotos de la boda – le amenacé.
:iconcentoloman:
Por una vez, me pareció interesante que no averiguáramos nada...
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