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September 16, 2009
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Memorias 55 - Commotion

by ~Centoloman

Commotion

Confirmado el ascenso de Soki, que ponía fin a la crisis que había comenzado con la desaparición de su antecesor, el resto de la semana supuso lo que parecía el comienzo de una pequeña transición entre el ambiente de extrañeza en el que nos habíamos sumido y lo que se suponía que era el clima en el que debía vivir la Sociedad de Almas.

Por otra parte, mi semana no había sido tan alentadora. Como expliqué en mi anterior relato, el profesor Deiss me pidió que le sustituyera en sus clases con los alumnos de primer curso, en parte porque él estaba fuera, en parte como compensación por las sustituciones que él también había tenido que realizar mientras yo iba de misión, y, como también dije, el contraste con mis habituales alumnos había sido enorme y agotador.

– ¡Fin de semana! – exclamé aliviado el sábado por la mañana mientras entraba en comedor.

– ¿Una semana dura? – preguntó Eliaz.

– Demasiado dura – contesté. – Deiss está fuera y me pidió que le sustituyese con los de primero. Espero que maduren un poco más antes de ser shinigamis, no sabes lo que nos viene encima – me quejé. – Por cierto, ¿qué haces aquí, un sábado, tan temprano?

– Con todo el lío de la reorganización del poder, Mitsuko está muy ocupada – me contó. – Están trabajando a destajo para poder volver a poner en marcha la División cuanto antes en las mejores posibles. Así que me he venido con ella y ya me quedo aquí a desayunar.

– No te viene mal un poco de vida en el cuartel – sonreí.

– ¿Insinúas algo?

– ¡Qué va! – me reí. – Lo digo a las claras: hacía siglos que no te veía por aquí un sábado tan temprano.

– Pero yo tengo…

– Sí, claro. Eres Eleazar Asharet, – le interrumpí como si quisiera darle la razón – todo un noble de uno de los clanes más importantes de la historia de la Sociedad de Almas – recité, fingiendo que lo hacía de memoria. – ¿Y?

– Envidia.

– Ninguna – respondí con naturalidad mientras me sentaba y estiraba la mano para coger el periódico.

– Oye… – cambió de tema radicalmente. – Estaba pensando en Gaby.

– ¿En Gaby? – pregunté sorprendido. – No deberías hacer esas cosas – añadí en tono jocoso. – Te vas a casar, ¿recuerdas?

– No coño – repuso. –Después de lo del otro día, creo que está bastante claro que deberíamos intervenir y ayudarla.

– ¿Ayudarla? ¿A qué?

– ¿A qué va a ser? – contestó como si la respuesta fuera obvia. – ¡A integrarse en su clan!

– Bah.

– ¿“Bah”?

– Bah – repetí.

– “Bah” no es una respuesta.

– No pretende serlo… – dije, apartando mi vista de él y posándola sobre la primera página del periódico. – ¡¿Qué?! – grité de repente, desconcertado, al leer los titulares.

– ¿Qué pasa? ¿Quién ha muerto?

– Mira – le indiqué, dejando sobre la mesa el diario. – ¡Han destituido a Yuta!

– ¡¿Qué?! – exclamó también él mientras sus ojos devoraban cada una de las palabras de la portada.

– ¿“Dar cobijo a criminales”? – me pregunté en alto. – ¿Pero qué? ¿Yutaru?

– “La Capitana Nara cesará en su cargo en los próximos días, pasando el Décimo escuadrón a situación de excepción hasta el nombramiento de un nuevo Capitán”  – leyó  él en alto.

– Increíble – me desplomé sobre la silla.

– Pero… ¿así de rápido?

– Eso parece…

– Esto no hay quien lo entienda. ¿Qué habrá pasado?

– No me lo creo…

– Ni yo… ¡Es Yuta!

– No me refiero a eso – respondí. – Para que hayan tomado una decisión así han tenido que haber investigado bastante o… haber encontrado algo que fuera extremadamente grave…

– Sí, claro – se burló escéptico. – ¿Estás defendiendo a los altos mandos? ¿Tú? ¿Precisamente tú?

– Precisamente yo – repetí. – No les compensa en absoluto en este momento equivocarse en algo tan notorio…

– Tiene cojones que los defiendas… – dijo mientras se levantaba con su bandeja a por más té.

– No los defiendo...

– Lo haces.

– Lo que quieras…

– Buenos días – saludó Nalya desde el umbral de la puerta.

Mis ojos se desviaron del rostro de Eliaz hacia la puerta, que me quedaba a la espalda, buscando a la propietaria de aquella voz. Hacía tiempo que, por uno u otro motivo, no había podido verla y lo que descubrí en aquel reencuentro me llenó de perturbación. Su vientre, abombado, destacaba bajo el uniforme reglamentario, anunciando un incipiente embarazo.

Inmediatamente, en mi rostro se dibujó un gesto de profundo estupor, acompañado por Eliaz, que lucía una expresión similar cuando le busqué para que confirmara que no era una ilusión óptica lo que mis ojos habían visto.

Ya no importaba la política. El asunto de Yutaru había perdido toda su importancia y ya ni siquiera me acordaba de por qué, minutos antes, estaba discutiendo con mi amigo. No, eso no importaba. ¡Nalya estaba embarazada! ¿Acaso había algo más importante en aquel momento?

– ¿Qué… es… eso? – pregunté asustado señalando el vientre de mi mejor amiga.

– Yo creo que está bastante claro – dijo Eliaz, recuperando la posición sedente.

– Dime que estás perdiendo la forma física porque has dejado de entrenar.

– Rido…

Nalya parecía divertirse a costa de mi estado de estupefacción y desconcierto. Se sirvió el desayuno, raciones dobles, y se sentó junto a Eliaz, quién sabe si para poder observar mejor el gesto idiota que seguramente se dibujaba en mi cara en aquel momento.

– Pero, ¿cómo, cuándo? – seguí preguntando.

– Si necesitas que te expliquen eso estás más perdido de lo que me pensaba – contestó Eliaz.

– Pero, ¡vamos! ¡Di algo! – exclamé impaciente

– ¿Para qué? Si ya os contestáis todo entre los dos – se reía.

Durante el desayuno, no dijo palabra a pesar de que yo no paraba de hacerle preguntas y más preguntas. Quizás sólo quería jugar un poco conmigo y burlarse de mi nerviosismo y mi excitación ante la reciente noticia.

Se levantó y se fue mientras yo, aún incrédulo, terminaba de desayunar. Aunque ya había asimilado que mi amor por ella era algo que no sería correspondido, en aquel momento, tras la revelación del estado de buena esperanza de Nalya, necesitaba respirar hondo, pensar, calmarme.

Era como si aquella vida que crecía en su seno fuera la constatación física de su rechazo hacia mí y de su amor por Nakajima Kyo, el hombre que le había “criado” dentro de la Sociedad de Almas, amor que parecía negarse a aceptar, tal como revelaba la actitud hacia él las pocas veces que les había visto juntos.

Salí a los jardines y pasé un buen rato paseando en silencio y sin rumbo a través de los patios que circundaban el estanque de la División, donde aquellos extraños peces, herencia de la Capitana Jishame según tenía entendido, bailaban entre las aguas como burlándose de mi desdicha.

– No deberías machacarte por ello – me susurró la siempre dulce voz de la Capitana.

– No, si ya…

– Este bache ya lo tenías superado, Rido – advirtió. – ¿O quizás no?

– Sí, Jefa, pero…

– No le pongas peros – me aconsejó. – Sólo… enfréntate a ello. Con tranquilidad, sin nervios. Nalya es tu mejor amiga y, aunque ella no quiera admitirlo, eres alguien muy importante para ella – dijo. – Deja tus sentimientos a ella y permanece a su lado.

– Como si fuera fácil.

– Nadie dijo que lo fuera – afirmó. – Sólo haz el sacrificio – añadió mientras se alejaba.

Como siempre, Henkara tenía la capacidad de decir la palabra exacta en el momento exacto para conseguir la reacción oportuna. Ese era el secreto de sus dotes de mando. Sus palabras suscitaron en mí la necesitad de permanecer junto a Nalya a pesar de que el niño que vería crecer me recordase diariamente que el corazón de su madre no era para mí.

En cualquier caso “estar a su lado” era algo muy fácil de decir, pero difícil en la practica. ¿Sería capaz de abandonar la frustración del rechazo y adoptar la posición debida, la actitud del amigo fiel y atento?

“Haz el sacrificio.” Esas habían sido las palabras de Henkara. “Haz el sacrificio”. Nada perdía por intentarlo, podría decirse. Pero, ¿serviría para algo sacrificar mis sentimientos y ponerlos al servicio de algo que yo no quería o, al menos, veía insuficiente?

Un momento, ¿acaso tenía que servir para algo? ¿Acaso una acción, y más una de aquel tipo, tiene valor sólo por sus efectos? No, el propio sacrificio, por sí mismo, tiene valor. Lo demás vendría después, por añadidura.

Había tomado ya una decisión. Era inamovible. Nada podría perturbarla. Me olvidaría de pretensiones egoístas y regresaría al terreno que por ahora me correspondía, al campo del amigo, de su mejor amigo.

Atento y servicial, cariñoso y gratuito, así debía ser. Sin dejarme llevar por ambiciones románticas pero sin despojarme del amor que me unía devotamente a ella. Esa era la clave, canalizar ese amor incondicional que sentía por Nalya y transformarlo en servicio, en amistad imperturbable, en entrega total.

Levanté la vista para ubicarme, pues tenía la manía de, cuando meditaba, caminar con la cabeza gacha. Sin darme cuenta, mis pasos me habían llevado hasta la fachada del Cuartel de la Décima División, donde se reunían un cierto número de curiosos que rondaban la plaza frente al edificio tratando de averiguar algo más de la noticia del día: la destitución de la Capitana Nara y del Maestro Data, su Teniente.

– Los ánimos están muy caldeados por aquí. ¿No crees, Rido? – me sorprendió una voz a mi espalda.

Headbone, Kuniko y Gaijin también se contaban entre la multitud que rodeaba las instalaciones del Décimo Escuadrón, buscando conocer algún dato más acerca de lo que había ocurrido. No era sorprendente, en los últimos meses, especialmente desde el “caso Akano”, habíamos conversado a menudo acerca de política y siempre habían mostrado un gran interés en todo lo que ocurría en las altas esferas. Era, por tanto, lógico, verlos tratando de conocer los motivos de tan desconcertante suceso y escrutando las primeras reacciones por parte de los afectados.

– ¿También estás aquí por lo de Yuta? – preguntó Gaijin.

– Eh… sí… – disimulé. – Para uno de nosotros que llegó a capitán… Bueno, Soki es capitán ahora, aunque no me termine de acostumbrar – me corregí. – La cuestión es que nunca lo habría esperado.

– ¿Uno de nosotros? – preguntó Kuniko, que parecía no entender.

– Bone, Db, Gaby, Krunzik, Yutaru, Hecate, Zharin, Gaijin, Bikutoru, Nalya, Aiolos, Soki, yo… somos todos de la misma promoción.

– Bueno, tú… – objetó Gaijin, burlón.

– Vale, no del todo – resoplé. – Pero sabes que tu estancia en la Academia habría sido un tormento de no ser por mí.

– Fue un tormento gracias a mí – se reía.

– Pero te divertiste – contrapuse. – Además, sin mí no hubieras llegado a nada – me burlé.

– ¡Serás…! – se picó.

– Espero que no haya mayores problemas – suspiró Headbone, devolviéndonos a la realidad del caso Yutaru.

– No creo que se arregle fácilmente. Fíjate quién está ahí dentro – señalé hacia la puerta.

– ¿Insinúas que son unos rebeldes por sistema?

– No, hombre. Sólo constato el hecho de que Yutaru Nara no sólo era la Capitana de la Décima División. Para muchos de sus hombres era bastante más, una amiga, y no se van a quedar quietos tan fácilmente.

– Sólo espero que no estén tan locos como para hacer algo – resopló. – Ahora que todo parecía volver a la normalidad…

– Eso espero – me uní a sus esperanzas. – ¿Quién es ese?

Un shinigami de pelo plateado y aspecto ciertamente juvenil hizo su aparición frente a la puerta del Cuartel y pasó por delante de la guardia como si no pasase nada. No recordaba haberlo visto nunca en mi vida, pero a pesar de su visible juventud parecía acumular una gran experiencia.

– Manuls – respondió el de las gafas.

– ¿Manuls? – reaccioné sorprendido. – ¿El Capitán Manuls? Creía que ya no rondaba el Sereitei…

– Yo había escuchado que había muerto – añadió Gaijin.

– Pues está vivito y coleando – afirmó divertida Kuniko.

– ¿Qué hará aquí? – se preguntó en alto Head.

– ¿Aceptar la Capitanía?

– ¿Y por qué no Sefirot?

– No creo que sea ni el uno ni el otro – tercié. – Sefirot renunció en su momento, no creo que la acepte de nuevo. Manuls… Supongo que si no se pasa mucho por aquí será porque está en la reserva, – conjeturé – como mi padre y Kaiser.

– Hablando del rey de Roma – anunció Bone, señalando hacia la entrada donde pudimos distinguir la figura del viejo capitán, flanqueado por Yuki y por mi padre.

– Esperad aquí – insté a mis compañeros. – Veré si me puedo enterar de algo.

Había sido un acierto acudir, aunque fuera inconscientemente, hasta aquel lugar. Mi mente se había evadido lo suficiente como para no estar continuamente preocupado por el futuro nacimiento del niño que ya crecía en el seno de Nalya.

Me acerqué al Cuartel, escabulléndome como pude entre la masa de curiosos, con la intención de cruzar aunque sólo fueran unas pocas palabras con mi padre o con Kaiser. Pero no me fue posible: dos guardias me cerraron el paso evitando el acceso de cualquier sujeto ajeno a la División.

Lo intenté un par de veces más, intentando convencer a los guardias de que “tan sólo” quería hablar con mi padre, pero el resultado fue siempre el mismo, una rotunda negativa por parte de aquellos dos gorilas que me impedían continuar.

Me di la vuelta y regresé al lugar donde había dejado a mis amigos, pero sólo Kuniko quedaba allí. Gaijin y Headbone habían sido llamados por el Capitán Yuber y, a regañadientes según contaba ella, habían tenido que abandonar la pequeña labor de espionaje que estábamos llevando a cabo.

Tratamos de averiguar algo más, pero no llegaba ninguna noticia desde el interior del Cuartel de la Décima División, que se había convertido en una especie de nido del secretismo más absoluto. Un poco desilusionados, nos dimos la vuelta y me ofrecí a acompañar a Kuniko de vuelta a las instalaciones de su Escuadrón.

– Le preguntaré a Db o a mi padre más tarde – resoplé.

– ¿Estás bien? – preguntó ella.

– ¿Por qué no iba a estarlo? Yuta es mi amiga, sí… pero… no sé…

– No hablo de eso – me interrumpió. – No quise decirlo antes delante de los chicos pero estás raro – me dijo. – Algo te preocupa y no tiene nada que ver con Yutaru.

– Nalya está embarazada – confesé – consciente de que no ganaría nada ocultándolo.

– ¿De ti?

– Ojalá – suspiré. – Quiero decir… Bueno, ya sabes, eso significaría que ella y yo…

Una sonrisa cómplice se dibujó en los labios de la que durante todo el tiempo de la Academia, de mi segundo paso por ella, había sido una fiel compañera, al igual que mi viejo camarada Irah. Kuniko había demostrado ser siempre el apoyo necesario en los momentos más difíciles, cuando creía que no podría continuar. Había sido ella la primera en ayudarme a levantarme tras la muerte de Yonas y desde entonces nunca había abandonado ese lugar de consejera que ocupaba, aunque nuestra relación, tras la graduación, se hubiera enfriado.

– Es de Kyo – aclaré al fin, sonrojado por la confesión anterior.

– ¿Y cómo se lo está tomando ella?

– Parece que con bastante tranquilidad. No sé… – respondí. – Hacía muchísimo que no la veía y hoy no estaba como para “estudiarla”.

– ¿Y tú?

– Cuando menos confuso – admití. – Ya sabes lo que siento por ella.

– Deberías…

– No te preocupes por mí – le sonreí, interrumpiéndola, cuando nos detuvimos frente al portal de su Cuartel. – Aún estoy impactado por la noticia y un poco desubicado pero se me pasará. Ya he tomado una decisión.
:iconcentoloman:
Un capítulo totalmente diferente. Algo ocurre en el Sereitei que todos están muy excitados... ¿Qué será?
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