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September 16, 2009
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Memorias 58 - Despues dl adios

by ~Centoloman

Después del adiós

Ya no quedaba duda alguna, Pandora se había ido y parecía como sí, con ella, toda una época se hubiera quedado atrás y un futuro incierto se abriese ante nosotros. Sí, algo comenzó a cambiar dentro del Cuartel ahora que nuestra pequeña e insolente teniente había decidido retirarse de la ajetreada vida de Shinigami y afrontar una nueva vida en el mundo mortal.

Costó adaptarse a su falta, a no escuchar sus impertinencias en cualquier ocasión, pues cualquier oportunidad era buena para Pandora si de lanzar una puya se trataba. Incluso a Henkara le llevó meses decidir a quién recomendaría a la Cámara de los 46 para ocupar el puesto que ahora dejaba libre la “enana”, como diría Nalya.

Fue, para sorpresa de muchos, en Chrno, el misterioso Shinigami del pelo carmesí, en quien recayó esa responsabilidad de ser el segundo al mando de la Novena División y de ayudar y aconsejar a Henkara en todo cuanto necesitara de él.

Era una decisión un tanto extraña. Al fin y al cabo, no era un compañero que hubiera destacado mucho, siempre prefería pasar desapercibido y no llamar la atención. Eran bastantes los secretos que guardaba para sí y no pocas veces había intentado averiguar qué escondía, pero siempre infructuosamente.

Así, en un ambiente extraño, la vida del cuartel fue poco a poco normalizándose y pronto volvimos a estar como siempre o, al menos, a llevar un estilo de vida muy similar al que siempre habíamos llevado y que nos caracterizaba. Al fin y al cabo, como solía decir Pandora, “la Novena División es la Novena División, da igual quienes seamos”.

Como hasta entonces, mi refugio y santuario eran mis clases en la Academia, donde casi había comenzado a dirigir el Departamento. Lo cierto es que Deiss había expresado en numerosas ocasiones, y cada vez más frecuentemente, su intención de jubilarse y, según él, yo, un profesor a todas luces inexperto, era la opción más segura para continuar su labor al frente de la Cátedra de Historia en la Academia.

Con ese objetivo, el viejo profesor fue descargando en mí una serie de tareas administrativas como “Vicedirector” del Departamento, un cargo totalmente ficticio y que únicamente quería decir que yo realizaba la mayor parte del trabajo y el ponía el nombre en todos los papeles.

De este modo, poco a poco se me fueron acumulando responsabilidades que a priori me mantendrían fuera del cuartel pues, además, la Cámara, en un afán de pagar una especie de intereses había comenzado a considerar al Clan Akano dentro de los clanes nobiliarios del Sereitei, lo que suponía que debía asistir como “heredero” a una serie de actos de lo más tediosos entre gente con la que ni encajaba ni congeniaba.

Afortunadamente, a aquellos eventos debía acudir también Eliaz, primero aún como Mirumoto Eliaz, y después ya como Eleazar Asharet, por lo que no solía tener problema en ocupar el tiempo en alguna de nuestras extrañas y a veces esperpénticas discusiones.

A pesar de todo esto, de tanto compromiso social y profesional, decidí que debía pasar más tiempo en el Cuartel, con los míos y, sobre todo, con el pequeño Kyo. Debía atender a las “obligaciones paternas” que poco a poco había adquirido con el niño y, realmente, nada me llenaba de más alegría y orgullo que verlo progresar a pasos unas veces agigantados y otras torpes y tímidos.

Nalya seguía instruyendo al pequeño Kyo en el manejo de sus apéndices y en el uso de las artes demoníacas mientras que yo le enseñaba a defenderse con una pequeña espada de madera mientras le contaba pequeños cuentos que, en realidad, eran pequeños resúmenes adaptados de las clases que debía dar el día siguiente.

A su madre no le agradaba aquello del todo, porque hacía numerosas referencias al padre del niño al que, aunque el pequeño no lo supiera del todo, ya conocía. Para él, para Uchiha Kyo, Nakajima Kyo era un héroe de leyenda, un personaje cuasi-mitológico que pertenecía a una realidad que crecía dentro de su imaginación y que no guardaba relación con el mundo que se extendía más allá de él.

La verdad es que aquel niño había estrechado el vínculo entre su madre y yo, aunque nunca llegase a forjarse una relación más allá. Había aceptado aquella situación, es cierto, pero también es verdad que seguía sin resignarme a no llegar a completar mis anhelos, a que el amor y la veneración que yo sentía por ella no fueran recíprocos.

Paralelamente a eso, Eliaz y Mitsuko por fin se casaron, aunque mucho más tarde de lo que el novio me había contado en un primer momento. Como no podía ser menos, dado el especial carácter del contrayente, fue una ceremonia por todo lo alto al que asistieron las Divisiones Novena y Duodécima al completo y amplia representación de otras divisiones como la Sexta o la Décima.

Consecuencia de su enlace, Eliaz abandonó definitivamente el Cuartel y se trasladó a la mansión de los Ashartîm. Ni siquiera ocupaba, de forma testimonial aunque fuese, una habitación entre el resto de oficiales que poblábamos los edificios de la División.

Como paso previo al enlace, tal y como había anunciado más de una vez, mi viejo amigo recuperó de una vez para siempre su verdadera identidad como Eleazar Asharet, algo que causó una gran conmoción en todo el Sereitei.

Ahora que su familia estaba, por así decirlo, en el punto de mira, pues ellos habían sido los iniciadores de Nadie, el hecho de recuperar su nombre original había resultado un acto de valentía por su parte. Había aceptado su pasado, algo que, como a mí, le había resultado más una carga para su existencia actual que un tiempo del que aprender.

Eliaz no fue el único que adoptó un nuevo nombre. Siguiendo una antiquísima tradición del clan Asharet, Mitsuko adoptó un nombre hebreo, Laylah, y quedando así indivisiblemente unida a la familia del que ahora era su nuevo marido.

Como había prometido el día en que acepté el trabajo de profesor, no dejé de lado tampoco mis obligaciones como miembro de la División. En orden a que no perdiera la práctica, la Capitana decidió asignarme misiones sencillas: eliminación de hollows, patrulla por el área de algún compañero…

De vez en cuando surgía alguna misión relacionada con los Nadie, caso que seguía aún abierto, pero en el que las pistas eran cada vez más escasas y los caminos que tomábamos tenían cada vez menos visos de llegar a buen puerto. Esos casos me eran asignados directamente a mí, como si fuera alguna especie de asesor especializado.

Un fracaso después de otro tratando de encontrar a los asesinos de mi abuelo había acabado por conseguir que me desanimara, aunque siempre había quien tratase de levantarme la moral: Db, mis padres, Kaiser… Todos parecían infinitamente más esperanzados que yo a la hora de acabar con aquel problema.

Prefería cientos de veces enfrentarme a pequeñas misiones, a hollows de escaso nivel, enterrar almas. No implicaban la frustración que suponía enfrentarse a fantasmas inalcanzables, a nubes de humo que se disipaban en cuanto uno se acercaba.

Una noche se me ordenó sustituir la zona que patrullaba Raik habitualmente: una ciudad, no muy grande situada en el medio de un valle. Hubiera sido una noche normal, nada nuevo en mi trabajo, donde ya había visto de todo. Pero algo, o mejor dicho, alguien, se tenía que cruzar en mi camino.

La descubrí casi de casualidad. Iba paseando, cumpliendo las pocas horas que quedaban de mi guardia, cuando descubrí una figura un tanto extraña. Mi innata curiosidad, aquella que tanto desquiciaba a mi nuevo Teniente, me llevó a acercarme a ella para descubrir a una mujer de pelo caoba que… ¿tenía orejas de gato? ¿Y rabo?

Me aproximé con cuidado a ella, pero no mucho, estaba aún con el Gigai puesto y no quería llamar la atención más de lo que fuese necesario. Me desenfundé el cuerpo artificial y, ya invisible a ojos mortales, fui hasta el lugar donde estaba aquella extraña muchacha que tanto interés había despertado en mí.

La observé durante un rato sin dar crédito a lo que veían mis ojos. ¡Era cierto! Tenía orejas felinas y una cola bastante notable. Por lo demás, era completamente humana. Su pelo color caoba caía en forma de rastas que cubrían todas su espalda y unas tímidas pecas adornaban su pálido rostro.

No pude dejar de acordarme de nuestra División. No sólo contábamos con Nalya, sus cuernos y los apéndices que compartía con su hijo, sino que, desde unos meses antes, un ser alado rondaba por el Cuartel: Ayase. No era de extrañar que algunos shinigamis de otros escuadrones dedicaran parte de su tiempo a hacer bromas acerca de la propensión que teníamos a acoger gente extraña en nuestras filas.

Me había despistado recordando aquello y cuando levanté la vista descubrí lo que aquella mujer quería hacer. Estaba dispuesta a quitarse la vida como había hecho yo en su momento. Estaba decidida a huir de la existencia mortal pero… ¿Sabría ella hacia dónde?

– ¡No lo hagas! – le grité.

Pero era inútil, era incapaz de oírme y para cuando me volviese a poner el Gigai ya sería tarde. La vi morir, arrancarse la vida delante de mis narices y me sentí completamente impotente. Sólo había sido capaz de pronunciar una inútil llamada a la esperanza. ¡No había hecho nada por impedirlo!

Decidí esperar frente a ella el momento en que se despertase para realizar el rito funerario. Así, me apoyé en la pared y esperé un rato, quizás casi una hora. Al final se levantó, temerosa, desorientada, sin saber qué pasaba… como todos.

– ¿Sabes que eso no es solución de nada? – dije. – ¿Por qué lo has hecho?

– Yo…

– ¿De qué huyes? ¿Tan malo es vivir? – seguí preguntándole con una gran sonrisa mientras me acercaba a ella.

Quizás, en cierto modo, eran las respuestas a aquellas preguntas las que me habían impulsado a seguir viviendo, aunque sólo fueran preguntas mudas, que nunca hubiera llegado a formularme y sólo hubieran existido una vez en mi subconsciente.

– Te voy a contar un secreto – le sonreí en un susurro, agachándome junto a ella. – Vengo de la tierra de las Segundas Oportunidades… y te voy a llevar conmigo.

Desenvainé a Balmung mientras con un silencioso gesto trataba de contrarrestar el nerviosismo lógico al ver aparecer aquella gran hoja. La aproxime lentamente hacia ella y deposité la guarda sobre su frente.

– Allí serás feliz – sentencié mientras desaparecía. – Es una promesa.

Horas más tarde, tras cumplir mi misión, regresé a mi vida normal. El día siguiente me esperaba una dura jornada en la Academia y casi no tendría tiempo para descansar antes de mi primera clase, así que me dirigí directamente a mi despacho en el Departamento.

– ¡Eliaz! – exclamé sorprendido al abrir la puerta del despacho. – ¿Qué haces aquí?

– Venía a visitar a Yvan, pero me dijo que hablara contigo.

– ¿A Yvan? – interrogué extrañado. – Ni a mí me deja llamarle así.

– Eso es porque tú no lo conoces tan bien como yo…

– No quiero imaginarme a qué te refieres – resoplé, dejándome caer sobre mi silla. – ¿Qué te trae por aquí?

– Un papeleo relacionado con la familia – explicó. – Ten, lo encontré anoche rebuscando en la mansión.

Me entregó un documento antiguo en el que aparecía una especie de árbol genealógico de la familia Ashartîm. Quería que lo investigara, y como motivación intentó convencerme de que seguro que me ayudaba en mi investigación, algo que sabía que no me hacía mucha gracia pero que no dejaba de llamar irresistiblemente mi atención.

– ¡Está en hebreo! – me quejé.

– Puedes con él – afirmó. – ¿Mala noche?

– No, pero no dormí – confesé. – Aprovecharé esta tarde, espero…

– ¿El enano sigue igual?

– Sí – sonreí. – ¿Sabes…?

– ¿Qué?

– Esta noche me encontré con alguien que seguro que te interesaría…

– ¿Con quién?

– Otro Ayase – aclaré. – Bueno… más o menos.

– Curioso – susurró, mientras seguro que maquinaba algún plan. – ¿Dónde?

– Se suicidó delante de mí…

– ¡¿Qué?!

– Lo que oyes. Enterré su alma… y casi no me dio tiempo a más.

– ¿Y no vas a ir a buscarla?

– ¿Por qué iba a hacerlo?

– Porque te conozco y sé como piensas – respondió. – ¿Te recuerdo cómo te pusiste con aquel espíritu de tierra?

– Ya, pero… He cambiado – afirmé.

– ¿Sabes siquiera a dónde ha ido?

– Sí, lo comprobé en el Registro mientras venía.

– ¿Y?

– ¿“Y” qué? Debe conocer el Rukongai – repliqué, sin levantar la vista de los papeles.

– Di mejor que no tienes tiempo ahora para ir a por ella.

– Y es la verdad. El verano está cerca. Y como dije… le vendrá bien.

– Ya… Seguro…

– No te preocupes – me reí. – Pareces yo. Ten. Dale esto a uno de los becarios para que vayan trabajando mientras voy a clase.

– ¿Delegando?

– Es la única forma de sobrevivir en la administración del Departamento – canturreé. –  Y ahora vete, tengo que irme para clase y quiero descansar antes un poco.

Sí, el verano estaba por llegar. Un verano más en la Sociedad de Almas, un verano más en aquella nueva vida que la Dama del Destino me había querido regalar, un nuevo verano con el pequeño Kyo… un nuevo verano con Nalya. Entonces iría a buscarla y cumpliría mi promesa.

Me recosté en la silla y mi mirada recayó en el expediente que guardaba con tanto celo desde hacía años: el expediente de mi primera misión en solitario; y sobre él, sólo una cifra. Pero tras esa cifra se ocultaba el rostro de una niña asustada. También a ella la encontraría, algún día y también cumpliría mi promesa: estaría allí cuando me necesitase.
:iconcentoloman:
Un Teniente menos, habrá que volver a reorganizarse... otra vez. Pero no sólo eso, un personaje nuevo, que quién sabe si tendrá más protagonismo más adelante...

Se trata de :iconarakawa:, así que para ella va el capi ^^
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