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September 16, 2009
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Memorias 60 - Ari

by ~Centoloman

Ari

Casi como si el tiempo se escapase de nuestras manos llegó el final del curso y con él se fue otro año de mi vida en la Sociedad de Almas. Veinticinco iban ya en total y echar la vista atrás significaba descubrir lo mucho que había cambiado desde el momento en que aquel cristal rasgó mis venas.

Y con la clausura del año académico llegó el verano. Tal y como había anunciado a Eliaz, una de las primeras cosas que hice fue salir en busca de aquella extraña chica felina que había conocido en una de mis expediciones al mundo mortal.

¿Qué habría sido de ella? Mientras preparaba las cosas para ir a buscarla, me pregunté si habría encontrado un Yonas, un salvador que le enseñara que vivir era la mejor opción que tenía y que no servía de nada la soledad en un mundo como la Sociedad de Almas.

Distrito 49 Norte, ése era mi destino, allí la habían enviado. ¿Estaría realmente allí? Las almas comunes no suelen emprender largos viajes, especialmente en los primeros meses de su estancia en el Rukongai. Pero su alma no era común, no al menos en el exterior.

No me resultó difícil encontrarla. Alguien con sus rasgos físicos llamaba la atención y le era difícil esconderse de miradas indiscretas, de la gente que la señalaba y se burlaba. La gente hablaba de ella como si de un monstruo se tratara.

– Menuda segunda oportunidad – musité al verla.

Allí estaba, apartada del mundo, sola, sin nadie que la acompañase, sin que nadie le tendiera la mano y le enseñase a sonreír, un animalillo indefenso que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo.

Agazapada contra un árbol me vigilaba a medida que me acercaba a ella. No había pasado tanto tiempo, sólo unos meses, pero habían sido suficientes para que desconfiase de mí, o quizá es que nunca lo había hecho

– ¡Tú! – me señaló. – ¡¿Qué quieres ahora?!

– Siento no haber llegado antes – me disculpé. – ¿Qué tal ha ido todo?

– ¡¿A qué vienes?!

– A cumplir una promesa – respondí.

– Es tarde – replicó. – Ve a buscar a otro gilipollas del que burlarte.

– Nunca es tarde – sonreí. – No fue tarde para mí, no lo es para ti.

– ¡Han pasado meses!

– Lo sé – admití. – Lo siento.

– ¡Dijiste que sería feliz!

– Y aún estás a tiempo.

– ¡¿Es esto ser feliz?!

– Conozco el Rukongai – dije, con voz tranquila. – Es una vida dura pero…

– Ya es tarde para discursitos – me echó en cara. – Ahora vete y déjame en paz.

– ¿Vas a volver a huir?

– ¡¿Y si lo hago?!

– ¿Hacia dónde huirás?

– ¡¿Y a ti que te importa?!

– No es tarde aún para ti.

– Sí lo es.

– No, no lo es – sentencié, mientras la ayudaba a levantarse. – Sígueme.

– Nunca – rechazó mi proposición dándole un golpe a mi mano.

– Te prometo que te llevaré al sitio que mereces – insistí, ofreciéndole nuevamente mi ayuda para ponerse en pie.

– ¿Una promesa más? ¿No te llega con mentir una sola vez?

– Rukongai Oeste, Distrito 7 – dije. – La mansión del Clan Akano.

– ¿Qué?

– Allí es a donde te llevaré – expliqué.

– ¿Crees que me importa?

– ¿Tienes algo que perder? – pregunté. – Allí estarás bien, yo mismo cuidaré de ti.

– Y yo me lo creo.

– Y si no estoy yo, habrá gente dispuesta a hacerlo – continué. – Estarás bien, lo prometo.

Resopló y se apoyó en la palma de mi mano para incorporarse. Me miró en silencio un par de segundos y luego recogió un pequeño saco que tenía apoyado junto al tronco del árbol en el que estaba sentada.

– ¿Cómo de rápida eres? – me interesé.

– Pues… En vida era bastante rápida, aquí… No sé – respondió vacilante.

– Da igual – sonreí. – Súbete a mi espalda, llegaremos antes de que te des cuenta.

– No soy una inválida.

– Lo sé, pero cuanto antes lleguemos antes podrás descansar y…

– ¿Y comer algo?

– ¿Comer? – la miré extrañado.

Probablemente no supiera lo que eso significaba. El estar apartada del resto de la gente le había impedido conocer aquellas cosas que eran realmente importantes. Seguramente no supiera que el hecho de “tener hambre” era algo sumamente significativo en aquel mundo.

– ¿No comías cuando estabas aquí? – disimulé mi extrañeza.

Aún era pronto para explicarle las cosas con detalle y, afortunadamente, iba a estar en un sitio donde todos “tenían hambre”, incluido Uxío, que había despertado unos pocos poderes después de todo el entrenamiento al que, durante años, lo habían estado sometiendo mi padre y Kaiser.

– De vez en cuando solía conseguir algo – murmuró. – Pero “de vez en cuando” no es suficiente.

– Cuando lleguemos podrás comer todo lo que quieras – volví sonreír mientras me daba la vuelta y hacía un gesto para que se subiese.

Ella accedió a mi invitación y se subió a horcajadas sobre mi espalda. Así, como si fuera un sherpa cargando con los útiles de algún cargador, comencé mi marcha a toda velocidad a través de los bosques del Rukongai Norte.

– Vamos a tomar un pequeño desvío antes – anuncié. – Quiero enseñarte una cosa primero.

En lugar de acortar el camino hacia el Distrito 7 Oeste, encaminé mis pasos hacia la Puerta Norte del Sereitei. Así, un rato después nos encontrábamos frente a los blancos muros que separaban el hogar de los shinigamis del resto de la Sociedad de Almas.

Le hice un gesto para que bajara y la conduje hasta cerca de la puerta de forma que pudiera observar bien las construcciones que se alzaban frente a nosotros. Quizás no fuera el momento para explicarle todo, pero siempre había que empezar por algo.

– ¿Qué sabes de este mundo?

– Sé que aquí vivís mentirosos como tú.

– Eso es verdad – reaccioné despreocupado. – Ya sabes una cosa.

Sus ojos me atravesaron como si fueran puñales diciéndome que aún no había la suficiente confianza entre nosotros como para hacer aquel tipo de bromas. Sin darle importancia me senté en la base de uno de los abetos que poblaban la zona, mirando hacia el muro.

– Comenzaré por lo básico – empecé. – Esto es la Sociedad de Almas, que es a donde venimos todos después de morir. Básicamente se divide en dos… tres zonas. El Anillo Exterior, el Rukongai, que es donde vivías, y el Sereitei, que es la ciudadela que está tras esos muros.

Le expliqué, sin entrar en detalles, todo lo que en un primer momento debía saber acerca del mundo en que vivíamos como la organización del Rukongai, los shinigamis, el Gotei Trece y la Cámara de los Cuarenta y seis.

– ¿Te crees que eso me importa? – sentenció cortante cuando hube terminado mi discurso.

– Puede que hoy no – repuse. – Pero debes saberlo si quieres… En fin, vamos, ya estamos cerca.

Rehusó a volverse a subir a mi espalda, así que realizamos los últimos kilómetros a una velocidad menor. Aproveché el camino para seguirle explicando un poco en qué consistiría su nueva vida, hablándole de mis padres, de Kaiser, de Gaby… Pero aquello parecía interesarle poco.

– ¿Te importa si te hago una pregunta? – rompió su silencio.

– Claro que no – le sonreí.

– ¿Por qué yo?

– ¿Por qué tú qué?

– De entre todas las almas que has enterrado… ¿Por qué yo?

– Porque yo también me suicidé – respondí, enseñando los guantes que cubrían mis muñecas. – Porque durante mucho tiempo fui como tú. Porque sé que siempre hay una segunda oportunidad… Por muchas cosas, supongo.

– Es decir, estás tratando de salvarte – refunfuñó. – Sólo es por eso…

– No. No sólo es por eso…

– ¿Entonces?

– Hace tiempo me hice una promesa: trataría de dar a todo el mundo la misma paz que yo conseguí aquí. Unos lo tienen fácil… Otros, lo tuvimos más difícil – murmuré nostálgico. – Pero siempre hay salida, por oscuro que parezca el camino.

En un gesto imprevisto, Ari, que así se llamaba mi nueva compañera, se agarró sonriente a mi brazo y se dejó guiar durante el último tramo del camino que nos conducía hasta la mansión Akano, en un claro del bosque que rodeaba el Séptimo Distrito Oeste.

– Llegamos – anuncié.

– ¿Es aquí? – preguntó, reconociendo el lugar con la mirada.

– Si no, no hubiera dicho que llegamos – reí. – Esta es la casa de mi familia.

La recién llegada fue la protagonista de aquel verano, no sólo por su aspecto físico, sino también porque lo que había intuido a raíz de su “hambre”, se confirmó ya en las primeras semanas: nuestra nueva amiga poseía un instinto increíblemente desarrollado.

Aprendía de todo lo que veía y de todo lo que escuchaba, como si fuera una esponja que absorbiese todo lo que era capaz de alcanzar. Así, pronto se hizo mereciente de unos entrenamientos especiales por parte del viejo Kaiser, que ya había dejado de ver en Uxío su particular objeto de investigación.

– Hay que hacer algo con ella – me dijo un día, mediado Agosto, mientras estábamos inmersos en una partida de shouji.

– Lo sé – respondí, sin levantar la vista del tablero.

– ¿Crees que podría entrar este año?

– ¿No es muy pronto aún? – le miré extrañado. – ¿Crees que superará los exámenes con sólo un mes de entrenamiento?

– No hacen falta exámenes cuando se cuenta con la influencia de un Director de Departamento y de un Capitán, aunque sea un Capitán en la reserva – insinuó.

– No soy un Director de Departamento. Y tampoco hay tanta prisa como para saltarse las normas – rechacé su propuesta.

– Sí la hay – sentenció. – Los lobos están muy inquietos. Algo se mueve en el Anillo Exterior.

– Pensaba que no tenías contacto con ellos.

– Pues pensabas mal – sonrió. – Uwe y Gottfried me informan casi semanalmente de todo lo que se mueve por allí.

– ¿Gottfried?

– El segundo de Uwe – aclaró.

– Entonces…

– Puede ser mañana, puede ser dentro de un mes, puede ser dentro de un año… Pero algo se cuece.

– ¿Banisher?

– Nadie – afirmó. – Aunque tampoco me fiaría mucho de mi hijo. Afortunadamente, desde mi “vuelta” he recuperado la confianza de sus generales, así que no me preocupa tanto como antes…

– Siempre ellos… Está bien – resolví. – Veré lo que puedo hacer.

– Respecto a Uxío…

– ¿Qué pasa con él?

– No creo que la Academia sea un buen sitio para él – bromeó. – Sería un poco… chocante.

– Cierto…

– Le he dicho a Uwe que se encargue de él.

– ¿Cómo?

– Lo que estás pensando: irá a vivir a las montañas con ellos.

– ¿Y Banisher?

– Ya te digo que no será problema…

– Supongo que entonces es la mejor opción – murmuré mientras calculaba mi siguiente jugada en la partida.

– Lo es – corroboró. – Si vienen a por nosotros, de cuantos menos tengamos que preocuparnos porque no pueden defenderse, mejor.

– Ya te digo, voy a ver lo que pude hacer – anuncié mientras me levantaba.

– ¿Ahora?

– Ahora – sonreí.

– ¿Y la partida?

– ¿Aún no te has dado cuenta? – me burlé. – Has perdido – le informé mientras abandonaba el salón en dirección al jardín donde Ari se entretenía leyendo uno de los libros que había sacado de mi biblioteca.

– ¡Mierda! – gritó mientras salía.

– ¡Rido! – me saludó efusivamente.

– “3656: Punto de inflexión” – leí el título en la portada del libro. – Bazofia literaria – me reí.

– Pues creo que conoces al autor… un tal… Akano Rido – replicó entre carcajadas.

– Un simple profesor que se las da de importante – me propiné una dosis de humildad. – Traigo noticias – anuncié.

– ¿Noticias?

– Vete preparando las maletas… – le aconsejé sombrío.

– ¿Las maletas? ¿Por qué?

– Supongo que cuando llegues a la Academia querrás tener tus cosas contigo, ¿no? – concluí cambiando el gesto totalmente.

– ¿A la Academia? ¿Tan pronto?

– No te preocupes – la tranquilicé. – Lo harás bien.
:iconcentoloman:
:iconarakawa: vuelve a hacer aparición en otro capítulo centrado en torno a ella
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