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September 16, 2009
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Memorias 62 - Tambores de...

by ~Centoloman

Tambores de guerra

Llegué al Cuartel excesivamente apurado. Con la mente embotada y los cinco sentidos puestos en lo que estaba pasando, tanto en la Academia como en la mansión, me abalancé casi literalmente sobre Cloud, que se dirigía al Dojo a entrenar junto con Raik.

– ¿Sabes donde está Nalya?

– Creo que estaba en el jardín que hay junto al estanque – me dijo. – Está jugando con Kyo.

– Bien. Gracias.

– ¡Rido! – me llamó la Capitana desde su despacho.

– ¿Sí?

– ¿Qué está pasando? ¿Qué es todo este jaleo?

– Es algo urgente – le informé entrando en su despacho. – Nadie ha…

– Ya veo ya – respondió antes de que yo dijera nada. – Trasladaré el caso a los superiores y enviaremos un equipo de apoyo tan pronto como sea posible.

– Comprenderá que yo…

– Sí, tranquilo – sonrió. – Puedes ir y llevarte a Nalya contigo pero a nadie más.

– De acuerdo – resoplé.

Dudaba que aquello fuera suficiente, pero una vez se había transformado en una orden directa de la Capitana no podía desobedecerla sin más. Salí hacia el estanque, donde Cloud había visto a mi amiga jugar con su hijo y me acerqué a ellos, que estaban inmersos en una extraña clase de Kidou.

– Necesito que vengas conmigo, Nalya.

– Ahora estoy ocupada – rechazó mi propuesta, sin levantar la vista de su alumno, que se esforzaba por concentrar reiatsu en la punta de su índice. – Además, ¿tú no deberías estar en clase?

– Precisamente el hecho de que no esté debería decirte algo de la importancia de esto – resoplé impaciente.

– Mira. No me des el coñazo, ¿vale? Kyo está a punto de ser capaz de conjurar el Hadou número…

– ¡A la mierda! – grité tras perder la paciencia.

El pequeño Kyo se asustó con mi chillido y perdió el control del reiatsu que estaba acumulando en su dedo. La energía tomó la forma de una  gran bola azulada  y estuvo a punto de estallarle en la mano si no fuera porque su madre hizo gala de su pericia consiguiendo anularla con una pequeña cantidad de energía similar a la que emitía el pequeño.

– ¿Pero a ti que huevos te pasa? – me chilló violentamente.

– Te necesito. Necesito tu espada – respondí sin ambages.

– ¿Qué?

– Vienen.

– ¿Quiénes vienen?

– Nadie.

– ¿Pero no acabas de decir que…? – comenzó a preguntar. – ¡Ah! ¡Mierda! ¿Quieres decir que…?

– Sí.

– ¿Al Sereitei?

– No – rebatí. – Se dirigen a la mansión.

– ¿A la mansión?

– Yuki los ha visto ir hacia allí… Querrán completar su venganza contra la casa Akano.

– Está… bien – suspiró.

– ¡Irah! – grité al ver a mi compañero.

Inmediatamente, mi amigo se acercó a nosotros y se quedó esperando qué tenía que decirle mientras escrutaba intrigado mi rostro, un rostro que sólo reflejaba preocupación y miedo ante las circunstancias que se avecinaban.

– ¿Qué pasa?

– Tenemos que salir – expliqué. – ¿Puedes encargarte de Kyo?

– ¿Yo?

– ¡¿Él?!

– Tú – confirmé.

– ¡¿Pero cómo se te ocurre tomar semejante decisión sin consultarme an…?!

– Vamos.

– ¡Rido!

– Vamos – repetí, comenzando a correr.

Permanecí todo el camino en silencio. Al principio, los vituperios de Nalya amenizaban en cierto modo aquel camino que más bien parecía la senda del infierno. Lo que nos esperaba al final del camino era algo demasiado importante, demasiado peligroso… Era el destino que al final había decidido hacerse visible y patente.

Pero al comienzo de nuestra ruta también dejaba otra situación excepcional. El caos se hacía dueño de la Academia mientras nosotros caminábamos. Deiss había muerto y ahora era yo el que tenía que asumir la responsabilidad de sacar adelante el Departamento, su legado.

En vista de mi silencio, Nalya decidió callarse mientras recorríamos el último tramo hasta la mansión familiar, en cuya puerta ya nos esperaba Nakajima Kyo, a quien mi compañera tardó más de lo que hubiera imaginado en reconocer.

– ¡Kyo! – exclamó. – ¿Qué haces aquí?

– Lo mismo que tú – respondió él.

– Gracias por venir.

Estreché la mano del que había sido el teniente de mi División y la mano derecha de mi abuelo durante aquellos tiempos de leyenda y me dispuse a abrir la puerta. Sin embargo, Gaby apareció desde el bosque agitando los brazos para hacerse fácilmente reconocible.

– ¡Chicos, esperad!

– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás dentro?

– Llegaron a la casa. Me encargué de limpiar los alrededores de sus sicarios mientras los viejos se encargaban de lo gordo – aclaró. – Uuuh… – añadió con ojos golosos mirando a Kyo. – ¿Cómo dijiste que te llamabas?

– Ni se te ocurra, Loba – le amenazó Nalya.

Traté de impedir que comenzara una discusión entre las dos, pero de nada sirvió. Por eso, intentando aislarme de la pelea de gatas que estaba a punto de ponerse en marcha y, para qué negarlo, de aquellos resquicios del amor que mi Tercera Oficial le profesaba a su maestro y antiguo Teniente de la División, fui el primero en cruzar el umbral de la mansión, seguido por Gaby.

Tal y como había anunciado la ex-oficial de la Décima División, el interior de la casa se había convertido en un auténtico campo de batalla. La oscuridad inundaba la normalmente luminosa entrada y un montón de muebles dispersos por el suelo indicaban que allí había tenido lugar un combate. Sin embargo, en medio de aquel caos, sólo reinaba el silencio.

Aquella quietud, aquella tensa calma se vio interrumpida súbitamente por un estallido de luz y energía al otro lado de la mansión. Sea como fuere, la batalla no había concluido y, en alguna parte, mis padres, Kaiser y Yuki seguían combatiendo ferozmente contra aquel eterno enemigo. Pero algo iba mal: no conseguía sentirles.

Llamándolos a gritos, salí corriendo en su búsqueda antes de que les ocurriera algo malo. Pero una corpulenta figura se interpuso en mi carrera. Me revolví dispuesto a atacar a aquel hipotético rival pero antes siquiera de blandir la espada conseguí adivinar frente a mí aquella media sonrisa de viejo lobo con la que Kaiser Wolf solía mirarnos a Gaby y a mí mientras entrenábamos y que dejaba ver someramente sus colmillos.

– ¡Kaiser! – reaccioné. – ¿Y mis padres? ¿Dónde están? ¡No los siento!

– Tranquilo – siguió sonriendo. – Sólo han ocultado sus presencias. Están bien – me calmó. – Sólo necesitan descansar.

– ¡Papá! – gritó Gaby, abrazando a su padre.

En ese instante, mis padres emergieron de entre las sombras acompañados por mi madrina, Yuki. Sin pensarlo, imité el gesto de mi hermanita y me abalancé sobre ellos para abrazarlos y comprobar que se encontraban perfectamente. Afortunadamente, no habían recibido más que unos pequeños rasguños. Por lo que pude intuir, el verdadero combate aún no había comenzado.

– Me alegro de que estéis bien – confesé.

– No es nada – se rió mi padre. – Somos fuertes, ¿recuerdas?

– No tienes nada de qué preocuparte – añadió mi madre.

– Lleváis setecientos años inactivos – razoné. – Claro que me preocupo.

– ¡¡Olvídalo!! – bramó Nalya a mi espalda, llamando la atención de todos los presentes.

Inmediatamente, la mirada de todos los presentes se dirigió hacia ella, que había estado discutiendo con el padre de su hijo. Parecía como si hasta entonces, nadie se hubiera dado cuenta de su presencia allí, ni de la del viejo Nakajima Kyo.

– ¡Kyo! – exclamó mi madre al verle.

– Capitán – saludó él con reverencia. – ¡Chicos! ¡Cuánto tiempo sin veros!

– ¿Qué tal andas, viejo zorro? – intervino Yuki.

Durante un breve lapso de tiempo, los antiguos compañeros, entre bromas, se pusieron al día, pues Kyo llevaba retirado de la vida “pública” desde la muerte de mi abuelo. Mientras tanto, aproveché para ir inspeccionando el campo de batalla y buscando una estrategia para hacer frente a Nadie.

Por fortuna para mí, parecía que íbamos a librar la batalla en un lugar cerrado, algo que, aunque hacía inservible mi mayor capacidad física, la velocidad, siempre solía beneficiarme, pues coartaba la libertad de movimientos de mis enemigos lo suficiente como para poder prever todas o casi todas las estrategias posibles.

– Rido, – me llamó mi madre – ven. Tu padre os explicará qué ha pasado.

– Un grupo de encapuchados, diría que… unos 10 nos asaltó sin previo aviso. Suerte que Kaiser casi reside aquí, así que les pudimos hacer cara desde el principio. Tanto él como Tilly se han desecho de uno. Por lo que restan 8.

– Pero de repente han desaparecido como por arte de magia – apuntó Yuki.

– Esos nunca desaparecen – murmuré para mis adentros. – Seguro que…

– Quizás es que les dais mucho miedo – se reía Gaby.

– O puede que hayan escapado – sugirió Kyo.

– No lo creo – sentenció Nalya. – Esta gente no se rinde fácilmente.

– Está bien – resolvió Kaiser. – Nos dividiremos por parejas y peinaremos esta planta.

Mis padres tomaron la dirección que llevaba a los jardines traseros y al pequeño dojo donde solíamos entrenar, mientras que los otrora máximos dirigentes de la Décima División se encargaron de inspeccionar los jardines delanteros. De los cuatro restantes, Nalya decidió acompañar a Kyo en su inspección mientras me miraba con ojos desafiantes, como si intentase despertar en mí unos celos que hacía tiempo que había dejado aparcados. Quedábamos Gaby y yo, casi como si estuviéramos condenados a estar juntos.

– ¿Cómo es? – rompió el silencio mi compañera.

– ¿Cómo es qué?

– Nalya y Kyo… Juntos los dos… Es la primera vez que…

– Lo sé, pero me da igual – zanjé el tema. – Aunque ella crea que no, es algo que tengo más que asumido.

– ¿Seguro?

– Sí, seguro.

Continuamos en silencio la infructuosa inspección de aquella planta. El resultado fue el mismo para todos los grupos: ninguno de los ocho miembros restantes de Nadie se encontraba allí. En consecuencia, sólo había dos lugares donde esconderse: la cripta ritual situada en el sótano, o la planta alta. Kyo decidió que los cuatro últimos en llegar a la casa inspeccionaríamos el segundo piso mientras los “viejos”, como los llamó él, se quedarían con los subterráneos.

Como si de dos niñas pequeñas se tratase, o como una especie de celo a la inversa, Nalya y Gaby se pelearon por seguir al líder de nuestro grupo por las escaleras. Resignado a contemplar semejante espectáculo, me quedé atrás negando con la cabeza mientras subían las escaleras. Para acabar de completar la escena, Kyo decidió tomarse aquello como un juego.

– ¡Marco! – gritó al comenzar la subida.

– ¿Qué hace? – se preguntaba Gaby.

– ¿De verdad cree que va a conseguir algo con eso? – protesté.

No contento con el silencio que recibió la primera vez como respuesta, el gran discípulo de mi abuelo repitió otra vez la infantil estratagema ante las protestas de Nalya, algo que parecía no afectarle. Quizás es que Sugimura Kurono, o Nakajima Kyo, estaba tan vacunado contra las rabietas de su discípula como yo.

Curiosamente, esta segunda intentona del juego sí tuvo algo así como una contestación. Un ligero sonido, como un golpe contra una estantería o un libro cayéndose llamó nuestra atención desde una de las habitaciones e incitó a nuestro cabecilla a proferir un grito de júbilo mientras se lanzaba a la carrera hacia mi despacho.

La estancia parecía a simple vista vacía, pero nuestra intuición había sido cierta. Un libro yacía inerte frente a una de las estanterías. Quizás el destino quiso que se tratara de un volumen que contenía parte de mis investigaciones sobre la organización, quizás sólo había sido una curiosa coincidencia, pero lo cierto es que al menos sabíamos que estaban cerca.

– Si no fuera tan torpe aún estaríais buscándome – resonó una voz.

Como por arte de magia, un encapuchado comenzó a salir de la estantería, dejándonos a todos con una mueca de estupefacción. Aquella especie de hechizo de ocultamiento confirmaba una tesis que llevaba tiempo rondándome la cabeza, desde mi primer enfrentamiento con Nadie, una década atrás, en la cabaña de mi abuelo. No se trataba de una simple organización terrorista, era algo más, una secta que practicaba artes oscuras o alguna clase de artes demoníacas desconocidas, aunque para nada parecidas a las que se listaban en los cada vez más amplios manuales de Kidou.

– Es más divertido jugar con compañía, ¿no crees? – habló Kyo – Lástima que no hayas traído a más amigos.

– ¿Quién dice que no? – sonrió el encapuchado.

Como convocados por aquel desafío del que debíamos asumir que era su líder, comenzaron a abandonar sus escondites otros tres miembros del grupo. La ventana, la puerta, otra estantería… Cuando quisimos darnos cuenta estábamos completamente rodeados y en una situación de aparente desventaja.

Instintivamente, como animales defendiendo su territorio, Gaby y yo desenvainamos y nos pusimos en guardia para defendernos de lo que estaba por acontecer. Nalya, sin embargo, miraba embobada a Kyo, que también había desenfundado su Zampakutou y se disponía a liberarla.

Con un movimiento rápido y difícilmente apreciable, el antiguo Teniente se había llevado la espada a la boca para que su aliento acariciara la hoja de su espada mientras pronunciaba aquellas palabras que despertarían al espíritu que durante tanto tiempo había permanecido aletargado en su interior

– Sonríe a la gélida muerte, Hakuryû.

El ritual de liberación se completó con el roce entre la mano de su portador y el filo de la espada. Un fulgor cristalino, azulado, envolvió al arma mientras se producía la transformación. Al final, en manos de Kyo había una bella cimitarra que miraba altiva a sus contrincantes.

Como queriendo intimidar a sus oponentes, ambos, guerrero y espada, comenzaron a dibujar una extraña danza asestando certeras estocadas al aire que los rodeaba. ¿Quién sabe? Quizás tras tanto tiempo escondido en lo más profundo del Rukongai, lejos de todas las preocupaciones propias de alguien de su talla, hacían necesario aquel calentamiento como primera toma de contacto con el verdadero placer del combate setecientos años después.

Sin embargo, no tardé en descubrir que ese no era su objetivo. La primera señal fue el tímido vaho que comenzó a acompañar las respiraciones, cada vez más agitadas, de los allí presentes. El frío iba en aumento y, ateniéndonos al nombre y a la fórmula que había utilizado nuestro líder para despertar el verdadero poder de su espada, aquella danza no era tan inofensiva como parecía. De todas formas, parecía que era el único que se había dado cuenta de aquello, así que traté de no hacer ningún movimiento que alertara al enemigo de las posibles intenciones de Nakajima.

– ¡Oh, vamos! ¿Ya el shikai? ¡Qué aburrido eres! – le reprochó irónico el cabecilla de aquellos cuatro.

– No me gusta jugar con basura.

Impasible, aquella serie de movimientos continuaba a pesar de las quejas de los oponentes, que, sin embargo, parecían hipnotizados por los movimientos. Poco a poco, todos comenzaron a darse cuenta del cambio de temperatura y a tomar medidas.

– ¿Entiendes por qué no te lo enseñé antes? – dijo Kyo mirando a Nalya con una voz cargada de picardía, cuando no lascivia. – No me interesaba que te enfriaras…

Viendo que sus rivales ya habían adivinado su truco, decidió que era el momento de actuar. Decidido pero tranquilo, se aproximó lentamente hacia el primero en aparecer de aquellos hombres, que intentaba infructuosamente blandir su espada como defensa.

– A veces con las heladas la hoja se queda pegada a la vaina – explicó Nakajima.

Atemorizado por la situación, hizo un gesto a uno de sus compañeros para que le apoyase. Así, el otro de los hombres que había salido de la estantería, se prestó a ayudarle, pero la Tercera Oficial le detuvo con un movimiento rápido hacia su espalda y reteniéndolo con sus apéndices.

Todo comenzaba a desencadenarse y era el momento de elegir pareja de baile en aquel festival. Di un paso al frente hasta situarme a la altura del rival de Kyo para vigilar de cerca al hombre que se había ocultado en la ventana. Parecía como si su simple presencia me atrajera irresistiblemente hacia él. Como si aquella batalla estuviera predestinada desde mucho antes de aquel encuentro.

– ¡Je! No me subestime, Teniente – reía con soberbia el enemigo.

La danza gélida había concluido con la certera estocada que su portador había lanzado hacia su rival, que sin embargo la había detenido con sus antebrazos como si se tratara de una simple pluma. Un chasquido metálico reveló que bajo su uniforme portaba una especie de armadura, que refulgía bajo los rayos dorados del mediodía que se atrevían a cruzar la ventana.

Mientas Kyo se separaba de él, aquel encapuchado ejecutó alguna especie de hechizo, desde luego no un arte demoníaca, que le permitió desenvainar la espada. Al tiempo, todos sus compañeros lo hicieron y así los cuatro entramos en combate.

Mi contrincante embestía ferozmente una y otra vez con la intención de cogerme con la guardia baja, pero conseguí revolverme y defenderme de sus insistentes ataques. Había algo extrañamente familiar en su mirada que me ponía nervioso. No era la primera vez que veía aquellos ojos, ni la segunda, pero de aquello hacía mucho tiempo. Aquel misterioso encapuchado que se resistía a mostrar su identidad sólo podía ser una persona.

La lucha se volvió encarnizada pero, incluso para un amante de los espacios cerrados y llenos de obstáculos como escenarios de los combates, en aquella habitación había demasiada gente para poder plantar cara con facilidad. Además, diez años atrás habíamos aprendido que la verdadera fuerza de Nadie se revelaba cuando estaban juntos. Separarnos, salir de allí, sería quizás la mejor opción.

– Busquemos un poco más de espacio – sonreí.

Giré sobre mí mismo y le pegué una patada en el pecho, consiguiendo que saliera disparado a través de la ventana, por donde le seguí. Aterrizamos ambos sobre el jardín trasero de la casa y nos miramos fijamente, con su rostro aún cubierto por la capucha.

– Akano Rido…

– Ese es mi nombre – respondí sin bajar la guardia.

Su voz terminó de revelar el secreto de su identidad. Aquel hombre había sido uno de los que una década atrás habían acabado con la vida de mi abuelo. Pero había más… Era el mismo hombre que había convertido a Yonas en un proscrito, el mismo que había arruinado su vida y en cierto modo también la de Nalya. Era el mismo infeliz que sesenta y cinco años antes había decidido jugar un papel decisivo en mi vida.

– Dicen que a la tercera va la vencida – murmuré rabioso.

– Veo que ya te has dado cuenta de quién soy – dijo en un tono indiferente mientras descubría su rostro. – Mejor. Así será más entretenido.

Su semblante me produjo un cierto escalofrío, igual que la primera vez que lo vi. Sus ojos blancuzcos, su estatura, la máscara que le cubría media cara… Todo lo que rodeaba a aquel hombre era especialmente inquietante pero no había tiempo para pensar en aquello había llegado el momento del desenlace de aquella caprichosa obra de teatro que la Dama Fortuna había escrito para nosotros dos.

– Esto se acaba aquí, – sentencié – Sakama Ikkyuu.
:iconcentoloman:
La guerra ha comenzado, y Rido se va a enfrentar a la mayor de las pesadillas. ¿Qué ocurrirá?
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