Memorias 64 - Lamerse las...
by ~CentolomanLamerse las heridas
¡No seas crío! ¡Te dejaremos aquí si no te levantas!
Caminando despacio para recuperar el resuello perdido en el combate con Ikkyuu, me acerqué al lugar donde Nalya y Kyo habían mantenido su combate. No estaba muy lejos, pero los setos del jardín ocultaban en su mayor parte aquella parcela en la que se encontraban mis compañeros. Cuando los crucé, descubrí a quién le gritaba mi compañera: Kyo yacía herido de muerte a sus pies.
Pero Nalya parecía no darse cuenta o no querer darse cuenta de ello y se iba, medio indignada por lo que ella consideraba una broma, hacia el interior de la casa. Seguía empeñada se trataba de una broma pesada de su maestro y el hecho de que ninguno más allí creyera eso no parecía disuadirla de aquella idea
¡Chicos! No le sigáis el juego, será peor nos advirtió.
No, Nalya Creo Creo que deberías venir repuse
Ella se dio la vuelta y regresó, no muy de acuerdo con aquello, hacia el lugar donde estábamos todos los demás, rodeando el cuerpo del antiguo teniente. Aún a pesar de la evidencia no quería aceptar la muerte de Kyo y se escudaba en aquella concepción totalmente irreal de la broma. Ni nuestros rostros compungidos ni nuestro silencio ni la gran herida que atravesaba su pecho bastaban para romper aquella estúpida barrera que se había autoimpuesto, quizás ya involuntariamente.
¡¡Kyo!! ¿No te das cuenta que haces el ridículo?
Quizá fue entonces cuando ella notó que aquella última barrera era realmente una fina pared de papel, cuando se le cayeron las escamas de los ojos y vio que aquello no era una broma, que su maestro, el padre de su hijo, el hombre al que ella amaba estaba abandonándola y que esta vez era para siempre. Ya no había vuelta atrás.
Quería abrazarla, consolarla, besarla, hacerle saber que estaba allí para todo lo que necesitase. Pero sabía de sobra que aquello no serviría para nada. Yo también había perdido una vez a la persona que amaba: a ella. Conocía a la perfección aquella sensación y verla vivir aquello fue como estar de nuevo frente aquel cuerpo crucificado, con mi espada empapada en la sangre de Setsuna y el cuerpo inerte de mi esposa entre mis brazos.
El recuerdo de aquel fatídico día que, afortunadamente, por así decirlo, nunca había llegado a suceder en la realidad se sumó al dolor que me producía ver a Nalya destrozada de aquella forma y no pude evitar que unas tímidas lágrimas se escaparan de mis ojos y se escurrieran caprichosas por mis mejillas hasta mi barba.
Vosotros balbuceó. Acompañadle a casa, está demasiado cansado como para poder llegar solo. Yo iré al Cuartel Sí, se repitió, como si quisiera afianzarse en su decisión iré a dar señales de vida.
Nalya, ¿estás bien? le pregunté.
¿Por qué iba a estar mal? me contestó evasiva.
Me rodeó y se dirigió hacia la salida de la mansión. Me apresuré a seguirla y le corté el paso. Sabía que sería mejor dejarla tranquila en aquel momento, pero me sentí de alguna forma obligado a ello. La cogí por los brazos y ella se soltó con un gesto violento.
¿Seguro que estás bien? repetí.
¿Qué te pasa a ti? gritó.
¡¡Escúchame!! la volví a coger tratando de imponerme ante aquel gesto rebelde y hacerla por fin entrar en razón. Kyo está
¡¡No lo digas!! No te atrevas me detuvo.
En su mirada sólo había odio y rabia, no había lugar en aquel momento para la lógica o la tranquilidad. Nalya comenzaba a luchar en aquel momento contra sus demonios y, como siempre, prefería hacerlo sola. Sí, siempre la habían conocido como la mujer de hielo pero Cuando aquella máscara de frialdad e indiferencia se rompían aparecía ella, la verdadera Nalya, un cúmulo confuso, caótico y en ebullición de sentimientos que ella misma trataba de mantener controlados bajo aquella falsa apariencia de control.
Mi madre se había encargado de enviar un mensaje al Sereitei con el objeto de que enviaran rápidamente un equipo de apoyo médico para tratar de evitar lo que parecía ya decidido por la Dama Fortuna. Fueron ellos los que se encargaron de transportar el cadáver del antiguo Teniente que nunca había querido ser Capitán, incluso cuando tuvo la opción de serlo, hasta la ciudadela blanca donde sería sepultado, en el Panteón de los Héroes de la Novena División, junto a tantos y tantos compañeros caídos.
Pero, como suponía, Nalya no estaba allí. No había regresado al Cuartel, sino que había decidido retirarse durante algún tiempo. De alguna forma, parecía que Henkara también lo sabía y decidió acelerar el proceso y dar sepultura al viejo shinigami la mañana siguiente, con la única presencia de los oficiales de la División, mi familia y algún que otro shinigami. Ni siquiera su muerte se haría pública hasta mucho después.
Desde luego, aquello no respondía para nada a lo que Nakajima Kyo merecía. Al fin y al cabo, había sido un héroe, uno de los más grandes shinigamis de una generación dorada que tuvo el gran encargo de suceder a todos aquellos legendarios capitanes. Había servido con lealtad, honor y brillantez al Gotei 13 durante siglos y, a pesar de haber sido acusado injustamente, nunca se había rebelado y había aceptado su condena.
Para nada se merecía aquel secretismo y aquellas prisas. Su maestro, mi maestro, había tenido un gran funeral, digno de una leyenda como él. Los méritos de Kyo, aunque inferiores, exigían que se le rindiera un homenaje similar. Sin embargo, la discreción con la que había querido pasar los últimos años de su vida parecía más acorde con aquella ceremonia que había preparado la Capitana.
En cierto modo, seguro que lo hizo pensando en la persona que peor lo iba a pasar. Nalya no había vuelto, es cierto, y lo más probable es que nunca hubiera aceptado sumarse al funeral y mostrar así el dolor que le estaba rasgando el alma en pedazos en una suerte de humillación pública, como seguro lo consideraría.
¿Qué vamos a hacer con la espada? murmuré al final. Debería ir a la Cám
No puede sentenció la Capitana antes de que terminara. Nakajima Kyo nunca llegó a ser Capitán, luego ese privilegio
Pero el objeto de la Cámara es evitar que
Tranquilo me sonrió. Dispón de ella. Seguro que lo haces bien.
Tomé entre mis manos a Hakuryuu, la espada del Teniente, que no había dejado de llorar desde el día de la muerte de su portador. Al igual que una década atrás, con la muerte de mi abuelo, aquel llanto suponía algo magnífico y hermoso y me sentí dichoso de poder haber contemplado aquel espectáculo una vez más, aún a pesar de las funestas circunstancias.
Sin embargo, la vida debía continuar y había demasiadas cosas de las que hacerse cargo. Guardé bien la espada en mi habitación mientras decidía qué hacer con ella y, tratando de mantener la calma y las apariencias, regresé a la Academia para afrontar el reto que aún me esperaba allí. Cuando crucé las puertas de la institución, la recepcionista me asaltó con un montón de mensajes que debía atender urgentemente.
Les eché un vistazo por encima y de entre todos ellos me quedé con uno en la mano y los demás los guardé en la pequeña cartera que siempre me acompañaba. Se lo tendí de nuevo a la chica, que me miraba sin entender.
Respóndale cuanto antes le indiqué. Dígale que le espero en mi despacho.
De acuerdo, Señor.
Y confirme mi asistencia al funeral de Yvan, por favor.
Sí, Señor.
Y deja de llamarme Señor le indiqué con una sonrisa mientras me alejaba.
Con paso tranquilo me dirigí a mi despacho. Por los pasillos, algunos estudiantes me miraban con cierta extrañeza. La muerte de Deiss nos había cogido a todos por sorpresa y nadie sabía bien cómo reaccionar ante aquella cadena de acontecimientos. Cuando crucé la puerta del Departamento, una figura con capa blanca me esperaba, pero no reconocía al Capitán que se escondía debajo de ella.
Disculpe
Buenos días, Rido se dio la vuelta.
¡Josuke! exclamé sorprendido. No sabía que
El Capitán Rayven ha desaparecido, así que explicó.
Pues Enhorabuena le sonreí.
Gracias, pero no era eso de lo que quería hablarte respondió.
¿Entonces?
Como sabes, Deiss coordinaba conmigo los grupos de prácticas y
Lo sé repliqué. Os tuve que sufrir de tutores, ¿recuerdas?
Más bien te tuvimos que sufrir a ti, Gran Guerrero de las Sombras se burló. La cuestión es que con mi nombramiento y la muerte de Yvan
No puedo hacerme cargo rechacé su propuesta antes de oírla. Yo
Si es por lo de la Dirección del Departamento, no deberías preocuparte.
No es sólo eso repuse. Además de esto soy el líder de inteligencia y tácticas en mi División, el representante oficial de la Casa Akano en el Sereitei y estoy encargado del caso Nadie. No puedo asumir más responsabilidades.
Como quieras aceptó encogiéndose de hombros.
Podrías seguir al mando le propuse. Y ¿por qué no se lo propones a Data?
Se rumorea que también lo va a dejar.
¡¿Data?!
Desde lo de Yutaru
Cierto me desplomé sobre el sillón. También está Xelloss. Además conoce el programa a la perfección.
Buena idea, aunque preferiría que fueras tú
En ese instante, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo la conversación que mantenía con el reciente Capitán. Le invité a pasar y en el despacho apareció, en respuesta al aviso que minutos antes le había enviado a través de la recepcionista, Bone.
Buenos días saludó.
Buenos días correspondí, a la vez que le invitaba a tomar asiento. Capitán Nakatoni, si nos disculpa
Sí, no te preocupes dijo mientras se levantaba. Pensaré en eso que me has dicho. Nos vemos mañana en el funeral.
Por supuesto.
Enhorabuena, maestro le estrechó la mano Head en cuanto se cruzó con él.
Te lo diré sin rodeos comencé en cuanto estuvimos solos. Quiero que seas mi nuevo profesor.
¡¿Qué?!
Hace tiempo que lo necesitamos, aclaré pero Deiss era un poco reticente a nuevas contrataciones. ¿Te interesa?
Pues ¡Pues sí! aceptó visiblemente emocionado.
Bien sonreí. Te asignaré a la sección de Asuntos Mortales, que es donde más cómodo estarás y Empiezas la semana que viene.
¿No hay clase mañana?
No negué. El Departamento está de luto hasta la semana que viene. Se han suspendido las clases.
Entiendo.
También me gustaría que fueras mi Subdirector, pero eso lo trataremos más adelante. Ahora... tengo que volver urgentemente al Cuartel.
¿Ha pasado algo?
Nadie ha atacado a mi familia y
¡¿En serio?! reaccionó. ¿Por qué no avisaste?
No hubo tiempo. Sólo pude llevarme a Nalya expliqué. Órdenes directas de la Capitana.
¿Y ha pasado algo grave? ¿Heridos? preguntó en voz sombría. ¿Bajas?
Ha muerto Kyo expliqué sin ambages. Kyo padre, no el pequeñín aclaré ante su estupefacción.
¿Pero cómo?
Preferiría no hablar de ello ahora.
Está bien se resignó.
No se lo digas a nadie le advertí. Preferimos mantener el secreto por ahora.
Tranquilo. No te preocupes.
Antes de regresar al Cuartel, me desvié momentáneamente hacia el pabellón femenino de primer curso. Como esperaba, me encontré allí con Ari y le expliqué todo lo que había pasado en las últimas horas para que estuviera tranquila. Me entretuve allí cerca de una hora, poniéndola al día de todo lo que había sucedido para que no le extrañara nada y me puse de nuevo en marcha.
Como siempre que su madre estaba ausente en alguna misión, me hice cargo del pequeño Kyo. En cierto modo, atender al pequeño me servía de vía de escape, como si en realidad estuviera cuidando de su madre. Trataba de hacerle ver al nuevo huérfano que todo seguía igual, que no había pasado nada, pero sabía que algo se olía. Aún así, no lo mostraba demasiado al exterior.
¿Ya le estás dando clases a mi hijo?
La voz de Nalya, rota y desgarrada, me abroncó desde la puerta de mi habitación, donde estaba contándole a su hijo la historia de su difunto padre. En cuanto la vi, solté al niño, que se encontraba en mi regazo escuchando, y le dejé ir a abrazar a su madre, algo que hizo como si fuera la última vez que se fueran a ver en toda su vida.
¿Dónde estuviste, mamá?
Aquella pregunta cogió por sorpresa a su destinataria, que parecía no saber qué contestarle a su hijo. Seguramente se estaba debatiendo entre la verdad y una rebuscada mentira, así que decidí sacarla del apuro y envié al pequeño a la cocina para que averiguara qué había de cenar. Me costó convencerle, pero la intervención de su madre fue decisiva para que el niño obedeciera.
Cuando el niño salió de escena, Nalya cerró incomprensiblemente la puerta, algo que nunca antes había hecho. Me miró en silencio durante unos instantes antes de acercarse rápidamente a mí para que la acogiera en un cálido abrazo. Quería que descansase en mi pecho, que se desahogase. Sabía que era a lo máximo que podía aspirar, a ser el apoyo cuando lo necesitaba. Y en aquel momento lo necesitaba más que nunca.
¿Te te encuentras bien? me interesé una vez más por ella.
¿Por qué no iba a estarlo? contestó como si no pasase nada.
Estás abrazándome dije con naturalidad.
Conseguí por un momento hacerle sonreír, y aquella mueca de sus labios consiguió que todo su rostro se iluminara y recuperara la belleza que le pertenecía, aún debajo de los innumerables regueros que habían dejado las lágrimas y el polvo del último combate. Fue entonces cuando pasó algo ciertamente extraordinario: Nalya me besó.
Sí. Era aquello lo que había deseado durante años, pero algo no encajaba. Lo sabía, sabía que no era a mí a quien besaba si no que trataba de aferrarse a los últimos recuerdos de Kyo. No puedo decir por qué lo sabía, pero era así. Un poco decepcionado, pero comprendiéndola en cierto modo, traté de separarla de mí.
Su reacción fue como la de su hijo cuando lo pillaban en alguna travesura. Trataba de escapar de allí, a pesar de que en aquel momento parecía no poder su cuerpo de los nervios. Su mirada recorría intranquila la habitación, buscando una salida que no encontraba y su rostro reflejaba todo ese cúmulo de pensamientos y sensaciones contradictorias que seguramente la invadían.
No No pasa nada la traté de calmar poniendo mi mano en su hombro.
¡No me toques! gritó, propinándome un manotazo.
Nalya susurró.
No, yo ¿Sabes? No No debería de haber hecho eso murmuraba. Sólo ha sido un accidente.
Tú misma has dicho muchas veces que los accidentes no existen le recordé.
Su reacción ante mi apelación a sus propios principios fue huir nuevamente. Retrocedió rápidamente hacia la puerta y, con un gran golpe, abandonó la habitación. Me quedé contemplando en silencio mi cuarto, como si quisiera conservar todos los recuerdos posibles de aquella situación. Descubrí entonces el escondite donde había ocultado el arma de Nakajima y resolví que debía entregársela a ella. Ella sabría que hacer.
¡Nalya! la llamé, asomando la cabeza por la ventana. ¡Tengo algo que darte!
¡Ya me lo darás más tarde! contestó sin siquiera girarse.
Observé atentamente como se perdía por el pasillo en dirección a los baños. Durante unos minutos, me quedé apoyado en el quicio de la puerta, meneando la cabeza ligeramente al recordar el comportamiento de mi amiga y amada, como un padre que regaña silenciosamente a su hijo.
¡Hay pescado otra vez! se quejó Uchiha Kyo sacándome de mis cavilaciones. No me gusta el pescado.
Hay que comer de todo le sonreí, acariciándole la cabeza.
¿Y mamá?
Ha ido a darse un baño le informé. Vendrá ahora. Venga, sigamos con
Mis ojos volvieron a detenerse en el lugar donde guardaba a Hakuryuu, envuelta en un paño de lino para preservarla del polvo. Desvié mi vista hacia el niño y nuevamente hacia la espada. Quizás fuera una locura. El niño era demasiado joven aún. Pero
Tengo una idea mejor resolví. Vamos a hacer un poco de ejercicio.
¿Ejercicio?
Cuerpo a cuerpo le expliqué. Con espadas.
¡Bien! exclamó ilusionado.
Pero esta vez va a ser especial añadí mientras tomaba en mis manos el arma del antiguo Teniente.
El niño me siguió hasta el jardín que había frente al estanque. Allí le entregué la hoja de su padre, sin explicarle todo lo que había pasado. Era algo que debía hacer su madre. De todas formas, para él Nakajima Kyo hacía tiempo que había muerto. Incluso había visto su tumba. Así que no le sería difícil explicarlo.
Cúidala bien le indiqué. Aquí vive tu ángel guardián.
¿Ángel guardián?
Sabes que las Zampakutous tienen todas un espíritu, ¿verdad?
S Sí asintió con la cabeza.
Pues aquí vive el espíritu de la espada de tu padre le expliqué. Él quiso que quedara ahí para cuidarte siempre.
El niño miraba su regalo con los ojos casi fuera de las órbitas. Nunca lo había visto tan ilusionado con algo. No sabía si lo que había dicho era verdad, pero lo cierto es que, en cuanto el pequeño había tomado la empuñadura del arma con sus manos, el llanto había cesado.
Además, añadí pronto desarrollarás tu propio espíritu. No te quejes.
Comenzamos los habituales movimientos, aunque a menor ritmo que el normal, pues el paso de la katana de madera a la de metal obligó a un cierto período de adaptación. Además, era una espada propia de un adulto, demasiado grande para él y lo desequilibraba cuando trataba de hacer algún movimiento más brusco de lo debido.
¡Rido! ¡Basta!
El bramido de Nalya, que corría cegada por la furia hacia nosotros, hizo que detuviéramos el entrenamiento. Sin preguntar siquiera qué pasaba y siguiendo sus propios instintos de madre protectora se abalanzó contra mí y me derribó, apresándome contra el suelo. No opuse resistencia alguna, sabía que era inútil, sino que me dispuse a aguantar el chaparrón esperando a que se calmara para explicarle qué pasaba.
¿Pero quién te crees que eres? ¿Cómo se te ocurre atacarle? ¿Y con espadas reales? ¡Contéstame!
No paraba de sacudirme como si fuera una alfombra llena de polvo mientras gritaba una y otra vez acusándome de querer asesinar a su hijo, de ser un temerario y demás afirmaciones por el estilo. Sólo la intervención de Kyo fue capaz de despistarla durante un momento, que aproveché para liberarme de su presa y hacerla rodar por el suelo hasta poco más allá de mi cabeza.
¡Joder !
¿Te has vuelto loca? le pregunté mientras me ponía en pie y le ofrecí ayuda para hacer lo mismo. ¿Qué ha sido eso?
¡Lo mismo digo! Nunca te di permiso para que entrenaras con zampas de verdad replicó una vez erguida. ¡Podrías haberle hecho algo!
Mamá, no ha pasado nada terció la supuesta víctima.
En respuesta a la aclaración de su hijo, ella se lo acercó al cuerpo como queriendo protegerlo de mí y le quitó la espada al tiempo que lo abrazaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, al ver el fulgor celeste que envolvía la hoja de la espada, signo inequívoco de quién había sido su dueño durante tanto tiempo.
U Un momento balbuceó. Ésta es la
Exacto. La espada de Nakajima terminé la frase. Pensé que debía dársela a su hijo después de que
Me detuve siguiendo la promesa que yo mismo me había hecho: dejar que fuera Nalya quien le explicase al pequeño todo lo que pasaba. Pero Kyo era lo suficientemente inteligente, aún a pesar de su corta edad, como para leer entre líneas detrás de aquella afirmación truncada. Un cierto tono de melancolía se dibujó en su rostro por la muerte de ese padre al que, aún sin saberlo, había conocido.
Tranquilo trató de consolarlo su madre. Todo saldrá bien.
Todo saldrá bien repetí yo con una sonrisa agachándome para acariciar su pelo antes de regresar al interior del Cuartel.
Trataba de repetírmelo a mí mismo durante todo el camino de vuelta, pero no era suficiente. Akano Kumaru, Nakajima Kyo, Minami Keita Todos habían caído según los planes de Nadie. Pero la lista no acababa ahí. Kaiser Wolf seguía vivo y seguro que no sería el único. No. Nadie no había muerto todavía. Sólo habíamos ganado una batalla.











