OS: Noche de luna
by ~CentolomanNoche de luna
El humo del cigarrillo trepaba inquieto por el aire mientras Casey, un joven de unos veintitantos, de melena tupida y barba cuidada, enfundado en un peculiar traje de cuero, observaba la luna. La oronda figura de la luna llena nunca había supuesto un buen presagio para él y para los de su clase.
El esplendor de la luna era el símbolo de una lucha irracional, encarnizada y eterna que se venía repitiendo desde los orígenes del universo y que no acabaría hasta el final de los días. Y siempre lejos de los ojos de los simples mortales: demasiado estúpidos para entenderlo, demasiado frágiles para soportarlo.
A su alrededor, los rascacielos, particulares árboles de aquella jungla urbana, más parecida a una cárcel que a un verdadero hogar, apenas le dejaban verla. Pero sabía que estaba ahí y que depositaba sobre toda la creación su mirada soberbia, prepotente, amenazante en forma de luz plateada.
Comprendía a los hombres que se sentían fascinados por el lucero. Estéticamente, una noche de luna, escoltada por las siempre fieles estrellas, era un espectáculo digno de ver. Pero no comprendían lo que significaba.
La luna era el faro de las despiadadas criaturas de la noche, entre las que se contaban, muy a su pesar, los hermanos de Casey: los vampiros, engendros de la naturaleza cuya moralidad estaba lejos de poderse considerar como tal. Despiadados asesinos, mezquinos megalómanos todo tenía cabida entre aquellos demonios. Absolutamente todo.
Sentado, casi en posición fetal, con las rodillas recogidas sobre su pecho, observó cómo la lluvia caía sobre la calle mientas él permanecía a cubierto, en la seguridad de aquel apartamento. Siempre le había gustado aquella sensación. Escuchar el suave repiquetear de las gotas sobre el cristal le daba paz. Y precisamente era eso lo que necesitaba en ese instante.
Paz. Tranquilidad. Calma. Así se distraería de lo que estaba a punto de suceder. Lo sentía. Podía olerlo y, realmente, le extrañaba que hubiera tardado tanto. Un vampiro solitario, renegado, era una presa más que fácil para aquellos monstruos desalmados cuyo apetito de destrucción rivalizaba sin duda con el de los Señores de la Noche.
Un gruñido, muy leve, pero incapaz de escapar al finísimo oído de Casey, lo previno. Se había acabado aquel momento de paz. Inmediatamente se puso en pie y empuño sus armas: dos semiautomáticas con munición hecha de plata. Con un movimiento imperceptible les quitó el seguro, se sacó el cigarrillo de la boca y lo apagó contra el suelo de la sala.
Había una cosa que tenía clara esa noche: aquella era una batalla suicida. Pero daba igual cuantos fueran los rivales. Si había de morir, estaba convencido de que se llevaría por delante a todas las bestias que sus fuerzas le permitieran. Aquello era lo que se había jurado a sí mismo cuando había abandonado, años atrás, la disciplina de su clan.
Desde entonces, había tenido que huir. Primero, de su familia; luego, de sus enemigos naturales; y, finalmente, de sí mismo, de la bestia salvaje de la que siempre había huido y en la que el puro instinto de supervivencia y la soledad le habían convertido.
Pero desde hacía varios meses que había decidido plantarle cara a su destino. Se había levantado y había decidido nunca más huir. Sabía que si no hacía algo aquello nunca acabaría, aunque era consciente de que la lucha tampoco pondría fin a su sufrimiento. Pero si podía hacer algo para aliviar el de los demás, estaba dispuesto a ir hasta el fin del mundo. Tenía un objetivo. Y eso era mejor que huir.
Devolvió por un instante las armas a sus fundas para echarse a su espalda, las correas que sostenían sus dos espadas, sus dos más fieles compañeras, dispuestas ya para el combate. Se arrepintió de no haber hecho aquello antes, pero no había tiempo para lamentaciones.
Estiró su cuello, primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha, dando pequeños saltitos, como suelen hacer los boxeadores. No sabía por qué, pero aquello lo relajaba cuando estaba a punto de entrar en combate. Luego, con premura aunque sin hacer ningún movimiento brusco, llevó sus manos a las cartucheras y empuñó de nuevo sus semiautomáticas.
Los atacantes debían saber, de alguna forma, que los estaba esperando o que no podían superar el fino oído de un guerrero entrenado como Casey y habían dejado todo sigilo para otro momento. Se había asegurado de que la habitación sólo tuviera una entrada, aparte de la ventana, y sabía que no entrarían desde la calle.
Con un estallido, la puerta se hizo mil pedazos ante el impacto de una de las sucias garras de los agresores y, aún a pesar del polvillo, el joven fue capaz de distinguir dos de las monstruosas figuras de sus agresores.
Caminaban erguidos, como hombres, pero iban prácticamente desnudos, protegidos del frío nocturno por una tupida mata de pelo que cubría casi por entero sus cuerpos. El bipedismo y una mezquina racionalidad eran los únicos testigos de que parte de la naturaleza de aquellos monstruos de aspecto fiero y que parecían comportarse como perros rabiosos seguía siendo aún humana.
Inmediatamente, el vampiro disparó. Un tiro en la frente y otro en el corazón dieron buena cuenta del que se acercaba por su derecha, pero el otro dio un imponente salto y, aferrado a una lámpara del techo, se lanzó hacia él esquivando ágilmente las balas.
Con un enemigo tan próximo, Casey no podía usar con soltura sus pistolas así que las devolvió con un casi imperceptible movimiento a sus cartucheras, situadas en la parte posterior de su espalda, en el centro de la cruz impía que formaban su cinturón y su columna vertebral.
En el mismo movimiento, desenfundó sus espadas y las blandió contra el monstruo. A diferencia de muchos otros usuarios del mismo arte de la esgrima doble, el joven vampiro prefería llevar las espaldas a su espalda apuntando hacia el suelo. Aunque a veces resultaba más incómodo, le permitía acelerar el cambio de arma en momentos como aquel.
El lobo se abalanzó sobre él tratando de apresar su cuello entre sus garras cuando apenas habían salido las hojas de sus fundas. El muchacho se lanzó al suelo y rodó, pero una garra se intentó interponer en su camino. Fue lo suficientemente rápido como para esquivarla, invirtiendo la dirección de su giro, pero no consiguió evitar que le produjera una fuerte herida en su brazo derecho.
Se puso en pie y miró con descaro a la bestia. Una sonrisa entre mezquina e irónica se dibujó en sus labios al ver que otros dos más se habían unido a la cacería. Sería un buen ejercicio, pensó, tratando de no pensar en las muchas posibilidades que tendría de acabar aquel encuentro en su propia muerte.
No quiso esperar a que ellos atacaran primero. Le divertía llevar la iniciativa, aunque en su interior se decía que odiaba luchar. Con su brazo derecho lanzó una estocada baja, directa a la cintura del que le había atacado. Movido por su instinto aquel medio animal echó hacia atrás su cintura, inclinando ligeramente su torso hacia delante sin prever que esa era precisamente la intención del espadachín hasta que fue demasiado tarde.
El animal perdió un brazo cuando la espada que portaba Casey en su mano izquierda descendió sobre su hombro. Tuvo suerte, la intención del vampiro era otra, pero los reflejos animales le permitieron salvar la vida. Al menos de momento, pues la herida era importante y sangraba profusamente.
El olor y la visión de la sangre, el aullido estremecedor del licántropo herido, la sensación de la batalla y el peligro que corría su vida, el instinto de supervivencia, se aliaron para despertar a la bestia que dormía dentro del interior del joven. Su mirada se volvió fría como el hielo y la sonrisa que se dibujaba en su cara le daba un cariz siniestro a su expresión mientras las dos espadas danzaban en el aire recuperando una posición de guardia.
Sus dos compañeros no se pararon a esperar a que el segundo de los monstruos cayera derrotado y se abalanzaron sobre Casey por ambos flancos. Incapaz de detenerlos con las espadas, dio un poderoso salto y ambos lobos chocaron entre sí, confundiendo sus intenciones por un solo instante, el tiempo justo para que el vampiro aterrizara sobre la espalda de uno y, con un movimiento rápido, quebrara su robusto cuello.
Para asegurarse de que no volviera a darle problemas, le cortó la cabeza prolongando con la espada el movimiento que le había llevado al suelo. Ya sólo quedaba uno en plenas condiciones y el espadachín, que seguía aún en el pequeño resquicio de conciencia que le había dejado el cazador, así llamaba a la bestia que dormía en su interior, se dijo que tenía suerte.
Sin embargo, todo el que ha luchado ante los hombres lobo alguna vez sabe que no se puede subestimar su poder de curación. Entretenido como estaba en zafarse de la ofensiva conjunta de los otros dos monstruos, había descuidado la retaguardia, hecho que había aprovechado el ahora manco para agarrarle por el cuello.
Con su objetivo a su merced, el cuarto de los lobos se abalanzó sobre el pequeño y enclenque cuerpo del vampiro. Pero afortunadamente, el que le apresaba sólo tenía un brazo, aún a pesar de que su herida había cicatrizado, y la presa no era tan fuerte como hubiera preferido.
Hizo fuerza con sus dos pies en el suelo y dio un pequeño salto que le permitió patear el morro del que estaba cargando. En su movimiento de caída, se inclinó hacia delante y lanzó por encima de su cuerpo al que lo había apresado. Recogió las espadas del suelo, que se le habían caído durante la presa, y volvió a la carga.
Corrió hacia uno de los dos monstruos restantes y, a escasos centímetros de que sus espadas entraran en contacto con la piel peluda del licántropo, se zambulló, colándose por debajo de sus piernas y cortándole los tendones de la parte trasera de sus rodillas, obligándole a postrarse hacia él.
Incapacitado para andar, aquel no sería un problema en aquel momento, pero no podía dejar que se recuperara así que se puso en pie de inmediato y le cortó la cabeza. Ahora sí que sólo quedaba uno y estaba manco.
Lentamente, con una mirada demoníaca y una sonrisa maquiavélica que dejaba ver sus hiperdesarrollados colmillos con total claridad, se acercó hacia el último de sus agresores. Las espadas iban bajas y echaba el pecho hacia delante, como un torero delante del toro, como queriendo provocar los instintos del animal, pero éste era consciente de su inferioridad.
Intentó huir hacia la puerta, pero Casey, con parsimonia, le cortó el paso. Entonces, el lobo dio un brusco cambio de dirección hacia la ventana, algo que el vampiro ya había previsto. Soltó su espada y empuñó de nuevo una de sus semiautomáticas. Le disparó a la nuca y a la espalda, en el lugar donde se encontraba el corazón.
Un aullido ahogado fue la única reacción de la bestia, que cayó con todo su peso sobre el suelo y, entre estertores que hubieran asustado a cualquiera de aquellos cobardes e ignorantes humanos, expulsó su último aliento. Todo había acabado, al menos por ahora.
Minutos después, pasado el peligro, el cazador regresó a su estado de letargo. Limpiando sus armas de la fétida sangre de los licántropos, mientras veía como sus heridas se curaban poco a poco, dispuestas a no permitir que muriera, Casey maldijo mil y una veces más la vida eterna y se preparó para sobrevivir hasta, al menos, la próxima luna llena.











