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PT 15 - Damnes by ~Centoloman:iconCentoloman:



Parte de trabajo 15: Damnes

– ¿Qué es todo este escándalo?

– ¡Silver! – exclamamos Miguel, el Profesor White y yo al reconocer la voz del Capitán de los Outlaws.

– ¡Más intrusos! – chilló Hilmar

– Mis respetos, Señor – le saludó el recién llegado, con reverencia incluida.

Al bardo espectral pareció gustarle la galantería del pirata, porque recibió el saludo con regocijo y halago. Tras las protocolarias y parsimoniosas presentaciones, el pequeño gnomo etéreo se sorprendió de que tan agradable personaje fuera amigo de gente de nuestra calaña. Eso era, al menos, lo que dejaban ver sus palabras, bastante claras en este sentido. Un poco cansado del desprecio del supuesto guardián, avancé hacia Silver para preguntarle acerca de la ruta que ellos habían seguido.

– El camino que tomamos era sólo un pasadizo interminable, recto, de paredes y piso muy liso, lleno de polvo y murciélagos – se adelantó, mirando a As. – Pero además de eso, nada.

– Pues el nuestro era algo similar – correspondí. – Nada de escrituras, ninguna seña, nada de nada, excepto por un gran salón que pasamos hace un rato y donde nos encontramos a este particular “amigo” – apostillé.

– Yo no soy tú amigo – estableció Hilmar.

– Pero hasta ahora que hemos dado con esta puerta y con el pasillo que os traía  a vosotros… Rien de rien.

– Bastante extraño es este lugar – asintió Silver.

Mientras tanto, la pesadilla fantasmal que se había unido a nuestro grupo daba vueltas haciendo muecas e intentando provocarme, pero yo había tomado una firme decisión y no iba a hacerle el menor caso hasta que no demostrara ser más racional de lo que estaba demostrando ser. Al final, no sé si harto de mi indiferencia o porque se había acordado de algo, decidió reanudar la conversación con el Capitán de los Outlaws.

– ¿No habéis dicho que ha venido por el camino de arriba?

– Así es – sonrió el pirata.

– Y decidme… – prosiguió, tembloroso, Hilmar. –  ¿No se encontró por casualidad con… “eso”?

– Ah – reaccionó Silver con despreocupación. –Se me había olvidado… Sí, es cierto – asintió. – Lo encontré.

– ¿Y dónde está ahora? – preguntó el espectro, temblando de pavor.

– Pues muy lejos de aquí, de vuelta en el agujero del que salió – explicó con voz confiada el soberano del Caledonia.

El pequeño fantasma dejó de temblar. Su expresión aterrorizada había dado paso ahora a un gesto de profunda reverencia que se materializó en las felicitaciones que salieron de su boca. Silver respondió a ellas con una sonrisa y, ante la extrañeza que demostramos White y yo, se dispuso a explicarnos qué había ocurrido.

– Era un etéreo – informó. – Pensé que estaba a cargo de resguardar todo el lugar, pero al ver la reacción de Hilmar he comprobado que fue enviado después.

– ¿Un etéreo? – repitió el profesor. – Pensé que eran sólo un mito.

– Pues no lo son.

– Un momento – les detuve, antes de que prosiguieran con su charla y yo no me enterara de lo que decían. – ¿Me podéis explicar que es todo esto?

– Perdona, hijo, perdona – se disculpó el maestro de Atonar. – Los etéreos son una especie de seres invisibles para los ojos no entrenados, pero que sin embargo pueden sentirse fácilmente. Toman la forma de viento, – añadió – aunque hay quien dice que es el efecto de sus alas al volar.

– ¿Pero existen o no?

– Lo que sucede es que es una especie de seres mencionados en antiguos libros prohibidos – continuó. –  Aquellos libros en los que los científicos poco creen, pero que sin embargo gente como Silver ha leído…

– Y qué bueno que lo hice, Profesor – terció Silver con orgullo. – Esto demuestra que no estaba equivocado, y que lo que dicen los antiguos es cierto.

– Está bien, está bien, tienes razón de nuevo… – concedió White. – Pero cuéntanos, ¿Qué ha sucedido?

Silver nos relató entonces su travesía por el pasillo que Hilmar había identificado como superior y su encuentro con el misterioso guardián que custodiaba aquella ruta. El que más interés ponía era el que, a priori, mejor debía conocer aquellos caminos. Primero con miedo pero con entusiasmo hacia el final, Hilmar parecía deleitarse en todas y cada una de las palabras del Capitán.

– Quiero disculparme si he sido un mal ghost con ustedes – dijo el gnomo al final del relato. – Y como me han librado de esa abominación sepan que tienen mi permiso para estar en este lugar y explorarlo, pero sepan, que debido a mi condición, no puedo ayudarlos.

– Muchas gracias, señor – correspondió, en el mismo tomo de galán de antaño, Silver.

– Gracias amiguito – sonrió el profesor.

– Yo también quiero disculparme Hilmar – resoplé, imbuido de aquel ambiente. – Creo que debí ser un poco más respetuoso

– No hay cuidado, he sido yo quien ha empezado – admitió.

– Pero también es mi culpa, por haber insistido en lo de fantasma…

– Bueno, eso no importa – rió. – Al fin y al cabo son la misma cosa, ¿no?

Todos nos contagiamos de la risa del guardián de aquella especie de laberinto subterráneo. Fue la mejor ocasión para despedir toda la tensión que provocaba aquella misión en la que estábamos embarcados y que ahora se enfrentaba a su primera gran prueba: abrir aquella puerta. Probamos de todo: empujar, tirar, buscar mecanismos ocultos… Pero nada de eso sirvió hasta que Silver decidió probar suerte con la piedra que le había entregado Seiji y resultó ser la llave que nos permitiría cruzar aquel umbral que daba paso a una enorme sala rica en grabados y escrituras murales que centelleaban bajo la luz de las antorchas que portábamos en nuestras manos.

– ¡Impresionante! – exclamó Hilmar. – Así que esto es lo que hay tras la puerta.

– ¿Cómo? – respondí. – ¡No me digas que no lo sabías!

– Yo soy guardián desde la puerta hacia fuera – se excusó. – El resto lo desconozco.

– ¡Excelente! – contestó Silver – Entonces somos todos los que desconocemos que nos aguarda dentro de este lugar. ¿No es emocionante? – añadió.

Él fue el primero en traspasar la puerta hacia aquella sala, que estaba repleta de escrituras antiguas. También había allí Poneglyphs, aunque, al parecer, eran demasiado arcaicos y ni siquiera el profesor White era capaz de descifrarlos. Sí podía, sin embargo, Silver, que alegaba como explicación habérselos encontrado en una ocasión anterior. Él parecía también el menos impresionado por la sala e inmediatamente propuso seguir adelante, como si lo allí escrito careciera de importancia.

– ¿No deberíamos antes intentar descifrar lo que dicen estos muros? – protestó el profesor, sacando una libreta del bolsillo interior de su abrigo.

– Yo puedo decirle que es lo que dicen sin necesidad de mirar demasiado – le respondió algo hastiado Silver. – Si observa los dibujos, estos que parecen seres humanos no lo son. Son una antigua raza que se encargaba de proteger la tierra – explicó. – Vivían felices y tranquilos hasta que uno de ellos despertó al mal que habitaba en el fondo del mar. Eso produjo que el equilibrio desapareciese. El mundo vivió una época muy oscura, producto de este ser, – indicó un grabado bastante extraño que representaba una especie de monstruo en parte calamar, en parte Rey del Mar y en parte humano que reposaba sobre una espiral y de cuyas manos parecían surgir tempestades – el que pretendía dominar todo lo conocido. Hasta que algunos valientes se le opusieron sellándolo nuevamente a costa de su vidas…

– ¿Pero qué tiene que ver todo eso con todo esto? – se interesó White, que no parecía del todo convencido con la historia.

– La relación entre eso y esto – respondió, enfatizando las palabras, aunque sin poner demasiado interés en la explicación – es que supuestamente aquí descansa, o descansaba, uno de los instrumentos necesarios para enfrentarlo.

– ¿Pero qué tiene que ver eso con Barbarossa? –intervino As.

– Como bien dije antes, Barbarossa parecía conocer la existencia de dicha raza, así como el mito que acabo de relataros. Por lo tanto, debe haber venido hasta aquí en busca de eso.

Era impresionante, y definitivamente mucho mejor haberse quedado a reparar la lonja, algo para lo cual seguro que había tiempo después. Poneglyphs, civilizaciones antiguas, grandes piratas… parecía todo sacado de un libro de leyendas y, al mismo tiempo, tan real y normal como la vida misma. A juzgar por lo que decía Silver y por lo que había visto aquella mañana, me iba a ser muy difícil distinguir entre realidad y fantasía desde entonces.

Las preguntas se agolpaban en mi garganta, esforzándose por salir, pero pronto mi atención la captó una inscripción que resultaba perfectamente inteligible. No eran Poneglyphs, ni ninguna lengua antigua… No. Era la lengua común. Probablemente fuera uno de los secuaces de Barbarossa, o el legendario Capitán, el que había escrito aquello.

– Maldita senda hacia lo oculto, espíritu encantador que emboba la mente y el alma – leí en voz alta. – Cerrad los ojos y los oídos, no permitáis que oiga vuestros sueños. Al final de las escaleras aguarda…

Como por arte de magia, en el mismo instante en el que dejé de leer la frase, una brisa gélida nos atacó desde el tenebroso pasillo que daba continuación a la sala hacia las entrañas de la tierra. Todos nos quedamos en silencio, expectantes, temiendo que pudiera pasar lo peor. La tensión, los nervios y el temor condujeron a Miguel, el fiel escudero del profesor, a un estado de shock. No dejaba de temblar de pies a cabeza, con la mirada perdida en la oscuridad del corredor mientras balbuceaba lo que apenas se podían considerar sonidos

– No podemos obligarle a seguir, Silver – observó As tras intentar calmarle. – Sería demasiado para él.

– Pero tampoco podemos quedarnos aquí o volver ahora – respondió el otro con cierto fastidio. – No podemos perder más tiempo en esta isla.

– Pero si yo me quedo aquí junto a él, podríais seguir adelante – propuso, no sin cierto pesar, el académico.

– Creo que sería mejor que volviesen al pueblo – sugirió al fin el Capitán.  Pero usted solo no puede con Miguel, así que As, – se giró hacia su subordinado –vuelve con ellos al pueblo.

– Pero capitán, ¿y si ese algo que menciona lo que leyó Rido aún está allí dentro? – protestó el joven. – Necesitarán ayuda.

– No te preocupes. Rido y yo estaremos bien – aseguró Silver. – Recuerda que los marines le llaman Bloody Axe.

– No me llames así, por favor – supliqué. – No es necesario.

– Esta decidido entonces. Seguimos nosotros e Hilmar, mientras tú te llevas al profesor y a Miguel de vuelta – sentenció nuestro líder.

Nos separamos y seguimos adelante por un pasillo estrecho y húmedo que desprendía un fortísimo hedor a salitre mezclada con algo parecido al amoníaco y que estaba recubierto de hongos y musgo fosforescente que nos permitirían, o eso esperaba, seguir orientándonos más allá del momento en que se consumiese del todo la última de nuestras antorchas. Las paredes, llenas de grabados, repetían, según Silver, la misma historia que el gran grabado de la sala que habíamos dejado atrás, aunque la intensidad con que estaban inscritos en la roca era mucho menor a medida que nos adentrábamos más y más en las entrañas de la tierra y en una oscuridad cada vez más penetrante.

– Interesante, muy interesante – comentó, de pronto, Hilmar, rompiendo el silencio.

– ¿Qué es lo que te parece tan interesante?

– El hecho de que a pesar de que llevo bastante tiempo aquí jamás supe que era lo que se escondía tras la puerta.

– A propósito – le pregunté, en busca de algo de conversación que me distrajera de aquel camino que se iba haciendo más siniestro a medida que avanzábamos. – ¿Hace cuánto estas aquí y por qué motivos?

Justo cuando el gnomo iba a contestarme, Silver se paró y se agachó, apuntando en silencio hacia la oscuridad con la tea y luego a una de las paredes. Los grabados, apenas visibles desde hacía unas decenas de metros, habían desaparecido y dejado paso a una especie de gárgola con forma de alguna clase de reptil. Como si supiera exactamente qué hacía, acercó la llama a las fauces del saurio y el fuego comenzó a correr enérgicamente por todo el muro, a lo largo de un pequeño canal que seguramente contuviera aceite para ese fin.

El río flamígero que ahora surcaba los muros nos guió hasta una escalera oscura como la más oscuras de las noches sin luna y que estaba cercada por un número ingente de fauces como aquella primera que habíamos visto unos cuantos pasos atrás. “Aquel que no teme, está loco, o ha dejado de creer, resignado al terror más oculto”, rezaba la inscripción que apareció fugazmente, en un vivo color carmesí, en el muro que había más allá de la escalera y que cerraba el pasillo por el que habíamos venido.

– ¡¿Visteis eso?! ¡¿Visteis eso?! – gritó Hilmar aterrorizado.

– Por lo menos ya sabemos que Hilmar no está loco – comenté, nervioso, mirando al Capitán, tras un breve silencio.

– Pues al parecer nosotros tendremos que demostrar que si lo estamos – respondió, echando a andar.

Le seguí en su descenso de la escalera que bajaba y bajaba sin parar hacia lo más profundo de la isla y el oscuro fulgor de los peldaños de ónice bajo la tenue luz de nuestra única antorcha nos acompañaba junto con el silencio sepulcral que reinaba en el lugar, sólo roto por el sonido de dos respiraciones bastante aceleradas a causa del respeto que producía la situación.

En aquellas condiciones, alcanzar el final de la escala se me hizo eterno, pero al fin llegamos a una gran sala con forma de hemiciclo, recubierta por todos lados de grabados. Pero ninguno de ellos eran inscripciones, palabras, sino que todos ellos eran pequeños dibujos que detallaban los seres más variopintos y monstruosos que la mente humana pudiera imaginarse. El techo abovedado se alzaba sobre el enlosado, que continuaba el mismo patrón que el de las escaleras y cubría aproximadamente la mitad de la estancia.

– Interesante lugar, muy interesante – comenté.

– No podía esperar menos – añadió mi compañero. – Barbarossa frecuentaba lugares bastante extraños.

Silver sí se detuvo esta vez a contemplar los grabados de la habitación, aunque lo más llamativo de ellos era que, a medida que avanzábamos, parecían aumentar profusamente hasta el punto de que era imposible hacer distinción alguna entre los grabados. Todo semejaba responder a un cierto patrón, pues al fondo de la estancia, dos estatuas, vestidas como antiguos guerreros, flanqueaban una nueva puerta de madera. Seguramente aquellos eran valientes guerreros de aquella , encargados de custodiar la última de las puertas. Parecía que habíamos llegado a nuestro destino, pero ¿qué nos aguardaba allí? ¿Estaban encerrados allí esos monstruos? ¿Aquel era su lugar de nacimiento?

– ¿Entonces? – pregunté.

Pero Silver ya no estaba allí, no en espíritu. Su mirada ausente se había quedado clavada en algún punto del infinito y ya no respondía a mis palabras. Lo zarandeé en un par de ocasiones pero el resultado era el mismo.

– ¡¿Qué le pasa al caballero Silver?! – le gritó Hilmar, visiblemente consternado.

– Eso quisiera saber yo…

¿Por qué? ¿Por qué ahora? Estábamos a punto de cruzar la puerta, la que a todas luces parecía la última de nuestro recorrido, ¿y Silver entraba en una especie de catatonia? No podía ser una coincidencia. Y lo peor es que parecía irremediable por el momento. Trataba de hacer todo lo imaginable para devolverlo al mundo de los vivos, pero nada era de utilidad. Para colmo, Hilmar había optado por martirizar mis oídos tratando de traer de vuelta con nosotros al Capitán pirata a base de gritos, algo entendible porque la voz era el único recurso de un ser etéreo como él, pero que no me permitía pensar con claridad.

De pronto, un potente zumbido procedente de ninguna parte y de todos los sitios a la vez llenó la habitación haciendo que los gritos del fantasma parecieran una melodiosa sinfonía primaveral. Instintivamente, cerré los ojos y me llevé las manos a los oídos, intentando separarme de la realidad tan agresiva que me rodeaba, pero de poco servía. Afortunadamente para mi cordura, apenas unos segundos después, el ruido cesó súbitamente y cedió su lugar a un silencio sepulcral.

– ¡Silver! – llamé de nuevo, con la esperanza de que el chirrido lo hubiera sacado de su extraño letargo. – Mierda, no contesta.

– ¡¡Silver!! – me imitó el bardo.

– Tengo un mal presentimiento – confesé, atándome el pañuelo a la cabeza. – Prepárate.

– ¿Prepararme? –  preguntó, sorprendido, el gnomo. – ¿Prepararme para qué?

– No lo sé… y no sé si quiero saberlo.

Pero tampoco tenía mucha opción en ese aspecto. Nuevamente, aquella brisa gélida me rodeó, como si estuviera llamándome. Aquello no me gustaba nada. En aquellas ocasiones parecía mucho mejor vivir en el aburrido mundo real y no en aquel cuento de leyendas. Correspondí a aquella “llamada” desabrochando las correas que sujetaban mi hacha-martillo a mi espalda y asiéndola fuertemente en mi mano.

Di dos machetazos al aire. Quería cerciorarme de que estaba perfectamente listo para la inminente batalla, porque estaba seguro que iba a haber alguna, fuere cual fuere el enemigo al que nos tuviéramos que enfrentar en aquella ocasión. Y para colmo, Silver no estaba en condiciones de defenderse e Hilmar no sería de mucha utilidad en ese aspecto. Eso sólo añadía una complicación más y ya casi estaba acostumbrándome a luchar con alguien indefenso a mis espaldas.

Acomodé al Capitán en las primeras escaleras, la ruta de salida más obvia. Sabía que él nunca me perdonaría huir ahora que habíamos llegado hasta allí, y yo tampoco lo haría, pero la vida era mucho más importante que una misión a la que podríamos regresar más tarde bien preparados y alerta con respecto a lo que nos esperaba. Además, las escaleras podrían ser un buen embudo si el enemigo me sobrepasaba en número.

Repasé con cautela cada uno de los detalles de la sala con la mayor de las cautelas y me di cuenta de que la roca comenzaba a iluminarse con aquel característico fulgor azulado del Kairouseki. La intensidad del brillo iba en aumento, resaltando cada vez más los grabados, especialmente cuanto más cerca de la puerta estaban.

– Ahí vamos…

De las paredes surgieron entonces numerosos monstruitos como cangrejos humanoides: Decenas de ellos, de todas partes. Me coloqué en guardia delante de Silver, preparado para recibir el envite de aquellas bestias, no más altas que mi cintura, que se amontonaban para atacarme en masa. No seguían ningún patrón, ni ninguna estrategia, a menos que atacar en tromba entrara dentro de su cuaderno de tácticas de combate.

– ¡¡Socorro! ¡¡Socorro!! – chillaba espantado Hilmar. – ¡¡Silver, despertad!! ¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!!

– ¡Eh, tú, ghost de los cojones! – le increpé. – Asústate si quieres, pero asústate en silencio – le ordené.

De un golpetazo mandé a los dos más cercanos al suelo, pero inmediatamente se levantaron como si nada y volvieron a la carga junto a sus compañeros. Me defendí de igual forma una y otra vez, pero aquellos crustáceos volvían siempre a por más. Con esa forma de combatir conseguirían agotarme antes de que yo consiguiera ver algún resultado mínimamente aceptable.

Tenía que pensar. Gracias a Dios, su persistencia sólo era comparable a su irracionalidad o, al menos, a su poca lucidez. No sólo me estaban atacando a mí, sino que mi nuevo compañero también estaba siendo objeto de las arremetidas de aquellos bichos inmundos, ataques inútiles que sólo conseguían traspasar su cuerpo etéreo. Quizá no pudiera combatir, pero Hilmar acabaría siendo útil.

– ¡Hilmar! – grité de nuevo. – ¡Ponte junto a la puerta!

– ¡¿Para qué?!

– ¡Tú hazlo!

– ¡¿Pero por qué?!

– ¡Hazlo, joder!

A regañadientes, el fantasma atravesó la habitación, llevándose consigo a la mitad aproximadamente de los cangrejos aquellos. Eso provocó un cierto atropello entre los que perseguían as Hilmar  los que se acercaban a mí que me permitió acercarme al aún catatónico Silver y coger el Den Den Mushi que me conectaría con los refuerzos en el Cuartel.

– ¿Qué pasa, Silver?

– ¡Menos mal que puedo hablar con alguno de vosotros! – exclamé un tanto aliviado al reconocer la voz de Mijok. – ¡Estamos siendo atacados por cangrejos con forma humana! ¡Silver se ha quedado en trance y no reacciona a nada!

– ¿Y As?

– ¡El discípulo del profesor White sufrió un ataque de pánico y ambos regresaron a la aldea! – expliqué. – ¡As los está acompañando! ¡Necesitamos ayuda! ¡Son demasiados!

Tuve que colgar, porque uno de aquellos monstruitos se había lanzado ferozmente contra mí. Lo recibió la cara plana de mi hacha-martillo y lo envió volando hacia una de las paredes, con tal puntería que acerté de lleno en una de las antorchas de la pared. Inmediatamente, al entrar en contacto con el fuego, el humanoide comenzó a consumirse.

– ¡Rido! – me advirtió Hilmar, que también lo había visto. – ¡El fuego!

– ¡Lo he visto!

Me lancé hacia la tea más cercana y la blandí con mi mano izquierda como si fuera una espada. Amenacé con ella a los que me rodeaban y pronto recuperé mi posición protegiendo al Capitán de los Outlaws. Desde allí, repartía embestidas con el hacha y con la antorcha que, poco a poco, iban mermando el número de los atacantes, aunque esa merma era mucho menor de las bajas que causaba, pues continuaban saliendo a raudales de los grabados de la pared.

– ¡Creo que va a haber que taparles la entrada! – observó el fantasma.

– ¡Sí, claro! – respondí. – ¡Eso es muy fácil decirlo!

Pero el gnomo tenía razón: había que cortar el riego de monstruos en la sala. Pero ¿cómo? Tenía que buscar una solución, rápido, y no era muy fácil razonar en aquella solución, teniendo que resistir el acoso de bichos con cabeza de marisco.

– Piensa, Rido, piensa… – me dije en alto.

¿Dónde estaba? En la antecámara de una especie de templo. Si la leyenda que según Silver estaba inscrita en la gran sala tras la primera de las puertas era cierta, allí se guardaba el arma o una de las armas usadas para vencer al gran monstruo del fondo de los mares. Era normal que hubiera guardianes, pero… ¿los bichos aquellos? No me cuadraba. No encajaba que fueran ellos los que custodiaban las armas que debieran destruirles. Tenía que averiguar por qué. Y seguramente había alguien que podía ayudarme.

– ¡Hilmar! – le llamé. – ¡¿Cómo y cuándo llegaste aquí?!

– ¡¿A qué viene esto ahora?!

– ¡Responde!

– Yo… – hizo memoria. – No sabría decirte hace cuánto… pero me invocaron.

– ¡¿Hombres?!

– Gnomos – me corrigió.

– ¡¿Gnomos?!

– ¡Pues claro, gnomos! – aseguró orgulloso. – ¡¿Quién si no?!

– ¿Fueron ellos los que construyeron esto?

– Supongo…

– Pero tú no sabías lo que había aquí dentro, ¿verdad? – continué con mi interrogatorio entre mandoble y mandoble.

– ¡No! ¡Ya os lo dije antes! – insistió medio ofendido. – ¡Yo de la puerta hacia afuera!

– Por el corredor de abajo… – murmuré. – ¡¿Y el etéreo?!

– Él… él… llegó más tarde que yo – dijo con cierto pesar.

– Interesante…

– ¡¿El qué?!

“Guardián de la puerta hacia afuera, sólo por el camino inferior”. Esa era la misión de Hilmar, por lo que el camino superior debía poseer su propio guardián, uno que, seguramente aquel era el motivo del pesar en la voz del gnomo, había sido destruido por el etéreo que lo había sustituido. Había sido invocado por los gnomos, que probablemente habían sido los constructores de aquello. ¿Serían los gnomos la gran civilización de la que hablaba Silver?

En aquel momento, todo debía ser tal y como se pretendía, pero las inscripciones en lengua común revelaban algo totalmente distinto. Según ellas, el mal habitaba allí, y sólo un loco se enfrentaría a él. Probablemente, aquellas inscripciones eran el legado de Barbarossa e indicarían que ya en aquellos tiempos de leyenda, la situación en el interior de la cueva era totalmente distinta.

De repente, los bichos se paralizaron, apresados en un mar cristalino que los rodeó, inmovilizándolos.

– ¡¿Estella?! – me giré con sorpresa. – ¿Qué haces aquí?

– ¡Salvarte el culo, novato! – contestó en su lugar Mijok, que aterrizó de un salto en medio de la sala y liquidó con su espadón a los que seguían en libertad.

– ¿Estás bien? – me preguntó la doctora.

– Cansado, pero bien – sonreí con seguridad. – No te preocupes por mí.

– Ya, pero…

– Hey, en serio – la miré. – Estoy bien. ¿Puedes ocuparte de Silver mientras le echo una mano a Mijok?

– Sí…

– ¡Gracias! – volví a sonreír. – ¡Mijok! – me giré hacia él, que ahora dominaba el centro de la estancia. – ¡El fuego!

Le lancé mi antorcha y cogí otra en la pared más cercana con la que fui incinerando a los monstruos que seguían atrapados en la prisión de Estella. A los otros les iba rebanando la cabeza o hundiéndosela con mi hacha-martillo. Pronto, Mijok y yo nos habíamos hecho cargo de todos y sólo quedaban ya los que seguían saliendo de las paredes.

– ¡Peleas bien, novato!

– ¡Tú tampoco lo haces mal, viejo! – correspondí. – ¡Tenemos que hacer que dejen de salir.

– Pues busca una forma, yo me encargo de esto – sugirió.

– ¿Seguro?

– ¿Lo dudas? – rió. – No es la primera vez que me enfrento a unos damnes.

– ¿Damnes?

Mijok no me contestó. Estaba imbuido del espíritu de la batalla y concentrado en repartir estocadas con su espadón a diestro y siniestro. Volví a junto de Estella, el lugar más seguro de toda la sala y le indiqué que ya podía liberar su técnica. Seguro que así sería capaz de concentrarse mejor en averiguar qué le pasaba a Silver.

– ¿Qué le pasa? – pregunté.

– No lo sé – suspiró. –Parece… Parece en éxtasis…

– ¿En éxtasis?

– Tenemos que sacarlo de aquí –resolvió.

– Imposible – rechacé la idea.

– ¿Por qué?

– Por Silver – contesté. – Nos mataría si lo hacemos.

– ¡Pero…!

– Tranquila – la detuve. – Con Mijok aquí no corremos peligro. Es cuestión de averiguar dónde se apaga el surtidor…

– Pero…

– ¡Saludos, bella dama! – canturreó la voz de Hilmar a mi espalda.

– ¡Un fantasma!

– ¡Un gh…! – estuvo a punto de replicar, antes de que le indicara que parase. – Es un honor y un verdadero placer – afirmó con reverencia.

– ¿Qué está pasando? – me preguntó Estella, sin entender nada de lo que ocurría.

– Una larga historia. Luego te cuento…

– Con gusto os narraré yo lo sucedido – propuso el bardo. – Soy Hilmar Salpicabirras, bardo gnomo de…

Dejé a un lado la charla del espectro y me concentré en buscar la forma de detener la afluencia de damnes a la sala. Esto tenía que estar previsto de alguna forma. ¿Qué hacían aquellos monstruos, a todas luces “secuaces del Mal”, custodiando las mismas armas con las que los habían bien? O bien ellos eran los vencedores y no los derrotados, o bien… protegerlas era su condena.

– ¡¿Y si usaron un santuario anterior?! – pregunté en alto.

– ¿Qué?

– Esto es demasiado grande para haber sido construido por gnomos…

– ¡Eh! – protestó Hilmar, herido en su orgullo racial.

– No es lógica una construcción tan grande en gente de tan pequeña estatura – aclaré. – Encerraron al mal en su propia casa… – continué con mi hipótesis. – Por lo que… Tendrían que haber previsto que… ¡Pues claro!

– ¡¿Lo has descubierto?!

– No estoy seguro, confesé. – Pero… Si eso es cierto, los grabados representarían que es de allí de donde nacen los damnes. Como una especie de sello que ha perdido su poder…

– Ya veo... – asintió Estella. – Pero…

– Nadie construye algo de esta magnitud sin pensar en que tiene que durar por siempre – proseguí. – Así que tuvieron que prever que el sello se rompiera… Algo para combatir… ¡Ya está!

– ¿Lo tienes?

– Hilmar, dime – miré hacia el bardo.

– ¿Sí?

– ¿Eso te parecen armaduras gnomas? – señalé hacia las estatuas.

– Pues ahora que lo dices… La corte real de Gorlam…

– Esos no son hombres, son gnomos “agrandados” – expliqué. – Como cuando nosotros hacemos estatuas de hombres más grandes de lo normal. Son los custodios del lugar.

Atravesé a la carrera la sala, deshaciéndome de algunos damnes por el camino y aliviándole el trabajo a un entusiasmado Mijok, que estaba disfrutando visiblemente de la batalla. Hilmar me seguía, con expresión intrigada, mientras yo examinaba las estatuas. Probé con las espadas y con los brazos, pero nada de ello se movía, tampoco su cabeza, aunque parecía normal porque quedaban fuera del alcance de cualquier gnomo.

– Sus pies – apuntó el bardo. – Son los pies.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque soy un gnomo – sonrió.

En cuanto posé mi mano sobre las botas del guerrero gnomo, se iluminaron con una esplendorosa luz dorada que inundó toda la habitación, cegándonos a todos. Cuando se disipó, los damnes, incluso los restos de su sangre que salpicaban aquí y allá el suelo y las paredes, habían desaparecido. Por arte de magia, nunca mejor dicho.

– ¿Qué… qué ha pasado?

– ¡Silver! – saltó Estella.

– No deberías echarte a dormir en los momentos clave, Silver – le recriminó su segundo, aunque detrás de su voz había un tono de preocupación que nunca habría imaginado en él a partir de la imagen que ofrecía.

– Damnes – le expliqué al Capitán. – Cientos de ellos…

– Pero los habéis vencido – sonrió él, con su habitual preocupación. – Enhorabuena.

– Tuvimos que venir a echarle una mano, pero… – rió Mijok, dándome un manotazo en la espalda que pretendía ser una muestra de apoyo. – El chaval lo vale.

– ¿Y vos, maese Hilmar?

– ¡Yo descubrí el secreto!

– ¿En serio? – le preguntó Silver, como un niño que acaba de escuchar una historia fantástica. – ¡Increíble! Pero, ¿cómo llegasteis hasta aquí? – se giró hacia Mijok.

– Ah, eso… – le contestó su fiel compañero. – Fue gracias al testarudo de Renta, que nos guió hasta aquí.

Renta, que se había mantenido alejado de todo el bullicio por precaución y, probablemente, por órdenes de Estella, apareció entonces por la escalera. Simulaba que estaba en plenas facultades, para no causar ningún tipo de molestia, aunque seguramente su estado era más grave del que pretendía hacernos ver. En cualquier caso, no era cuestión de echarle aquello en cara.

– Entonces… ¿seguimos?

– ¿Lo dudas? – sonreí, echando a andar, de espaldas, hacia la puerta.
©2009 ~Centoloman
:iconcentoloman:

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Nueva entrega (la primera de las dos de hoy) de las aventuras de Rido, ese fantástico pirata carpintero que me he sacado de la manga. En este caso, seguimos adentrándonos en las entrañas de la isla en busca del gran misterio... ¿Qué será, será?

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