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PT 17 - Cambio de Rumbo by ~Centoloman:iconCentoloman:



Parte de trabajo 17: Cambio de Rumbo

– ¿No querías ir a reconstruir la lonja del puerto y ayudar a estos tipejos? – preguntó Rentarou antes de llegar de vuelta al cuartel.

– Así es – asentí. – Creo que iré a la Joya a buscar mis herramientas. Por cierto… – añadí. – Nunca había escuchado a alguien expresarse así de su isla.

– Tal vez porque desde un principio nunca me sentí parte de esta isla… – contestó secante.

– Bueno, me tengo que ir.

– Yo te acompaño, Rido – se ofreció Estella.

– Yo… yo también os acompaño – dijo Hilmar

Llegamos a la Joya hacia la hora de comer. De las cocinas llegaba el conocido olor de la comida de Mei-Lian, acompañado por el inseparable sonido de cuchillos picando algo sobre una tabla de madera. Inmediatamente, Franky apareció en la cubierta por haber escuchado alguien entrando y no pudo contener un alarido de terror al descubrir a Hilmar flotando a nuestro lado.

– ¡No! ¡No puede ser!

– ¿Qué es lo que no puede ser? – pregunté, disimulando la risa.

– E… ¡Eso! ¡Eso es un ghost!

– Vaya… Alguien capaz de reconocer mi verdadera naturaleza – observó, orgulloso, Franky.

– ¡¿Dónde está Pellona?!

– ¿Pellona? – se extrañó Estella.

– Sí, Pellona, Pellona – insistió el Cyborg, como si estuviera tan claro y cristalino como el agua.

– No tenemos el placer – reí yo, recordando aquel personaje de las historias del Capitán Usopp tan… esperpéntico. – Tranquilo, es amigo – aseguré.

– ¿Amigo? – preguntó él, acercándose hasta “rozarse” casi con el rostro del gnomo. – ¿Seguro?

– ¡Eh! ¡Apartaos, sucio bellaco! – le conminó Hilmar.

– ¿”Sucio bellaco”? ¡Serás…!

– ¡Hey! ¡Hey! ¡Calma! – exigí, antes de que Franky cometiera el mismo error que yo y se enzarzara en una pelea inútil con el fantasma.

– ¿De dónde has sacado a este redicho, Rido?

– De un mundo mágico… – expliqué, sin muchas ganas. – ¿Dónde están los demás?

– Robin está en su camarote, Mei-Lian en la cocina y Eratia y Seastone han salido.

– ¡A comer! – se escuchó la voz de la cocinera.

– ¿No deberíamos esperar a Eratia y Seastone?

– No creo que vengan – sonrió Franky. – Ya me entiendes…

Durante toda la comida tuvimos que estar dando explicaciones acerca de lo que había ocurrido en la cueva y, sobre todo, de la naturaleza de nuestro invitado. Franky seguía mirando con cierto recelo a Hilmar, mientras que la joven cocinera parecía entusiasmada con la especial consistencia del recién llegado y no paraba de acosarlo a preguntas.

– Viejo, – le dije a mi maestro al terminar – tú y yo vamos a arreglar ese puerto esta tarde…

– ¿Esta…?

– Sin peros – corté. – Pero antes voy a descansar un poco.

Parar unos minutos, clarificar mis ideas y asimilarme para lo que tenía que venir: Xartha. De todos los lugares del mundo, de todas las islas en los cinco mares tenía que ser aquella la isla a la que nos apuntara aquel libro. ¿Es que al destino no se le ocurría una cosa mejor que hacer que meter la mano en donde dolía?

En fin. Necesitaba descansar un rato y por eso me retiré al camarote. No tardé mucho en conciliar un sueño que probablemente hubiera sido reparador si unos gritos en cubierta no me hubieran despertado violentamente un poco después. Maldiciendo a Franky que, como no, era el autor de semejante escándalo, me levanté y me dirigí a cubierta.

– ¡¿Qué cojones pasa aquí?! – protesté.

– ¡¿Ves?! – le regañó Mei al Cyborg. – Has despertado a Rido. Renta… ha pasado por aquí – explicó ella girándose hacia mí. – Ahora está en el Caledonia.

– Tú eres tonto… – le espeté al carpintero. – Tonto de remate…

– ¿Pero qué perra os ha entrado a todos con defenderle?

– Te dije que vinieras a escuchar su historia, pero tú no, en tus trece, aquí enfurruñado – le recriminé. – Tonto de remate, de verdad – suspiré. – Voy a por mis cosas. Deberías hacer lo mismo.

Unos diez minutos más tarde, Franky y yo nos presentamos en el puerto. Allí estaba trabajando, posiblemente desde primera hora de la mañana, una pequeña cuadrilla de carpinteros, aunque por sus mañas y la velocidad de su trabajo, seguramente serían pescadores reconvertidos debido a la necesidad.

Al vernos, detuvieron inmediatamente su tarea, se agruparon y, herramientas en mano, avanzaron hasta plantarse cara a cara frente a mi maestro y a mí con expresión de pocos amigos. El motivo era obvio. Nosotros, piratas, habíamos invadido su terreno, y los recuerdos de tiempos pasados pesaban enormemente sobre lo que nosotros pudiéramos hacer para remediarlo.

– ¿Venís a cobrar tributo? – preguntó el cabecilla.– Vamos a daros vuestro tributo – añadió, entono chulesco y amenazante.

– ¿Tributo? – respondió Franky, que no conocía la historia de la isla.

Desabroché las correas del hacha-martillo y la tomé en mi mano, provocando el recelo del grupo. Sin embargo, para su sorpresa, pasé de largo. No tenía sentido alguno entrar en polémicas y perder el tiempo en discusiones sin sentido. La mañana siguiente partiríamos y había que dejar el trabajo hecho. Ellos podían hacer lo que quisieran, tomárselo como quisieran, rebelarse incluso. Yo iba a hacer lo que tenía que hacer.

Bastó lo que restaba de tarde para concluir las reformas del edificio de la lonja y la mayor parte de las pequeñas reparaciones que requerían los edificios de alrededor. Franky, incluso, se había tomado la libertad de realizar algunas modificaciones sobre el proyecto original que, a su juicio, permitirían una mayor funcionalidad al edificio.

– No creáis que os lo vamos a agradecer – sentenció el cabecilla del grupo.

– Tenéis lonja nueva – le respondí mientras recogía. –Así ya podéis colgar nuestros carteles de recompensa.

– No me gusta tu actitud, chaval…

– Ya, bueno – me encogí de hombros, mientras comenzaba a caminar. – Es lo que hay.

Sin entrar a sus provocaciones, el Cyborg y yo nos retiramos y los dejamos solos con su rabia y su sed de venganza. De vuelta en la Joya ordené mis herramientas en la pequeña cabina que habíamos dispuesto a tal fin en la bodega y me tomé unos minutos para descansar, acostado sobre la sirena que conformaba nuestro mascarón de proa.

– ¿Preparado para esta noche?

– ¿Eh? –contesté, inclinando la cabeza en busca de mi interlocutor. – Oh, Eratia – saludé. – ¿Qué pasa esta noche?

– La fiesta en casa de Renta… ¿No te lo han dicho?

– Eh… No… Espera… ¿Era eso que estaba bufando Mei?

– Lo mismo.

– ¿Y es prudente? – pregunté. – Digamos que no nos quieren mucho ahí en tierra firme.

– Prudente no sé – contestó despreocupado. – Pero es justo. Renta se lo merece.

– Sí…

– Dicen que tuvisteis ciertos problemas ahí abajo – dijo, mientras se sentaba.

– Damnes…

– Eso me contaron – asintió. – Mira que son coñazo esos bichos…

– ¿Ya los conocías?

– Digamos que me los crucé una vez, sí – confirmó. –También me dijeron que resististe bien ante ellos.

– Ya… Seguro… Menos mal que llegaron Mijok y Estella – murmuré. – Me pregunto qué le pasó a Silver.

– ¿El qué? – preguntó extrañado. – Lo acabo de ver hace un rato y parece perfectamente.

– Y lo está… Creo – respondí. – Pero allí abajo se quedó como inconsciente. Estella djo que estaba como en un éxtasis.

– Pues ni idea – se encogió de hombros. – Pero “raro” es la palabra que mejor define lo que suele pasar alrededor de Silver.

– Me temo que sí – reí.

– Hablando de Estella… ¿Qué tal con ella?

– ¿Cómo que qué tal con ella?

– Vamos, Rido, que es evidente – insistió. – Y Mijok me dijo que…

– No seas tan cotilla – le regañé despreocupado. – Es como si yo te preguntara por Seastone, ¿no crees?

– Eso fue un golpe bajo – se rió. –No, en serio, ¿cómo estáis?

– Pues por un lado ya sabes y por otro qué quieres que te diga…

– O sea, que no sueltas prenda…

– ¿Conoces a Hilmar? – cambié de tema.

– ¿Al fantasma? Sí, he tenido el placer – afirmó. – Un poco pedante, ¿no?

– ¿Un poco sólo? – sonreí. – Pero bueno… Se vuelve soportable al cabo de un rato – concedí.

– Pasaron muchas cosas ahí abajo, ¿no?

– Sí –suspiré. – Aunque si te digo la verdad…

– Es difícil de entender – asintió. – Conozco la situación.

– Por lo menos parece que Silver tiene claro de qué va todo esto…

– Esperemos… – suspiró. – Bueno… Parece que ya va siendo hora de irse para el pueblo, ¿no?

– Parece que sí – asentí.

Me incorporé y me dirigí a mi camarote. La noche se avecinaba fría y probablemente fuera mejor coger algo de abrigo. Me hice con una cazadora que me eché encima y  salí hacia cubierta. Por el camino, vi como Franky se metía en su habitación y no me pareció que tuviera intención alguna de ir a la fiesta en la casa de Rentarou. Me encaminé hacia él y me planté en el umbral de la puerta de su habitación.

– ¿Preparado? – pregunté, como si no viera sus intenciones. – ¿Nos vamos?

– ¿Nos vamos? – reaccionó, haciéndose el loco. – ¿Nos vamos a dónde?

– Viejo…

– ¡¿Qué?!

– ¡¿Cómo que qué?! – repliqué. – No pretenderás quedarte aquí…

– ¿Para qué voy a ir?

– Vas a ir porque Rentarou es un compañero nuestro y un amigo – argumenté. – Y vas a ir porque esto es muy importante para él y tú te portaste como un soberano hijo de la gran puta. ¿Entendido?

– Baja los humos, chaval – me cortó.

– No es cuestión de humos, viejo – respondí. – Es cuestión de humildad. Te equivocaste con él y deberías pedir perd…

– ¡Vendió una aldea!

– No, no lo hizo – intervino Robin, que apareció por la puerta en aquel preciso instante. – Franky, deberías venir.

– ¿Tú también estás con él?

Ante la cabezonería de mi viejo maestro y la previsión de que aquello podía acabar de mala manera, decidí dejarle a Robin que fuera ella la que razonara con él y me marché hacia la cubierta. Allí me reuní con Eratia, Seastone y Estella, que me dijeron que Mei-Lian ya estaba en la casa ayudando a One Piece con la comida.

– ¿Y los demás?

– Vienen ahora – aseguré.

– Debería dejar de pelearte con él – comentó Estella. – Así no vais a llegar a nada bueno…

– ¿Y yo qué quieres que le haga?

– Sois tal para cual – terció Eratia. – Ah… Ahí vienen.

La figura de la historiadora emergió de la penumbra del castillo de popa seguida de la descomunal silueta de un Cyborg que no parecía totalmente satisfecho con la situación. A regañadientes, el que había sido el carpintero del segundo Rey de los Piratas, aceptó el acompañarnos al pueblo, aunque fuera protestando durante todo el camino.

La fiesta comenzó con la cena, aunque, sin mediar explicación alguna, Eratia y Seastone se desaparecieron discretamente antes incluso de que se sirviera el segundo plato. Silver y sus tripulantes esbozaron una pícara sonrisa ante aquel hecho, mientras el ron cada vez corría más y más.

– Tíos, – protesté – ¿nadie trajo whisky?

– ¿Whisky? – preguntó Roca, el grandullón que había quedado al cuidado del barco, como si hubiera blasfemado. – ¡Hay ron!

– Ya, por eso pregunto – sonreí.

One Piece dijo que era ya demasiado tarde para comprar el whisky y que en una taberna de la ciudad no seríamos bien recibidos, así que la opción tenía que quedar entre el ron, el agua y los refrescos que había acaparado Franky al otro lado de la mesa.

Lo más extraño de la situación, sin duda, era la presencia entre nosotros del Comandante Fletcher, el antiguo subordinado de Rentarou. Lucía un buen muestrario de hematomas y cicatrices por todo el cuerpo y especialmente en su rostro, desfigurado por la paliza que le había propinado nuestro navegante durante la escaramuza en la Plaza Mayor. Ante mi extrañeza por su presencia, Silver dijo que Fletcher era desde esa misma tarde un pirata, un Outlaw, aunque se negó a responder a ninguna de mis preguntas subsiguientes con una visible sonrisa.

– Hey – se me acercó Estella finalizada la cena.

– Dime…

– ¿Vamos a dar un paseo?

– ¿Un paseo?

Toda la conversación que había tenido con Eratia aquella tarde vino de pronto a mi mente en ese momento. Estella y yo… Era innegable que tenía una conexión especial con la doctora, pero más allá de eso no me atrevía a pensar en nada más. Quizás fuera por miedo o porque no me sentía realmente preparado para lo que eso parecía suponer. Sin embargo, no podía negar que junto a ella me sentía realmente a gusto, realmente cómodo, tranquilo… sin necesidad de pensar en nada más. Y para ello no hacía falta más que su sola presencia.

– Vale – acepté. – Pero abrígate, va a hacer frío.

Salimos juntos en un momento en el que nadie nos atendía y comenzamos a caminar sin rumbo por el pueblo, hacia el interior de la isla. Ella se había pegado a mí, como había hecho por la mañana, y así caminamos un buen rato, en silencio, acompañados sólo por el incesante murmullo de las olas en el puerto.

– Rido… ¿Qué está pasando?

– Pues… No sé – confesé. – Todo esto es muy raro… pero…

– Ya...

– Sin embargo… Es muy interesante – comenté. – Y por lo que dijo Silver es de suma importancia.

– Pero también es peligroso – murmuró.

– Estella – la miré. – Somos piratas… En teoría… el peligro va en el contrato.

– Sí, por eso estoy preocupada.

– Tranquila, ya verás como pronto comenzaremos a entender mejor todo esto – sentencié confiado.

– Tú siempre me dices que me tranquilice – protestó, con una sonrisa. – Espero que tengas razón.

Seguimos paseando sin rumbo durante un buen rato y hablando de lo divino y de lo humano, hasta que consideramos que era el momento de volver a la Joya. Yo aún me quedé unos minutos en cubierta, comprobando que todo estaba en perfecto estado para cualquier inconveniencia y ella decidió irse al camarote. La seguí con la mirada mientras entraba en el interior del barco.

Realmente me gustaba esa mujer, pero no sabía cómo decírselo. ¿Y si luego la jodía? La percepción de los demás podría estar equivocada. Mi percepción acerca de lo que ella sentía por mí podía estarlo. ¿Y si lo que era una gran amistad, pero simplemente eso, se iba a la mierda por culpa de que no sabía interpretar lo que de verdad estaba pasando?

Decidí no darle muchas vueltas y me fui al camarote. Había sido un día demasiado largo, había demasiadas cosas de las que reflexionar… y el día siguiente parecía tener todas las trazas de ser otro de esos días importantes: el primero de nuestro viaje hacia aquella maldita isla de Xartha.

Me desperté temprano, y preparé todas las cosas para zarpar. Reyes y As hacían lo mismo en la cubierta del Caledonia, mientras que Eratia revisaba con Silver la ruta que nos llevaría de nuevo a Red Village. Teníamos que aprovisionarnos en condiciones, y, debido a la mala fama que teníamos entre los habitantes de la isla natal de Renta, sería mejor desviarnos un poco de la ruta más directa para pasar por Logue, uno de aquellos lugares emblemáticos: la isla en la que Gol D. Roger había nacido y había sido ajusticiado, donde había nacido la leyenda de Luffy Sombrero de Paja, donde había nacido la Edad dorada de la piratería. Además, aquel rodeo nos evitaría pasar cerca de Serafia, donde Senka había organizado un verdadero caos.

– ¡Por fin, Renta! – exclamé, al ver aparecer por el puerto al único que faltaba para partir. – Nos espera un largo viaje y tú te quedas a dormir hasta tarde…

El antiguo Capitán de la Marina pasó de largo sin responder a mi reproche y se subió al otro barco. Al rato, Eratia regresó al bordo de la joya y nos indicó que soltásemos amarras. Volvíamos a cruzar el mar después de todo lo que había pasado. Nuevas aventuras nos esperaban más allá de la Reverse Mountain, el punto de acceso hacia el Grand Line.

Así, partimos de Red Village, dejando atrás aquella isla de cazarrecompensas en la que había aprendido tantas cosas. Tocaba regresar a la infinitud del mar,

– ¡Eh! – el grito de Roca me sacó de mi adormilamiento mientras hacía la guardia dos noches después. – ¡Rido!

– ¡¿Qué pasa?!

– ¡Es Renta!

– ¡¿Renta?! – pregunté. – ¡¿Qué le pasa?!

– ¡Está muy grave!

– ¡Avisaré a Estella!

Fui corriendo al camarote de la doctora y la desperté con urgencia pero tratando de ser todo lo suave que podía. Ella se levantó sobre saltada, se abrigó y ambos fuimos a toda prisa a cubierta, donde Roca ya había preparado una pasarela para poder acceder de un barco a otro. Ella pasó, indicándome con un gesto que me quedara yo en el barco, para cualquier casual.

Tardó una hora en volver, aproximadamente, y venía pálida. Para aquel entonces, Robin, Eratia y yo la esperábamos en la cubierta de la Joya, aguardando las noticias sobre el estado de nuestro compañero de aventuras. Rentarou había contraído una grave infección debido a las heridas y a lo insalubre de su cautiverio y su vida corría serio peligro. Lo peor de todo es que habíamos gastado en Red Village buena parte del material médico y sería difícil conseguirlo en Logue, al parecer.

– ¿Qué hacemos ahora?

– No tengo ni la más remota – confesó Eratia. – ¿Se os ocurre algo?

– A mí no – negué.

– A mí tampoco… – suspiró Estella. – Creo que puedo mantenerlo, quizás hasta cruzar la Reverse Mountain pero…

– Syrup – intervino, de pronto, Robin.

– ¿Syrup? – pregunté yo. – ¿Pero esa isla existe de verdad?

– Claro que existe – sonrió. – Y allí vive el mejor médico de los cinco mares.
©2009 ~Centoloman
:iconcentoloman:

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Y sí, oficialmente ya nos vamos de Red Village. ¿Destino? En teoría, Xartha.

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