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May 5, 2010
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PT 22 - Blackout

by ~Centoloman

Parte de Trabajo 22: Blackout

– Ya que estás ahí, ¿podrías pasarme esa llave que…? – solicité sin girarme a la persona que acababa de entrar en la bodega en la que estaba trabajando. – Ah, eres tú… – me corregí al volver ligeramente la cabeza y ver al ciego espadachín que se había incorporado recientemente a nuestra tripulación. – Deja, deja, ya voy yo… – me incorporé.

– Toma – sonrió, adelantándose a alcanzarme la herramienta que buscaba.

Lo miré con cierta suspicacia mientras cogía la pieza que necesitaba. ¿No era ciego? ¿Cómo podía haber sabido a qué me refería, dónde estaba el instrumento o donde estaba yo exactamente? Preguntas como esas me las llevaba haciendo desde el mismo momento en que Seiryuu había pisado el barco, y aún seguía sorprendiéndome.

De todas formas, había descartado ya que estuviese fingiendo su incapacidad. Bajo la venda que solía ocultar sus ojos se escondían unas cuencas vacías, muertas, que nos había mostrado la primera vez que unos de nosotros había dudado de su minusvalía. Nos había dicho que se había arrancado los órganos visuales él mismo, pero no cómo ni por qué. No sabía qué había de cierto en aquella historia, pero tampoco estaba seguro de querer saberlo.

– Que sea ciego no significa que no pueda ver… – sonrió.

Valoré la posibilidad por un momento de señalar el absurdo que encerraban sus palabras, pero precisamente en su contradicción se encerraba la fuerza de aquella frase. Así que, sin más comentarios, me abstraje de la conversación y volví a poner toda mi atención en el trabajo que tenía entre manos.

Durante el paso de la Reverse Mountain, una semana antes, en la bodega donde Bettum y yo habíamos trabajado en el Dock System, se habían soltado algunas piezas que habían dañado el mecanismo, inutilizando algunas de sus funciones. No le había dicho nada a Eratia, sólo a Estella. Al fin y al cabo, el sistema de muelles no era algo que usásemos habitualmente y los daños no afectarían para nada a la estructura de La Joya ni a la navegación así que no tenía ningún sentido molestar a nuestro Capitán con aquello. Ya bastante tenía con acostumbrarse a su cargo.

– Dime, Carpintero…

– Rido – le corregí en tono amable. – Llámame Rido.

– ¿Hacia dónde os dirigíais ahora?

– Ah… – dudé si responder a la pregunta por enésima vez. – Hacia Xartha. Esa era la idea original pero…

– Pero aparecí yo con el mensaje de Bianca.

– Es una vieja amiga del Jefe. Así que no hay más discusión – establecí mientras apretaba la última tuerca. – Mejor. No tengo ninguna prisa por llegar allí.

– Intuyo que es algo personal…

– Exacto.

– Y que es también una larga historia… – añadió insinuante.

– Dos de dos – lo felicité con un sarcasmo que indicaba suficientemente lo poco dispuesto que estaba a tratar ese tema. – Estás en racha.

Seiryuu captó la incomodidad que me producía hablar de aquella maldita isla y prefirió marcharse tras escuchar mi respuesta en lugar de quedarse a intentar sonsacarme algo. Alegó que iba a tomar algo de aire para que aquella despedida no quedara en algo fastidioso y se fue mientras tarareaba una canción.

Yo también había terminado, pero antes de asomarme a la cubierta, tenía alguna otra cosa que hacer. Recogí los útiles de trabajo y los guardé ordenadamente en su armario. Mientras lo hacía, no pude evitar con una cierta nostalgia a su mueble gemelo, el que había usado Bettum hasta nuestra separación en Syrup. Luego, me aseé para limpiarme la grasa y el polvo del trabajo y salí.

Hacía buen día fuera. El mar estaba en calma y el silencio que rodeaba a nuestro navío sólo se veía roto por el solitario canturreo de algún pájaro. Seastone se encargaba de manejar el timón, pues Eratia debía estar en su camarote controlando la ruta o algo. Kyo se había encaramado a lo alto del mástil oteando el horizonte y, desde allí, amenizaba el viaje con los arpegios de su laúd.

El invidente estaba jugueteando con su bolsa llena de espadas en un rincón de la cubierta mientras Hilmar tonteaba a su alrededor haciendo carantoñas para ver si lograba causar miedo en Seiryuu. Pero él ya se había acostumbrado a la incorporeidad de la voz del gnomo y no mostraba ningún tipo de inquietud, aunque sí parecía sentirse menos seguro en su presencia que cuando se dirigía a alguien a quien pudiera situar en el espacio.

No había rastro de Estella ni de Mei. La benjamina de nuestro grupo estaría, seguramente, en la cocina y la doctora, en la enfermería. Así que encaminé mis pasos hacia allí para charlar un rato con ella y hacerle un poco de compañía.

– Hey, buenos días – saludó al verme.

– Hey.

– ¿Ya terminaste abajo?

– Sí – confirmé, mientras me sentaba sobre la camilla. – Todo listo. No sé si tendré que ir a echarle una mano al Caledonia, ahora, pero en principio… listo – expliqué. – ¿Y tú?

– Me falta organizar esto de ahí pero creo que esta tarde… – señaló.

– ¡Eh! ¡Iros preparando! – anunció el tirador a voz en grito. – ¡Repito! ¡Iros preparando para tomar tierra!

– Ya era hora…

– ¿Cómo se llama esta isla?

– Crimson Peak – recordó ella.

Crimson Peak era una isla de verano que recibía su nombre de el enorme picacho de roca rojiza que la dominaba o, mejor dicho, sobre el que se asentaba, pues bastaba una mera observación superficial para darse cuenta de que toda la superficie no era más que la punta de una enorme montaña pelada que se hundía en las profundidades del Grand Line.

Apenas tenía vegetación y su aridez había obligado a sus habitantes a buscarse otras formas de procurarse el alimento. Al parecer, por lo que pudimos descubrir al bajar a la isla, la principal fuente de supervivencia eran la minería y la pesca. Era gente curtida y de aspecto rudo y curtido por siglos y siglos de trabajos en dos de los oficios más duros que conocía el hombre. Algo me decía que era mejor pasar el menor tiempo posible allí.

– ¡Hey, pareja! – llamé a Eratia y a Seastone antes de que, manos entrelazadas, salieran a dar un paseo en solitario por las afueras del poblado.

Ya nos habíamos acostumbrado a su relación. La verdad, era algo que se veía venir desde lejos. Siempre estaban juntos y, al fin y al cabo, la chica había cambiado a los Outlaws por unos novatos tan poco exóticos, comparado con nuestros compañeros de aventuras, como éramos nosotros. Pero de alguna forma, su noviazgo o como quisiéramos llamarle se había formalizado después de nuestra llegada al cementerio de los piratas.

– Dime.

– Este sitio me da mala espina – confesé. – ¿Cuánto tenemos que quedarnos aquí?

– Le pregunté antes al jefe del puerto – contestó Seastone, adelantándose a tomar la palabra. – El tiempo de carga son unas quince horas.

– O sea, que pasaremos la noche aquí – dije, calculando mentalmente la hora de salida. – Saldremos mañana a media mañana… ¿Cuánto queda para llegar a Snowy Valley?

– Ya es la siguiente isla – informó el Capitán, no sin cierto alivio. – Si sigue el buen tiempo de esta última semana… cinco o seis días. Como mucho diez – se encogió de hombros.

– Llegaremos tarde a la cita, entonces – concluí.

– No importa – respondió, fingiendo tranquilidad. – Sólo será por un par de días… Senka seguro que espera – aseguró. – Tendrá un cabreo de narices, pero estará allí.

– Tú mismo… En fin… Voy a… Os dejo solos – me despedí.

Me di la vuelta en dirección al barco con las nuevas provisiones que había adquirido en el puerto. Útiles de repuesto para la carpintería más que nada. De los alimentos se encargaban Mei y Eratia habitualmente y nos habíamos hecho con una buena cantidad de medicinas en nuestro último paso por Logue, así que estábamos bien surtidos de todo.

Nos quedaba toda una velada en la isla, así que decidí ir a buscar a Estella para dar un paseo y, quizás, tomar algo en una cafetería que había visto cerca de la plaza central de la villa en la que habíamos atracado y que en nada se parecía a las típicas tabernas portuarias en las que habitualmente recalábamos. Les tenía envidia a Eratia y a Seastone por haber sido capaces de dar un paso que yo no me atrevía a dar. La verdad es que tampoco estaba seguro de si había algún paso que dar. No era muy bueno interpretando esa clase de señales. Sería la inexperiencia.

– Le toca guardia – comentó Kyo, que bajaba por la pasarela cuando yo subía. – La doctora, digo.

– Vale – contesté, sin saber muy bien qué decir.

– Venga, te invito a un trago – sonrió. – Además, necesito un compañero esta noche.

– ¿Compañero? Mira… – hablé, dispuesto a rechazar su propuesta. – No quiero meterme en ningún lío.

– ¿De qué tienes miedo?

– No es miedo – le corregí. – Pero paso de problemas hoy…

– Créeme – insistió. – Yo tampoco tengo ganas de líos…

– ¿Entonces para qué me quieres?

– Porque beber solo es deprimentes – chistó. – Además… puede que podamos ganar algo de pasta.

– Vale, ¿pretendes ponerte a robar?

– No… amigo mío – me cogió por el hombro, animándome a variar el rumbo hacia el muelle. – Vamos a ganarlo. Punto.

– Ya… – respondí escéptico.

A pesar de mis reticencias me dejé convencer. Fui a dejar lo que había comprado al almacén y luego sucumbí a la necesidad de explicarle a estela a dónde iba. Kyo aún me aguardaba en cubierta, junto a la pasarela que permitía descender a tierra firme.

Fuimos juntos hasta la mugrienta taberna del pueblo. Allí se deban cita los mineros que trabajaban en la excavación que se había horadado en el corazón de la isla y los marineros, pescadores, que vivían de lo que podían extraer de las costas de Crimson Peak. No se mezclaban entre ellos. A un lado los rostros teñidos del hollín de la roca reían entre sí y miraban no sin cierta suspicacia a las caras curtidas por el sol de la costa de los hombres del mar.

Sólo un terreno parecía aceptable para la mezcla y, por así llamarlo, una incruenta batalla entre unos y otros: la mesa del fondo alrededor de la que se amontonaba una masa vociferante que jaleaba a los protagonistas del duelo. Kyo se fue directamente hacia allí, no sin antes decirme que le pidiera una bebida en la barra. Tenía la mirada fija en la mesa, más allá de la gente que le impedía ver lo que de verdad estaba ocurriendo.

– Un vaso whisky y otro de ron – le dije al camarero.

– ¿Marineros? – preguntó el camarero, tratando de entablar conversación.

– Comerciantes – respondí, sin mayor indicativo de querer proseguir la charla.

– No tiene pinta de comerciante – rió. – Más bien de… – comenzó a corregirse, pero se paró y se inclinó sobre la barra. – No se preocupe, amigo, personalmente estoy de acuerdo con ustedes… Además, – añadió con una sonrisa satisfecha – son mis mejores clientes. Han elegido una mala ruta…

– ¿Perdón?

– Algo ha pasado en Snowy Valley… – se encogió de hombros. – Tengo una hija allí. Habla con su madre todos los días… Llevamos dos días sin saber nada… Las comunicaciones están cortadas y…

Sin decir nada más, se dio la vuelta y dejó el vaso que había estado frotando insistentemente en la estantería. Luego cogió dos vasos bajos, me sirvió las bebidas con el mismo gesto de preocupación con el que había hablado de su hija y que, parecía, le daba rabia adoptar y volvió a inclinarse otra vez sobre la barra.

– Si van por allí, tengan cuidado – dijo. – Aunque puede que sólo sea una tormenta… El tiempo está jodido últimamente.

Asintiendo ligeramente como quien quiere hacer pasar rápidamente la conversación tomé los dos vasos y me acerqué a Kyo, que cogió el suyo sin siquiera levantar la vista de la partida. Estaba examinando cada jugada como si le fuera la vida en ello, y había puesto en ello toda su atención.

– Bueno… – sonrió, después de un trago. – ¿Vamos allá?

– Si insistes…

– Cuidado con el de las gafas de pasta – advirtió. – Se hace el tonto, pero… ¡Caballeros! – exclamó. – ¿Hay sitio en esta mesa para dos turistas de buena voluntad?

Inmediatamente un par de ellos levantaron la vista hacia quien había hablado y no lucían exactamente lo que podrían llamarse gestos de buena voluntad. A una orden del más viejo de los que estaban allí, uno de los mineros por el aspecto, dos hombres se nos acercaron, nos cachearon y volvieron a junto del "líder". Uno de ellos le susurró algo al oído señalándonos y el 7viejo levantó de nuevo su mirada hacia nosotros.

– ¿Piratas? – preguntó con sarcasmo.

– Comerciantes – puntualicé, antes de que Kyo pudiera decir nada.

– Lástima – lamentó él. – Me caen bien los piratas… los que no tienen miedo de decirlo. Pasad, pasad… Acompañadnos...

Nos sentamos a la mesa y nos repartieron cartas para la mano que estaba comenzando mientras nos informaban de las reglas de la casa, las apuestas mínimas y las reglamentarias amenazas y puyas entre ambos bandos. Todo formaba parte de la parafernalia obligada en aquellas ocasiones, y estaba seguro de que ni la mitad de lo que decía podía ser verdad. Pero, como digo, tampoco tenía yo muchas ganas de meterme en líos.

Jugamos durante un rato sin complicaciones, por lo legal. Llegado un momento, cuando ya habían bajado dos vasos más de whisky y de ron, Kyo me hizo un gesto dando a entender que le siguiera el juego. Comenzó a canturrear una canción que hablaba de las aventuras de los Sombrero de Paja y enseguida encandiló a unos cuantos de los espectadores mientras ponía nerviosos a los jugadores. No iba más allá de ello, pero pronto comenzó a hacer gestos, nada más que eso, que cualquiera que los viera podría pensar que eran sospechosos, que estaba haciendo trampas.

– Tranquilos – comenté. – Está medio loco. Si por mi fuera lo hubiéramos tirado por la borda hace semanas – me quejé. – Pero como es el hijo del jefe… tenemos que jodernos. Debe habérsele pasado el efecto de las pastillas.

Kyo me miró y sonrió con la boca bien abierta, refrendando mi veredicto sobre su locura y, sin mirar siquiera las cartas que le correspondían, comenzó a empujar todo su monto hacia el centro de la mesa. Le detuve poniendo una mano sobre su brazo y le miré fijamente.

– ¿Estás seguro?

Dejó de sonreír, levantó sus cartas y las tiró boca abajo hacia el centro de la mesa antes de volver a canturrear. Pronto la tonada se volvió demasiado pegadiza y muchos, entre otros yo, comenzamos a cantar con él. Entonces entendí lo que quería hacer. Bajo la apariencia de locura, lo que había hecho era encontrar la coartada perfecta para comenzar aquella melodía hipnótica, cadenciosa, que acabó distrayendo al resto de los presentes de lo que estaba pasando.

El monto de Kyo y el mío subían, discretamente pero sin cesar de aumentar. Mano a mano aumentábamos nuestras ganancias ante la impotencia del resto de jugadores, que estaban sumidos en el hechizo del canto de nuestro tirador.

– ¡Dile que deje de cantar! – chilló de repente el hombre de las gafas de pasta, que hasta entonces se había mantenido en silencio.

– Eh – tiré de la manga de Kyo. – En serio, tío, calla.

Pero él no cesaba con la música. Es más, ahora miraba hacia el rival con cierto aire provocador, como si antes hubiera pensado parar pero ahora ya no quisiera, sólo porque se lo habían pedido. Esto hizo que el hombre, un marinero de dos metros y bien musculado tirara con rabia sus cartas al centro de la mesa y se levantara con cara de muy pocos amigos.

– Genial – bufé por lo bajo.

Mi compañero dejó inmediatamente su canción y se disculpó. Alegando que aquel incidente le había quitado la gracia a la partida y que, además, prefería llevarme a Kyo a que descansara antes de que fuera a peor y nos metiéramos en algún problema, nada más lejos de nuestras intenciones, recogí mis ganancias y le dije a mi camarada que hiciera lo mismo.

Pero no iba a ser tan fácil. Habíamos recogido nuestros montos, nos habíamos despedido amablemente y habíamos alcanzado ya la puerta del local cuando dos mineros nos cerraron el paso con cara de pocos amigos. Traté de dialogar con ellos, pero eran del género mudo. Parecía que, inevitablemente, aquello terminaría como yo nunca habría querido que terminara. Mientras trataba de hacerles entrar en razón, insistiendo en los argumentos que había esgrimido en la mesa para abandonar la partida, aseguré mi bolsa bajo mi camiseta.

No tardo mucho en volar el primer golpe. Ahora mismo no sabría decir si fui yo, si fue Kyo o uno de ellos el que inició la batalla. Como la mayor parte de las pequeñas guerras que se organizan en una taberna a esas horas de la noche, todo está muy confuso. Nosotros peleábamos por salir de allí, pero los otros nos habían conducido al centro del local, alejándonos de la salida.

De todas formas, pronto la pelea perdió todo su sentido original. Los motivos que nos habían llevado a comenzarla se diluyeron entre las mesas que volaban, las sillas que se rompían en las espaldas de los enemigos y los puños que impactaban en las mandíbulas y los torsos de los combatientes. Y ya no éramos nosotros contra ellos, sino que se había convertido en los marineros contra los mineros y todos contra nosotros. Muy agradable todo.

Una pandilla de hombres de cara tiznada me habían arrinconado contra la barra. Me subí al mostrador y salté por encima de ellos aprovechando un hueco en el centro del local para aterrizar dando una ligera voltereta para amortiguar la caída. En cuanto recuperé el equilibrio lo primero que hice fue propinarle un cabezazo en la nariz a uno de los mineros, derribándolo inconsciente.

Otros dos aparecieron, pero me deshice de ellos con facilidad. Era extraño. Aun estando acostumbrados, seguro, a aquella clase de peleas, tampoco es que fueran unos dotados para el arte del combate tabernario. Mejor. Más posibilidades de salir exitoso pero no dejaba de llamarme la atención aquello.

Casi había alcanzado la puerta cuando alguien me derribó con un barrido de mis piernas y me arrastró de nuevo hacia el centro de la vorágine cogiéndome del pelo. Era el tipo de las gafas de pasta. En cuanto relajó un poco el agarre me levanté y le di un puñetazo aprovechando el impulso, pero él ni se inmutó. Intercambiamos unos cuantos golpes y demostró que él sí que no era un novato en aquellas situaciones.

En uno de los golpes, tropecé con un marinero que había caído al suelo detrás de mí y me trastabillé. Entonces se aprovechó mi rival para, armado con una silla, abalanzarse hacia mí en lo que, previsiblemente, sería el golpe final. Por fortuna, una jarra de cerveza llena impactó certeramente en su cogote. Al otro lado de su trayectoria, Kyo sonreía con satisfacción.

Me saqué de encima el cuerpo inconsciente del hombre de las gafas de pasta y me escabullí entre las piernas de los borrachos luchadores hacia la puerta. No llamé la atención, no sé si porque ya había perdido sentido el pelear contra nosotros o porque el alcohol había nublado del todo sus sentidos. Justo delante de la puerta, esta se abrió, casi golpeándome. Me aparté hacia un lado para seguir manteniendo mi "invisibilidad" y salir del local, manteniendo a salvo el dinero.

– ¡Pelea! – gritó la voz de Roca.

Miré hacia arriba y vi a varios miembros de la tripulación de Silver, que había llegado a la isla con unas horas de retraso con respecto a nosotros. Mihawk, Roca y el viejo Reyes sonreían abiertamente a la vez que comenzaban a "mezclarse con la masa" a base de alaridos y puñetazos. Sonreí y comencé a ponerme en pie.

Pero primero fue un enorme dolor en el pecho como nunca antes había sentido y, después, la oscuridad.
:iconcentoloman:
Resucitamos la otra de las historias largas: los Partes de Trabajo de la versión pirata de Rido. Si recordáis, allá en los albores de la historia, habíamos dejado una tripulación recién bautizada y a punto de cruzar la Reverse Mountain para entrar al Grand Line al encuentro de Senka, una de las cuatro Yonkou (conocida también como Bianca) y amiga de Eratia desde la juventud. ¿Qué nuevas aventuras le esperan a nuestros amigos?
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